Se han cumplido seis meses desde que don Juan Barros Madrid asumiera como obispo de Osorno, y vemos que el fruto es una dura realidad: Osorno es una comunidad dividida.
Al comienzo las críticas se basaron en que Barros estaba vinculado a Karadima y que no era bienvenido por los laicos y el clero como pastor. Sin embargo, hoy día su propio actuar reafirma ese rechazo, ya que en lugar de acercar posiciones, re-crear comunidad, convencer y dialogar, trata en vano de imponer su autoridad a la fuerza, por decreto y por imposición, incluso interviniendo comunidades completas con fuerza pública.
A medio año de asumido, nunca ha querido reunirse con todo el clero de la diócesis, e incluso a algunos sacerdotes les ha pedido que se vayan de Osorno. Tampoco tiene relación con los laicos ni ha logrado establecer vínculos con el resto de la comunidad osornina: el Tedeum fue oficiado con 6 de los 35 sacerdotes de la diócesis y con 3 de las 15 autoridades civiles invitadas.
Juan Carlos Claret, vocero de la Organización de Laicos y Laicas de Osorno, apunta a que las razones por las que Barros no renuncia, son las presiones que recibe de parte de otros obispos. En declaraciones al Diario Electrónico Universidad de Chile dice: “Y mientras los obispos se preocupan de mantener su imagen, la pregunta es ¿quién se preocupa de la verdadera Iglesia, que es la que no tiene poder y que está en la calle? Al parecer esa Iglesia a nadie le importa”
Ya lo reflexionábamos hace algunos meses atrás, cuando vislumbrábamos que uno de los desafíos que se le presentan a nuestra Iglesia en Chile y en el mundo, es entender que los laicos reclaman un espacio para opinar: en costumbres, en doctrina, en tradiciones, en el actuar de los obispos y opinar en los nombramientos de ellos. Por eso se requiere de una jerarquía que sepa escuchar a los laicos, canalizar sus inquietudes, sostener diálogo y reflexión. No solamente ya por la buena voluntad que pueda tener el obispo en su diócesis o el párroco en su parroquia, sino por una institucionalidad que recoja de mejor manera las nuevas realidades, y el rol de los laicos.
Seguimos esperando la guía de la Conferencia Episcopal, que mantiene silencio frente a la crisis de la Iglesia en Osorno. No deben olvidar nuestros pastores que, quien calla otorga, y que no sea mañana demasiado tarde para actuar, cuando salga a la luz lo que permanece oculto, y que explica la mantención de un obispo que, en los hechos, demuestra no estar a la altura de lo que la Iglesia necesita.
JOSE PEREZ BARAHONA