Pitazo final

Seguramente también en Iloca, Dichato y Constitución gritaron con todas las fuerzas el gol de Jorge Valdivia que nos clasificaba a la Copa del Mundo. También en Talcahuano, Pichilemu y Maule las bocinas de los autos festejaron ese 11 de octubre al término del partido con Colombia.

Por eso no llama a sorpresa que la “roja de todos” y que la pasión de multitudes también colme de esperanza a las comunidades que más sufrieron el terremoto y maremoto. En épocas prolongadas de dolor, no tan lejanas, también el fútbol era una tregua.

Es gratificante la potencialidad reparadora del Mundial de Fútbol que vivimos. Lo comprobamos desde las casas que quedaron intactas, también de las averiadas y de las que están en camino de ser levantadas de nuevo. En todas ellas celebramos la jugada bonita y vivimos 90 minutos de adrenalina. También en colegios y universidades, en oficinas y fábricas, en parroquias y sedes comunitarias, la Copa del Mundo nos remece las rutinas.

Porque, al igual que la “roja”, Chile es una mesa de todos y para todos. Y la mesa solidaria se fortalece en la alegría, en el abrazo del gol y también en el abrazo de “fuerza, hermano”. Es el Señor quien nos abraza y bendice, quien nos envía a compartirlo y a proclamarlo con gozo.




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