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Plan de acción anual (OOPP 2014-2020)

Nos centramos, en aquellas realidades o procesos que permiten a cada persona ir alcanzando una mayor plenitud humana, de modo que toda la creación tienda al proyecto originario de comunión querido por Dios.

1. Criterios orientadores para nuestra acción eclesial en vistas de discernir los signos de los tiempos y responder mejor a los desafíos de los nuevos tiempos que estamos viviendo:
  • a. Centralidad de Jesucristo, Señor de la vida.

    En el encuentro con Cristo nuestra vida adquiere un sentido nuevo y más pleno. La fe no se reduce a meros contenidos o normas, sino que es ante todo el encuentro personal con Dios que se nos ha manifestado en la persona de Jesús.
  • b. Valor y dignidad de toda persona humana, cualquiera sea su condición.

    El ser humano está llamado a una plenitud, que los creyentes reconocemos en Cristo: la verdadera Vida se alcanza cuando nos hacemos capaces de gastar nuestra vida en dar vida a otros, tal como hizo el Señor Jesús. Estamos convocados a «vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia»
  • c. La Iglesia está llamada a ser servidora del Reino de Dios, en la escucha comunitaria y corresponsable de la Palabra, en el servicio humilde a la vida de toda persona humana y en el anuncio gozoso de la fe a todos los hermanos y hermanas.

    Esto lo vivimos en el marco del discernimiento pastoral, indispensable para la misión de la Iglesia. «Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios»
2. Objetivos de Largo Plazo

La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias. Necesita confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Para continuar caminando en esta dirección necesitamos ser más radicalmente:

a. Una Iglesia que escucha a su Señor y se deja conducir por el Espíritu.

b. Una Iglesia Pueblo de Dios, en la cual todos nos reconocemos como hijos de un mismo Padre; discípulos llamados a ser miembros de una única familia de Dios.

c. Una Iglesia servidora y samaritana, una Iglesia pobre y servidora de los pobres.

d. Una Iglesia acogedora y misericordiosa, que acompaña el dolor y muestra a Jesús.

e. Una Iglesia que vive, celebra y anuncia gozosamente su fe, consciente de que «conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo»

f. Una Iglesia que, desde la conciencia de su fragilidad y de la actual pluralidad existente en Chile, quiere colaborar activamente en la construcción de un país más humano y equitativo.

g. Una Iglesia que quiere crecer en un ejercicio del liderazgo como servicio compartido.

h. Una Iglesia que sale de sí misma para anunciar la alegría del Evangelio.


3. Desafíos Prioritarios para los años venideros

a. Con urgencia necesitamos reavivar nuestra experiencia de fe.

De una fe que no es un cúmulo de doctrinas o normas, sino un encuentro personal del creyente con la persona de Jesús, que da una orientación definitiva a la vida. Necesitamos crecer en esa fe, que es mirar a Jesús con amor, y así aprender a mirar toda la realidad con los ojos de Jesús. Es necesario que recuperemos la experiencia de la gozosa alegría de ser creyentes, con una alegría y serenidad auténticas que surgen del saberse siempre en las manos de Dios. Queremos recuperar la alegría de ser creyentes, incluso en estos tiempos en los cuales no es fácil creer. En vistas de esta renovación de la experiencia espiritual, nos comprometemos a renovar nuestra práctica litúrgica y sacramental, la catequesis, la lectura creyente de la Biblia, la vida de oración, los espacios de vida comunitaria (comunidades de base, grupos de oración, movimientos espirituales, grupos de servicio...), y a fortalecer las experiencias de apoyo solidario y cercanía a los más desamparados y sufrientes.

b. Necesitamos entrar en un proceso de «conversión pastoral» que reavive la vitalidad misionera de nuestra Iglesia.

Una renovación que nos permita hacernos más atentos a las periferias de este mundo. Eso implica salir de la rutina de nuestras prácticas habituales para ir al encuentro de los que se encuentran lejos, por cualquier causa. Supone también la capacidad de distinguir lo esencial de lo secundario en la propuesta del mensaje cristiano. Nos comprometemos a trabajar en la renovación de nuestras estructuras eclesiales, a fin de hacerlas más apropiadas al anuncio del Evangelio. Queremos fortalecer el compromiso y la corresponsabilidad de todos los creyentes en la vida de la Iglesia; para ello, en los diversos niveles de la vida eclesial nos comprometemos a renovar los procesos formativos; a revisar el modo y estilo de tomar decisiones; y a revisar el modo de compartir la información al interior y al exterior de la Iglesia.

4. Lineamientos Pastorales. Elementos Transversales en todas nuestra obras y acciones apostólicas.

a. Evangelización de la cultura.

La realidad social en plena transformación que actualmente vivimos es un espacio privilegiado para hacer presente la novedad del Evangelio. De modo especial en las ciudades y sus periferias: «Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad. ... las transformaciones de esas grandes áreas y la cultura que expresan son un lugar privilegiado de la nueva evangelización». Evangelizar es «llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades». Lo que realmente interesa es evangelizar no de un modo decorativo, sino de manera vital, en profundidad, llegando hasta las mismas raíces de la experiencia cultural de cada persona y de cada pueblo. Esto será posible si nos animamos a entablar un diálogo en profundidad, franco y sin temores, con las realidades nuevas de nuestro mundo, que a veces parecen estar tan alejadas de la vida eclesial. De modo especial urge un diálogo con los jóvenes y con los creadores de cultura. «Esto requiere, desde nuestra identidad católica, una evangelización mucho más misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los hombres».

b. Vocaciones y ministerios.

Toda vida cristiana es un llamado gratuito de Dios para conocerlo, amarlo y servirlo. Por lo mismo, toda vida cristiana es una «vocación» a formar parte de la comunidad eclesial. Posteriormente esta llamada genérica se va especificando para cada uno en vocaciones más concretas. Hemos recibido una vocación a un determinado estado de vida, por ejemplo el matrimonio y la vida consagrada. Luego hay vocaciones específicas a prestar diversos servicios en la Iglesia: el ministerio ordenado (obispos, presbíteros y diáconos) o diversos otros servicios, sea en la comunidad cristiana o fuera de ella. Por ejemplo, una vocación de catequista o misionero; o una vocación para el trabajo social, la educación, el cuidado de la salud o la vida sindical. Un creyente madura en su fe y humanamente cuando es capaz de reconocer su propia vocación, y responder a ella haciendo de su propia vida un servicio para los demás. Este es el mejor modo de ser fiel a Dios. «Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas». La aguda falta de vocaciones para el ministerio sacerdotal, la vida consagrada y otros servicios eclesiales, está poniendo en evidencia una aguda fragilidad de nuestra experiencia eclesial. Necesitamos ahondar nuestra fe en la oración y en la genuina disponibilidad interior para que el dueño de la mies envíe más operarios a su mies (ver Mateo 9,38).

c. Laicado.

Es bueno partir recordando una constatación fundamental: «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia»34. Esto es claro en los principios, pero necesitamos concretizarlo mucho más en la vida cotidiana. Fortalecer la formación de los laicos, para que asuman cada vez más activa y responsablemente su tarea cristiana en el mundo y en la construcción de la comunidad cristiana. Tenemos que abrir espacios cada vez más amplios de participación para los laicos y laicas en la vida y misión de la Iglesia. Esto supone superar una mentalidad clericalista, tanto de parte del clero como de los propios laicos. Un fortalecimiento del laicado conlleva necesariamente una mejor comprensión de la misión propia de los presbíteros; una mejor comprensión de su condición de «pastores con olor a oveja», que saben hacerse cercanos a la oveja descarriada y alegrarse por su retorno.

d. Liderazgo.

Los apóstoles anunciaron a Jesús como «el Jefe que lleva a la Vida», como nuestro «Jefe y Salvador» (Hechos 3,15; 5,31). Jesús puede ser llamado jefe porque se hizo cargo de las necesidades de los suyos; porque cargó sobre sus hombros las necesidades de todos, los sufrimientos y debilidades de todos (ver Mateo 8,17); porque tuvo compasión por los que andaban desorientados y dispersos (ver Mateo 9,36). Cada creyente y cada comunidad cristiana están llamados a ejercer un cierto liderazgo en este sentido. Es decir, están invitados a animarse a caminar con otros para alcanzar las metas propuestas. Desafiados a saber hacer propias las necesidades de los demás y a comprometerse con los sufrientes y desorientados para acompañarlos en la superación de sus problemas. Un buen líder no es el que manda, sino el que comprende desde dentro y se hace cargo de las necesidades de los demás. Por eso su palabra es creíble, es pertinente, es escuchada, da confianza y es obedecida con afecto. Es cercano, es alguien que no se desentiende de ningún dolor ni sufrimiento: «Yo soy el buen pastor: conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí» (Juan 10,14).

Fuente: OOPP 2014-2020

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