Testimonio Vida Comunitaria

Creía en una Iglesia comunitaria y promovía las Comunidades Cristianas, como semillas del Reino de Dios y focos de irradiación del Evangelio. Decía en 1969: “Las Comunidades Cristianas de Base están llamadas a ser signos del amor de Jesús que comprende, perdona, tolera, estimula y sirve...
Estoy solo. Bien solo esta vez, entre los demás. Nadie me comprende. Los mejores amigos han manifestado su oposición. Se me han puesto frente a frente. Todos los planes están en peligro. Todo se ve oscuro.
Nuestra época necesita afirmar fuertemente la responsabilidad de cada hombre en los intereses comunes. Entre los deberes de justicia el cumplimiento de los deberes cívicos es una obligación grave de todo ciudadano.
La idea que San Juan expresa con tanta fuerza: El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios. Si pretende amar a Dios y no ama a su hermano, miente (1 Juan 4, 20). Esta idea hay que inculcarla: el corazón que se limita a amar solamente a Dios, sin preocuparse del prójimo, está engañado.
Comienza por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena. Al pobre en la desgracia. A esa población en la miseria. A la clase explotada.
EL SENTIDO SOCIAL. Los males que acabamos de enumerar tienen inmensas proyecciones y su remedio completo sobrepasa nuestras posibilidades, incluso si contáramos con la buena voluntad colectiva, cuánto más si ha de ser el resultado de iniciativas aisladas.
Quisiera aprovechar estos breves momentos señalando el fundamento más íntimo de nuestra responsabilidad que es nuestra carácter de católicos.
¿Sabes el valor de una sonrisa? - No cuesta nada pero vale mucho. - Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. - Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre.
Para ser santo no se requiere pues sólo el ser instrumento de Dios, sino el ser instrumento dócil: el querer hacer la voluntad de Dios. La actividad humana se hace santa mientras está unida al querer divino.
Aquellos que han buscado, o al menos han aceptado la responsabilidad de los destinos del país, tienen una responsabilidad, la mayor de todas, porque es la más extensa; abarca a todos los ciudadanos y todas sus necesidades.
Para amar hay que poner mucha bondad, esto es, mucho don de nosotros mismos. Pensar en los demás, agradarlos, sacrificarse por ellos. Conciliarlo todo en la bondad que acoge y acoge con alegría.
La vida social es necesaria. La vida social es en sí legítima. ¿Quién puede censurar una sana diversión, un honesto esparcimiento, el descanso después del trabajo? En este sentido más que legítima la llamaría obligatoria. La vida social ha existido siempre en todos los tiempos, en todos los países y en todos los ambientes.
Dos son los problemas que tiene el católico constantemente ante su conciencia: Uno atañe a su vida interior y moral: como miembro de la Iglesia tiene una fe que conservar, un dogma que conocer, ritos y mandamientos que observar y sobre todo una llama espiritual que alimentar.
Cada cierto número de años una crisis hace estragos en el mundo. Recordemos la enorme crisis de los años 30 y siguientes con millones de cesantes en todos los grandes países. Las fábricas cierran sus puertas; las casas de comercio se ven obligadas a liquidar; la cesantía cunde.
Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor. El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.