La Constitución Gaudium et Spes en nuestras Orientaciones Pastorales y el servicio a nuestro mundo
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La Constitución Gaudium et Spes en nuestras Orientaciones Pastorales y el servicio a nuestro mundo

Fecha: Martes 01 de Noviembre de 2005
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Alejandro Goic Karmelic

Puesto que desarrollar una historia de recepción de la Constitución “Gaudium et Spes” (GS) en la vida de nuestra iglesia y en las “Orientaciones Pastorales de la Conferencia Episcopal de Chile” (OO.PP) es un verdadero trabajo de elaboración de una tesis, que –evidentemente- sobrepasa las posibilidades y los límites de esta reflexión, quisiera invitarlos a recoger esta recepción deteniéndonos en nuestras últimas OO.PP (2001-2005), como un momento significativo del rico caminar eclesial vivido a lo largo de estos 40 años.

Sin embargo, antes de mirar nuestras OO.PP., es preciso detenernos brevemente en un momento fundante de este caminar eclesial en América Latina. Bien sabemos que la GS comenzó rápidamente, desde su promulgación, a proyectar el influjo de su orientación teológico-pastoral hacia nuestro continente, siendo la IIª Conferencia del Episcopado Latinoamericano, realizada en Medellín (1968), uno de los momentos más relevantes de este proceso de recepción de la GS. La Conferencia de Medellín se situó explícitamente en continuidad temática con la GS, pues buscó discernir la presencia de la Iglesia en las transformaciones que vivía América Latina, proponiendo así el tema de la relación Iglesia – Mundo desde la específica situación latinoamericana.

Es particularmente significativo que esta recepción no se tradujo, simplemente, en una continuidad temática, sino que significó la asunción de la perspectiva teológica de la GS en una reflexión que, partiendo de una mirada al momento histórico y buscando discernirlo a la luz de la Palabra busca proyectar la acción a realizar “con la audacia del Espíritu y el equilibrio de Dios” . Así lo señala la Introducción a las Conclusiones de Medellín, citando a la GS, así como el discurso de Pablo VI en la sesión de promulgación de la GS y clausura del Concilio Vaticano II:

“La Iglesia Latinoamericana, reunida en la Segunda Conferencia General de su Episcopado, centró su atención en el hombre de este continente, que vive un momento decisivo de su proceso histórico. De este modo ella no se ha `desviado`, sino que se ha `vuelto` hacia el hombre consciente de que para conocer a Dios es necesario conocer al hombre. La Iglesia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cristo, en quien se manifiesta el misterio del hombre”

De esta manera, el clásico “Ver – Juzgar – Actuar”, fue configurando un camino de reflexión teológico-pastoral que desembocaría en la floración de diversas elaboraciones teológicas que dinamizaron la vida de la Iglesia en tiempos complejos, tiempos de adversidad y aún de martirio; si bien, como sabemos, algunas de las manifestaciones de la llamada “Teología de la Liberación” derivaron hacia expresiones ideológicas que requirieron la intervención correctiva y orientadora del Magisterio.

En medio de estas complejas situaciones sociales y eclesiales, el camino de reflexión teológico-pastoral inaugurado por la GS fue dando forma a un modo de reflexión e intervención del Magisterio episcopal que podemos reconocer –bajo diversas expresiones- en la Conferencia de Puebla y en la OO.PP., y en menor grado en la Conferencia de Santo Domingo. Se trata del esquema que conocemos, caracterizado por:

- Visión pastoral de la realidad
- Discernimiento de la situación en el designio de Dios
- Opciones Pastorales y Líneas de Acción.,

En la continuidad del proceso de recepción de la GS, podemos detenernos a reconocer su presencia en las OO.PP (2001 – 2005). Es importante, entonces, tener en cuenta que si bien son documentos de muy diverso nivel, en cierto sentido se puede decir que la GS y las OO.PP. pertenecen a un género literario bastante similar. La GS recibe el calificativo de Constitución Pastoral, en el sentido de que a partir de los principios de la doctrina católica, se expone la actitud de la Iglesia ante el mundo y el hombre de estos tiempos ; así mismo, en su nivel, este es el proyecto que inspira las OO.PP.

Se trata , entonces, en ambos casos, de un ejercicio concreto de una mirada de fe sobre nuestro mundo que interpela a la misión de la Iglesia, una mirada en la fe que actúa por la caridad, y que sin quedarse en el nivel de un “análisis de coyunturas”, intenta ir al fondo de las situaciones para acoger los llamados de Dios a la misión evangelizadora. Es un camino concreto que la Iglesia ha recorrido en su diálogo con el mundo y en servicio a él; pero, al mismo tiempo, es una camino a recorrer y profundizar hoy en la actuación de la misión eclesial en el mundo; así lo señala expresamente la GS: “ ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta deliberadamente una forma genérica; más aún, aunque reitera la doctrina recibida de la Iglesia, como más de una vez trata de materias sometidas a incesante evolución, deberá ser continuada y ampliada en el futuro” (GS 91); por su parte, es la perspectiva de la OO.PP. que deben servir como marco de referencia a la reflexión local y elaboración de los planes diocesanos de pastoral (OO.PP. 7).

Recorriendo algunos temas centrales y claves de lectura de la GS podemos reconocer un camino común al recorrido en las OO.PP. y señalar algunas pistas que nos invitan a seguir avanzando a la luz del Espíritu.

A. Algunos temas centrales.

1.- Una comprensión dinámica del mundo

La GS, presenta como una de las primeras características del mundo moderno los “cambios profundos y acelerados” (GS 4) que en él acontecen y que se extienden por todas partes y a todos los ámbitos de la vida. Se trata de cambios profundos, los cuales manifiestan que “la propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenas es posible al hombre seguirla (GS 5). Estos cambios producidos por la inteligencia creadora del hombre en el ámbito de la técnica, conllevan transformaciones de orden social (cf. GS 6) y de orden psicológico, moral y religioso (cf. GS 7).
Las OO.PP. se sitúan en esta misma perspectiva (OO.PP. 53-64), poniendo de relieve que ya no se trata sólo de muchos cambios acelerados, sino de un “cambio de época de grandes proporciones” (OO.PP. 53), que ha significado “cambio de paradigmas; es decir, un cambio en los referentes de la vida” (OO.PP. 55).

Este hondo dinamismo de cambios significa que “la humanidad pasa así de una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva” (GS 5). Esta comprensión dinámica del mundo involucra también a la vida religiosa y a la misma Iglesia (cf. GS 4 y 7). Se trata, en la clave de las OO.PP. de situarnos en un “mundo multi-religioso y pluricultural (... que) produce un serio impacto en las opciones vitales de al gente”. (OO.PP. 55).

El dinamismo de los cambios revela, al mismo tiempo, su ambigüedad en las hondas contradicciones (cf. GS 4) y desequilibrios que atraviesan el mundo moderno (cf. GS 8). No se trata, pues, de una valoración del “cambio por el cambio” en una aceptación y sometimiento acrítico a ellos, ni de un rechazo global de esta nueva situación histórica, sino de una realidad que exige un hondo trabajo de discernimiento en medio de las posibilidades y los riesgos que ella ofrece. Como lo señalan las OO.PP. “nuestro desafío nos urge a esforzarnos para juzgar todo desde la mirada de fe” (OO.PP. 56).

Solamente a partir de esta actitud vigilante y trabajo de discernimiento puede la Iglesia servir a las aspiraciones más profundas de los seres humanos (cf. GS 9) y ofrecer su anuncio ante los cuestionamiento de los hombres acerca del sentido de la vida y acción en el mundo (cf. GS 10).

En este dinamismo de cambios que continúa profundizándose y va tocando todas las esferas de la vida personal y social, siempre será importante que volvamos a preguntarnos cuáles son los cambios que están afectando más significativamente la vida del Pueblo de Dios, particularmente los cambios que van afectando la vida de los pobres. El dinamismo de los cambios nos urge, también, a no dejar de revisar nuestra actitud ante ellos, para permanecer en la actitud fundamental de discernimiento de sus posibilidades y riesgos.

2. Los signos de los tiempos

La ambigüedad de los cambios es una llamada a un trabajo de discernimiento de sus riesgos y posibilidades para el desarrollo del ser humano en sus aspiraciones fundamentales.

Pero, también es mucho más que eso; es una llamada a entrar en una mirada desde la fe acerca de lo que ocurre en la historia, por eso –señalaba la GS “es un deber permanente de la Iglesia escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la mutua relación de ambas” (GS 4).

Así, por una parte, se trata de un discernimiento de la historia y sus procesos, no a la luz de algún proyecto humano o de conveniencias circunstanciales, sino a la luz del Evangelio. Es la palabra de Dios que juzga la historia y orienta la acción del cristiano en ella (OO.PP. 56). Por otra parte, este discernimiento a la luz del Evangelio va dando formas concretas a la misión de la Iglesia como servidora del diálogo de salvación; los llamados del Espíritu a la misión de la Iglesia en el mundo los recibe a través del discernimiento creyente de la historia humana: allí, es Dios quien actúa y llama a la Iglesia a una respuesta de fe.
De esta manera, el discernimiento de los signos de los tiempos pone de manifiesto el misterio de Dios actuando en la historia y sus complejos procesos: “el pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios” (GS 11). Es en la fragilidad y –al mismo tiempo- complejidad de la historia humana que se despliega el designio de salvación, y es misión de la Iglesia discernir estos signos de la acción de Dios en el mundo y servirlos con su acción y su anuncio.

Los “signos de los tiempos” no son –simplemente- procesos sociales o culturales anónimos, sino que acontecen en situaciones humanas y nos revelan rostros humanos concretos, particularmente “los pobres, con quienes Cristo se identifica [...] Desde ellos, Cristo nos habla, nos interpela, nos evangeliza” (OO.PP. 94).

El discernimiento de los “signos de los tiempos” en el rostro de los pobres y sufrientes de nuestro pueblo es una llamada que nos invita a mirar, acoger y servir nuestro mundo desde el corazón mismo del Evangelio de la Encarnación. No es otra cosa lo que a lo largo de estos años hemos intentado expresar y vivir en nuestras OO.PP. Hacer un ejercicio concreto de discernimiento de manera que podamos acoger y servir el paso de Dios en la historia de nuestro pueblo, pues –nos recuerdan las OO.PP.- “deber nuestro es discernir los acontecimientos de la historia, para encontrar en ellos el paso del Señor y su invitación apremiante a secundarlo” (OO.PP 98).

3. La Primacía de Jesucristo en todo

Se trata de la clave fundamental de la GS, pues toda la actitud de acogida del mundo y de discernimiento de los procesos de la historia está movida por la experiencia de la fe de que “la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro” (GS 10): Jesucristo es el Signo de Tiempo de Salvación dado por Dios a la humanidad entera. Es también el núcleo de las OO.PP., las cuales señalan que “el encuentro con Jesucristo vivo es el centro y la clave de toda nuestra acción pastoral. [...] La Iglesia debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre [...] Este anuncio es el que verdaderamente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte” (OO.PP. 85).

En su misión en el mundo, la Iglesia no se encuentra –simplemente- al vaivén de las situaciones ni perpleja frente a la ambigüedad de las transformaciones, sino que discierne el despliegue del designio salvífico en la historia humana desde la centralidad y primacía de Jesucristo, en cuya fe vive y camina en la historia.

En cada capítulo de la Primera Parte de la GS se termina con un texto cristológico que ilumina desde Jesucristo el tema desarrollado , de manera similar, las OO.PP. se articulan desde una contemplación de la persona de Jesús, de su novedad y su pedagogía manifestadas en el diálogo de salvación con la Samaritana, acogiendo ahí el “fundamento e inspiración de nuestra acción evangelizadora” (OO. PP 19).

Desde esta luz de la centralidad y primacía de Jesucristo –que la Iglesia recibe en su experiencia de fe-, es que en la Segunda Parte de la GS se analizan algunos problemas más urgentes: el matrimonio y la familia (cap. 1), el fomento del progreso cultural (cap. 2), la vida económica y social (cap. 3), la vida de la comunidad política (cap. 4), la promoción de la paz y la comunidad internacional (cap. 5). De manera similar, en los caps. IV y V de las OO.PP. se recorren las líneas de Acción Pastoral y los Criterios Evangelizadores y las Prioridades Pastorales.

Esta centralidad y primacía de Jesucristo en todo es, por una parte, la fuente de libertad de la Iglesia que se reconoce a sí misma de cara a Jesucristo, no de cara a las culturas o ideologías, y –por otra parte- de esta centralidad de Jesucristo brota la mirada esperanzada de la Iglesia sobre la historia humana y sus complejos procesos; no se trata de un optimismo circunstancial, sino de la esperanza creyente en Jesucristo como sentido de la historia, que actúa en ella, la purifica y transforma, y la lleva a su plenitud.

4. Una mirada de amor sobre el mundo

En medio de las transformaciones del mundo, la Iglesia está llamada a discernir, servir y anunciar los signos de la acción salvadora de Dios, desde la centralidad y primacía de Jesucristo que se ha regalado en la experiencia de fe. Pero, este camino de discernimiento eclesial “a la luz del Evangelio” conduce a la Iglesia a ir entrando en la mirada de amor de Jesucristo, el Buen Pastor, sobre el mundo.

Eso fue lo que expresó Pablo VI en el discurso de apertura de la última sesión del Concilio, precisamente aquella en que se terminó de elaborar la GS: “frente al mundo, ¿podrá la Iglesia, podremos nosotros hacer otra cosa que mirarlo y amarlo? (cf. Mc 10,21). Esta contemplación será uno de los hechos principales de la incipiente sesión de nuestro Concilio: ahora y, sobre todo, amor, amor a los hombres de hoy, como son y donde están, a todos [...] El Concilio es un acto solemne de amor a la humanidad” (Disc. del 10 de sept. de 1965).

No se trata de una mirada ingenua o superficial, sino que desde el realismo de la fe que reconoce al hombre “como enfermo y pecador, que no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo” (GS 10); es a la luz del drama del pecado que distorsiona el plan del Creador sobre el hombre y el mundo que “la sublime vocación y la profunda miseria que el hombre experimenta hallan su última explicación” (GS 13). Sin embargo, este mundo creado por Dios y distorsionado por el pecado, es el mundo amado por Dios para salvarlo. Más allá de todas nuestras posibles miradas sobre la presencia distorsionadora del mal en el mundo y sus dramáticas consecuencias, sólo Dios mismo conoce la hondura de tal distorsión, y Él devuelve al mundo una mirada de amor y la acción salvadora de Jesucristo.

Así, para la Iglesia se trata de entrar en una mirada sobre el mundo que brota de amor de Dios en sus entrañas de misericordia; se trata de hacer un camino de conversión de nuestros esquemas mentales y psicologías para entrar en la mirada de Jesucristo, el Buen Pastor, que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, reconociendo que “el Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempo y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución del mundo” (GS 26). Esa, no otra, es la mirada que ha trabajado en las OO.PP y desde ellas ha movido la presencia y acción de nuestra Iglesia.

De esta manera, las reacciones psicológicas del optimismo, o del pesimismo, o de la nostalgia, no son buenas ópticas para admirar el mundo y sus cambios. El optimismo no reconoce los problemas reales y se lanza a construir sobre arena. El pesimismo no ve más que el pecado, ignorando la fuerza de la Resurrección que actúa en el mundo. La nostalgia, por su parte, sueña con un pasado que no volverá. Ninguna de estas actitudes camina en la esperanza de la fe, acogiendo y sirviendo los caminos siempre nuevos de la acción de Dios en el mundo.

Entrar en la mirada del amor salvador de Dios sobre el mundo, sobre los hombre de hoy “como son y donde están”, siempre significará un camino de conversión para la Iglesia y para los juicios que brotan de nuestras psicologías y sus temores.

Es esta mirada de amor, sin ingenuidades, la que hacía decir a Pablo VI en la sesión de clausura del Concilio, que fue el día de la promulgación de la GS: “Una corriente de afecto y de admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado errores, sí, porque lo exige no menos la caridad que la verdad; pero para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza; sus valores no sólo han sido respetados, sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos; sus aspiraciones, purificadas y bendecidas” (7 de Dic. de 1965).

5. El camino de la solidaridad en la huella del Buen Samaritano

La mirada de fe sobre el mundo podría ser falseada si no es acompañada por un amor que se entrega. La mirada creyente sobre el mundo es la de “la fe que actúa por la caridad” (Gál 5,6). Es la mirada del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11).
Del mismo modo, la misión, de la Iglesia en el mundo no pretende otra cosa que continuar la obra de Jesucristo : “ No impulsa a la Iglesia ninguna ambición terrena. Sólo desea una cosa: continuar bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (GS 3). Por eso, si bien debemos reconocer con gratitud al Señor los pasos que nos ha ayudado a ir dando en este camino, las OO.PP. nos han recordado que “Su presencia [de Jesucristo] no aplasta, no humilla, no asusta ni crea distancias. En nuestra acción pastoral estamos llamados a dar pasos de descenso, de despojo de nuestros bienes, de actitudes, mentalidades y prejuicios, para alcanzar al otro allí donde él o ella se encuentre” (OO.PP. 176).

De esta manera, la Iglesia se reconoce a sí misma ante el mundo siguiendo las huellas de Jesucristo, Siervo de Dios. No hay otro camino para la misión de la Iglesia que el camino del Siervo, y es en esa perspectiva y actitud que la Iglesia busca dialogar con el mundo y servirlo: “toda esta riqueza doctrinal [del concilio] se vuelca en una sola dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades [...] La idea del servicio ha ocupado un puesto central” (Pablo VI, Disc, del 7 de Dic. de 1965).

La Iglesia reconoce su misión en el mundo en la huella de Jesucristo, nuestro Buen Samaritano; en el respeto a este mundo y su justa autonomía (cf. GS 36) e inclinándose como servidora del designio de salvación ante un mundo herido y distorsionado por el pecado (cf GS 13, 32, 37, 43, 93), pues como lo señalara Pablo VI: “la antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio” ( Disc. del 7 de diciembre de 1965), y no puede ser otra la pauta que inspire nuestro caminar eclesial en este largo y angosto camino de Jerusalén a Jericó que es nuestro país.

A la luz de la honda convergencia entre la perspectiva de la GS y el camino de nuestras OO.PP., quisiera invitarles a que demos otro paso en nuestra reflexión y miráramos el desafío que nos pone a la fe y al anuncio de Jesucristo el hecho que este camino , que es la historia de nuestro país, está hoy caracterizado –y lo estará cada vez más- por el hecho del pluralismo. Un hecho ante el cual podemos sentirnos incómodos o perplejos, y podemos paralizarnos en nuestra misión, la cual –conviene recordarlo- desde sus orígenes es un testimonio de la Novedad de Dios en medio de todo lo viejo de este mundo para renovarlo desde dentro y darle vida.

B. Vivir en una sociedad plural.

1.- ¿Un pluralismo problemático?

Conviene preguntarnos por los factores que caracterizan aquello que llamamos “pluralismo” y hacen de él un hecho social problematizador y
cuestionante para la Iglesia. En primer lugar, el pluralismo al que hacemos referencia es aquel que resulta del derrumbamiento de la cristiandad que caracterizó al occidente medieval y que, aunque con muchos matices de diferencia, en las sociedades latinoamericanas ha posibilitado expresiones tales como “civilización cristiana”, “contiene católico”, “peso social de la Iglesia”, “alma nacional” y otras semejantes. Hoy, en los hechos, la fe cristiana parece no ser más esa orientación espiritual básica que da coherencia a las diversas prácticas y representaciones que se producen en la sociedad. Ésta ya no se comprende a sí misma, como una comunidad con unidad religiosa, cultural y política a la vez.

En segundo lugar, el pluralismo también se ha hecho problemático porque el mismo derrumbamiento de la cristiandad ha llevado consigo una pérdida de competencia de la Iglesia en una serie de ámbitos en los que su poder y autoridad eran incuestionable. Este proceso social, que se conoce con el nombre de “secularización”, y que ya ha sido problemático por quitar a la Iglesia competencias por ésta indebidamente asumidas, revindicando así la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia , se ha hecho particularmente inquietante cuando él ha cuestionado la competencia de la Iglesia incluso respecto a cuestiones de orden ético y religioso. Hoy no representan posturas marginales aquellas que niegan o minimizan la competencia de la Iglesia respecto a cuestiones de carácter económico-político-social, o a cuestiones de ética sexual. Y respecto a cuestiones más directamente ligadas con “lo religioso”, como pueden ser las representaciones simbólicas, la pregunta por el sentido de la vida, o la búsqueda de lo sagrado, en estos casos la sociedad tampoco reconoce a la Iglesia Católica como la única portadora de un discurso pertinente o de una propuesta satisfactoria; otras confesiones y movimientos religiosos reclaman para sí los mismo privilegios y derechos que algunos Estados han concedido a la Iglesia Católica.

En tercer lugar, y casi como consecuencia de los procesos anteriores, el pluralismo representa una situación en que la Iglesia se ha visto impulsada a participar en el mercado de las competencias ideológicas. Por su misma constitución social, la Iglesia aparece en el plano de lo social empírico, como uno de los grupos, concurrentes en la concepción del mundo. Así, hoy ya no se habla tanto de “confesiones religiosas”, sino más bien, de “preferencias religiosas”. Esta última expresión implica una elección libre, pero también una actitud superficial de consumo. En cambio, la antigua palabra “confesión” llevaba implícito el dar testimonio, el compromiso total, incluso el martirio.

Un cuarto factor que incide en la percepción del pluralismo como un hecho problematizador para la Iglesia estaría dado por la fuerza ilimitada de convicción del pensamiento científico. Las ciencias y su productividad técnica han logrado un reconocimiento y prestigio con el que difícilmente puede competir la conciencia religiosa. El “espíritu de las ciencias” o el “pensamiento científico-tecnológico”, no ha quedado reducido al ámbito del conocimiento de la naturaleza y de las posibilidades de intervenir en ella, sino que se ha constituido en una posibilidad global de comprensión del hombre, de su historia y del mundo que habita.

En quinto lugar, el pluralismo también se ha hecho problemático porque no pocas veces él ha estado asociado a un relativismo radical. Este postula, que nada es verdadero, ni falso; que nada es bueno ni malo; que los predicados “verdadero” “ falso”, “bueno” y “malo” deben ser simplemente proscritos. A nivel social este mismo relativismo extremo se expresa en el escepticismo respecto a la verdad –ya expresado por Pilatos: “ ¿Qué es la verdad?” (Jn 18-38)- en el pragmatismo del Estado, o en la convicción de que la verdad es aquello que la mayoría determina como tal.

Por injustificadas razones nos pudiera parecer a la Iglesia insostenible un pluralismo cultural que lleve simplemente al relativismo extremo y sectores de ella pueden seguir añorando una sociedad en donde la Iglesia se establezca como única fuente de sentido, donde sus personas y estructuras establezcan una hegemonía cultural. Sin embargo, es necesario detenerse a pensar por qué esa hegemonía hoy no es posible, por qué sectores importantes de la sociedad rechazan hoy la tutela moral de la Iglesia, por qué el pluralismo relativista o pragmático se constituyen en posibilidades de ser en el mundo socialmente.

En sexto lugar, conviene reconocer que el pluralismo se hace complejo también porque hoy la existencia de lo otro, no es una magnitud meramente extrínseca a la propia Iglesia. Hoy no sólo sabemos de la existencia de otros modos de ser, de pensar, de producir, de amar, de creer. Lo “otro” no es un simple dato lejano que en nada nos atañe, sino una realidad cotidianamente presente, principalmente a través del mercado y de los diversos medios de comunicación. Es más, lo otro y los otros, son una presencia cuestionante que no sólo disputa los mercados y otros espacios públicos, sino que también nos confronta ante exigencias y posibilidades que determinan internamente nuestra fe, nuestros símbolos, nuestro culto, nuestras prácticas institucionales y nuestro mismo lenguaje sobre Dios. De este modo, e independientemente de nuestra voluntad o de cualquier justificación teológica, el pluralismo también ha llegado a habitar en la Iglesia, o al menos golpea sus puertas. Y esto es problemático porque no siempre la Iglesia ofrece condiciones de tolerancia y de libertad que el mismo pluralismo exige.
Sobre todo, y en séptimo lugar, el pluralismo se hace problemático porque el “otro” por excelencia de la Iglesia, particularmente en América Latina, siguen siendo los pobres y su cultura. La preocupación de Puebla y de Santo Domingo por la evangelización de la cultura expresa, entre otras cosas, la conciencia de una distancia cultural muy considerable entre la Iglesia y el pueblo pobre y marginado de las grandes ciudades y del campo. Estos sectores populares, y sus modos históricos de resolver los desafíos fundamentales de la existencia, parecen estar cada vez menos cohesionados en un proyecto histórico de liberación. Las ideas y movimientos que se gestaron en las décadas pasada ya no tienen la fuerza transformadora de entonces, ni tampoco constituyen hoy un elemento significativo de su ideario social. Los pobres y su cultura, no sólo su pobreza, constituyen aún un “otro” para la Iglesia que sigue siendo problemático.

2.- El pluralismo como oportunidad histórica para la fe

Ante el pluralismo que se va instalando cada vez más en nuestra sociedad podemos reaccionar de múltiples modos: movidos por el temor a la pérdida de influencia y poder, podríamos rechazar el pluralismo, intentando reconstruir un corpus christianum, o bien, refugiándonos en pequeños espacios, aptos para aquellos que aún adhieren íntegramente a la fe católica. En lugar del rechazo, sin embargo, podría surgir la tentación de la mera adaptación al pluralismo de la cultura actual. También movidos por el miedo (al rechazo), podríamos buscar múltiples formas de adaptar nuestras doctrina, culto y moral, a fin de que todo ello sea atractivo y plausible para los hombres y mujeres de hoy. En el horizonte de la GS y del camino recorrido en nuestras OO.PP., pensamos que el pluralismo no debe impulsarnos ni al rechazo ni a la mera adaptación a la cultura actual, sino que a establecer una auténtico diálogo con ella, que nos permita reconocer en el mismo pluralismo un signo de nuestro tiempo, una oportunidad histórica para la fe.

El pluralismo representa una oportunidad histórica para la fe porque ésta es e irá siendo cada vez menos una simple determinación cultura. Ser chileno, latinoamericano o pertenecer a esta cultura occidental no está ya más ligado, necesariamente, al ser católico o cristiano. Los hombres y mujeres de hoy están cotidianamente confrontados a una pluralidad de valores, de creencias y de prácticas ante las cuales deben elegir: “Creer en un ser superior”, “vivir en sintonía con las energías y vibraciones cósmicas”, “hacerse hindú”, o no hacerse nada, son posibilidades reales socialmente aceptadas. Quien hoy no hace una experiencia personal y comunitaria del amor incondicionado y liberador de Dios, quien personalmente no reconoce a Jesús como el Cristo, y quien desde su libertad no opta por el seguimiento de Jesús en esta comunidad eclesial, tal vez pueda seguir reconociéndose católico por la fuerza de la costumbre, por “tradición”, como suele decirse, pero ello no por mucho tiempo más.

El pluralismo es una oportunidad para la fe porque así como ésta ya no es más un simple contenido de la cultura, tampoco ésta se deja reducir a un espacio institucional de carácter religioso. Si bien reconocemos a la Iglesia como un medio necesario de salvación, ello lo hacemos en virtud de una fe que nos impide “cambiar la gloria del Dios incorruptible por una representación” (Rom 1, 23); de una fe que no se deja reducir en las formas culturales de la religión; de una fe que no se constituye en ideología de afanes de poder institucional o personales. La fe vivida en una sociedad plural nos invita a comprender toda la sacramentalidad de la Iglesia en función de la comunión de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano.

El pluralismo es también una oportunidad histórica para la fe, porque hoy está exigida a dar razón de su esperanza en un diálogo crítico y fecundo con las diferentes corrientes de pensamiento y con las diferentes culturas. El imperativo a este diálogo, exigido por el carácter dialogal de toda las historia salvífica, nos ayuda a comprender la insuficiencia de un pensamiento y de una práctica autorreferida; a percibir la necesidad de un configurar la vida eclesial que atienda efectivamente a las circunstancias de los tiempos, lugares y personas; y nos abra a la presencia vivificante del Espíritu en las múltiples expresiones de lo humano, de la historia y del mundo. De allí que la fe hoy se vea interpelada a entrar en una acción comunicativa y dialogal en la que se reconozca a los otros como verdaderos sujetos de libertad y en la que haya disposición real a escuchar y aprender de los otros.
El pluralismo es una oportunidad para la fe y la Iglesia porque en una sociedad en la que los mecanismos del mercado han hecho de la verdad un bien de consumo, ella se ve exigida a testimoniar el Evangelio como la Novedad de Dios. Novedad de un Dios que en Jesús de Nazareth se ha ofrecido como el Camino, la Verdad y la Vida de todos los hombres y, por tanto, es un Evangelio para todos aquellos que en la corriente del pluralismo se dejan arrastrar al indiferentismo, el pragmatismo y al relativismo.

El pluralismo es una oportunidad para que la fe se verifique efectivamente como una fuerza liberadora en la historia personal y en la historia colectiva de nuestro pueblo. Ante una sociedad que requiere de múltiples ofertas de sentido que sostengan ideológicamente una construcción social construida sin ninguna referencia a Dios, a la fe se le plantea el desafío de no dejarse someter a los espacios y funciones convenientemente asignados y “políticamente corrector”. En el seguimiento de Jesús, la fe de los cristianos y de la Iglesia deberá seguir expresando el amor gratuito y preferente de Dios por los pobres; con la fuerza del Espíritu, ella deberá seguir haciendo presente el reinado de Dios en medio de la historia.

Por último, el pluralismo también representa una oportunidad para la fe, porque no son pocas las razones que muchos podrían tener para claudicar. Hemos escuchado las muchas voces críticas respecto al comportamiento de la Iglesia de cara a una sociedad cada día más plural y secularizada. No son pocos los cristianos que quieren adherir a Cristo, pero no así a su Iglesia. Hemos hecho una “purificación de la memoria” por las infidelidades al Evangelio que hemos cometido, por las divisiones que hemos causado entre los cristianos, por el uso de la violencia en el servicio a la verdad, por la desconfianza y hostilidad que en ocasiones se ha adoptado hacia los seguidores de otras religiones, por nuestras responsabilidades en los males de la sociedad actual. Con la gracia de Dios hemos pedido perdón a Dios y a nuestro pueblo. De este modo, hemos invitado a todos a la conversión y a la fe en una Iglesia que no se sustenta tanto en las virtudes de quienes han sido llamados, cuanto en la misericordia de Dios y en la gracia del Espíritu que la santifica en la historia, para que así ella sea “un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz...”; para que así “todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

† Mons. Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Asamblea Plenaria Noviembre 2005



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