Declaración de los Obispos de Chile
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Declaración de los Obispos de Chile

Fecha: Viernes 04 de Octubre de 1968
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Obispos de la CECH

Revista Católica Nº 1011, 1968.p 5473.

No vamos a hablar "para agradar a los hombres" sino "para agradar a Dios".

Quisiéramos ser "la conciencia de los hombres". Pero, antes que eso somos "los testigos de Dios".

Tenemos un carisma, que no lo tienen los teólogos ni los presbíteros, ni cada fiel en particular, ni grupo alguno de fieles, ni la opinión pública. A nosotros, sucesores de los apóstoles , nos toca en unión con el sucesor de Pedro, regir la Iglesia de Dios.

Somos "profetas" en la Iglesia y nos corresponde "discernir los espíritus", regular el ejercicio de los carismas en la comunidad, "llamar bien al bien y llamar mal al mal", como se nos ordenó en el día de nuestra consagración episcopal.

No tenemos derecho a callar. Por eso hablamos, con la seguridad de que el Espíritu Santo nos asiste, porque estamos cumpliendo con nuestro deber.

Nosotros no queremos coartar ningún valor que sea positivo, por avanzado que sea, 8n uno o en otro sentido, porque la fuerza y la riqueza de la Iglesia está en que cada uno de sus miembros aporte su propio don a la obra común. Todas las corrientes legítimas deben desarrollarse orgánicamente, pero todo desde el mutuo respeto, sin quebrar ninguna caña aunque esté "cascada" ni , apagar ninguna mecha "aunque esté humeando".

Se habla mucho hoy día de Iglesia de los pobres, de Iglesia de los jóvenes, de Iglesia tradicional, de Iglesia oficial, de Iglesia clandestina de Iglesia nueva; como si la única Iglesia de Cristo se hubiera dividido, como si pudiera haber una Iglesia separada de la auténtica tradición o separada de sus Obispos o del Santo Padre; o una Iglesia que no fuera la Iglesia de los pobres o la Iglesia de la juventud. La Iglesia, decía Juan XXIII, es siempre viva y siempre joven, percibe el ritmo del tiempo, en cada siglo se enriquece de nuevos valores, es siempre idéntica a si misma, fiel a la imagen divina que le imprimiera en su rostro, Cristo Jesús".

La Iglesia de Cristo es la Iglesia. de los pobres y es la Iglesia de los j6venes, porque Cristo quiso que fuera así. Los pobres y los j6venes son los más. Son el futuro. Pero no por eso vamos a permitir que sean marginados de la Iglesia, o se , hallen incómodos en ella, los que no son tan pobres, ni tan jóvenes. La Iglesia es de todos, y cada cual tiene algo valioso que aportar a ella.


No nos dispersemos. Hoy menos que nunca. La Iglesia es sacramento de caridad, es signo de unidad. Una Iglesia dividida, una Iglesia separada de sus legítimos pastores, una Iglesia que no se une en torno al sucesor de Pedro, una Iglesia "agitada por todo viento de doctrinas" "que sigue profetas según sus caprichos", no sería la Iglesia de Cristo.

En un punto sin embargo seremos intransigentes, porque si no lo fuimos, nuestra vida y nuestro compromiso con Cristo no tendrían razón de ser: mantendremos íntegras la fe y la moral del Evangelio, que son la fe y lo moral de la Iglesia y los valores absolutos, esenciales por los que todos los cristianos debemos jugarnos la vida. Preferiríamos quedarnos solos en nuestras iglesias desiertas antes que claudicar en este punto. Porque el
más grande servicio que podemos prestar a los hombres es esto: entregarles íntegra la fe revelada por Cristo, Nuestro Señor.

Buscar a Dios en el prójimo solamente, en la sociedad humana, en una comunión de anhelos con los hombres de nuestra tiempo, sin buscarlo a la vez, e Él mismo, en el estudio de su Palabra, en la contemplación de su misterio, es engañarse. Es ir a la luz sin llegar al sol, es ir al agua sin buscar la vertiente.

Para cambiar al mundo debemos primero, o al mismo tiempo, cambiarnos nosotros mismos. No hay fidelidad a Cristo y a su Evangelio sin un esfuerzo personal de conversión interior, sin un compromiso personal con Cristo, sin un enderezamiento moral de nuestra vida entera.

El cristiano, para ser sociólogo o promotor del desarrollo humano debe ser primero un creyente y un testigo. El testimonio de su vida debe acompañar a su palabra, y ser un reflejo visible del misterio del que cree.

A los presbíteros, a todo el pueblo de Dios, y muy en especial a los religiosos, y en primer lugar a nosotros mismos los pastores, nos exigimos un renovado esfuerzo de perfección evangélica, sin el cual no somos auténticos y nos hacemos acreedores a las duras palabras del Señor a los que "dicen y no hacen", a los que "ni entran en el reino de los cielos, ni dejan entrar a los demás".

Mirémonos frente a Cristo. ¿Nos hemos abierto totalmente a su Evangelio, a todas sus exigencias, o hemos elegido arbitrariamente tal o cual versículo que usamos en apoyo de una tesis respetable pero solamente humana? Decimos con razón que nadie tiene derecho de usar a nadie para su provecho propio, pero ¿no usamos a veces a Cristo en provecho nuestro?

Llevamos al Evangelio o a tras ideologías morales, sociales punto de partida, el fundamento de la Iglesia al remolque de nuestras políticas, o hacemos de él el todo nuestro ser?

¿El deseo de cambiar las estructuras para suprimir la miseria, se acompaña de un esfuerzo personal o inmediato por remediar los males más urgentes, y de austeridad en nuestra propia vida?

Una ideología generosa no debe apartarnos de la realidad, y de un esfuerzo constructivo por mejorarla ya, en cuanto se pueda.

Un hombre, en particular no puede decirse buen católico y defender las relaciones pre-matrimoniales, o negar abiertamente la obediencia a una Encíclica Papal, sea Populorum Progressio o Humanae Vitae.

Este mismo deseo de autenticidad nos ha llevado a iniciar una revisión a fondo de algunas de nuestras instituciones, como Caritas Chile, que según el parecer de algunos, no darían una expresión adecuada de lo que debe ser la caridad cristiana. No anticipamos ningún juicio, solo decimos que vamos a estudiar detenidamente el problema y tomaremos las medidas que fueran necesarias.

Comprendemos muy bien que los tiempos nuevos exigen una espiritualidad nueva, y esa debemos elaborarla entre todos, con fidelidad a la tradición de santidad de la Iglesia y con sensibilidad a las corrientes espirituales positivas de nuestro tiempo. Pero querer hacer obra cristianizadora, sin ser verdadera y auténticamente cristiana, es engañar a los demás y engañarse a nosotros mismos.

Un inmenso anhelo de justicia recorre el mundo. Estamos embarcados en un: proceso revolucionario de dimensiones universales que pone en crisis todos los sistemas e instituciones, el capitalismo como al comunismo, la Universidad laica como la Iglesia Católica. Vamos hacia una nueva era histórica fundada en la igualdad fundamental de los hombres, en la participación activa y creadora de todos. Hay, en el mundo un ansia de sinceridad, de libertad, de espontaneidad, de justicia y de paz.

Nosotros nos abrimos con una inmensa esperanza a la nueva era histórica que se avecina. Tenemos temores. ¿Quién no los tiene? Pero son el precio que debemos pagar por abrir paso al futuro.

En un punto sin embargo queremos expresarnos con absoluta claridad. Una cosa es la justicia y otra es el marxismo. No decimos que todo en el marxismo sea errado o sea malo. Pero si decimos, respaldados por la experiencia de medio siglo de comunismo, que la filosofía marxista, a la cual es esencia el ateísmo, la moral marxista, y en particular su moral política, y en general la mentalidad marxista, en particular su moral política, en general la mentalidad marxista, son incompatibles con la fe cristiana, con 1a moral del evangelio con la conducta política que de ella se desprende. Las confusiones no aprovechan a nadie. Tenemos que saber respetarnos pero al mismo tiempo distinguirnos . Los marxistas saben que no se puede ser a la vez, un buen marxista, un buen cristiano. Nosotros, en esto, estamos de acuerdo con ellos, queremos decirle con absoluta claridad. Los cristianos tenemos nuestros propios planteamientos nuestro propio estilo.

Hay sin duda una gran fuerza en la obra de Marx. Pero hay infinitamente más fuerza, más luz, más verdad en el Evangelio de Jesucristo y en la enseñanza y la práctica de la Iglesia a través de 20 siglos.


El cristiano es hombre de paz y la paz es "obra de la justicia". Es el "quehacer permanente" para una convivencia en el orden ( cf. Medellín ).

La injusticia es un desorden, y solo se corrige el desorden mediante la lucha. "La paz no se da hecha, se construye". Pero la lucha no es la violencia.

Una fuerte tentación de violencia sacude a toda América Latina. Se presenta la violencia como la única solución eficaz, se enaltece su heroísmo y se exalta su mística, que es irreal. Porque en el fondo de esta violencia impaciente, hay más odio que amor, más pasión que razón, más voluntad de ver y destruir el mal presente, que de construir el bien futuro, que permanece las más, de las veces confuso y lejano.

Pedimos para Chile "menos combatientes y más trabajadores". Construyamos antes de destruir, reformemos lo que se puede reformar, reemplacemos lo que no admite reforma, conservemos lo que se ha de conservar, todo animado por un gran soplo de audacia creadora, pero sin odios, con claridad de objetivos y con responsabilidad en los líderes.

En todo caso los cristianos tenemos en este proceso nuestra misión propia, nuestra originalidad específica es el amor de Cristo. El que lucha sin amor no es cristiano.

Luchemos por la justicia, pero luchemos con amor.

Desaprobamos ciertas actitudes de algunos dirigentes estudiantiles de la Universidad Católica. Desaprobamos ciertos artículos publicados en Mensaje. Son extremistas y no sentimos pasar en ellos el hálito del amor, del amor cristiano a los hombres, hecho de respeto y de humilde servicio.

Desaprobamos igualmente las posiciones asumidas desde otro bando, por quienes, pretendiendo velar por la pureza de la Iglesia, no vacilan en lanzar insidias y calumnias contra sus pastores, sin respetar siquiera la Iglesia que dicen defender.

Suplicamos a nuestros hermanos que no desaten la violencia sobre nuestra patria, sino el amor, pero urgimos también a todos los que tienen poder, a los empresarios, a los políticos, a los funcionarios que eliminen cuanto antes toda causa de violencia todos los estados que producen "violencia, las injusticias flagrantes, la miseria inhumana, la falta de oportunidad
es la falta de respeto a la dignidad de cada hombre. Que la comunidad chilena supere todos sus problemas, mediante un inmenso esfuerzo iluminado por el amor.

No busquemos hermanos, agradar a todos los hombres ni seguir ciegamente todos los slogans o consignas de moda. Como Pedro y Juan ante el Sanedrín, interrogamos a los hombres de nuestra patria y les pedimos que juzguen "si sería justo ante Dios obedecer a los hombres más que a Dios". Seremos tal vez "insultados, perseguidos y calumniados", pero "nuestra recompensa será grande en los cielos". Y aquí en la tierra, muchos nos agradecerán el haber entregado en toda su pureza la palabra de Dios.
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