Iglesia.cl - Conferencia Episcopal de Chile

Opinión / Cartas al Portal


Obediencia a la autoridad

Muy interpretados nos sentimos cuando nuestro hermano Gonzalo Martínez afirma, no sin razón, que la obediencia a la autoridad no se opone a la caridad y acogida al prójimo. A mayor abundamiento, se desprende de los evangelios que la jerarquía eclesiástica tiene su razón de ser en esa misión de caridad y acogida para los cristianos, gentiles y no creyentes que habitamos este mundo; misión resumida en “apacentar las ovejas”, es decir, alimentarlas, darles el sustento de vida.

No tenemos duda en la veracidad de las palabras de San Ignacio de Antioquía que son citadas, pero también es bueno considerar los párrafos anteriores con que se inicia esa Carta a los Filadelfianos: “He hallado que este obispo vuestro ostenta el ministerio que pertenece al bienestar común, no por sí mismo o por medio de hombres, ni para vanagloria, sino en el amor de Dios y el Padre y el Señor Jesucristo” Habla maravillado de su “longanimidad”, y que “está en consonancia y armonía con los mandamientos como una lira con sus cuerdas”. “Por lo cual mi alma bendice su mente piadosa, porque he visto que es virtuoso y perfecto, incluso su temperamento calmado y sereno, viviendo en toda tolerancia de piedad” agrega el Santo.

Dicho esto, nos preguntamos ¿la obediencia al obispo es a la persona del obispo o al cargo? ¿O son lo mismo la persona y el cargo? Porque este Padre Apostólico ha considerado primero que todo, dar testimonio de la pía conducta del obispo de Filadelfia, y más adelante recomendar a los filadelfianos obedecerle, dentro de otras cosas.

Como dice el padre Astaburuaga, la obediencia no puede ser obsecuente, sino que se nutre en el diálogo transparente que busca la verdad con caridad. Por eso insistimos que, opinar distinto en materias no dogmáticas, no es ser cismático. Para explicarnos mejor, creemos que es legítimo levantar crítica al actuar de la jerarquía de la Iglesia, cuando sentimos que no tiene sintonía con el sentir y la vivencia del laicado. El sentido de la autoridad dentro de la Iglesia, no puede ya continuar siendo entendida como una autoridad principesca, que se ajustaba al señorío o la monarquía de hace siglos, sino con una realidad distinta en las esferas sociales (si se quiere sociológicas)

Porque lo que se cuestiona no es el dogma de lo que la jerarquía enseña, sino la consecuencia entre ella y el actuar de las personas que ocupan el cargo. Dice San Pablo en 1° Timoteo Cap. 3: “El obispo debe ser, dentro de otras cosas, irreprochable en su conducta y tener buena fama entre los de afuera”. El mismo San Ignacio de Antioquía valoraba cómo las “gentes” y otras iglesias que “caminaban fuera del camino”, también lo acompañaron en su romería al martirio, debido a su buena fama entre creyentes y paganos. Queremos obispos irreprensibles, que tengan buena fama entre católicos, paganos, no creyentes o agnósticos. Los laicos y los sacerdotes los necesitamos.

No debemos remontarnos a muchos años atrás, cuando la Iglesia en el Concilio Vaticano II mandaba subordinar el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común de los fieles. Y sin embargo, ¿quién desconoce la investidura sacramental de los obispos?, nosotros, de ninguna manera. Pero negar que pasamos por una crisis en la confianza es querer tapar el sol con un dedo, y al negarnos a ver esta crisis, nos negamos también a buscar una salida. Hay una crisis en la confianza al sacerdote, al obispo y a la misma Iglesia si nos fijamos más allá de ella. Entendemos como deber cristiano enfrentar este trance, y creemos enfrentarlo propugnando la transparencia, el diálogo franco y directo, mostrándonos como somos, con nuestras grandezas y pequeñeces. Para poder ser oídos en la Buena Nueva que predicamos debemos tener la atención del oyente. Para poder ser creídos, debemos contar con la confianza del creyente.

Eso es todo, y no tenemos otra pretensión. Si a algún hermano nuestra pasión o imprudencia en el uso del lenguaje, le ha herido, pedimos perdón por ello. Rogamos al Santo Espíritu nos otorgue la cautela y la ponderación que se debe al tratar temas de tanta importancia, con la confianza que la Iglesia marchará, siempre, por los derroteros que el Paráclito le depare.

José Pérez Barahona