Los 865 niños fallecidos en centros del Sename han creado alarma pública, considerando que muchos de ellos han sido víctimas de negligencia. Quisimos ahondar acerca de qué es lo que ocurre en centros apoyados por la Iglesia de Santiago. Y allí hay una realidad: la de los niños que nadie quiere recibir y que tienen serios daños en su salud.
Recibimos a personas que son abandonadas por tener discapacidad intelectual severa o profunda y situaciones de salud muy delicadas. En general a los que no son recibidos en ningún lado”. Así explica Cristián Glenz, director ejecutivo del Pequeño Cottolengo, el trabajo en la obra de Don Orione, que atiende a 550 personas en sus hogares de Santiago, Rancagua y Quinteros. Una cruda afirmación, que refleja la indiferencia de una sociedad frente a una realidad que no ha resuelto en décadas. Una deuda pendiente, ante la cual hemos cerrado los ojos y que hoy parece imposible no mirar, cuando nos enrostra de golpe las altas cifras de muertes en centros de administración directa y de organismos colabo radores del Servicio Nacional de Menores (Sename).
Son 210 los niños, niñas y adolescentes fallecidos entre el 2005 y junio de 2016, en el sistema de protección residencial de Sename y sus organismos colaboradores. La cifra se incrementa a 865 fallecidos si se incluye a aquellos atendidos en programas ambulatorios, a adultos que permanecían en centros de protección por tener graves discapacidades y a quienes cumplían medidas de internación provisoria o sanciones en alguno de sus centros. Pero detrás de estas cifras se esconden historias humanas. No hablamos de números, sino de personas, de niños y niñas, muchas veces en situación de discapacidad. El Papa Francisco se ha referido en reiteradas ocasiones a “la cultura del descarte”, que hace alusión a una sociedad que margina y aparta a los más vulnerables. Y justamente, de estas personas se hacen cargo obras como el Pequeño Cottolengo y el Hogar San Ricardo, ligadas a la Iglesia Católica.
Ambas no han estado ajenas a la polémica por la crisis en el Sename y sus nombres figuran en el listado de los hogares con mayor tasa de mortalidad. Una situación de la cual la Iglesia se hace cargo y reconoce con dolor, manifestando su profundo interés por erradicar cualquier amenaza para el bienestar de los niños y niñas.
Según cifras del Sename, hay doce fallecidos del Pequeño Cottolengo de Santiago y 11 en Rancagua. Al respecto, Glenz señala que “no es normal que fallezcan niños que están a cargo de Sename que no tienen complicaciones físicas, pero en nuestro caso es un milagro que algunos de ellos estén vivos. Un tercio de nuestros residentes está postrado, un tercio es semivalente”. “Los niños y adultos que han fallecido en el Pequeño Cottolengo son personas que tenían graves daños cerebrales y condiciones médicas delicadas de origen”, agrega. La obra del Pequeño Cottolengo cuenta con 410 trabajadores, de los cuales 250 son auxiliares de trato directo y cerca de 150 son profesionales, principalmente del área de la salud, como kinesiólogos, fonoaudiólogos, terapeutas ocupacionales, neurólogos, siquiatras, sicólogos, trabajadores sociales y dentistas. “Los hogares de la Iglesia y de las congregaciones en general, tratan de ofrecer la máxima calidad de servicios. Esto se debe a que son capaces de gestionar recursos de privados que complementan el escaso apoyo que entrega el Estado a ese grupo tan vulnerable”, agrega Glenz.
Una visión similar tiene el padre Jorge Pintos, director del Hogar San Ricardo, quien señala que indudablemente se trata de hechos que generan dolor, pero que “no es lo mismo que muera una persona en el Hogar San Ricardo a que fallezca un niño en riesgo social o infractor de ley que no tiene proble mas de salud, porque nosotros trabajamos con niños con discapacidad severa, sin importar si además presentan diagnósticos de multidéficit, como parálisis cerebral, afasia o autismo”. Pintos señala que “tenemos un promedio de dos a tres fallecidos por año, los cuales se han producido por diagnósticos médicos como neumonía y muerte natural. Hay que mencionar, además, que nosotros trabajamos en base a las buenas voluntades, con un escaso aporte del Estado, que cubre solamente un 25% de nuestropresupuesto y el restante 75% tenemos que gestionarlo a través de donaciones de nuestros benefactores”.
“Creemos que los hogares, pertenezcan a una iglesia o bien al Estado, presentan múltiples necesidades, pero aún más convencidos estamos de que existen carencias en la propia sociedad en la que vivimos, donde los valores, el amor al prójimo y el respeto parecen haberse perdido. Si cuidáramos a nuestros hijos con amor y preocupación no debieran existir hogares. Las necesidades son múltiples, desde lo económico hasta la de contar con personas generosas que estén dispuestas a entregar el amor que otros negaron”, agrega Pintos. “Creemos que independiente de quien sea que administre la supervisión de los hogares, ésta debe ser realizada con lineamientos claros. No sólo se necesita ayuda financiera de parte del Estado y colaboradores, sino también voluntad para trabajar por el bienestar de los niños y niñas”, finaliza el sacerdote.
Hoy es tarde para las 865 personas fallecidas durante la última década. Sin embargo, para los niños y niñas que residen actualmente en centros y hogares en manos de privados, Iglesia y del propio Sename, aún hay esperanza. Tenemos la oportunidad de enmendar el rumbo y garantizar una vida digna para los niños, niñas y adolescentes más frágiles y vulnerables. Ellos y ellas ya no pueden esperar.
Fuente: Periódico Encuentro
www.periodicoencuentro.cl
Santiago, 03-11-2016