Que el 62% de los niños diga que su principal fuente de información sobre sexualidad es la televisión no habla bien del rol de la escuela, la parroquia y la familia como agentes formadores de personas integrales. Esta cifra es fruto de un estudio que el Ministerio de Educación encargó sobre el tema y que muestra el déficit de la sociedad entera en educar a hombres y mujeres íntegros ¿Qué pasa que casi nadie se hace cargo de los sexual?
Hay ciertos rasgos o condiciones que son connaturales al ser humano y que en gran medida definen nuestra manera de ser y estar en el mundo. Sin duda que uno de esos rasgos es la sexualidad que, en su sentido más amplio e integral, trasciende la genitalidad –que sólo es una de sus dimensiones- e involucra aspectos espirituales, valóricos, afectivos y sociales que determinan en gran parte nuestra forma de pararnos en el mundo, la forma cómo lo vemos y el modo cómo nos relacionamos con los demás.
Una mirada a la realidad
Nuestro país cuenta con una política oficial de educación sexual que data del año 1993, la que reconoce a la familia como la primera y principal educadora de sus hijos en esta materia, y con la cual el sistema escolar, al menos en teoría, debe actuar complementariamente. Sin embargo, desde aquel año hasta ahora han pasado ya trece años y nuestra sociedad ha experimentado profundas y sustanciales transformaciones sociales y culturales, entre las cuales la manera de entender y vivir la sexualidad también ha cambiado. Existe entre los jóvenes de hoy una mayor libertad sexual, al menos proclamada discursivamente, y que tiene mucho que ver como causa del creciente número de embarazos adolescentes que se registra en nuestro país. Según datos disponibles se estima que actualmente un tercio de los niños y niñas que nacen en nuestro país son de madres adolescentes. Este fenómeno para algunos especialistas en la materia refleja una crisis de la educación sexual. “Tal vez no hemos sabido transmitir una sexualidad responsable, pensando no solamente en evitar embarazos o enfermedades de transmisión sexual, sino también en optar por la abstinencia y por postergar el inicio de la vida sexual para hacer de esa intimidad algo más significativo. En ese sentido se ha fracasado”, señala Waldo Romo, profesor de teología moral en el Seminario Pontificio y en el Hogar Catequístico, y quien además participó hace algunos años en una comisión convocada por el entonces ministro de Educación Sergio Bitar y que tuvo como misión evaluar la señalada política de educación sexual de 1993. Dicha comisión emitió un informe sobre este tema, que fue entregado en marzo del año pasado al Mineduc, precisamente con el objetivo de servir de apoyo para medidas y políticas que actualicen la educación sexual en nuestro país. Una de las conclusiones de la comisión fue que existía mucho material para realizar educación sexual en los colegios, pero éste no llegaba a los alumnos, porque los directivos o profesores del establecimiento no tenían la voluntad de trabajar los textos. Las propuestas elaboradas por la comisión apuntan a la educación para el amor, la responsabilidad y el respeto en las relaciones afectivas y sexuales, donde los formadores deben ser, principalmente, las familias.
Y una política en este ámbito para el Chile de hoy requiere comprender que la educación sexual es algo mucho más complejo que la sola difusión e implementación de medidas sanitarias de salud pública. En ese sentido, para Romo “hay cinco criterios para hacer educación sexual. El primero es el de la transversalidad; el segundo es el de la secuencialidad, es decir, que siga la madurez del alumno; el tercero es de participación del educando y de la comunidad educativa; como cuarto punto, partir de criterios de humanidad y no sólo confesionales; y, finalmente, está el criterio de integralidad, que abarca la información biológica, la educación de la afectividad, el sentido de ser varón o mujer en una cultura y la socialización de la sexualidad en la familia”.
La Iglesia Católica tiene un rol importante en este ámbito, Waldo Romo recuerda que “una de las críticas que se le hace a la Iglesia es cierta visión negativa con la que ha transmitido la sexualidad. Hay toda una visión maniquea tras esto que influyó en muchas generaciones. Recién nos estamos reconciliando con la sexualidad, como regalo de Dios, a partir del Concilio Vaticano II en la década de los ‘60”. Para el padre Tony Mifsud, s.j., doctor en teología moral y director del Centro de Ética de la Universidad Alberto Hurtado, una cuestión central desde una mirada cristiana es la entrega de amor hacia el otro. “En las primeras páginas de la Biblia se dice que Dios hizo al ser humano hombre y mujer; por lo tanto, es un don, no es una trampa que puso Dios. Entonces, en ese sentido, el cristianismo tiene una idea muy elevada de la sexualidad, porque ésta es una manera de vivir la apertura hacia el otro, el servicio al otro”, sostiene.
El rol de la familia
El espacio natural e insustituible donde transcurre la etapa primaria de socialización y desarrollo afectivo del ser humano es la familia. Y el tema de la formación sexual no debiera ser la excepción. Los padres, como primeros educadores de sus hijos e hijas, tienen el derecho y la obligación de entregar una educación sexual desde temprana edad a niños y niñas, entendiendo que cada etapa de desarrollo exige que la enseñanza sea acorde a la evolución y madurez del individuo. En ese contexto, para Verónica Gubbins, sicóloga y directora del Centro de Estudios de las Familias de la Universidad Alberto Hurtado, los padres están llamados a “incentivar una actitud de respeto y conocimiento permanente de los hijos, en un contexto que les ofrezca a ellos contención, orientación y seguridad para que forjen una identidad de hombre y mujer que asume la necesidad de relacionarse con otros, que asume que esa relación es enriquecedora para ambos, que es la base del crecimiento y la realización personal. Que esa relación requiere de respeto, que la sexualidad es parte del conocimiento y respeto mutuo. Que constituye una oportunidad para ‘ser’ en plenitud para ambos”. Y en la búsqueda de ese propósito, la especialista plantea la urgente necesidad de integrar y potenciar en conjunto la labor educativa de la escuela con la labor formativa de la familia como primer campo de experiencia y aprendizaje del ser humano.
Sin duda que la misión de la familia en esta materia debe ser en alianza con la escuela , cada una aportando desde su propia especificidad en la común tarea de lograr una educación sexual que esté al servicio del desarrollo de la persona y que comprenda que la sexualidad es una de las dimensiones esenciales del ser y estar en el mundo.
En el colegio y la familia:
Las cosas por su nombre
El colegio y la familia son lugares fundamentales donde las personas se forman. La manera en que asuman la educación sexual en estos espacios será determinante para la vida de niños y jóvenes.
En el colegio Victoria Prieto, establecimiento mixto dependiente de la Corporación Educacional del Arzobispado de Santiago, las autoridades saben que la educación sexual es parte imprescindible de la formación que entregan a los niños de primero básico a cuarto medio. Para la orientadora, Paulina Salas, el contenido de la educación sexual que se transmite se adecua a las distintas etapas del desarrollo de los niños. Por ejemplo, a los más pequeños se les enseña a poner límites, a saber decir que no y a cuidar su cuerpo. En cambio, cuando son mayores se les entrega información más compleja, siempre abordada desde un punto de vista integral. La educación sexual es abordada en distintos ramos como en biología, religión y filosofía, aunque la orientadora reconoce que el desafío es que exista coordinación entre ellos.
Su experiencia en el colegio la hace decir que la afectividad es un tema recurrente entre los adolescentes cuando se trata la sexualidad. Cuenta que aunque, al principio, muchos son tachados de “gansos”, finalmente a todos les importan los sentimientos, “aunque no lo digan a los cuatro vientos”.
Paulina Salas reconoce que la familia no está integrada formalmente a la educación sexual, mas señala que existe la voluntad de que a este diálogo se incorporen los apoderados. Esto involucra “implica un cambio de estructura y de paradigma”.
Sin tabúes
Gladys Cartes y Jorge Bravo son apoderados del colegio y padres de tres varones de 17, 12 y 8 años. Aunque saben que en el colegio la formación en valores y educación sexual es trabajada, no eluden su responsabilidad como los primeros educadores. Su máxima ha sido responder clara y sinceramente las preguntas que les las formulan. “Nosotros –dice Jorge-siempre hemos tenido bien claro que las cosas hay que conversarlas tal como son. En ningún momento decirles, por ejemplo, que los niños vienen por las abejitas. De hecho teníamos un video didáctico de dibujos animados que se llamaba ‘Ni cigüeñas ni repollos’ que explica este aspecto. Lo veíamos junto con ellos y hacían sus preguntas y nosotros les respondíamos, haciendo mucho hincapié en que en todo lo que mostraba ese video había que considerar la parte afectiva, el amor”.
Gladys complementa: “Diría que en nuestra familia la sexualidad nunca ha sido un tabú, para nada. Incluso el tema del cuerpo lo asumimos con naturalidad ante ellos. Lo hacemos así por una cuestión religiosa, porque Dios nos creó y todo lo que viene de Él es bonito”.
Ambos están conscientes que la sociedad de hoy no propicia una educación sexual integral, sino una visión superficial de ella. Jorge asume que, en la medida en que la familia eduque en el amor “irá cambiando la mentalidad de los jóvenes y, al mismo tiempo, se irían solucionando un montón de problemas que se están observando entre los jóvenes, como embarazos a muy corta edad y las enfermedades de transmisión sexual”.
En la parroquia:
Un espacio de confianza
La pastoral juvenil es un tiempo y espacio privilegiados para educar en la sexualidad de manera humanista y responsable.
La Vicaría de la Esperanza es la instancia encargada del crecimiento en la fe de los jóvenes de la Arquidiócesis. Para ella, la Pastoral Juvenil es una instancia de confianza donde los chiquillos pueden abrir su corazón y mostrar sus inquietudes. El anhelo es pasar de tener una simple conversación sobre sexualidad a reflexionar profundamente sobre ella. Isabel Villalobos, teóloga miembro del área de Desarrollo Pastoral de la Vicaría, sostiene que en las reuniones parroquiales, usualmente “se abordan temas vitales para los jóvenes como sus sueños, sus problemas y sus proyecciones, por eso la pregunta que hay detrás y que les hacemos es ¿vivo como Jesús lo pide?”
Para inducir este diálogo usan las fichas de su plan de formación incluidas en la etapa de “Discípulos”, como la llaman. “Se trata de confrontar la vida de los chiquillos con los valores cristianos y desde ahí reflexionar y llamar al seguimiento de Cristo”, explica Isabel. Agrega que la realidad de las parroquias refleja lo que se está viviendo en la sociedad, por tanto, hay chiquillas que quedan embarazadas, hay desinformación entre los muchachos, pero también existe inquietud por vivir consecuentemente. En estas fichas de trabajo se habla explícitamente de la complementariedad entre libertad y responsabilidad, de la sexualidad como una forma de ser en el mundo y de la identidad de hombres y mujeres, entre otros tópicos. Eso sí, la profundidad con que estos temas son tratados va a depender de la voluntad de los Animadores del grupo. Para subsanarlo, la Vicaría de la Esperanza realiza dos jornadas al año destinadas a los líderes.
La teóloga afirma que lo que se quiere comunicar a los jóvenes es que la sexualidad es una donación y está inscrita en un proyecto de vida compartido, es decir, en el matrimonio.
Fuente: DOP www.iglesiadesantiago.cl
Santiago, 30-11-2006