Me atrevo a asegurar que la mayoría de las personas estará de acuerdo con la siguiente frase: “ hablar del dolor no es lo mismo que sufrirlo”. Cómo tampoco es lo mismo, viajar en tren que hacerlo a pie. Así como no resulta muy legítimo que el pasajero del tren increpe a quién no lo es, diciendo: “¡apúrate, tienes que llegar, aguanta, no es tan terrible!”, creo que no sería del todo válido recibir a quién sufre o a quién llora, con palabras como: “¡vamos, aguanta, tienes que controlarte, supéralo!”.
Esto, no coincide con una actitud del todo cristiana, o si prefieren empática. Etimológicamente empatía se origina de la palabra griega empatheia que significa emoción interior y que era utilizada para describir la habilidad de percibir experiencias personales de otras personas. Lo que defino como la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Sin ir más lejos, la Biblia nos exhorta a demostrar cierta empatía con el prójimo, en Romanos 12 versículo 15 dice “alégrense con los que se alegran y lloren con los que lloran”. Me pregunto entonces, ¿ no sería más correcto, en una primera instancia, comprender el dolor ajeno antes de convidarle a soportarlo, si aquel dolor no es el mío, si aquel momento de dificultad no es mi momento sino de aquel que llora?
Si bien, la Biblia nos conmina a soportar con valor los sufrimientos, ¿por qué, en su infinita sabiduría, Dios nos pide también que nos hagamos parte en el dolor ajeno?. Personalmente, creo que para soportar necesito saber que no estoy sola, que hay alguien que comprende mi dolor, que lo ha vivido y lo ha superado, que existe un horizonte de esperanza que yo no logro ver pero que las palabras y gestos amorosos de aquel a quién le importo de veras, me harán sentir.
Vuelvo a preguntarme, ¿acaso, no tuvo Jesús una tristeza de muerte?, ¿acaso no se sintió abandonado también? Sin embargo, estoy segura que Dios padre, su amado ABBA, supo sellar en su alma, en el monte de los olivos, las palabras necesarias para que su Amado Hijo pudiera continuar con su misión y beber aquel amarguísimo cáliz. Estoy segura de que Jesús tuvo un séquito de fieles acompañantes que lloraron con Él y que sufrieron casi en su propia carne, cada latigazo propinado a nuestro Señor.
Es más, ¿acaso, no hubo un Cireneo que ayudó a cargar la cruz, o una Verónica que se apiadó y limpió el sudor de su rostro?.
¿No habrías querido hacer lo mismo tú con Jesús?, ¿no habrías querido llevar su cruz o limpiar su rostro herido?. O, al verlo sufrir, habrías sido capaz de decirle: “¡vamos Jesús, tienes que aguantar, controla tu tristeza, tienes que salvarme!”. Creo que, ante la posibilidad de tenerlo cerca en aquellos terribles momentos para Jesús, pocos resistirían la idea de entregarle aunque fuera el más mínimo apoyo.
Entonces, ¿qué harás la próxima vez que tu prójimo abra su corazón y te muestre su dolor? ¿Tendrás la arrogancia o la suficiente indiferencia para decirle: “¡basta, no llores, contrólate, tienes que superarlo!?”. Aún sin sentir su dolor, ¿podrás ser capaz de ayudarle a llevar su cruz o de secar sus lágrimas?, ¿tendrás las palabras amorosas para demostrarle que hay esperanzas?
Si ni siquiera has abierto los ojos para ver su dolor, para comprender sus lágrimas.
Te invito a abrir tu corazón también y recordar tus propios momentos de dolor. ¿No te hubiese gustado tener un hombro que recibiera tus lágrimas?, ¿no recibiste una palabra sincera de aliento?. Te aseguro que no lo superaste solo, detrás del sufrimiento y de la superación de este, siempre está Dios, que se manifiesta a través de personas, hechos o de la misma naturaleza. Piensa un segundo y considera que Dios te ha puesto a ti como Cireneo, para llevar la cruz de tu hermano. ¿Qué harás?, ¿te burlarás de él y le dirás que se salve a si mismo? o, ¿le ofrecerás un espacio en tu alma para encontrar esperanzas, comprendiendo su dolor?
Mónica Cáceres Alvarez
Educadora Diferencial