Rafael Jarpa participa en las colonias urbanas hace más de 10 años. Partió como niño colono asegurando que esta experiencia fue una vía de escape a todos sus problemas. Hoy con 17 años sigue vinculado.
“El despertador no era necesario. Eran las 8 de la mañana y ansioso esperaba que dieran las 10 para que me fueran a dejar a las colonias urbanas y ver qué actividad íbamos hacer y a qué jugaríamos. Diez años tenía y los recuerdos que hasta ese momento estaban en mi cabeza eran vacaciones fomes, aburridas o dando vueltas por las calles del barrio. Mi madre había dejado de trabajar y para que saliéramos de vacaciones debía ocurrir un milagro.
Y ocurrió. Llegaron las colonias urbanas a la capilla de mi barrio en Maipú. Aquí, además de jugar, salir de paseo y compartir, me pude conocer y descubrir que tenía talentos y habilidades. Era un niño tímido y muchas cosas me avergonzaban pero me di cuenta de que era capaz de conversar con las personas y así fui desarrollando mi personalidad.
Encontré amigos y más que amigos, encontré una familia. Cuando llegué a vivir a Maipú había “bandas rivales” en los pasajes y yo me juntaba con una de ellas. Con el tiempo y gracias a las colonias nos dimos cuenta de que vivimos en el mismo barrio y que no nos hablábamos por puras tonteras. Aquí se dio la instancia de conocernos, de divertirnos, de saber que teníamos los mismos gustos. Y fue así como las colonias me regalaron, entre muchas otras cosas, a mi mejor amigo.
Cuando no tienes una motivación o nada que hacer los vicios de la calle te llaman. Hubo un momento en que yo comencé a consumir drogas de aburrido, pero con el tiempo y con la ayuda de las tías de las colonias, me di cuenta de que yo no quería eso para mi vida. Fue un momento duro, pero esa es la gracia de las colonias, un niño de 8 años puede estar jugando y otro andar consumiendo. En las colonias nos juntamos, conversamos, nos apoyamos y entendemos.
Para mí fueron una vía de escape en ese momento, quizás si no hubiese tenido esa motivación o ese estímulo mi vida hoy sería otra. Pasé a cuarto medio y después quiero entrar a la universidad a estudiar arquitectura o diseño. Mi hermano chico de 8 años, que también es niño colono, es todo para mí, es mi luz, es mi razón de seguir adelante. Sé que soy como un padre para él, ya que nuestra figura paterna perdió nuestro respeto hace mucho tiempo por problemas familiares.
Por él y por todos los otros niños que participan en las colonias yo sigo aquí, ahora como monitor, trasmitiendo todo lo que a mí me enseñaron y todo el cariño que me entregaron. Realmente no imagino mi vida sin las colonias y mi familia tampoco. Mi madre mientras trabaja para poder darnos el alimento, está tranquila y feliz sabiendo que estamos pasando nuestras vacaciones aquí en vez de andar botados en la calle.
Los protagonistas cuentan su historia
Maximiliano 10 años, colonia Concierto y Cultura de Huechuraba: “Si no existieran las colonias no lo pasaríamos tan bien, estaríamos encerrados en la casa jugando con los celulares o en la calle haciendo tonteras. Hace 4 años que participo y lo pasé muy bien. Tengo muchos amigos y los tíos (monitores) son muy divertidos”.
Isidora, 7 años, colonia Jardín del Edén: “Desde los 3 años que vengo y lo paso bien, jugamos, hacemos dinámicas, dibujamos. Si estuviera en mi casa me aburriría, porque no tengo nada que hacer en mis vacaciones. Aquí me siento mejor y a mi mamá y a mi papá les gusta que llegue alegre a la casa, porque ellos trabajan todo el día”.
Padre Andrés Moro Vargas, vicario de la Pastoral Social Caritas: “Es una instancia para las comunidades más vulnerables y también de migrantes que han llegando en los últimos años, donde los niños pueden recrearse y formarse. Es un espacio donde toda la comunidad se pone al servicio de los niños y niñas a través de los talleres, del apoyo en las cocinas, de los paseos”.
Fuente: Comunicaciones Santiago
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Santiago, 02-02-2017