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Un nuevo Mundial: racconto desde la niñez
Mons. Cristián Contreras Villarroel
Obispo Auxiliar de Santiago
Basta decir “el Mundial” para que todos entiendan “mundial de fútbol”, incluso los no adeptos al balón o los contrarios a él. Nací en 1959. Y recuerdo, con la evocación de un niño de tres años, la primera imagen de televisión: en blanco y negro. Era el mundial del 1962. Gracias al Mundial llegaron los primeros aparatos de televisión a Chile. Los Geloso, los Westinghouse, los Saba… Recuerdo la primera imagen de televisión vista. Después supe que era el partido Chile con Brasil. No es que fuera un niño prodigio (¿es que hay que serlo para saber de fútbol y que quede grabada en la retina y la memoria la primera imagen de televisión?). Ciertamente el tiempo ayuda a ordenar las representaciones y a darles contenidos. Además, mi papá asistió como espectador a todos los partidos del mundial de Chile, en el Estadio Nacional, y hasta hoy le sigo escuchando anécdotas e historias de ese Mundial de Chile.
Tampoco olvidaré que las primeras imágenes en color de la televisión las contemplé con ocasión del Mundial de Argentina 78. Ya era seminarista de segundo año. Y el año ‘82 (mundial de España), el Seminario recibió como regalo el primer televisor a color. Lamentablemente, la primera visión no fue positiva: Alemania 4 - Chile 1. (Gol de Gustavo Moscoso, el excelente puntero izquierdo de “la Católica” y no de “Católica” como se dice hoy). Tampoco lo que siguió en la visión a colores fue bueno para la mayoría de los seminaristas: la derrota de Brasil por Italia, con los goles de “Pablito” Rossi. Italia fue campeón, en una final con Alemania, muy merecida, y con un anciano Presidente Sandro Pertini celebrando como niño los goles de su azzurra. Era el 13 de julio de 1982.
Atrás quedaban las visiones en blanco y negro, como una final de Colo Colo y la Unión en la Libertadores y también las jornadas de box de Martín Vargas (“pega Martín”) en el teatro Caupolicán, los viernes.
Con todo, mi primer mundial con toda conciencia fue el de México 70. Ya tenía once años; y tal como los niños de hoy que me impresionan por su conocimiento global de los jugadores de las selecciones que acuden al mundial, también yo puedo tirar mis cartas del Scratch brasilero de México 70: Félix, Brito, Clodoaldo, Piazza, Carlos Alberto, Everaldo, Gerson, Pelé, Jairzinho, Tostao y Rivelinho. ¿Cómo no recordar ese partidazo entre Alemania e Italia, con un Beckenbauer vendado en un brazo apegado a su tronco; al eximio arquero británico Gordon Banks y su tapada al cabezazo de Pelé, o al otro gran arquero, Ladislao Mazurkiewicz, de la celeste uruguaya? Grandes equipos eran los uruguayos y también los peruanos. A este último le faltó un golero de categoría para el gran equipo que tenían, partiendo por Chumpitaz, Meléndez y Cubillas.
El Mundial me hace recordar también el fútbol local, el estadio Independencia de mi niñez (Néstor Isella, Tito Fouilloux, Nacho Prieto, Chocolito Ramírez); después vendrían Sarnari, Carvallo, Messen, Laube, Crisosto; y también la tristeza de una UC en el descenso el 74 (jugando en el estadio de la entonces Universidad Técnica) y el 75 volviendo a primera división y su retorno progresivo al sitial que le correspondía con los títulos de 1984 y 1987, guiados por Ignacio Prieto. El Mundial me hace recordar las hermosas jornadas de los clásicos universitarios diurnos y nocturnos; a Colo Colo 73, con Caszely y el Pollo Véliz; a la Unión del 75, con Mario Soto y el negro Ahumada. O al Everton del 76. O el Palestino del 78 con don Elías Figueroa, y años antes con el gran arquero argentino (¡era que no!) Enrique Vidallé.
Los mejores mundiales que recuerdo: México 70 (por mi niñez); Argentina 78 y España 82 (por mi época de seminarista); y Francia 98. Este último viviendo en Roma, con un conocimiento de nueve años de los torneos europeos, especialmente de Italia, y con una selección chilena hoy “la Roja”- que tantas alegrías nos regaló, especialmente con ese empate con los “azzurri” de Italia. El Mundial me hace recordar las hermosas jornadas del calcio en Roma y la final de la Champions Ligue, del 96, en el Olímpico de Roma entre la Juventus y el Ajax de Holanda, a la que tuve el privilegio de ser invitado a tribuna. También a las temporadas de Zamorano en el Inter y Salas en la Lazio. O la vez que asistí al Estadio Bernabeu a un Real Madrid Atlético de Bilbao (octubre de 1994), con dos goles de Zamorano y triunfo de los merengues por 3 a 1.
Es que “el Mundial”, como el fútbol de todas las semanas, es vida, es alegría, es compartir, es hacer memoria de la existencia vivida. Hay mucho qué hacer para devolver el fútbol, que parece cautivo en las manos de depredadores, a los niños y las familias. El mundial me hace recordar el paquete de maní tostado o confitado, o unos turrones que vendía un viejito del Wanderers llamándolos "el rico veneno", el vaso de café, el “sanguche” de jamón y palta o la gaseosa heladita. Es que el fútbol puede también jalonar la vida de la persona humana, con sus alegrías y preocupaciones. Recuerdo un hecho real, en la década de los 80: alguien miraba su futuro con mucha impaciencia y con cierta desesperanza. Un amigo le preguntó cuál era su inquietud. Se la comentó. Se trataba de un proyecto que implicaba en parte el futuro de su familia. Sólo podría disfrutar de sus sacrificios al cabo de ¡ocho años!; en el intertanto pensaba que viviría lleno de sobresaltos. El amigo lo reconfortó diciéndole: “de qué te preocupas tanto… ¡estás a sólo dos mundiales!”.
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