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Declaraciones en vestuarios
(testimonios)
Bitácora de Entrenador
Mons. Gaspar Quintana Jorquera CMF
Obispo de Copiapó
Estamos a las puertas de un nuevo Mundial de fútbol. Los medios de comunicación nos han venido preparando para este acontecimiento planetario que con toda razón puede ser llamado cultural en los tiempos que vivimos.
Me gustaría compartir brevemente algunas experiencias e impresiones personales con ocasión de este deporte que es pasión de multitudes.
Nacido en una familia de deportistas, siempre tuve una especial afición a la práctica del deporte, principalmente del fútbol. Recuerdo cómo la agenda del día domingo para la familia era, en primer lugar, ir a la Santa Misa, guiados por nuestros padres, y por la tarde ir al estadio, especialmente cuando jugaba mi hermano Santiago en los clubes Iberia, Santiago Morning, Universidad de Chile, de aquellos años.
Eran tiempos en que valía más como motivación el amor a la camiseta que las prebendas de carácter económico, sin violencias ni fanatismos de ninguna clase. Nada más distinto de las escandalosas cantidades de dinero que hoy se transan por las operaciones de contratación o traspaso de jugadores. Cómo recuerdo las entretenidas pichangas de barrio, junto a la Parroquia del Corazón de María en el sector de las calles Copiapó, Zenteno, Alejandro Primero, de ese entonces.
Entrado al seminario claretiano, en un clima de oración, estudio, y alegre convivencia, había también espacio para practicar varios deportes. Por cierto que la preferencia evidente era por el fútbol.
Terminada la carrera sacerdotal, estimulado por algunos amigos deportistas, tuve la oportunidad de hacer, allá por 1964, el curso para Monitores y Entrenadores, organizado por la Asociación Nacional de Fútbol Amateur de entonces, que capitaneaban grandes directores técnicos como Fernando Riera, Lucho Álamos y otros. Fue una semana intensa de estudio y práctica: educación física, técnicas y tácticas, reglamentación y sicología deportiva, etc. Salí aprobado, con mi cartón bajo el brazo, y con muchas ganas de poder compartir lo aprendido con niños o jóvenes con los que me pudiera encontrar en parroquias, capillas o colegios, o de la calle en general.
Una buena experiencia, aunque terminó en fracaso, fue la de preparar la Selección de Talagante para el Campeonato Nacional Juvenil de Arica. Nos tocó eliminarnos con la poderosa escuadra de Bataflor, la que nos superó estrechamente y nos dejó fuera del Campeonato.
A través de los años he hecho bastante deporte, en diversos ambientes y lugares, convencido de los grandes valores que aporta a la vida de una persona una sana práctica deportiva: disciplina personal, espíritu de superación, capacidad de trabajar en equipo, lealtad, fortaleza en la adversidad, buen uso del tiempo libre. El deporte es también una hermosa criatura del Dios de la vida.
De vez en cuando, cada vez que me era posible iba al estadio a ver mis equipos favoritos, tanto nacionales como extranjeros. Allí pude admirar las maravillas de jugadores talentosos como Pelé, Eusebio, y tantos otros.
En realidad mis múltiples compromisos como sacerdote no me han dejado mucho tiempo para trabajar más directamente como entrenador, pero sí he procurado fomentar la actividad deportiva entre los muchachos y adultos. Lo veo no sólo como factor de mera entretención, sino como escuela de valores humanos y cristianos. No dejo de recordar las palabras del apóstol Pablo: ¿No saben Uds. que en las carreras del estadio todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corran de manera que consigan ese premio (1 Co 9, 24).
Ojalá que este Campeonato Mundial de Fútbol en Alemania sea un excelente medio para vivir un clima de fiesta deportiva, de hermandad de los pueblos, de lealtad en el juego y de belleza en el espectáculo deportivo.
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