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Sabiduría Futbolística
Soy hija de Mario Henríquez, futbolista de corazón, colocolino apasionado, fundador de dos clubes deportivos amateur, director técnico y arbitro. Crecí viendo a mi madre lavar las camisetas de los jugadores, las redes de los arcos en un rincón de la habitación de mis hermanos, jugué con los balones que se guardaban en la casa de Don Mario, hasta teníamos una pizarra negra que colgaba en una de las paredes de la entrada de la casa, donde los jugadores se informaban del próximo campeonato: equipo contrincante, fecha, lugar, hora y categoría: infantil, juvenil, adulto, seniors. Viví con cuatro hermanos mayores que sólo sabían hablar de fútbol. Con esa habilidad innata de ser comentaristas deportivos, analizaban goles, tarjetas exhibidas, jugadas, calidad futbolística de los jugadores, falta, corner, y un sin fin de terminologías que aprendí primero que el abecedario. Y aunque a la “postre” como dice Santa Teresa, y sin afán de herir susceptibilidades, no puedo dejar de nombrar al club sobre el cual se articulaba toda la vida familiar, Colo Colo, por supuesto: el tatuaje puesto en el brazo derecho de mi padre, el escudo en la puerta de entrada y un póster que ocupaba la mitad de la pared del comedor y cuyas estrellas daban cuenta de cada campeonato ganado y con el cual aprendí a enumerar, no dejaban alternativa a ningún visitante. Han pasado muchos años desde aquella inolvidable infancia de tardes futboleras, mundiales imperdibles y la vuelta olímpica por el barrio. Hoy sigo sintiendo dentro de mí la pasión transmitida por mi padre, esa experiencia interna ubicada en el estómago cuando el comentarista grita gooooolllllllll y que es indescriptible. Y de todo esto, ¿qué aprendí? ¿Qué me ha servido para vivir hoy la fraternidad? Aprendí que la vida es como una inmensa cancha de Fútbol, que congrega personas de distintos credos, apasionadas por un sueño, capaces de romper con toda discriminación por raza, pensamiento político o nación, allí en torno a un ideal se entrega la vida, en noventa minutos se expresan todos los sentimientos: alegría, tristeza, frustración, ansiedad, rabia, resignación y esperanza. Aprendí cómo vivir la fraternidad con esa dinámica de ubicación en el puesto justo para rendir al máximo, con la sabiduría de un director técnico que debe conocer el interior de sus jugadores para saber en qué condiciones entran a la cancha, cuánto pueden rendir, y en qué minuto sacarlos para que puedan gozar del espectáculo desde la banca y sentir al mismo tiempo que siguen jugando. Gran sabiduría es el fútbol, pues es importante que cada jugador toque el balón para que se sienta partícipe del juego y sepa en que momento entregarlo a otro para que se genere la mejor jugada, aquella que los deja en condición de meter un gol y si es posible, un golazo. Aprendí de mi padre que el buen jugador debe saber manejar el balón, mantenerlo en sus pies, superar los obstáculos y al mismo tiempo estar atento a la posición de sus compañeros, siempre con los ojos puestos en los demás. Así también es la vida fraterna, un trabajo de identidad, colaboración, corresponsabilidad y comunión, con sentido de equipo cohesionado, un ideal, una misión y siempre un buen D.T.
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