Por una buena educación
Cuando en la primavera de 2004 los Obispos invitábamos a pensar el Chile del Bicentenario, decíamos que la misión de los intelectuales y educadores está ligada a la cultura y que su influencia es determinante en los comportamientos personales y sociales de la gente. También señalábamos que el rol de éstos “los obliga a hacer una revisión crítica tanto de los valores tradicionales como de aquellos que los tiempos nuevos nos proponen. Pocas personas tienen tanta responsabilidad en la construcción de un mundo nuevo como aquellas que, habiendo sido dotadas de capacidad creadora, de oportunidades particulares para el uso de su inteligencia, de inquietud espiritual y de formación, pueden influir en la configuración de la mente de sus pueblos. Crear cultura y transmitirla es una tarea esencial del vivir humano en sociedad”.
En la última Asamblea Plenaria hemos recibido los importantes y prometedores frutos del Primer Congreso Nacional de Educación Católica, que congregó en octubre pasado a más de 1.500 personas venidas de todas las diócesis con la finalidad de reflexionar sobre qué tipo de enseñanza católica requiere el país, precisamente en la perspectiva de la celebración del Bicentenario. Los contenidos que en este encuentro se analizaron, la calidad de los expositores y sus ponencias, los desafíos que los participantes volcaron en los trabajos grupales y en su sólida Declaración final, son indicadores que nos llenan de esperanza. Sin duda, estos frutos serán una contribución al debate que, sobre el mismo tema de la enseñanza, se ha producido durante este año en la sociedad civil.
No deja de llamar la atención que estos gratificantes frutos del Congreso de Educación Católica encuentren al país sumido en nuevas denuncias de faltas a la probidad, asunto sobre el que los pastores hemos querido entregar una nueva palabra desde la mirada del Evangelio. ¡Qué importante es la tarea educadora de los padres -primeros formadores-, así como la misión de la escuela, de la educación superior, y de la Iglesia, en la formación de valores permanentes!
Los episodios recientes en que la acción política vuelve a ser cuestionada por la existencia de algunos focos de corrupción, nos demuestran la apremiante necesidad de revisar nuestras convicciones, nuestro testimonio y, de un modo particular, el modo en que estamos educando a los niños y jóvenes acerca del bien común, la acción política y el servicio público. Ha dicho San Alberto Hurtado: “En el centro de la enseñanza está el maestro con su propio saber y personalidad; no es el libro de texto el que domina en la escuela sino la palabra viva que sale de boca del maestro”.
En este tiempo de Adviento, meditemos nuestros planes y propósitos abriendo nuestra mirada hacia los grandes ideales que buscamos para las generaciones venideras. Por eso, con el mismo entusiasmo con que los educadores católicos se comprometen hoy a “trabajar porque la calidad no sólo sea logros de contenidos, sino de valores humanos y evangélicos, de compromiso con los demás y alegría de vivir”, con esa misma fuerza queremos ofrecer al Señor el compromiso de trabajar intensamente para que sean cada vez más los líderes que egresen de nuestras instituciones educativas, los líderes responsables y probos que el país necesita para ser más justo y solidario.