Misioneras Laicas en Islas Fiji:
Donde las papas queman...
Hace un año y medio que estas tres profesionales chilenas fueron enviadas a misionar en estas lejanas islas del Pacífico Sur. En la actualidad las tres viven juntas en la ciudad de Ba, conocida por el cultivo de la caña de azúcar. Desde allá nos relatan cómo han vivido este interesante proceso de inculturación y evangelización.
Roxana Araneda, técnica en turismo y oriunda de Puerto Saavedra; Daniela Garabito, trabajadora social y oriunda de Labranza y Julia Fuentes, profesora de música y oriunda de San Nicolás, no bien llevaban pocos meses de estadía en las Islas Fiji cuando se produce allí un imprevisto golpe de estado. El hecho les causó preocupación e incertidumbre, sin embargo, decidieron permanecer allá para cumplir con la misión encomendada.
Este archipiélago formado por 320 islas, de las cuales un tercio no es habitado, cuenta con dos grandes islas y en una de ellas se encuentra el pueblo de Ba, al oeste de la ciudad de Suva. Fiji es una nación multicultural donde encontramos polinesios, hindúes y europeos, en la que el inglés es el idioma oficial y en cuanto a la religión la mayoría es cristiana (metodistas y católicos), también están los hindúes, musulmanes y cuenta con pequeñas minorías de sijs y practicantes del confucianismo.
Las tres misioneras estuvieron primero radicadas en Suva aprendiendo el inglés y el hindi. Una vez en Ba, comenzaron a visitar las familias y a contactarse con los católicos que son minoría. Julia, por ejemplo, está sacando adelante un taller de música en la escuela de la parroquia y en una villa llamada Navala.
“Les enseño a los niños a tocar flauta y lo más básico de música. La idea es crear una banda instrumental, tener presentaciones e involucrar a las familias con visitas periódicas. Es una labor muy bonita, los niños son súper inteligentes pues aprenden rápido. También tengo un taller de música para adultos, vamos a las prácticas de coro con las chicas y ayudo con algunas cosas de la parroquia”, relata.
Roxana explica: “Realizamos diferentes actividades en la parroquia y fuera de ella, algunas en equipo como, por ejemplo, visitas a las comunidades indias y fijianas y reuniones de oración (Prayer Meeting). Estamos apoyando también el ministerio de la música en sus prácticas de coro y la confección del nuevo libro de cantos para la parroquia. Apoyamos a los grupos de confirmación, evangelización, liturgia y promoción misionera, entre otros”.
Además de las actividades en común, cada una busca su propio camino pastoral, siguiendo sus inquietudes y vocaciones. “Así fue que yo llegué a visitar el hospital para conversar y acompañar a los enfermos, oramos juntos. También tenemos un grupo de danza latina, en el cual enseño a las mujeres diferentes bailes (samba, cumbia, merengue, etc.) sólo con la intención de relajar y sacar el estrés”, agrega Roxana.
En la parroquia existe un grupo llamado Vicente de Paul cuya finalidad es ayudar económicamente a familias de extrema pobreza. Se realizan visitas a las familias, y un viernes de cada mes se les da una caja de alimentos. Este grupo no hace distinción de creencias, se ayuda a las familias que más lo necesitan, sin importar su credo religioso.
Daniela Garabito cuenta que la gente, en general, es muy religiosa. “Me ha enseñado a descubrir más mi espiritualidad. Disfruto conociendo y compartiendo con personas distintas”, admite.
-¿Cómo defines ahora, ahí donde las papas queman, “ser misionera y estar misionando”?
“Creo que las cosas que más frustraciones me han costado son las que más me han servido para aprender a ser misionera:
Como estar dispuesta a nacer de nuevo y aprender a hablar de nuevo, especialmente por estar aprendiendo el idioma y eso es muy difícil sobretodo para personas que creemos que nos las sabemos todas. Otra cosa muy importante es aprender a reírse de uno mismo, en especial de los errores que uno comete, para evitar tristezas, llantos y frustraciones. Aprender a colar la información importante de la que no lo es, porque la gente hace comentarios de lo que les gusta y lo que no, y eso no debe destruir mis ganas de seguir trabajando y disfrutando lo que hago. Aprender de los prejuicios que he tenido y desafiarme a enfrentarlos, porque desde que he llegado acá he tenido una lucha constante con mis prejuicios”.
Machismo distinto
Julia Fuentes admite que uno de los aspectos más duros de enfrentar es el machismo: “Como mujer, aquí es bien fuerte la posición del hombre en la sociedad, no digo que en Chile no tenemos ese problema, pero es un poco distinto. Aquí a veces cosas que nosotras como chilenas vemos lo más natural, es algo mal visto, como por ejemplo saludar a un hombre de beso en la cara. Cosas triviales como preocuparte de cómo vestirte, cosa que nunca antes me pasaba, no poder usar short afuera cuando te mueres de calor o una polera sin mangas. O no poder ir a cualquier parte y bañarte con traje de baños o bikinis, porque aquí la gente se baña con polera y short. Sólo lo puedes hacer si vas a las playas privadas de los hoteles o algún resort. Salir y encontrarte con la gente que te pregunta ¿dónde vas?, ¿de dónde vienes?, tener que responder muchas preguntas cuando sólo quieres caminar y salir a tomar aire. Sentirse culpable por querer o tener las ganas de salir a bailar o tomarse algo. Eso me cansa, a veces me irrita. Pero cuando no quiero contestar me hago la que no entiendo, así evito tener que dar tantas explicaciones por todo”.
-En algún momento de tu experiencia misionera ¿sentiste la compañía de la Iglesia chilena?
“La verdad no lo había pensado, pero lo que podría decir es que no he perdido contacto con mi parroquia, de vez en cuando les escribo, y algunas personas me escriben de vuelta, eso es lindo recibir cartitas por el correo tradicional de la gente que conoces. Con mi párroco, el Padre Fernando Varas, me escribía de vez en cuando correos electrónicos contándome las novedades de la parroquia. Lamentablemente fue trasladado, así es que ahora no conozco al nuevo padrecito. Hemos recibido desde Chile la revista Mensaje por ejemplo, eso nos hace estar conectadas con lo que está sucediendo en Chile, creo que de alguna forma siempre están presentes en nuestro quehacer y esto de querer saber lo que estamos haciendo acá me hace sentir que no nos tienen abandonadas, gracias por querer saber de nosotras y permitirnos hablar de lo que nos está pasando. Creo que sí, he sentido de alguna manera que no estoy sola en esto”, responde Julia.
Las misioneras pertenecen al Programa de Misioneros Laicos de San Columbano, y estarán por tres años en Islas Fiji. Aunque reconocen que extrañan Chile, especialmente sus parroquias, familias y amigos, sienten que todavía tienen mucho que aportar a la misión.
“Es una de las experiencias más gratificantes que se pueden realizar en la vida. Te permite ver más allá de tus fronteras, del círculo al cual estabas acostumbrada” dice Roxana Araneda. “Cada día es un nuevo regalo que Dios me da, nuevas sorpresas, nuevas gentes, diferentes formas de compartir. Sigo dispuesta a dar lo mejor de mí y no me siento cansada, la fe te da la fuerza para continuar en este camino”, finaliza.
El 2009 ellas deberán estar de vuelta en nuestro país. Mientras llega ese momento, piden que no las olvidemos y que con nuestras oraciones las sigamos acompañando y alentando. “Ojalá muchos más pudieran repetir lo que nosotras estamos viviendo como misioneras”, recalcan desde la distancia.