Tierra, Luz, Padre

Hugo Tagle Moreno, psch.

Casi sin darnos cuenta, se introdujo con fuerza en el inconciente colectivo esto del día del Padre. No es para menos, dada la avalancha de prospectos, afiches y spots publicitarios con que nos han bombardeado en estas semanas. Astuta manera de despertar simpatía por esta fecha la que bien merece más de una reflexión, dado que en estas latitudes su imagen pinta de claro y oscuro.

Bien mirado, el tema del padre resulta tan complejo como fascinante. Por de pronto, algunas encuestas realizadas en el mundo juvenil muestran que los bonos paternos van a la baja, por una suerte de desperfilamiento de su rol familiar. En efecto, para algunos su presencia no pasa de ser una sombra vaga que despierta tanto sentimientos de alegría como de pena, desazón, incluso rechazo. Su papel de proveedor de bienes ha terminado por desfigurar su autoridad, antaño incuestionable. Son datos de alarma, que indican que llegó la hora de que el padre asuma su tarea imprescindible en la formación del hijo, sin esperar que las circunstancias le devuelvan ese podio exclusivo y excluyente que las circunstancias le ofrecían antes.

Su soberanía indiscutible en generaciones pasadas - causa por lo demás de tantos perjuicios -, ahora se gana a fuerza de tesón, creatividad y convicción. Podemos decir que hoy se puede revelar, más que nunca, como lo que siempre debe ser: compañía cercana y segura; mano delicada, convincente y firme a la vez. Pero la lucha por validar el papel paternal no resulta fácil. Son muchos los que lo ven sólo al acabar el día, pegado al televisor, preocupado de cuentas, trabajo y amigos ajenos, lo que termina - sin quererlo quizá - provocando indiferencia y lejanía.

La presencia o ausencia de la figura paterna ronda como una sombra la vida humana. El progenitor es para el hijo raíz, gozo, aliciente o temor. Caña inestable o asidero seguro. Es un ser omnipresente que deja, para bien o para mal, una huella imborrable en el corazón filial. Puede ser sombra que oscurece o luz que ilumina y orienta; tierra fértil de la cual brotan los mejores consejos y enseñanzas. Su presencia, cuando es cercana y segura, regala sustento y fortaleza: imprime en el alma un sello que no se borrará jamás.

Goethe dice que el hombre se sabe más fuerte por saberse amado, que por saberse fuerte. En efecto, la fortaleza del hombre no radica en su musculatura, ni en sus bienes o su inteligencia. El secreto de su fuerza descansa en el saberse amado por alguien. Y si ese alguien ha sido la figura paterna, distinto y a la vez semejante a él, el hombre obtendrá una solidez existencial que no lo abandonará nunca. Es la que se gesta ya en los primeros balbuceos y pasos. Cuando la vivencia ha sido positiva, acompaña como una luz que guía, apacienta y asegura el espíritu humano.

Ser padre es aventurarse en los derroteros filiales acompañando y dejando vivir. Es ejercitar la paciencia, frenar el ímpetu aleccionador inoportuno, renunciar a las propias proyecciones para dar espacio a los sueños filiales. Es tender una mano al hijo caído o tragarse decepciones cuando se esperaba más de él. El padre sabe de ejercicios de humildad; tanto de consejos como de silencios prudentes.

Y sabe también de dolores. A cuántos hemos sorprendido a altas horas de la noche sufriendo junto al hijo enfermo, o padeciendo con él sus fracasos académicos, laborales o amorosos. Cuántos han pasado por el crisol del llanto sordo ante su indiferencia o distancia o, tanto más, por su pérdida irreparable en la muerte, la que deja una cicatriz imborrable, que solo se curará en el encuentro definitivo en la patria eterna.

Si las estadísticas pintan una imagen lejana, se vislumbra día a día una generación nueva de padres conscientes de las debilidades de nuestro tiempo y tanto más esforzados en darse más a los suyos, en tiempo y espacio. El Chile mejor, de mayor calidad humana, tiene muchísimo que ver con una mejor calidad de padres, que asuman su tarea con las dos manos, sin rehuir las responsabilidades inherentes a la vida que les ha sido confiada.

Por último, confiar la propia paternidad a Quien es su fuente, su manantial perenne, será garantía de paz y consejo en la duda y aflicción. El Creador se presenta como Padre en todas las culturas y eso habla de la esencia y papel especial de la paternidad humana. Confiarle a Él esta tarea es seguro y gracia de asistencia certera para que todo empeño paterno sea iluminador, fecundo, pleno.