Sacerdotes de Santiago reflexionaron sobre la Eucaristía

Sacerdotes de Santiago reflexionaron sobre la Eucaristía

La Exhortación Apostólica “Sacramentum Caritatis”, sobre el sacramento de la Eucaristía, del Papa Benedicto CVI, fue el tema principal de reflexión de la jornada de los sacerdotes de la Arquidiócesis de Santiago, realizada en el marco de la celebración de Jueves Santo.

Jueves 05 de Abril de 2007
La exposición central estuvo a cargo del Pbro. Samuel Fernández, decano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

La jornada fue presidida por el cardenal Francisco Javier Errázuriz y se realizó en la Iglesia de las Agustinas, en el centro de Santiago. A ella asistieron más de 200 sacerdotes y se inició con un saludo del Arzobispo de Santiago.

Antes de la exposición del P. Fernández, los asistentes pudieron ver un emotivo video, preparado por el Seminario Pontificio Mayor, sobre el Papa Juan Pablo II.

La Eucaristía

El Padre Samuel Fernández comenzó su exposición señalando que El Santo Padre llama a la Eucaristía: Sacramentum caritatis, el sacramento de la caridad. “Al llamarla así, nos recuerda que la Eucaristía es Signo sensible y eficaz de la Caridad. Por ser signo sensible, nos recuerda el carácter concreto del sacramento que ha sido entregado por Cristo a su Iglesia, por medio del cual se revela el Amor; por ser signo eficaz, nos recuerda que no es sólo la revelación del amor, que no es sólo un mensaje, que no es sólo comunicación de ideas acerca de Dios, sino que es realización del amor de Dios en nuestra propia realidad. Y es signo sensible y eficaz de la Caridad, es decir del Amor, del verdadero Amor, que es Dios mismo. Porque en la Eucaristía no es 'algo de Dios' que se nos entrega, sino Dios mismo. Recordando nuevamente, tal como lo hizo en su primera Encíclica, la centralidad del Amor en el cristianismo”.

A continuación el texto completo de la exposición del P. Samuel Fernández

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
SACRAMENTUM CARITATIS
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


Agradezco la oportunidad de poder hablar en esta ocasión. Sobre todo si se trata de presentar un documento tan significativo para nuestra vida sacerdotal como la reciente Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI.

Introducción
El mismo título del documento ya es significativo. El Santo Padre llama a la Eucaristía: Sacramentum caritatis, el sacramento de la caridad. Al llamarla así, nos recuerda que la Eucaristía es Signo sensible y eficaz de la Caridad. Por ser signo sensible, nos recuerda el carácter concreto del sacramento que ha sido entregado por Cristo a su Iglesia, por medio del cual se revela el Amor; por ser signo eficaz, nos recuerda que no es sólo la revelación del amor, que no es sólo un mensaje, que no es sólo comunicación de ideas acerca de Dios, sino que es realización del amor de Dios en nuestra propia realidad. Y es signo sensible y eficaz de la Caridad, es decir del Amor, del verdadero Amor, que es Dios mismo. Porque en la Eucaristía no es 'algo de Dios' que se nos entrega, sino Dios mismo. Recordando nuevamente, tal como lo hizo en su primera Encíclica, la centralidad del Amor en el cristianismo.
De este modo, el mismo título del documento: Sacramentum caritatis, nos vicula con el misterio de la encarnación: El Amor de Dios, o mejor dicho, Dios que es Amor, se vuelve sensible y palpable, es decir, se adecúa a nuestra humanidad, se hace accesible a nosotros, en nuestra propia realidad humana y en lenguaje humano. Por ello, al inicio de la su Primera Carta, el Apóstol Juan, cuando habla de la manifestación del Amor, se refiere a lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos (cf. 1Jn 1,1).
Además del título, es revelador 'el hecho' de la publicación de este documento. Es significativo que el Papa, habiendo tantos temas urgentes, haya querido publicar una Encíclica sobre el Amor de Dios y ahora una Exhortación Apostólica sobre la Eucaristía. ¡Cuántos temas importantes y hasta urgentes están hoy presentes! El Papa no los desconoce, pero al escribir estos textos nos indica dónde está la clave para la solución de todos los demás problemas: en el Amor de Dios y en su expresión eficaz que es la Eucaristía.
Por otra parte, este documento destaca de modo particular y providencial la unidad de los ministerios del Papa Juan Pablo II y del Papa Bendicto XVI. El año de la Eucaristía fue convocado por Juan Pablo II y clausurado de Benedicto XVI, lo mismo se puede decir del Sínodo de la Eucaristía: convocado por Juan Pablo II y celebrado por el Papa actual. Para nosotros también es relevante que San Alberto Hurtado, que es destacado en la Exhortación Apostólica como un hombre eucarístico, haya sido beatificado por Juan Pablo II y canonizado por Benedicto XVI, en circunstancias que el decreto de canonización fue firmado por un Papa mientras la celebración fue realizada por su sucesor. Naturalmente que todo esto se podría mirar desde fuera, como simple coincidencia, pero la mirada de fe nos impulsa a valorar providencialmente todos estos acontecimientos.
El hecho de escribir un documento acerca de la Eucaristía, en términos más amplios, vincula al Papa Benedicto a los demás pontífices postconciliares: Pablo VI, con la Mysterium fidei, Juan Pablo II, con Ecclesia de Eucharistia, y ahora Benedicto XVI con Sacramentum caritatis. Todo esto refuerza la centralidad de la celebración eucarística tan destacada por el último Concilio.

Intención del documento
El nuevo documento es explícito en su intención. Siendo una Exhortación Apostólica, no pretende presentar una novedad dogmática sino «explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía» (nº 5). Lo que busca el Papa es «que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de la caridad» (nº 5). Se trata de profundizar la relación entre el Misterio eucarístico, es decir, el contenido de la fe en la eucaristía, el acto litúrgico, es decir, la celebración de la eucaristía, y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía, es decir, el nuevo modo de vida que nace del Sacramento de la Caridad.
De aquí surge la estructura del documento:
LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
En términos generales, vamos a seguir el esquema de la Exhortación destacando algunos de sus puntos centrales, buscando sobre todo ayudar a realizar una lectura más fecunda del documento pontificio.

I. LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
Un elemento que se destaca a lo largo de todo el documento es la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia. El Concilio Vaticano II en muchos lugares destacó esta centralidad. Así, por ejemplo, la Presbyterorum ordinis afirma: «Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Sagrada Eucaristía» (PO 6). Y la Sacrosanctum Concilium refiere en primer lugar a la Eucaristía lo que más en general se dice de la liturgia, es decir, el hecho de ser fuente y cumbre de la vida cristiana (cf. SC 10; PO 5). En continuidad con estas afirmaciones, el Papa desarrolla una idea que destaca del modo radical la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia. Recuerda que no es sólo que la Iglesia celebra la Eucaristía, sino que es la Eucaristía la que edifica la Iglesia. Decir que la Eucaristía edifica a la Iglesia es la manera más radical de afirmar que la Eucaristía es central en nuestra vida, que no habría Iglesia sin Eucaristía, que la Iglesia es fruto de la Eucaristía. La Eucaristía no es, entonces, una de las actividades de la Iglesia, sino el fundamento de su propia existencia. ¿Cómo comprender mejor esta afirmación?

La Eucaristía como sacramento de la donación de Cristo
El motivo, lo afirma el Papa, radica en la entrega misma de Cristo, en la donación que Cristo ha hecho de sí mismo, que es lo que constituye la Iglesia, y esa donación es accesible en la Eucaristía. Por eso es insustituible, porque la Iglesia sin Cristo entregado no es nada. Según el Evangelio de San Juan, refiriéndose a la Cruz y a la Resurrección como un único misterio, cuando Cristo fue elevado a lo alto atrajo a todos hacia sí (cf. Jn 12,32). La reunión de los hijos dispersos y la comunión efectiva entre ellos es fruto de la entrega de Jesús por nosotros «hasta el extremo» (cf. 13,1).
De este modo, accedemos al fundamento de la Iglesia por medio de la celebración eucarística, que es la donación de Cristo mismo por nosotros. Toda la vida de Cristo es una entrega, una donación de sí mismo. Ciertamente tiene su centro y su cumbre en la Cruz, pero todo el ministerio y, más ampliamente, toda la vida de Jesús es una ofrenda. Cuando Jesús caminaba, cuando enseñaba, cuando predicaba, cuando conversaba con sus discípulos, se estaba entregando a los demás; cuando sanaba, cuando cambiaba su programa por atender a la gente, se estaba dado, era un acto de donación. Un texto de San Marcos nos grafica tan bien esta actitud de constante disponibilidad de Jesús: Después de regresar de la misión, Jesús «les dijo a sus discípulos: 'Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco'. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, Jesús vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles prolongadamente» (Mc 6,31-34). Jesús cambia su programa en favor de los demás, su vida es una donación constante. Y la cumbre de esta donación es la Pascua que nos es accesible, de primera mano, en la Eucaristía. Jesús, que día a día se ha ofrecido, que no ha venido a ser servido sino a servir, que finalmente da su vida y se vuelve Cuerpo entregado y Sangre derramada «hasta el extremo», él es el que, presente en la Eucaristía, constituye la Iglesia.
Y el Papa da un paso más y buscando el origen de este amor que se entrega, se remonta hasta su fuente más alta, la misma vida de la Trinidad. La vida de Jesús no se comprende sin referencia al Padre y al Espíritu Santo. Esta donación que Jesús hace constantemente de su propia persona es manifestación, prolongación y realización de esa misma donación que eternamente se verifica en la vida trinitaria. El Padre, como fuente de la divinidad, da todo al Hijo en la comunión del Espíritu Santo, y el Hijo que recibe todo del Padre, le ofrece todo al Padre en la comunión del Espíritu Santo. De este modo, la vida trinitaria se presenta como una corriente de mutua donación total. Esa misma donación es la que lleva al Hijo de Dios hecho hombre a entregarse «hasta el extremo».
Así se entiende mejor que la Eucaristía sea la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana. La Eucaristía es la fuente, porque ella constituye a la Iglesia; y la Eucaristía es la cumbre porque todo el ser y toda la actividad de la Iglesia están en función de la Eucaristía, es decir, en función de la plena comunión, de mutua donación, a la cual por pura gracia de Dios, el hombre está llamado a participar.

La Eucaristía y los demás sacramentos
Como un modo de insistir en que todo en la Iglesia se orienta a la Eucaristía, el Santo Padre recorre uno a uno los sacramentos mostrando que cada uno de ellos se ordena a la Eucaristía.
En el Bautismo y la Confirmación, somos ingertados en el Cuerpo de Cristo y recibimos el Espíritu Santo para poder entrar en comunión con Cristo y formar plenamente parte de su Cuerpo.
La Reconciliación también se ordena a la Eucaristía, porque es el medio eficaz para recomponer la unidad dañada, pues el pecado nunca es algo exclusivamente individual, siempre comporta una herida en la comunidad eclesial y humana, y así la Confesión, que recompone la unidad, dispone al cristiano para una comunión cada vez más estrecha con el Cuerpo de Cristo.
«La Unción de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí para la salvación de todos, de tal manera que él también pueda, en el misterio de la comunión de los santos, participar en la redención del mundo» (nº 22). A la luz de la fe, los enfermos uniendo sus dolores a los de Cristo colaboran de modo particular en la salvación del mundo.
De más está insistir en la vinculación del Sacramento del Orden con la Eucaristía. En la celebración de la Misa y en la misma conciencia del Pueblo de Dios resplandece el vínculo entre la Eucaristía y el Sacerdocio. Sobre esto volveremos más adelante.
Finalmente, el Santo Padre, aborda el sacramento del Matrimonio. Para ello, recuerda la teología paulina que afirma que «el amor esponsal es signo sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto culminante en la Cruz» (nº 27), y que tiene su origen y centro en la Eucaristía. El Papa aprovecha la ocasión para iluminar los motivos teológicos de la indisolubilidad matrimonial. El motivo de la indisolubilidad no es en primer lugar jurídico sino teológico: el Matrimonio debe ser expresión sensible del «amor irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia» (nº 29). Sólo una relación total, exclusiva e incondicional, y por ello indisoluble, es capaz de ser sacramento, es decir, de ser signo sensible, del amor de Cristo que es irreversible, incondicional, que se da de una vez y para siempre.
De este modo, todos los sacramentos se orientan a la Eucaristía que se revela de modo elocuente como la fuente y la meta de toda la vida de la Iglesia. No sólo de la vida actual de la Iglesia, sino también de su vida futura: cuando se alcanzará la plena manifestación de la victoria de Cristo. En el banquete del cielo se cumplirán y superarán todas las espectativas no sólo de Israel sino de toda la humanidad. En este sentido se puede afirmar que la humanidad entera y toda la creación tiene su meta en la celebración final, total y eterna del banquete eucarístico. Allí se realizará de modo definitivo y pleno el designio eterno de Dios, expresado de modo impresionante en el cántico de los Efesios que afirma que Dios nos ha elegido en Cristo, desde antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (cf. Ef 1,4). El motivo de nuestra existencia y, por tanto, el motivo de toda la creación es la comunión final, eterna y plena con Dios por medio de Cristo, en el Espíritu Santo. Y a esa comunión accedemos hoy, como peregrinos y en la oscuridad de la fe, por medio de la Eucaristía. Por eso en cada celebración de la misa, desde el inicio de la Iglesia, la comunidad exclama: «¡Ven Señor Jesús!» (Ap 22,20).

La encarnación, María y la Eucaristía
Este amor total e irreversible, no es un amor abstracto o intangible, es un amor concreto que lleva y llevará siempre en sí el sello de la encarnación. Por esta vinculación con la encarnación, al hablar del Sacramentum Caritatis, es decir, del Amor que «tocaron nuestras manos», el Santo Padre vuelve su mirada a la Madre de Dios: «todo lo que Dios nos ha dado –afirma el Papa– encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora» (nº 33). La Palabra se hizo carne en ella, es decir, en ella el Amor de Dios, o mejor, Dios que es Amor se hizo Amor palpable, tangible y accesible, es decir, en ella se volvió Sacramentum Caritatis. Con razón, los primeros Padres de la Iglesia la consideraron garante de la integridad de la humanidad del Hijo de Dios, evitando de ese modo que Jesús se volviera una realidad abstracta.
Este misterio exige una correcta comprensión de la unión hipostática, es decir, de la verdadera unidad de las naturalezas humana y divina en la única persona del Hijo, y, por tanto, una correcta comprensión de la Maternidad Divina. Tanto en la antigüedad como actualmente, una pequeña ambigüedad en nuestra comprensión de este misterio, repercute muy negativamente en nuestro modo de entender la identidad de Cristo y su real relación con nosotros.
La Eucaristía es prolongación de la encarnación. Por ello, nuestra participación en el Sacramentum Caritatis, estará siempre vinculada a María Santísima, aquella en quien «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), y a la Iglesia, a la Iglesia visible y tangible. De otro modo se debilitaría el nexo entre Dios y la familia humana, y sería contradictorio con la dinámica propia de la encarnación. Con razón, el Papa Juan Pablo II quiso destacar esta unidad, integrando la Institución de la Eucaristía entre los misterios del Rosario.

II. LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
Una insistencia de la Exhortación Apostólica es la relación entre la fe eucarística y la celebración eucarística. Nosotros tendemos a pensar que nuestro modo de celebrar es simple consecuencia deductiva de nuestra fe, pero, a veces, olvidamos que nuertra fe se nutre del modo cómo celebramos y cómo tratamos los misterios del Señor.
Así como una fe deficiente tendrá como consecuencia una celebración deficiente, asimismo, una celebración descuidada o un trato poco delicado de las especies consagradas debilitará nuestra fe y dificultará el crecimiento de la fe eucarística de la asamblea. Hay una relación 'de ida y vuelta' entre la teoría y la práctica.
No somos espíritus puros: el modo concreto cómo tratamos la Eucaristía impacta también en consistencia de nuestra propia fe. Nos lo confirma la experiencia: el modo cómo nos aproximamos al Sagrario, la manera de dar la comunión o de llevarla a los enfermos, el mismo modo cómo tomamos en nuestras manos la Hostia consagrada, el cariño y la frecuancia con que visitamos al Santísimo, incluso la disposición física de nuestras iglesias: la limpieza de los manteles, la belleza del Sagrario, del cáliz, del altar, e incluso de la lamparita del Santísimo, etc., en términos generales, el modo externo cómo celebramos la Misa junto con ser expresión es también alimento que fortalece y vigoriza nuestra fe en el Eucaristía.
No somos espíritus puros, por algo nos resulta más fácil rezar en un lugar que en otro. Por el misterio de la encarnación, Dios entra en nuestra propia historia, y se vale de nuestro lenguaje para estar eficazmente presente. No se trata de imponer un estilo, en esto hay gran libertad y apertura, y una adecuada inculturación debe buscar los modos culturalmente apropiados para expresar la riqueza insondable de la Eucaristía; se trata más bien de que todo lo externo, puesto que hablamos de un sacramento, sea signo adecuado de lo que se realiza en la celebración eucarística.

Belleza y obediencia en la liturgia
Así se comprende la insistencia del Santo Padre en el modo como celebramos la Eucaristía. Por ello recuerda: «La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza» (nº 35). Dando un paso más, se nos recuerda que la belleza que debe resplandecer en la celebración no es cualquier belleza, sino la belleza del don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual, es decir, la belleza de la Cruz.
Junto a la belleza pascual de la liturgia, el Santo Padre destaca la obediencia como otra disposición propia del auténtico modo de celebrar la Eucaristía, más allá de cuestiones jurídicas. La obediencia fiel a la liturgia expresa que el celebrante no es dueño sino servidor del misterio. La celebración tiene su origen en la obediencia de Jesús y es un don que se recibe y se transmite, San Pablo así lo afirma a los corintios: yo le transmito aquello que he recibido (cf. 1Co 11,23; 15,3). De este modo, se manifiesta la unidad de la Iglesia y se evita un inadecuado protagonismo del sacerdote que, al ponerse en primer plano, oscurece la centralidad de Jesucrito.

III. LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
Siguiendo la estructura del documento, la tercera y última parte desarrolla la relación entre la Eucaristía y la vida cotidiana. Esta insistencia es tal vez el punto más característico de la Exhortación Apostólica. No es una doctrina nueva, pero por lo general los documentos magisteriales habían puesto el énfasis más en el contenido de la fe y en el modo de celebrar la Eucaristía que su prolongación en la vida cotidiana.
Nuevamente, la manera de vivir la Eucaristía en la vida cotidiana no es solamente la consecuencia deductiva de la fe y la celebración, sino que se da una relación de circularidad, de 'ida y vuelta'. En términos simples, a partir del documento, se puede afirmar que la Eucaristía alimenta la vida cotidiana y, a la vez, la vida cotidiana alimenta la Eucaristía. Es decir, el modo cómo vivimos también ilumina, profundiza y ensacha nuestra celebración eucarística.

La forma eucarística de la existencia cristiana
Para expresar la presencia permanente de la Eucaristía en toda la existencia de los cristianos, el Santo Padre desarrolla un hermoso concepto, que podemos considerar central en esta tercera parte del documento. A partir de un texto paulino, el Papa habla de «la forma eucarística de la vida cristiana» (nnº 70ss). En su Carta a los Romanos San Pablo dice: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rom 12,1-2). San Pablo ehxorta a los romanos a no «acomodarse», es decir, no «tomar la forma» del mundo presente sino, al contrario, «transformarnos», es decir, «tomar una nueva forma», mediante la conversión. Esta forma nueva es el culto espiritual, es decir, ya no el ofrecimiento de una víctima material, como las del Templo de Jerusalén, sino en el don de sí mismo, que se realiza en el Espíritu.
El Papa habla de «forma» eucarística de la vida cristiana para expresar que toda la vida cristiana en todos sus momentos y en todos sus aspectos está vinculada con la Eucaristía. Recordando las clases de metafísica, así como toda la materia es configurada por la forma, asimismo toda la vida cristiana debe recibir su forma de la Eucaristía. Así como en la teoría filosófica clásica la forma no es una parte del ser sino que configura el ser, en modo que nada del ser se sustrae de la forma, así también la vida cristiana debe estar toda ella configurada por la Eucaristía.
Para explicar esta realidad, el Santo Padre recurre a un texto de las Confesiones, cuando San Agustín imagina que Cristo le dice: «Soy el alimento de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí» (Conf. VII,10,16). Esta comparación ayuda a comprender qué significa la «forma eucarística» de la vida cristiana. Así como nosotros asimilamos el alimento que recibimos hasta formar parte de nosotros mismos y nutrir toda nuestra existencia, de un modo semejante, pero inverso, nosotros mismos somos «asimilados» a Cristo cuando nos alimentamos de Él en la Eucaristía. Asimilarse significa hacerse símil, es decir, asemejarse, hacerse cada vez más semejantes de Cristo. De este modo, toda la vida del cristiano, con todos sus aspectos, está llamada a recibir su forma de la Eucaristía. Ningún aspecto de la vida debe quedar fuera del influjo de la Eucaristía. Por eso, el mismo San Agustín afirma que por la comunión «no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo mismo» (Com. a Juan, 21,8).
La comparación con el alimento es una fuerte insistencia en la eficacia del sacramento de la Eucaristía, que es alimento, es decir, que no sólo instruye e ilumina, sino que nutre, fortalece y transforma.
Ahora, nos volvemos a preguntar, ¿qué significa esta «forma eucarística» de la vida cristiana? Ya sabemos que debe involucrar la vida completa del cristiano, pero, ¿qué es lo que la caracteriza?
El texto de la Carta a los Romanos contiene la clave. El corazón de una existencia eucarística radica en el ofrecimiento de sí mismo (cf. Rom 12,1), y, naturalmente, tiene su fuente en la misma vida de Jesús, que es una constante oblación. Todos los momentos y aspectos de la vida de Jesús encuentran su unidad en el ofrecimiento de sí mismo. Ciertamente que la cumbre de su entrega lo encontramos en la Última Cena y en la Pasíon, es decir, en la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre. Pero toda la vida de Jesús es una constante entrega.

Encarnación se prolonga en la Eucaristía
La Eucaristía, como forma de la vida cristiana, entonces, nos asocia a la entrega de Cristo, a su donación permanente, cuya fuente última hay que buscarla en el eterno amor trinitario. El Misterio admirable consiste en que la vida de mutua donación, eterna y permanente, de las personas divinas se ha hecho accesible en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.
Dios se ha hecho hombre y ha compartido nuestra naturaleza y ha participado de nuestra historia. Y tal como lo afirmó el Papa San León Magno: «lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios» (Sermón 74,2), es decir, a sus sacramentos. De este modo, hoy el amor divino de total entrega y donación nos es accesible por medio del Sacramento de la Eucaristía.
La estrecha vinculación entre la Eucaristía y la Encarnación, que tan tempranamente desarrollaron los Padres de la Iglesia, nos recuerda que nuestro acceso a la comunión en el Cuerpo de Cristo estará siempre marcado por la encarnación, es decir, por lo visible de Cristo que se prolonga en la historia. De este modo, no es coherente con el misterio de la encarnación pretender acceder a la comunión con el Cuerpo de Cristo si pasar concreta y tangiblemente por el mismo sacramento de la Eucaristía celebrado por la Iglesia.
A partir del paradójico misterio de la Encarnación, la presencia de Dios en el mundo no es homogénea. Celso, un filósofo anticristiano del siglo II, rechazaba el cristianismo diciendo que si Dios se hubiese querido revelar lo debía haber hecho desde siempre y en todas partes a la vez. No le cabía en la cabeza que Dios pudiera entrar en la historia humana. Según Celso, Dios debía estar presente siempre y en todas partes, de modo homogéneo. Pero el misterio de la Encarnación asegura que Dios se hizo presente en un lugar concreto y en un momento preciso de la historia humana, sometiénose al tiempo y al espacio, en Jesús de Nazaret. Por eso San Ignacio de Antioquía decía: «haceos los sordos cuando alguien os hable a no ser de Jesucristo, el de la descendencia de David, el hijo de María, que nació verdaderamente, que comió y bebió, que fue verdaderamente perseguido en tiempo de Poncio Pilato» (A los Tralianos, IX,1). Este carácter concreto de la presencia de Dios en nuestro mundo, ha pasado a sus sacramentos.

Las presencias y la presencia de Cristo
Por ello el Papa Pablo VI, en su encíclica Mysterium fidei, junto con reconocer la multiplicidad de maneras por las que Cristo está presente, insistía en que estas maneras no son todas iguales. Ellas tienen, por así decirlo, diferentes grados:
« Bien sabemos todos que son distintas las maneras de estar presente Cristo en su Iglesia (...). Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es Él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a Él oramos (...). Presente está Él en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo, sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras (...). Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna (...). Está también presente en su Iglesia que predica (...). Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios (...). Está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el Sacrificio de la Misa y administra los Sacramentos (...). Estas varias maneras de presencia llenan el espíritu de estupor (...). Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el Sacramento de la Eucaristía (...) ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos. Tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (Mysterium fidei, 5).
Este texto nos invita a reflexionar, por una parte, en la amplitud de Cristo, que está en todas partes y nada queda ajeno a su influjo, y, a la vez, en el impactante misterio de la encarnación por el que el Hijo de Dios se hace presente, de modo tan concreto, por medio de las tangibles y palpables realidades de la creación.

Trans-forma-ción de toda la vida en vida eucarística
Estas reflexiones que podrían sonar teóricas, tienen enormes consecuencias prácticas. De hecho, la intención del Santo Padre al proponer estas palabras es que la vida concreta y cotidiana de los cristianos esté cada día más impregnada de la Eucaristía.
Así como la vida de Jesús es una permanente donación a nosotros por amor al Padre en el Espíritu, asimismo, a partir de la participación en la Eucaristía, cada momento y cada aspecto de la vida del cristiano puede adquirir la «forma eucarística». Todas las dimensiones de la vida adquieren un valor y una densidad nueva por medio de la Eucaristía. Cada aspecto de la vida se puede vivir como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia (cf. nº 70-71):
«Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios» (nº 71).
Cada detalle de la vida, entonces, adquiere un nuevo valor cuando es vivido en unión con Cristo y como ofrenda al Padre. Cada fragmento, cada detalle concreto de la vida cotidiana: desde atender el teléfono hasta predicar, pasando por cada una de las actividades humanas, tiene un gran valor cuando prolonga o prepara la Eucaristía y, por ello, participa de la «forma» eucarística de la vida cristiana. Esta afirmación contiene una gran Buena Noticia: el valor de una vida no se mide por sus resultados, los números, el éxito y la eficiencia, sino por su vinculación con la ofrenda de Cristo.
En un mundo que valora tanto el éxito y la eficiencia, lo que excluye a tantos hermanos que no cuentan con las capacidades personales para el éxito, es una bendición saber que el verdadero valor de la vida reside en la fiel vinculación con Jesucristo. La grandeza de este nuevo culto espiritual, fundado en la Eucaristía, nos hace comprender que la fecundidad de la vida cristiana no se mide por criterios humanos sino por el peso de amor que ponemos ella, tal como lo afirmó San Agustín, lo repitió la Madre Teresa de Calcuta. En esta perspectiva de debe comprender la participación activa en la Eucaristía deseada por el Concilio: «Los fieles, 'aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él'» (cf. nº 52).
Desde esta perspectiva ningúna persona queda excluido de alcanzar la cumbre más alta de la vida cristiana, aún si no cuenta con grandes cualidades, aún si trabaja en un lugar aparentemente insignificante, aún si parece que los frutos no llegan, etc. Muchas veces, ¡sólo el Señor es testigo del amor y, por lo tanto, del valor de la vida de tantos cristianos desconocidos! ¡Cuántas personas dedican su vida, sin brillo externo alguno, a cuidar un enfermo o a un anciano! ¡Cuántos ejemplos de heroísmo anónimo el Señor nos ha permitido conocer! Y la Eucaristía nos recuerda que esas vidas entregadas tienen un gran valor, puesto que Jesús no nos salvó por su predicación o por sus milagros, sino por su entrega hasta la muerte, y muerte de cruz.
En esta insistencia central del documento, de unir toda la vida al misterio eucarístico, el Papa recomienda ardientemente la práctica de la adoración eucarística, puesto que «la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia» (nº 66). La adoración, entonces, prolonga la celebración. Por ello, la adoración y la celebración no se contraponen. Por medio de la adoración también, a su modo, entramos en comunión con Cristo que se entrega y nos hacemos una sola cosa con Él (cf. nº 66). Y esta misma adoración tiene, como dice el Papa, consecuencias sociales: «en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros» (nº 66). Por estos profundos motivos, el Santo Padre pide a las parroquias y a otros grupos eclesiales que promuevan momentos de adoración comunitaria (cf. nº 67).

Eucaristía y sacerdocio
La forma eucarística de la vida cristiana consiste, entonces, en dejar que, mediante la Eucaristía, la vida de Cristo se apodere de la propia vida. El número 80 del documento está dedicado a la Eucaristía y la espiritualidad sacerdotal, conviene repasarlo:
«80. La forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. La semilla de esta espiritualidad se puede encontrar ya en las palabras que el Obispo pronuncia en la liturgia de la Ordenación: 'Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor'. El sacerdote, para dar a su vida una forma eucarística cada vez más plena, ya en el período de formación y luego en los años sucesivos, ha de dedicar tiempo a la vida espiritual. Él está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una vida espiritual intensa le permitirá entrar más profundamente en comunión con el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías. Por esto, junto con los Padres del Sínodo, recomiendo a los sacerdotes 'la celebración cotidiana de la santa Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles'. Esta recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación».
En continuidad con la dinámica de la encarnación, para crecer en la vida espiritual, hay que dedicarle tiempo a la vida espiritual. No basta una mera buena intención de orientar todo hacia Cristo, también es necesario dedicarle tiempo al Señor concretamente, conversar con Él, visitarlo, gastar tiempo con Él , porque no somos espíritus puros.
Esta insisencia nos recuerdan otra, del mismo Papa, pronunciada, hace pocos días después del rezo del Ángelus: «Queridos hermanos y hermanas, la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte» (Ángelus, 4 de marzo 2007). Ciertamente, estamos de lleno en el plano de la fe, y este documento está todo él escrito desde la fe, puesto que sólo a la luz de la fe, la vida eucarística adquiere su verdadero valor y centralidad.
Al hablar de la espiritualidad eucarística del sacerdote, y teniendo tan presente en la memoria la visita de Juan Pablo II hace 20 años y su muerte hace sólo dos, no podemos dejar de recordar sus palabras en la Catedral:
«Un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril, Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas. Devoción eucarística descuidada y no amada, sacerdocio desfalleciente y en peligro».
¡Hasta qué punto, entonces, la fecundidad de la vida del sacerdote hay que mirarla en la fe, y no depende de sus dotes de predicador o de sus éxitos externos, sino de esas horas desconocidas frente al Sagrario, que lo impulsan a entregar la vida con generosidad, aún en situaciones conocidas sólo por Dios!

Un misterio que se ha de ofrecer al mundo
La auténtica vivencia de la Eucaristía reclama la apertura a los demás. Y, así, la Eucaristía es un misterio que se ha de ofrecer al mundo. Esta afirmación descansa sobre una convicción de fondo: «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él (...). Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera» (nº 84).
Esta convicción impulsa la misión de la Iglesia, porque sostiene que 'todo hombre, todos los hombres y todo el hombre' necesita de Cristo para alcanzar su plenitud. Este universalismo misionero lleva a la Iglesia por interesarse por todas las regiones de la tierra y también por todos los aspectos de la vida humana. Por ello, el Papa, insiste en las consecuencias sociales de la Eucaristía:
«Cristo, por el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia (...). De esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios» (nº 89).
La plenitud de la riqueza de la Eucaristía no se despliega totalmente mientras el Cuerpo de Cristo esté herido. La forma eucarística de la vida cristiana incluye el compromiso por la justicia. Porque la Eucaristía nos enseña a mirar al otro como un hermano, como un comensal, a quien Cristo mismo sirve, por ello ella la contiene en sí el imperativo de recomponer la unidad de la familia humana, herida por tantas injusticias, odios y desigualdades, para que la familia entera pueda sentarse en la misma mesa y celebrar el único Banquete. «El sacrificio de Cristo –recuerda el Papa– es para todos y, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse «pan partido» para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno» (nº 88).
Estos conceptos se encuentran tan bien expresados por San Alberto Hurtado: «Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome... en unión con Cristo. ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!. Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás: ¡Eso es comulgar!» (La búsqueda de Dios, p. 216).

Oración final
En el desarrollo de la Exhortación Apostólica, el Papa afirma que «todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra» (nº 33). La unión irreversible entre el Hijo y la Madre hace que María Santísima, verdadera Madre de Dios, participe de un modo particular y ejemplar en la entrega de su propio Hijo. La ofrenda de María consiste en que toda su libertad está disponible a la voluntad de Dios. Por ello, al concluir esta presentación repetimos las palabras finales del documento, que son una verdadera oración:
«96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino al encuentro del Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la Iglesia realizada del modo más perfecto. La Iglesia ve en María, «Mujer eucarística» —como la ha llamado el Siervo de Dios Juan Pablo II—, su icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible de vida eucarística (...). Ella es la Toda hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La belleza de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también nosotros, según la expresión de san Pablo, «inmaculados» ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).
97. Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia del misterio santo de Dios (...). Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la santa Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra con la que Jesús se despidió de sus discípulos: « Yo estoy con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo » (Mt 28,20)».

Fuente: DOP Santiago www.iglesiadesantiago.cl
Santiago, 05-04-2007