Comunidades


¡NO NOS DEJEMOS ROBAR LA COMUNIDAD! (EG 92)

La comunidad y los ministerios en las OOPP 2014 – 2020

Ronald Flores

En un transcurso de pocos meses hemos recibido de parte de nuestros pastores dos documentos que animarán la vida de nuestras comunidades y de la misión que ellas tienen en los próximos años. Primero, el Papa Francisco al cerrar el año de la fe, nos exhorta con Evangelii Gaudium a ser una Iglesia en «salida», a asumir con mayor audacia nuestra naturaleza misionera, tal como ya lo habían hecho en Aparecida los Obispos de Latinoamérica y el Caribe (DA 370). Por otra parte, a inicios de este año, en la solemnidad de la Epifanía del Señor, los obispos de Chile nos entregaban las Orientaciones Pastorales 2014 – 2020, fruto de un proceso participativo de todas las comunidades del país que tuvo como hito tan significativo, la segunda asamblea eclesial nacional en el año 2013. Ambos documentos pueden ser leídos de modo complementario para descubrir, junto a las comunidades, el querer de Dios para nuestra Iglesia en los próximos años.

El Papa Francisco señala que uno de los desafíos de hoy es el tipo de relaciones entre las personas, pues aun cuando los avances tecnológicos han generado numerosas posibilidades para comunicarnos, muchas veces se ha perdido la capacidad para estar juntos y caminar con otros, para encontrarse y superar las desconfianzas y el aislamiento (EG 87 – 92). Del mismo modo, los obispos en Chile hacen un propósito que va en la misma dirección: «queremos caminar juntos, ser Iglesia de comunión y participación, en la que nadie está excluido» (n.3). Al hacerlo, los obispos están conscientes que uno de los cambios culturales más significativos de nuestra sociedad se da en el ámbito de las relaciones sociales, donde se están «introduciendo nuevas formas de comunicación» (n.11a), situación que afecta de modo particular a los jóvenes.

 
La promoción de la comunitariedad en el contexto social de la parroquia

El escenario anteriormente descrito coloca un desafío muy importante a todos quienes tienen como principal misión la promoción de la vida comunitaria (COMIN, departamentos diocesanos de comunidades, parroquias, comunidades eclesiales, pequeñas comunidades, movimientos apostólicos, etc..). Antes que promover una determinada estructura pastoral, la primera tarea es asumir el desafío de promover la comunitariedad de la vida en los diversos espacios donde se hace presente la Iglesia, ayudar a evidenciar la necesidad de encontrarse, de caminar y vivir juntos, de vencer el aislamiento presente en tantos espacios de nuestra sociedad. Promover una estructura pastoral comunitaria sin la promoción del estilo de vida comunitario conducirá a que tarde o temprano, la misma estructura se convierta en una carga pesada y estéril. En una sociedad que ha exaltado lo individual, un primer aporte que las comunidades y movimientos pueden hacer es precisamente la de valorar y testimoniar la riqueza de lo colectivo, de lo comunitario.

 

La promoción de la comunitariedad en la parroquia

La promoción de la vida comunitaria se hace concreta de un modo particular en la parroquia, llamada a ser una comunidad de comunidades y movimientos, a ser verdaderas escuelas de comunión eclesial (DA 170-172). La gran mayoría de las parroquias del país tienen estructuras comunitarias (comunidades eclesiales, pequeñas comunidades o movimientos), que aun con la particularidades de cada una, están llamadas a realizar el sueño de pasar de ser una parroquia «institución» a una parroquia comunidad de creyentes (c. 515&1). En este sentido, estas estructuras comunitarias no pueden ignorar que tienen una misión al interior de la parroquia: ser maestras de vida comunitaria, pues ellas han vivido, de modo especial, el gozo que produce encontrarse y caminar con otros y en esa comunión, vivir el encuentro con Aquel que es el fundamento de la vida común: el Dios que es perfecta comunidad. Esta mirada evita que al interior de la organización parroquial, ni las comunidades eclesiales, pequeñas comunidades, ni los movimientos, caigan en la tentación de la autoreferencialidad y de pensarse solas a sí mismas, sin una conexión con la comunidad parroquial más amplia. En el fondo, estas estructuras pastorales deben contribuir a cumplir el anhelo expresado por los obispos: «una Iglesia fraterna, comunitaria, que no excluya a nadie y que camine en permanente comunión sinodal» (n. 21b).

Aportes específicos de las comunidades eclesiales, pequeñas comunidades.

Además de los aportes que las comunidades eclesiales, pequeñas comunidades, pueden hacer  a la sociedad y a las parroquias en la línea de la promoción de los vínculos fraternos, existen otros principios que se pueden concretar en la experiencia misma de la pequeña comunidad. Entre estos cabe mencionar los siguientes:

  • Las pequeñas comunidades deben continuar siendo un lugar de profundización del encuentro con Cristo, especialmente en su Palabra. Este aspecto es esencial a la comunidad y ha sido tradición en esta estructura pastoral. En este sentido, las comunidades pueden transformarse incluso en un lugar de lectura de la Palabra con hermanos cristianos de otras iglesias (ecumenismo espiritual), como se da en algunas comunidades en ambientes laborales. El vínculo comunitario se da en torno al encuentro con el Resucitado, que fecunda la vida de las personas y de la comunidad.
  • Las pequeñas comunidades como casa de acogida y de misericordia (n. 21d). Este es un principio fundamental en la vida de una comunidad cristiana. Las personas que forman una comunidad deben procurar hacer de ella un lugar abierto al encuentro con los demás, un espacio acogedor, y sobre todo, un lugar en el cual se viva la misericordia de Dios. Muchas de las personas que componen una comunidad viven la soledad en sus casas, no pocas experimentan el dolor en sus vidas y necesitan de un lugar para sentir el amor misericordioso de Dios manifestado en cada hermano y hermana de la comunidad.
  • Las pequeñas comunidades servidoras de los que han quedado a la orilla del camino y promotoras de la justicia (n. 21 c y f). Ante tantas situaciones de marginación y exclusión de la vida social y económica, e incluso religiosa, las comunidades están llamadas a tener la actitud servicial de quien es capaz de detener su caminar para acercarse al hermano que sufre tendido al margen de la sociedad. En este sentido, la comunidad es un espacio para crecer y profundizar esta importante dimensión del compromiso de cada cristiano. Unido a ello, las pequeñas comunidades tienen la hermosa misión de continuar su tradición de compromiso por la transformación de la sociedad y la búsqueda de la justicia. En un mundo globalizado, son diversos los aspectos de la vida de la sociedad que genera nuevos rostros que sufren las consecuencias de la injusticia y ante ellos, las pequeñas comunidades, como pequeñas células insertas en el tejido social del territorio parroquial, pueden ser un gran aporte para transformar la realidad de quienes sufren en su entorno.
  • Las pequeñas comunidades como lugares de ejercicio de la corresponsabilidad y participación en la misión (n. 21g). Recordando que: «la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión» (CHL 32), las comunidades tienen una gran misión en la vida parroquial. La parroquia está llamada a ser la «Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas» (ChL 26), y este llamado, en el caso de las extensas parroquias del país, se hace concreto de modo particular a través de las CEBs y CCBs y por esta razón, ellas tienen una importante labor en la acción misionera, pues son quienes están en mayor contacto con las personas del territorio parroquial, con sus esperanzas, pero también con sus dolores. La comunidad es un lugar privilegiado para crecer en la responsabilidad misionera de cada uno de sus miembros, y con ello, se configura como un espacio donde la corresponsabilidad (responder juntos) y la participación en la misión se hace efectiva y operativa.
  • Las pequeñas comunidades y la evangelización de la cultura (n 27a). Las comunidades son una estructura pastoral que, al estar presente en medio del territorio o de ambientes específicos, tienen una mayor cercanía con la vida de las personas, como ya se ha dicho, pero también con la cultura en general. La cultura del barrio, la cultura del ambiente laboral, la cultura del campo, la cultura juvenil, etc., son manifestaciones que se expresan en la vida misma de la comunidad, pero además son un camino privilegiado para seguir profundizando la cultura y las culturas presentes en cada territorio y ambiente. En esta dirección, un desafío importante es continuar la creación de nuevas CCBs que asuman los nuevos espacios culturales donde el ser humano crece y se forma. Las grandes ciudades se ven enfrentadas a asumir el desafío pastoral de altura (de los edificios o condominios cerrados) y la promoción de las pequeñas comunidades puede ser un camino para favorecer la vida cristiana al interior de estas estructuras, asumiendo la cultura que se genera en ellas, que es distinta a la del barrio urbano tradicional. Del mismo modo, no se puede ignorar el espacio virtual, como uno de los lugares donde las nuevas generaciones están recreando su mundo relacional; evidentemente, es un aspecto complejo, pues la vida comunitaria requiere el contacto personal, pero no se puede negar que estos espacios (redes sociales) hoy generan un tipo de relaciones que es necesario considerar. Evangelizar la cultura, exige asumir que hay nuevos espacios culturales que dan significado a nuevas culturas, nos gusten o no esos significados.

 

Las vocaciones y los ministerios en las OOPP.

Otro aspecto que tiene directa relación con la vida comunitaria es el ministerial y vocacional. Las OOPP actuales señalan: «Un creyente madura en su fe y humanamente cuando es capaz de reconocer su propia vocación, y responder a ella haciendo de su propia vida un servicio para los demás» (n. 27 b). La vida de las comunidades procura ayudar a que cada cristiano descubra cuál es el llamado que el Señor le hace y cómo se hace concreto en algún ministerio o servicio en la Iglesia y en la sociedad. Esto coloca a las comunidades parroquiales, comunidades eclesiales y pequeñas comunidades en el desafío de descubrirse como una comunidad con una pluralidad de ministerios y servicios.

La vida ministerial de una comunidad, sea cual sea, exige que la vivencia de la propia vocación y ministerio/servicio sea realizada de modo tal, que no obstaculice el florecimiento y la realización de la vocación y de los servicios o ministerios de los demás. Las OOPP, al colocar este tema, animan a que las comunidades continúen reflexionando sobre él, pero además que se puedan buscar caminos para ir generando nuevos servicios en la comunidad, o bien, de un modo u otro, logren adquirir una oficialización algunos servicios que aunque ya se dan en la práctica pastoral de la Iglesia, no tienen mayor visibilización.

Otro desafío que supone esta orientación pastoral es el ejercicio de un nuevo tipo de liderazgo, como lo señala el mismo documento. De una parte se pide crecer en un «ejercicio del liderazgo compartido» (n. 21 g), lo que implica un nuevo modo de relacionarse con el poder y el dinero,  a fin de ayudar a que todos los miembros de la comunidad puedan sentirse y ser verdaderamente corresponsables. Este aspecto que debe generar mejores espacios de participación en la toma de decisiones (n.24 b) fortalecerá la inclusión de las mujeres en el discernimiento y animación de la pastoral. Por otro lado, el documento recuerda que «un buen líder no es el que manda, sino el que comprende desde dentro y se hace cargo de las necesidades de los demás» (n. 27 d). Sin nuevos modos de ejercicio del liderazgo, no será posible el florecimiento de nuevos servicios y ministerios, y se puede correr el riesgo que incluso los ya existentes terminen por clericalizarse, no sólo por responsabilidad del clero, sino también de los mismos laicos (n.27 c).

Aportar al fortalecimiento de una verdadera pedagogía del encuentro.

En el n.11 f, los obispos exponen tres palabras claves que podrían englobar el servicio de las COMIN en los aspectos antes mencionados: «pedagogía del encuentro», «diálogo» y «discernimiento». Estas tres claves exigen de las comunidades y de los ministerios un proceso de continua conversión con el fin de ayudar a fomentar, en los diversos niveles, encuentros significativos y enriquecedores, lo que requiere un aprendizaje constante, que incorpore el diálogo como un camino certero para sentirse unidos desde la diversidad y donde se practique el discernimiento comunitario y pastoral. La experiencia de las comunidades y el ejercicio de los diversos ministerios y servicios, podría ayudar a elaborar esta pedagogía tan necesaria en la Iglesia y el mundo de hoy.

 

Conclusión

El documento de las OOPP 2014 – 2020, coloca diversos desafíos relacionados con la acción pastoral que animan las comisiones de comunidades y ministerios (COMIN), y es importante asumir dichas orientaciones en ambas dimensiones: comunitariedad y ministerialidad.

Con respecto a lo comunitario, es importante destacar que en el actual contexto, las comunidades pueden hacer un valioso aporte tanto en los diversos aspectos que le son tan característicos (promoción de la justicia, transformación de la sociedad, evangelización de la cultura, etc.) como en aspectos más globales, especialmente en la promoción de la vida comunitaria en el ámbito social y parroquial. Del mismo modo, están desafiadas a buscar nuevos modelos de comunidades que respondan a las distintas realidades ambientales, sociales y territoriales de hoy, con el fin de continuar siendo un aporte para la maduración de la fe de los cristianos de este milenio.

Por su parte, la promoción de las vocaciones y ministerios, exige un nuevo ejercicio del liderazgo en la Iglesia, de modo tal que un/unos ministerios no lleguen a opacar o a anular la existencia o florecimiento de nuevas vocaciones, ministerios o servicios en la comunidad y se promueva, por el contrario, una verdadera corresponsabilidad y participación de todos los cristianos en la misión de la Iglesia.

Esto requiere evidentemente, fortalecer el servicio de animación de las comisiones de comunidades y ministerios (COMIN) en los diversos niveles de la Iglesia, pues ellas pueden ayudar a fortalecer las expresiones de la comunitariedad y ministerialidad en la vida pastoral, aportando a generar un proceso pedagógico que ayude al encuentro con Dios, entre los hermanos y con nuestra sociedad.