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Opinión / Cartas al Portal


Esperanza Cristiana

"El Señor es mi pastor, ¿qué me habrá de faltar?" Es el Señor quien me gobierna, quien me lleva a descansar, y que al agua fresca me conduce. Pero claro, ¿Estoy dispuesto a trabajar bajo su gobierno? Nunca antes en la historia de la creación se ha hecho tan evidente la falta de esperanza y paz entre los habitantes. Muchas teorías han surgido y seguirán saliendo para dar una explicación a este fenómeno; pero ciertamente es a la luz del Evangelio donde encontraremos la claridad para vivir conforme a la verdadera fe cristiana, donde encontraremos las claves para el perfeccionamiento de las virtudes, en especial de la Esperanza: entrega amorosa a la Providencia divina.

La Esperanza es una llamada a la santa espera, llamada a la confianza en Dios, donde miramos al futuro con los ojos que Jesucristo quiere para sus hijos, que si bien caemos continuamente en el pecado, somos capaces de cambiar nuestras expectativas por las de Cristo, podemos con esta virtud de la Esperanza, caminar por la luz, el único camino donde podremos ver aquello que nos hará tropezar.

La causa de muchas enfermedades de la sociedad contemporánea, decía san Alberto Hurtado, son a causa de la falta de Dios en nuestras vidas, de la ausencia de un rumbo hacia donde caminar. En un retiro para jóvenes, el santo chileno acusaba a la falta de visión de fe, a la falta de visión de eternidad, la gran crisis de nuestro tiempo. Más que a un psicólogo, repetía el santo, mucha gente que padece depresión debería acudir a un director espiritual. Ciertamente por la falta de esperanza. El cristiano debe tener un ánimo para vivir con un hálito de esperanza, para mirar detrás de cada acto, la voluntad divina, que lo invita a confiar todas sus preocupaciones en la espera del Reino de Dios.

"Nos hiciste, ¡oh Señor!, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti". San Agustín reconoce la existencia de una inquietud, que con la falta de rumbo puede convertirse en angustia, si no nos sabemos hijos de Dios. Pero es justamente la misión de la Esperanza, aliviar los efectos de esa nostalgia que nos acompañará por el camino hacia el Cielo, nostalgia que no podemos evitar, pero que debemos dirigir desde la perspectiva humana con ojos de eternidad, sólo así llegaremos a confiar en Cristo en medio de las dificultades de nuestra vida.

El motivo central, el eje de nuestra vida debe ser Dios, que nos invita a su Reino: tened confianza. En medio de las dificultades, cuando el camino se vuelve peligroso, o mas bien cuando al camino salen fuerzas que intentan desviarnos, ahí está el Señor, el mismo que en una vieja barca escuchó los llantos de sus seguidores: "Maestro, Maestro, estamos perdidos". El mismo que en medio de una fuerte tempestad amenazó al viento y a las olas, para mostrar a sus discípulos su falta de esperanza en aquel Maestro.

Es el Señor, que cuando vivimos sin estabilidad y sin firmeza, en medio de las desilusiones de nuestras expectativas, le ordena a Pedro echar las redes para pescar después de una larga noche sin éxito. Y en Pedro estamos todos nosotros, que con nuestra falta de Fe se nos hace difícil remar mar adentro, y muchas veces dudamos en dejar todo lo que hemos hecho por Él. Lo que quiere el Señor es un confiado abandono, que deje de lado nuestros fracasos, para poder esperar siempre en el Señor, ya que fue Jesús quien permitió que Pedro sacara tantos peces.

La Esperanza no es excusa para nuestra pereza, mas bien es lo que mueve al cristiano a una batalla constante, a una lucha contra sus malas inclinaciones. Es un abandono que no justifica la falta de actividad apostólica, es más, nos lleva a ser siempre fieles a la voluntad que Dios tiene detrás de cada acto, es un trabajo constante, que nos invita a descubrir la infinita misericordia de Dios.

Esperanza, virtud que con la Fe desaparecerá a la llegada del último día. Virtud que ayudará a comprender la espera del preciado Reino, pero recordemos: sólo si nos disponemos bajo Su gobierno. Es un Reino donde todos trabajarán, Reino de la Caridad, en que los hombres gozarán de la plenitud eterna de la Gloria de Cristo. Mas confiemos en María, Madre que infunde esperanza cuando rezamos La Salve: ¡salve esperanza nuestra!

Martín Echeverría Vidal.