Cuenta Pública en la Iglesia: Memoria agradecida, transparencia económica y ejercicio de sinodalidad
Numerosas personas -autoridades, fieles y asistentes en general- manifiestan gratitud por esta forma de dar cuenta, que si bien no es la única, se abre paso también en ambiente eclesial, al igual que ocurre como obligación en organismos del Estado y otras instituciones.
Por René Rebolledo Salinas, Arzobispo de La Serena, Presidente CECh
El apóstol Pablo escribe a la comunidad de los Corintios una frase señera: “A un administrador se le exige que sea fiel” (1 Cor 4,2). Se refiere a sí mismo y a sus compañeros, anhelando que la comunidad los considere “como servidores de Cristo y administradores de los secretos de Dios” (v 1). Sin embargo, la enseñanza del apóstol es de carácter universal: en el corazón de cada persona anidan los más bellos ideales, entre ellos, rectitud, honorabilidad, integridad. “Viendo Jesús acercarse a Natanael, le dice: Ahí tienen un israelita de verdad, sin falsedad” (Jn 1, 47). Por el contrario - lamentablemente- también la astucia y el engaño, están muy presentes en la realidad. En efecto, nuestro Señor en su enseñanza relató a los oyentes de aquel entonces, los de todos los tiempos y también para nosotros la Parábola del Administrador Astuto (cfr. Lc 16 1-12), concluyendo: “El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho; el que es deshonesto en lo poco, es deshonesto en lo mucho”.
En la sociedad, como en la Iglesia, la administración de los bienes, el uso adecuado de los recursos y la correspondiente rendición de cuentas son aspectos cada vez más requeridos, por cuanto comprometen la confianza pública de las instituciones. Por ello, es una exigencia preguntarnos ¿Cómo utilizar los recursos, de tal modo que favorezcan la consecución de aquello que es principal y prioritario? ¿Cómo darle transparencia al uso de tales recursos? La rendición de cuentas se demuestra como un camino al servicio de evidenciar públicamente la correcta gestión de los recursos.
Los bienes materiales de la Iglesia están al servicio de la evangelización y provienen de los fieles. Administramos, en efecto, recursos que pertenecen a todos, destinados a aspectos concretos de la misión eclesial. Porque los bienes son de la comunidad cristiana, ésta tiene derecho a ser informada acerca de cómo están siendo administrados. Pero también, porque el uso de los bienes tiene un interés público, resulta saludable que la Iglesia propicie mecanismos de transparencia con la necesaria publicidad.
La obligatoriedad de la rendición de cuentas está claramente mandatada en el Código de Derecho Canónico, donde se dispone que “Los administradores rindan cuentas a los fieles acerca de los bienes que estos entregan a la Iglesia, según las normas que determine el derecho particular”. En un comentario a este canon se afirma: “Esos mismos administradores han de rendir cuentas a los fieles mediante una adecuada publicidad” (CDC 1287 &2).
Estimo valiosa la connotación referida a que este ejercicio de rendir cuenta se realice “mediante una adecuada publicidad”. Al ser la Iglesia un actor social, resulta relevante y testimonial que haga público el modo cómo gestiona sus recursos y se exija a sí misma cada vez más altos estándares de transparencia.
En esta línea, el reciente Documento Final de la XVI Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos: Por una Iglesia Sinodal: Comunión Participación y Misión, enriquece este sentido de la rendición de cuentas al situarlo como un verdadero ejercicio de sinodalidad y comunión. Involucra en ella a los Consejos de asuntos Económicos, a las administradoras y administradores de bienes, a laicas y laicos competentes en la materia. También da un paso más, al invitar a quienes tienen responsabilidad de los bienes eclesiásticos a dejarse ayudar “en la medida de lo posible por auditores externos, que haga transparente la gestión de los bienes y de los recursos financieros de la Iglesia y de sus instituciones” (DFS 102, c.).
Las prácticas de transparencia así como la rendición de cuentas no solo son una necesidad, sino también hoy una gran oportunidad apostólica: porque nos permiten dialogar con la cultura, en un lenguaje común, teniendo presente que “no se trata de un empeño burocrático en sí mismo, sino de un esfuerzo comunicativo que se revela como una poderosa herramienta educativa para cambiar la cultura, además de permitirnos dar mayor visibilidad a muchas iniciativas valiosas de la Iglesia y sus instituciones, que con demasiada frecuencia permanecen ocultas” (DFS 102).
Finalmente, rendir cuenta de la gestión–con transparencia, publicidad, dando a conocer la vida de la Iglesia, etc.–, es un modo concreto de honrar y dar gracias a cuantos han contribuido a su vida y misión, evidenciando que sus aportes, por sencillos que sean, han tenido un buen destino evangelizador.
Concluyo recordando lo señalado en el reciente Sínodo: “el proceso decisional no concluye con la toma de decisiones. Debe ir acompañado y seguido de prácticas de rendición de cuentas y evaluación, en un espíritu de transparencia inspirado en criterios evangélicos. La rendición de cuentas del propio ministerio a la comunidad pertenece a la tradición más antigua, que se remonta a la Iglesia apostólica” (DFS 95).
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Nota relacionada: Séptima Cuenta Pública en La Serena
Fuente: Comunicaciones CECh
La Serena, 27-07-2025