Mons. Francisco Javier Stegmeier: "Ha nacido nuestra salvación"
A pocos días de vivir el gran acontecimiento que cambio nuestro mundo, el obispo de Villarrica se refiere al inicio de nuestra salvación. “Es tiempo de estar alegres sabiendo que nuestro Padre nos ama. Si nos acercamos al Niño Dios en el pesebre, comprenderemos qué es lo verdaderamente importante y que es superfluo e inútil”.
Hermanas y hermanos en Jesucristo:
En la noche del nacimiento de Jesucristo brillará una
“luz grande” (
Is 9,1). La contemplación de tan hermoso misterio nos hace decir: Señor,
“acreciste la alegría, aumentaste el gozo” (
Is 9,2). La alegría es algo muy propio de la Navidad, pues Dios quiere la felicidad del hombre. La plena realización del hombre solo es posible por la redención de Cristo, que libera de la esclavitud del pecado y restablece la comunión con Dios. Nunca hemos de olvidar que Dios nos creó para participar de su vida divina y gozar para siempre de la alegría de su visión en el cielo.
El nacimiento del Niño Jesús en Belén es el inicio de nuestra salvación y la promesa de
“entrar en el gozo del Señor” (
Mt 25,23). Es por ello que, para quienes creemos en Cristo, la celebración de la Navidad intensifica nuestra esperanza y alegría. Nuestra fe nos da la certeza que efectivamente Jesús es quien consuela el corazón, lo sana de sus heridas y lo capacita para transformar este mundo, haciéndolo Reino de Cristo, en el que todos seamos hermanos, viviendo en amor, justicia y paz.
El nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre en las entrañas purísimas de la siempre Virgen María y nacido en un pobre establo, vino a cambiar radicalmente el curso de la historia. Cristo le dio un giro absoluto al destino de muerte de la humanidad, pues Dios
“nos dio vida en Cristo” (Ef 2,5). Se nos abren las puertas de una vida feliz sin fin en la contemplación del misterio de Dios. Cristo bajó del cielo para llevarnos al cielo, pues,
“a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su condición divina y tomó la condición de esclavo” (
Fil 2,6-7) para que nosotros, esclavos del pecado, del demonio y de la muerte fuésemos liberados y elevados a la condición de hijos de Dios.
A la luz del misterio de la Navidad, Dios nos muestra quiénes somos y Él quiere que caigamos en la cuenta de que realmente hemos sido constituidos hijos de Dios en el Hijo de Dios, Jesucristo. Nuestra alegría más grande debe ser el saber que Dios es nuestro Padre, que nos ama y nos conduce con su providencia por este mundo hacia su Casa. El camino que nos conduce a la meta es Jesús. Si nos acercamos al Niño – Dios en el pesebre, comprenderemos qué es lo verdaderamente importante en la vida y qué es superfluo e inútil. Ahora en Cristo podemos vivir la vida nueva de los hijos de Dios:
“Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad” (
Tit 2,11-12).
+Francisco Javier Stegmeier Sch.
Obispo de Villarrica
Villarrica, 20-12-2016