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Contigo a la Primera
Jaime Coiro
Hincha de Segunda
Cada vez que mi sobrina o alguna amiga me anuncia la irrupción de un nuevo candidato a pololo, el verdadero filtro de mi interrogatorio se encuentra en la segunda pregunta, después de la edad: ¿qué equipo le gusta? Admito que tiendo a desconfiar de los candidatos a pololos que no se declaran hinchas de un equipo. Y reconozco que aquella segunda pregunta que me encanta formular no siempre me resulta fácil de responder.
Soy un hincha de Segunda. Mi equipo milita en los potreros. Estamos en el ascenso. No sirve el eufemismo de Primera B para ocultar nuestra secundona realidad. Qué plancha encarar a amigos o colegas extranjeros cuando le preguntan a uno de qué equipo es, esperando oír el nombre de alguno de los llamados grandes. Entonces la respuesta obliga a unas vueltas de trompo: a poco más de una hora de Santiago hay un valle hermoso y limpio con un gran equipo que está en la segunda división.
Vivir el Vía Crucis de años y años en el oscuro túnel del ascenso no es fácil para un hincha que cada temporada contempla desde el palco las caravanas y festejos de otros. Es la regla del hincha de Segunda: soportar la broma repetida que todos creen inédita, hojear la prensa que ignora el torneo secundario, lamentar los míseros empates de local y acostumbrarse a ser uno de diez hinchas en un partido de visita.
Yo aprendí a vivir como hincha de Segunda admirando a mi párroco, que sin miramientos modificaba la agenda pastoral para no perderse los partidos del Uní Uní. Domingo por medio, cuando jugábamos de local, nos subíamos a la camioneta roja conducida por el Padre ¡al estadio, al estadio!. En la galería, siempre admiré su capacidad de traducir la ira contra el plantel amado sin recurrir al repertorio de improperios al que la marea humana obliga. El párroco hinchó y gritó, pero no lo oí garabatear nunca. En él me inspiré cuando llevé por primera vez a mi hijo al estadio. En la emoción de ese momento histórico a sus tres años, mucho antes de entrar me preguntó por qué se hacía sandwich de potito.
El año 2000, el invierno más triste de mi historia, el Señor me regaló una sonrisa al final de temporada cuando el equipo de mis amores subió a Primera después de una larga siesta en el ascenso. También me regaló una esposa, una madre y una patota de amigos que me acompañaron a los últimos partidos de esa dura lucha. Y nos pintamos los rostros albirrojos y tuvimos nuestra propia caravana. Qué hermosa es la victoria cuando se vive en familia y entre amigos. Qué sabroso el triunfo cuando no hay costumbre.
Es cierto que Fox y Espn no se esmeran por hablar de San Felipe. Pero no todos los días Palmenia graba un himno, no todos los años un club sube a Primera y al siguiente es Campeón, no en todas las divisiones uno puede darse el gusto (y el lujo) de ir al estadio en familia sin miedo. Por eso miro el Mundial y sigo el torneo sin complejos: porque el fútbol me hace bien, me serena y reconforta, me regala energías para mirar la historia con más esperanza. Y por eso cada semana le digo a mi club: ¡contigo a la primera!
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