Espiritualidad y cultura de la solidaridad

Espiritualidad y cultura de la solidaridad

Una respuesta a la Globalización puramente económica ¿Qué se entiende por Espiritualidad de la Solidaridad?

Fecha: Sábado 23 de Agosto de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga

1. INTRODUCCION:

Hablar de Espiritualidad no es tan popular en nuestros tiempos, sin embargo su búsqueda es evidente en todas partes. Se trata de una de las dimensiones del ser humano, inscrita en nuestra propia naturaleza. Desde la antigüedad los filósofos definieron al ser humano como “animal racional”. La Revelación nos da un panorama mucho más amplio. El Salmo 8 se pregunta: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” Y el Génesis responde: “Dios creó al hombre según su imagen y semejanza” (Gen 1,26). Claro que somos materia, espíritu y gracia. O si prefieren: cuerpo, alma y gracia.

No hay más que una espiritualidad cristiana, la de realizar en la propia vida el don recibido por medio del Bautismo. Ello nos va dando una progresiva transformación en Cristo por medio de la acción santificadora del Espíritu Santo.

No hay más que una vocación definitiva: la de ser santos. En efecto, nos recuerda la Carta a los Efesios: “El nos eligió antes de la fundamentación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef. 4,1)

La voluntad de Dios es que seamos santos. Dios nos llamó a la santidad (Cfr.1. Tes 4,3-7). “Así como Aquel que los llamó es santo, también Ustedes sean santos en toda su conducta“, nos recuerda San Pedro en la Primera Carta (1 Pe 1, 15).

La espiritualidad cristiana arranca del Bautismo, supone el ahondar cada día la Gracia de la adopción filial y desemboca en la perfecta similitud con Cristo en la gloria.

Pero es fundamentalmente la acción del Espíritu Santo que va grabando en nosotros la imagen de Cristo “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29).

La santidad es más tarea de Dios que del esfuerzo del ser humano. Dios es el que produce en nosotros el “querer y el hacer para cumplir su deseo de amor” (Cfr.Flp. 2,13).

Realizar la santidad, tender a la perfección por los caminos de la espiritualidad del Evangelio, es vivir en la sencillez de lo cotidiano, la Fe, la Esperanza y la Caridad. Aquí encontramos el núcleo de todo. En definitiva los santos son los que han manifestado su “Fe en sus obras, su Amor con fatigas y trabajos por el Reino, y su Esperanza en Nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia” (Cfr. 1 Tes.1,3).

A los cristianos se nos pide fidelidad al Evangelio, es decir que vivamos a fondo el espíritu de las Bienaventuranzas (Mt 5,3ss). Que amemos a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos (Mt 22,34ss); que estemos siempre alegres y oremos sin interrupción (1 Tes 5, 16-17).

2. PROBLEMAS ACTUALES:

Sin embargo en la práctica nos encontramos con que la palabra espiritualidad no suena muy bien para algunas personas.

Piensan que tiene sabor a un dualismo ya pasado de moda, por lo menos en teoría. Y en cierto sentido con alguna razón, puesto que a lo largo de la Historia ha motivado falsos comportamientos, como el desprecio por el cuerpo y sus manifestaciones, el descuido por el compromiso en las realidades temporales, etc.

Hoy día se añade el secularismo que trata de borrar completamente la dimensión trascendente de la vida y se refleja en la llamada “Nueva Era” como una espiritualidad alternativa a las religiones tradicionales .

Si se entiende por espiritual lo opuesto a lo material o lo corporal, sin duda que hay que desterrar la palabra, y sobre todo esa realidad de nuestro uso.

Especialmente una lectura de San Pablo, hecha sin los debidos conocimientos exegéticos, le dio a algunas de sus expresiones un contenido ajeno a su intención.

En efecto,”Espíritu” y “Carne” en los escritos paulinos, no tienen nada que ver con el dualismo espíritu-materia de la cultura griega, que identificaba a uno con el bien y a otra con el mal.

Ahora, gracias a una antropología cristiana más sólida y basada en un mejor conocimiento del ser humano y su psicología, entendemos mejor la espiritualidad desde las RELACIONES de la persona.

Todo ser humano que empieza a vivir, va descubriendo poco a poco un triple sentido de relaciones: lo que está encima de él, lo que está a su alrededor, y lo que está dentro de él.
A través de la dimensión vertical, el ser humano empieza a relacionarse con lo que está sobre él: papá, mamá, maestros, superiores. En una palabra, la AUTORIDAD. Así reconoce los valores encarnados especialmente en la figura del padre: la obediencia, la docilidad, la dependencia, el orden.

Si acepta vivir en esta dimensión, el ser humano aprende a ser hijo.Si la rechaza radicalmente permanece adolescente en una rebeldía estéril contra el padre y termina en una contestación confusa y anárquica.

A través de la dimensión horizontal, el ser humano empieza a relacionarse con lo que está al lado, a su alrededor: hermanos, hermanas, amigos, amigas, compañeros, etc., en una palabra, sus semejantes. Los valores esenciales que aquí encontramos son la fraternidad y la igualdad. La persona que integra esta dimensión horizontal aprende a ser hermano. Si la rechaza permanece infantil, egoísta y caprichoso, encerrado en su propio mundo pequeño y preocupado exclusivamente de su propio bienestar (aún espiritual), extraño a las exigencias del mundo que lo rodean, e insensible ante los problemas de la justicia.
Finalmente a través de la dimensión interior, el ser humano entra en relación, en sintonía, con lo que está dentro de él, con su ser en profundidad. Es el mundo del alma, del espíritu, de la intuición, de la creatividad. La persona descubre los valores de la interioridad, del silencio, de la reflexión, de la libertad y de la contemplación. Logra llegar a sus propias fuentes subterráneas, a sus propias raíces y se convierte en una persona espiritual. Entendámonos bien, una persona espiritual no es una criatura que vive en las nubes, desencarnada. Es simplemente una persona profunda.

La persona que se priva de esta dimensión interior se condena a la superficialidad, a la vanidad, a la agitación exterior y permanece en la superficie de todo.

Por consiguiente, la persona que ha alcanzado un cierto grado de madurez debe vivir en relaciones de equilibrio con lo que está sobre de ella alrededor y dentro de ella. Estas tres dimensiones se aceptan y se desarrollan contemporáneamente. El que vive una sola dimensión, eliminando o minimizando las otras, se vuelve una persona unidimensional.
Así por ejemplo, el que solamente trata de ser “hijo” asume a menudo actitudes conservadoras, preocupado exclusivamente del orden- o desorden- constituido. No le interesa ninguna lucha por la justicia. No ama la novedad y no sabe mirar hacia delante.
El que solamente trata de ser “hermano” será un contestatario constante de los valores de la disciplina, el sacrificio, la autoridad y además todos los valores del espíritu, como la oración, la adoración y el silencio.

Y el que se limita a ser “espiritual” considerará el propio mundo interior como una evasión cómoda del compromiso concreto por la transformación del mundo. En una palabra será un ensimismado.

Uno de los problemas del mundo de hoy es que se tratan de vivir estas dimensiones como rivalidades y oposición en lugar de hacerlas convivir para que se armonicen y se complementen mutuamente.

En estas reflexiones vamos a entender la espiritualidad como LA VIDA EN PROFUNDIDAD.
Existe en efecto una manera de vivir en la superficie de la vida, y a ella nos arrastran con frecuencia nuestras actitudes espontáneas. No penetramos en lo hondo de lo que pasa en nosotros y alrededor de nosotros. Vivimos como fascinados por la apariencia de las cosas.

Organizamos nuestros juicios, nuestras opciones y nuestras actividades en base a esas apariencias.

Y así, nuestra vida resulta superficial, inconsistente. Se nos escapa entre las manos.
El Evangelio por el contrario es una llamada a la profundidad, a atravesar la corteza de la realidad para organizar la vida desde lo hondo.

San Pablo en la I Carta a los Corintios nos dice: “¿Qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él?” (I Co. 2, 11) y por el paralelismo que establece a continuación con el ESPIRITU DE DIOS, deja entrever que ese espíritu sondeado es lo más profundo del ser humano y de la realidad entera.

Por lo mismo el Evangelio es una urgencia a la profundidad, porque es un llamado a la vida en lo más real y profundo que existe, lo definitivamente verdadero.

Hay que advertir de inmediato, sin embargo, que por “profundidad” no entendemos solo el ámbito de lo personal, de la intimidad subjetiva, como lo entienden las filosofías existencialistas, sino todo lo que constituye la auténtica realidad. Incluso, el más hondo movimiento de la historia; es decir, lo que realmente sucede en lo profundo de los acontecimientos.

Esto tiene profunda relación con la Santísima Trinidad. Un creyente no encuentra en Dios a un ser unidimensional, si no en sus tres dimensiones fundamentales: Un Dios que está sobre él, el Padre, el Padre Nuestro, un Padre tierno, misericordioso, respetuoso de la libertad de sus hijos siempre dispuesto a recibir al pródigo y a perdonar.

Pero encuentra también a un hijo que en Jesús ha asumido un rostro humano, fraterno, un Dios que está alrededor de nosotros, un Dios que es nuestro hermano.
Y finalmente Dios se encuentra en la dimensión interior, en las profundidades de nuestro ser. Dios está dentro de nosotros, es el Espíritu Santo.

Recientemente en Australia el Santo Padre Benedicto XVI nos dijo: “En muchas de nuestras sociedades, a la par de la prosperidad material, se está extendiendo un desierto espiritual: un vacío interior, un miedo anónimo, un silencioso sentido de desilusión. Muchos de nuestros contemporáneos han construido cisternas agrietadas y vacías en una búsqueda desesperada de sentido que sólo el amor puede dar”.

Por eso es tan importante la Espiritualidad. No ha pasado de moda.

Y el otro elemento de nuestro tema es la “SOLIDARIDAD”: De las distintas definiciones que podrían darse, prefiero la definición de Juan Pablo II: “La solidaridad no es un sentimiento superficial y vago por los males que sufren tantas personas cercanas y lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de trabajar por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos de verdad responsables de todos”. (Sollicitudo Rei Socialis).

Para el cristiano, la solidaridad es el nombre actualizado del amor cuando se proyecta socialmente y de la auténtica caridad. Se la prefiere a la palabra “amor”, que se presta a tanta ambigüedad; y a la palabra “caridad”, que aunque muy profunda, está asociada en el uso a “beneficencia”, la cual despierta a veces rechazo.

Fue Dios quien inventó la solidaridad: “Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Génesis 1,26-27) .Dios la llevó a su punto máximo haciéndose uno con el hombre caído para que la criatura, de pie, pudiera ejercer la plenitud de su dignidad. Nos dice el Documento Iglesia en América que la Encarnación es la mayor prueba de solidaridad de Jesucristo con nosotros.

San Pablo añade:“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente. Al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Filipenses 2,5-9)

En la práctica la Solidaridad se expresa en una variedad de motivaciones en quienes trabajan de algún modo por el bien común. Por ejemplo:

• Por sensibilidad humana: el que ve las diferencias en las oportunidades, las graves necesidades, se conduele y actúa.
• Por indignación: el que reacciona ante lo injusto de toda marginación.
• Por estrategia: el que desconfía del Estado neoliberal, que ha dejado de ser el protector del bien común y ha dado lugar a que se experimente la fuerza de la sociedad civil organizada.
• Por motivaciones de fe: los que se sienten asociados al “sueño” de Dios, que es vivir el Reino, la fraternidad de la raza humana en la tierra que el Padre regaló para felicidad de todos.
• Por motivaciones personales: por llamadas interiores, vocacionales, acciones y proyectos motivados en la búsqueda de sentido de la vida.

1. ¿Cómo se expresa en lo cotidiano, en la vida de fe y en la comunidad, la Espiritualidad de la Solidaridad?

Pero la espiritualidad no es algo puramente intelectual sino una vida. Se trata de hacer experiencia del misterio de la Encarnación. Partimos de creer firmemente que Dios está presente en el mundo. Por la fe lo vemos en nosotros mismos, en los acontecimientos y sobre todo en las personas, también en la naturaleza, acompañándonos, revelándonos significados nuevos y pidiéndonos respuestas de amor.

Esto se hace vida a través de las RELACIONES SOLIDARIAS: Cuando el objetivo de la solidaridad no termina en las acciones ni en los proyectos, sino que promueve relaciones nuevas, modos de vida en común alternativos al sistema vigente, se llega al nivel más completo de la solidaridad. Las relaciones solidarias transforman por igual a los agentes de la solidaridad (su acción ya no significa momentos dentro de su vida o compartimentos estancos, sino opción de vida), y transforma radicalmente la realidad, recreando permanentemente las condiciones para que las personas entren en procesos más y más humanizadores.

2. ¿Qué se entiende por Cultura de la Solidaridad?

Cuando estas relaciones se generalizan se va estableciendo la cultura de la solidaridad. Desde el Evangelio, se vive el estilo del Reino de Dios, como anticipo de lo que estamos llamados a vivir en plenitud.

Es un estilo de salir al encuentro del Dios viviente identificándonos con Jesucristo. Por eso es esencial para la espiritualidad de la solidaridad hacer experiencia de Dios principalmente en los rostros de nuestros hermanos más pobres. Nos lo recuerda la Conferencia de Santo Domingo (nº 178) “La solidaridad cristiana es ciertamente servicio a los necesitados, pero sobre todo es fidelidad a Dios” (id. Nº 159). Y este debe ser uno de los objetivos de toda educación. Se logra cuando la actitud está presente en la vida cotidiana y en las relaciones habituales de la comunidad. Sólo en un sistema de vida con oportunidades para todos, se realiza el concepto de democracia. No se logra plenamente poner en su lugar a la solidaridad, hasta que no se involucran conjuntamente todos los miembros de la comunidad en proyectos de aprendizaje y servicio.

Un punto muy importante para esto es la Lectura crítica y creyente de la realidad: Lo que se ve y el desarrollo mismo de las acciones debe llevar a la reflexión crítica, a la búsqueda de las causas, a la comprensión del contexto social y a trabajar con las consecuencias resultantes.

Asimismo, no debe faltar el cuestionamiento personal por las responsabilidades que nos tocan, y de la sociedad por la exclusión que impone el sistema hegemónico, y la búsqueda de caminos para transformar las realidades que deshumanizan.

Lectura creyente significa confrontación de la realidad con el proyecto de Dios, explicitado por Jesús en el Evangelio, buscando pistas de interpretación en el espejo de la Biblia, que refleja con permanente vigencia la voluntad de Dios para sus hijos.

Además, la Solidaridad es una autopista de “ida y vuelta”: quienes la practican con sanas motivaciones lo experimentan inmediatamente. Se aportan recursos, tiempo, dedicación, bienes económicos o culturales ... pero siempre se recoge mucho más de lo que se da, en experiencias, ejemplos, relaciones nuevas, amistades ... Ya lo dicen los documentos de la Iglesia ,los pobres: son bendecidos del Señor, atraen sobre nosotros sus bondades y nos evangelizan .

3. ¿Cómo nos muestra Jesús con su vida, una propuesta de solidaridad?

La claridad de Cristo resplandece sobre la faz de la Iglesia, ella prolonga el misterio de la Encarnación que se actualiza en la solidaridad, ya que no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al bien del hombre y tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo amenaza.

Las actitudes cristianas de quienes practican el servicio a los demás están magistralmente retratadas por Jesús en la figura del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37). Escribió el Padre Segundo Galilea: “Para Jesús el ser hermano de los demás no es algo “automático”, como un derecho adquirido. No somos hermanos de los otros mientras no actuemos como tales. Debemos hacernos hermanos de los demás, por la práctica de la misericordia... Jesús nos exige y nos da la fuerza para “hacernos hermanos”. Pero el serlo de hecho depende de nuestra actitud de “mostrarnos caritativos”, comprometiéndonos con el otro (Lc. 10,37)”

A partir del Encuentro con Jesucristo se abre la posibilidad de un auténtico discipulado que conduce a la solidaridad con todos.

Es tarea de la Iglesia globalizar la solidaridad desde su catolicidad y particularidad con el impulso de su doctrina social.

4. ¿Cómo establecer un diálogo permanente con la cultura, para una acción pastoral más encarnada y abierta a la realidad?

En un mundo globalizado por el neoliberalismo, que es despiadado con el ser humano y con la naturaleza, la espiritualidad de la solidaridad nos desafía a globalizar la justicia, la esperanza, el amor y la fraternidad solidaria, rompiendo muros y fronteras, para abrirnos a los pueblos del mundo con una actitud de respeto y de diálogo fraterno.

La tarea evangelizadora, en el contexto de un mundo globalizado, requiere de algunas actitudes básicas que inspiren la búsqueda de una respuesta a los nuevos interrogantes: Leer los signos de los tiempos, discernir juntos, nunca solos,aprender de los demás,mostrar a Dios más que demostrarlo, inculturación e inserción, valorar y respetar la sociedad pluralista, innovar e innovarse.

Para reconocer los fenómenos culturales emergentes como espacios privilegiados de la gracia, conviene subrayar una espiritualidad eclesial para tiempos de globalización ya que el Señor Jesús es capaz de revelarse con nuevos rostros que exigen actitudes inéditas.
La solidaridad necesita ser animada especialmente en tres aspectos:

En primer lugar en sus Motivaciones: Se deben trabajar las razones interiores o manifiestas por las cuales las personas, comisiones o instituciones practican la solidaridad. Cuando un grupo se mueve por motivaciones compartidas, tan fuertes como para superar sus intereses personales o particulares, se considera que tiene una mística. Siempre será necesario confrontar las motivaciones que tiene la gente para trabajar por los demás, explicitarlas, y en algunos casos purificarlas, porque ellas cualifican también el actuar de las personas y de los grupos.

En segundo lugar cultivando la espiritualidad, porque ella no es espontánea. La solidaridad se nutre de una espiritualidad que sabe encontrarse con Dios en los rostros humanos de Jesucristo. Cultivarla enriquece a las personas mismas y transforma sus gestos solidarios en vehículos del amor de Dios.

En tercer lugar Incorporar las aportaciones de las ciencias sociales
Indudablemente, las ciencias sociales – (psicología, sociología, desarrollo de comunidades, etc.) – proveen de herramientas y de criterios para que los esfuerzos dedicados sean no sólo afectivos sino también efectivos.

5. ¿Cómo aporta Aparecida en la construcción de la Espiritualidad de la Solidaridad y la Cultura de la Solidaridad?

Describiendo la realidad de nuestra Iglesia, el Documento de Aparecida nos dice lo siguiente en el número 98 “La Iglesia Católica en América Latina y El Caribe, a pesar de las deficiencias y ambigüedades de algunos de sus miembros, ha dado testimonio de Cristo, anunciado su Evangelio y brindado su servicio de caridad particularmente a los más pobres, en el esfuerzo por promover su dignidad, y también en el empeño de promoción humana en los campos de la salud, economía solidaria, educación, trabajo, acceso a la tierra, cultura, vivienda y asistencia, entre otros. Con su voz, unida a la de otras instituciones nacionales y mundiales, ha ayudado a dar orientaciones prudentes y a promover la justicia, los derechos humanos y la reconciliación de los pueblos. Esto ha permitido que la Iglesia sea reconocida socialmente en muchas ocasiones como una instancia de confianza y credibilidad. Su empeño a favor de los más pobres y su lucha por la dignidad de cada ser humano han ocasionado, en muchos casos, la persecución y aún la muerte de algunos de sus miembros, a los que consideramos testigos de la fe. Queremos recordar el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes, aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo”. No se trata de triunfalismo sino de reconocer la realidad con los ojos de la Fe, y así responder a una cultura de la indiferencia y de la muerte.

Y en el número 99, letra g, añade: “La diversificación de la organización eclesial, con la creación de muchas comunidades, nuevas jurisdicciones y organismos pastorales, ha permitido que muchas Iglesias Particulares hayan avanzado en la estructuración de una Pastoral Orgánica, para servir mejor a las necesidades de los fieles. No con la misma intensidad en todas las Iglesias, se ha desarrollado el diálogo ecuménico. También el diálogo interreligioso, cuando sigue las normas del Magisterio, puede enriquecer a los participantes en diversos encuentros. En otros lugares, se han creado escuelas de ecumenismo o colaboración ecuménica en asuntos sociales y otras iniciativas. Se manifiesta, como reacción al materialismo, una búsqueda de espiritualidad, de oración y de mística que expresa el hambre y sed de Dios. Por otro lado, la valoración de la ética es un signo de los tiempos que indica la necesidad de superar el hedonismo, la corrupción y el vacío de valores. Nos alegra, además, el profundo sentimiento de solidaridad que caracteriza a nuestros pueblos y la práctica del compartir y ayuda mutua”.

Sin embargo, el número 100 c nos manifiesta algunas sombras: “De igual forma, nos preocupa una espiritualidad individualista. Verificamos, asimismo, una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos”.
Al comenzar la segunda parte, el Documento nos anuncia “La Buena nueva de la dignidad humana, principio fundamental de toda la Doctrina Social de la Iglesia. Son palabras muy bellas que deberemos meditar y orar: “Bendecimos a Dios por la dignidad de la persona humana, creada a su imagen y semejanza. Nos ha creado libres y nos ha hecho sujetos de derechos y deberes en medio de la creación. Le agradecemos por asociarnos al perfeccionamiento del mundo, dándonos inteligencia y capacidad para amar; por la dignidad, que recibimos también como tarea que debemos proteger, cultivar y promover. Lo bendecimos por el don de la fe que nos permite vivir en alianza con Él hasta compartir la vida eterna. Lo bendecimos por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre y por la relación permanente que establece con nosotros, que es fuente de nuestra dignidad absoluta, innegociable e inviolable. Si el pecado ha deteriorado la imagen de Dios en el hombre y ha herido su condición, la buena nueva, que es Cristo, lo ha redimido y restablecido en la gracia (cf. Rm 5,12-21). (104)

Y en el número siguiente expresa: “Alabamos a Dios por los hombres y mujeres de América Latina y El Caribe que, movidos por su fe, han trabajado incansablemente en defensa de la dignidad de la persona humana, especialmente de los pobres y marginados. En su testimonio, llevado hasta la entrega total, resplandece la dignidad del ser humano”.
Pero es sobre todo el capítulo octavo: “Reino de Dios y la promoción de la dignidad humana” el que nos toca más de cerca en el tema que estamos tratando. Ha sido estructurado destacando algunos ámbitos y prioridades que desafían a esta nueva cultura de la solidaridad: Reino de Dios, Justicia Social y Caridad Cristiana, la Dignidad Humana, la Opción preferencial por los pobres y excluidos, una renovada pastoral social para la promoción humana integral, globalización de la solidaridad y justicia internacional y rostros sufrientes que nos duelen, retomando el tema tan elocuente que comenzó en Puebla, siguió en Santo Domingo y ahora se actualiza en Aparecida: Personas que viven en la calle en las grandes urbes, migrantes, enfermos, adictos dependientes, detenidos en las cárceles. Todos temas que deberán profundizarse si queremos responder adecuadamente a estos nuevos “signos de los tiempos”.

También el capítulo décimo trata de la evangelización de la cultura: “Con la inculturación de la fe, la Iglesia se enriquece con nuevas expresiones y valores, manifestando y celebrando cada vez mejor el misterio de Cristo, logrando unir más la fe con la vida y contribuyendo así a una catolicidad más plena, no solo geográfica, sino también cultural. Sin embargo, este patrimonio cultural latinoamericano y caribeño se ve confrontado con la cultura actual, que presenta luces y sombras. Debemos considerarla con empatía para entenderla, pero también con una postura crítica para descubrir lo que en ella es fruto de la limitación humana y del pecado. Ella presenta muchos y sucesivos cambios, provocados por nuevos conocimientos y descubrimientos de la ciencia y de la técnica. De este modo, se desvanece una única imagen del mundo que ofrecía orientación para la vida cotidiana. Recae, por tanto, sobre el individuo toda la responsabilidad de construir su personalidad y plasmar su identidad social. Así tenemos por un lado, la emergencia de la subjetividad, el respeto a la dignidad y a la libertad de cada uno, sin duda una importante conquista de la humanidad. Por otro lado, este mismo pluralismo de orden cultural y religioso, propagado fuertemente por una cultura globalizada, acaba por erigir el individualismo como característica dominante de la actual sociedad, responsable del relativismo ético y la crisis de la familia”.(479)

Muchos católicos se encuentran desorientados frente a este cambio cultural. Compete a la Iglesia denunciar claramente estos modelos antropológicos incompatibles con la naturaleza y dignidad del hombre. Es necesario presentar la persona humana como el centro de toda la vida social y cultural, resultando en ella: la dignidad de ser imagen y semejanza de Dios y la vocación a ser hijos en el Hijo, llamados a compartir su vida por toda la eternidad. La fe cristiana nos muestra a Jesucristo como la verdad última del ser humano, el modelo en el que el ser hombre se despliega en todo su esplendor ontológico y existencial. Anunciarlo integralmente en nuestros días exige coraje y espíritu profético. Contrarrestar la cultura de muerte con la cultura cristiana de la solidaridad es un imperativo que nos toca a todos y que fue un objetivo constante de la enseñanza social de la Iglesia. Sin embargo, el anuncio del Evangelio no puede prescindir de la cultura actual. Ésta debe ser conocida, evaluada y en cierto sentido asumida por la Iglesia, con un lenguaje comprendido por nuestros contemporáneos. Solamente así la fe cristiana podrá aparecer como realidad pertinente y significativa de salvación. Pero, esta misma fe deberá engendrar modelos culturales alternativos para la sociedad actual. Los cristianos, con los talentos que han recibido, talentos apropiados deberán ser creativos en sus campos de actuación: el mundo de la cultura, de la política, de la opinión pública, del arte y de la ciencia”(480).

Es también muy desafiante el tema de los nuevos areópagos y centros de decisión que a partir del número 491 nos dice:

“Queremos felicitar e incentivar a tantos discípulos y misioneros de Jesucristo que, con su presencia ética coherente, siguen sembrando los valores evangélicos en los ambientes donde tradicionalmente se hace cultura y en los nuevos areópagos: el mundo de las comunicaciones, la construcción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, sobre todo de las minorías, la promoción de la mujer y de los niños, la ecología y la protección de la naturaleza. Y el vastísimo areópago de la cultura, de la experimentación científica, de las relaciones internacionales. Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres y el compromiso con la realidad, nace del amor apasionado a Cristo, que acompaña al Pueblo de Dios en la misión de inculturar el Evangelio en la historia, ardiente e infatigable en su caridad samaritana”.

Con frecuencia surgen en nuestras sociedades intelectuales que creen que es necesario abandonar la Iglesia para ser modernos. El número 492 nos señala como “Una tarea de gran importancia es la formación de pensadores y personas que estén en los niveles de decisión. Para eso, debemos emplear esfuerzo y creatividad en la evangelización de empresarios, políticos y formadores de opinión, el mundo del trabajo, dirigentes sindicales, cooperativos y comunitarios”.

No puede soslayarse el tema de los discípulos y misioneros en la vida pública. El número 501 nos dice: “Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social. La opción preferencial por los pobres, de raíz evangélica, exige una atención pastoral atenta a los constructores de la sociedad. Si muchas de las estructuras actuales generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales”.

El número 505 hace un llamado especial a los laicos: “Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

La V Conferencia se compromete a llevar a cabo una catequesis social incisiva, porque “la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas”.

Y continúa en el número 506: “El discípulo y misionero de Cristo que se desempeña en los ámbitos de la política, de la economía y en los centros de decisiones sufre el influjo de una cultura frecuentemente dominada por el materialismo, los intereses egoístas y una concepción del hombre contraria a la visión cristiana. Por eso, es imprescindible que el discípulo se cimiente en su seguimiento del Señor, que le dé la fuerza necesaria no sólo para no sucumbir ante las insidias del materialismo y del egoísmo, sino para construir en torno a él un consenso moral sobre los valores fundamentales que hacen posible la construcción de una sociedad justa”.

Otro tema importante para nuestra reflexión es el de los caminos de reconciliación y solidaridad. En el apartado número 9 del capítulo 10 se trata de eso. Veamos el número 534: “La Iglesia tiene que animar a cada pueblo para construir en su patria una casa de hermanos donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad. Esa vocación requiere la alegría de querer ser y hacer una nación, un proyecto histórico sugerente de vida en común. La Iglesia ha de educar y conducir cada vez más a la reconciliación con Dios y los hermanos. Hay que sumar y no dividir. Importa cicatrizar heridas, evitar maniqueísmos, peligrosas exasperaciones y polarizaciones. Los dinamismos de integración digna, justa y equitativa en el seno de cada uno de los países favorece la integración regional y, a la vez, es incentivada por ella”. Y continúa en el número siguiente (535): “Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración. La comunión alcanzada en la sangre reconciliadora de Cristo nos da la fuerza para ser constructores de puentes, anunciadores de verdad, bálsamo para las heridas. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana. Es iniciativa propia de Dios en busca de nuestra amistad, que comporta consigo la necesaria reconciliación con el hermano. Se trata de una reconciliación que necesitamos en los diversos ámbitos y en todos y entre todos nuestros países. Esta reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón, que alcanza su expresión y realización en el sacramento de la penitencia que Dios nos regala a través de la Iglesia”.

Además, en el número 539 añade: “La Iglesia alienta y favorece la reconstrucción de la persona y de sus vínculos de pertenencia y convivencia, desde un dinamismo de amistad, gratuidad y comunión. De este modo se contrarrestan los procesos de desintegración y atomización sociales. Para ello hay que aplicar el principio de subsidiariedad en todos los niveles y estructuras de la organización social. En efecto, el Estado y el mercado no satisfacen ni pueden satisfacer todas las necesidades humanas. Cabe, pues, apreciar y alentar los voluntariados sociales, las diversas formas de libre auto organización y participación popular y las obras caritativas, educativas, hospitalarias, de cooperación en el trabajo y otras promovidas por la Iglesia, que responden adecuadamente a estas necesidades”.

Siempre en la línea de la Cultura de la Solidaridad, podemos citar el número 540 que nos habla de la promoción de esta cultura: “Los discípulos y misioneros de Cristo promueven una cultura del compartir en todos los niveles en contraposición de la cultura dominante de acumulación egoísta, asumiendo con seriedad la virtud de la pobreza como estilo de vida sobrio para ir al encuentro y ayudar a las necesidades de los hermanos que viven en la indigencia”.

Y pasando a las opciones concretas el número 545 propone algo que viene resonando desde el Sínodo de América en 1997 y ojalá esta vez no encuentre oídos sordos: “Conscientes de que la misión evangelizadora no puede ir separada de la solidaridad con los pobres y su promoción integral, y sabiendo que hay comunidades eclesiales que carecen de los medios necesarios, es imperativo ayudarlas, a imitación de las primeras comunidades cristianas, para que de verdad se sientan amadas. Urge, pues, la creación de un fondo de solidaridad entre las Iglesias de América Latina y El Caribe que esté al servicio de las iniciativas pastorales propias”.

† Oscar Andrés Cardenal Rodríguez Maradiaga, S.D.B.
Canciller Arzobispo de Tegucigalpa, Honduras
Presidente de CARITAS INTERNATIONALIS

Santiago de Chile 23 de Agosto 2008.


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