Atentado a crucifijo de Mulchén
Perdonalos, Señor, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)
Precisamente en el día en que celebrabamos el aniversario 197 de nuestra patria y, por amor a esta tierra que nos une, procurabamos olvidar nuestras divisiones para poder vivir como hermanos, ese mismo día, el 18 de septiembre, se hizo presente un gesto de división, de intransigencia y de odio, que procuraba golpear lo más sagrado que tenemos los cristianos: la imagen de Jesucristo crucificado. En esa madrugada, algunas personas, habiendose concertado y de manera premeditada, con una sierra cortaron la base del crucifijo que está a la entrada de Mulchén e hicieron caer la Cruz de Cristo, destrozando la santa imagen del Señor, que estaba en ese lugar desde hacía cien años bendiciendo la ciudad y a todos los que entran y salen de ella.
Esos días las calles de nuestras ciudades estaban adornadas con los signos de la patria, sobre todo, con nuestra bandera. Si alguien hubiera destruido la bandera con evidente intención de ofender nuestros sentimientos patrios, todos habríamos sentido indignación y dolor. Con la destrucción del crucifijo y de la imagen de Cristo se ha querido ofender a quien los cristianos amamos más que la patria, más que al padre y la madre y más que la propia vida: se ha ofendido a Cristo mismo. La comunidad cristiana, católica y evangélica, siente la necesidad de reparar este acto de odio fraterno. Se ha golpeado a Cristo en el acto en que entregó su vida por nuestra salvación, que es el acto de mayor amor que ha tenido lugar en este mundo. Si la muerte de Cristo en la cruz es el acto de más profundo amor, la destrucción deliberada de ese signo es el acto de mayor odio que un ser humano puede realizar.
Los que hicieron este atentado actuaron de manera cobarde, cubiertos por las tinieblas. En ellos se cumple lo que dijo el mismo Jesús: «Amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,19-21).
La comunidad católica de Mulchén, conducida por su párroco el Pbro. Eduardo Riquelme, está dando los pasos para restaurar el Crucifijo y reponerlo en su lugar, donde ha estado por cien años. Cuando esto ocurra haremos un gran acto de desagravio con participación de todo el clero y de todo el pueblo cristiano de esta Diócesis de Santa María de Los Ángeles. Entretanto todos debemos pedir perdón a Dios por el horrible atentado ocurrido en nuestra Diócesis; y también por no haber podido crear una sociedad de hermanos y no haber cumplido el anhelo de Cristo: «Que todos sean uno, como Tú, Padre, y yo somos uno» (cf. Jn 17,21-22). “Jesús ve y ama”: El Papa invita a llevar el consuelo de Dios a los que sufren
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