Una de las más grandes bendiciones que ha recibido la Iglesia, es la de ir leyendo los signos de los tiempos, sin la cual, la verdadera fe cristiana se habría extinguido con San Pablo o habría sido absorbida por el judaísmo.
Esto significa, a nuestro modesto juicio, una adaptación de los ritos, la pastoral, la estructura, a los distintos tiempos en los que Ella debe actuar, sin alterar por ello la verdad revelada de la cual es depositaria.
Tiene la Iglesia una dimensión espiritual, pero también una material, ya que ambas condiciones forman parte de la naturaleza humana, y fue la Iglesia hecha para el hombre, y no el hombre la para la Iglesia.
Nos enseña el Papa Francisco en una audiencia general en octubre de 2013: "La Iglesia, que es santa, no rechaza a los pecadores, llama a todos, somos una Iglesia de pecadores. La Iglesia ofrece a todos la posibilidad de recorrer el camino de la santidad, nos hace encontrar a Jesucristo en los sacramentos, nos hace vivir en la caridad".
¿A quién podremos, entonces, excluir de este llamado? A nadie.
Nos pregunta el Papa: "¿Somos una Iglesia que llama y acoge con los brazos abiertos a los pecadores, que da valentía, esperanza, o somos una Iglesia cerrada en sí misma? ¿Somos una Iglesia en la que se vive el amor de Dios, en la que se presta atención al otro, en la que se reza los unos por los otros?"
Estas interrogantes son una interpelación para todos nosotros, no para arrogarnos la autoridad de calificar quién es católico y quién no, o para poner al margen al otro poniendo en duda su ortodoxia, o acusarle de intensiones ocultas.
Para ser libres nos liberó Cristo, y parte de esa libertad es la opinión en conciencia y rectitud. Aún cuando en materias doctrinales tengamos discrepancias o pongamos el acento en diferentes aspectos, no nos hace enemigos, porque es el mismo Espíritu Santo quien remueve las aguas estancadas. "Cristo es el Pastor de la Iglesia, pero su presencia en la historia pasa a través de la libertad de los hombres". “El Paráclito es el protagonista supremo de toda iniciativa y manifestación de fe. Crea todas las diferencias en la Iglesia. Pero es quien mantiene la unidad de estas diferencias, no en la «igualdad», sino en la armonía " (Papa Francisco, 15 de marzo 2013, en mensaje al colegio cardenalicio)
San Agustín de Hipona enseñaba que en la historia coexisten la Ciudad del Hombre, volcada hacia el egoísmo, y la Ciudad de Dios que se va realizando en el amor a Dios y la práctica de las virtudes, en especial, la caridad y la justicia. Ni Roma ni ningún Estado es una realidad divina o eterna, y si no busca la justicia se convierte en un magno latrocinio. La Ciudad de Dios, que tampoco se identifica con la Iglesia del mundo presente, es la meta hacia donde se encamina la humanidad y está destinada a los justos.
Los cristianos que han tenido la suerte de tener acceso a una mayor y mejor educación, convirtiéndose en doctos en distintas materias, y han tenido la bendición de tener una rica vida sacramental, no ser católicos a su manera, y más todavía cuando ejercen algún servicio en la Iglesia, tienen la obligación (cristiana también) de educar a quienes no tuvieron la misma ventura. No es una cuestión de iniciativa individual, sino una misión de comunidad, llamar a todos a conocer a Cristo y servirlo en Su Iglesia. Porque de los talentos recibidos deberemos dar cuenta.
Gran aporte hace esta página al publicar toda carta que se le haga llegar. Aun cuando las opiniones nos parezcan equivocadas o estemos en desacuerdo. Lo que no es posible aceptar es la censura, porque con ella se niega la evangélica corrección fraterna. No olvidemos que hubo muchos que hacían callar al ciego Bartimeo, pero también hubo otros que en vez de acallarlo, lo reconfortaron. No vaya a ser que esa supuesta iglesia de la calle sea el ciego que grita, y sea acogida primero por Cristo que por sus propios seguidores. ¿Quiénes somos nosotros para escrutar los designios del Santo Espíritu?
José Pérez Barahona