Hoy se cumplen 20 años del memorable recorrido de Juan Pablo II por el sur de Chile. Se puso abrigo en Punta Arenas y sombrero en Puerto Montt cuando navegaba por las aguas del seno de Reloncaví.

Juan Pablo II quiso estar en Punta Arenas. Sabía que en esa austral ciudad, nueve años antes de su visita a Chile dos pueblos hermanos habían estado muy cerca de una confrontación. La mediación de la Santa Sede evitó un conflicto con Argentina y por eso quiso estar en la región de Magallanes para presidir un Encuentro por la Paz.
Transcurría el sábado 4 de abril de 1987. Desde Punta Arenas el Papa nos exhortó con todo su corazón, "a ser artífices de la paz que es fruto de la justicia, pero que sólo se afianza por el amor y el perdón; pido a los hijos de esta gran Nación, que, sin impaciencias pero sin dejaciones, sin prisas pero sin pausas, todos y cada uno, renovéis una vez más la voluntad de ser -en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en el mundo entero- constructores y sembradores de paz. Que adoptéis los procedimientos convenientes para erradicar cualquier tipo de violencia; que encontréis los medios concretos para crear una verdadera cultura de paz y de concordia".
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Ese mismo día Juan Pablo II viajó a Puerto Montt. A media tarde dio un paseo por el mar en una embarcación de la Armada de Chile. Poco antes de embarcar saludó a una mujer y tomó en brazos a su pequeña niña. El buque navegó en forma de cruz. Al finalizar el recorrido, el Santo Padre lanzó al mar una corona de flores por la paz de la gente de mar. En innumerables ocasiones, hasta poco antes de su muerte, Juan Pablo II recordaba este inolvidable paseo por las aguas de Chile.
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También fue en Puerto Montt donde presidió la Eucaristía de los 500 Años de Evangelización. Desde allí nos invitó a "remar mar adentro". Dijo en su homilía: "Cuando hoy Dios ha concedido al Sucesor de Pedro poder dar gracias en tierra chilena junto a vosotros, por el 500 aniversario del comienzo de la evangelización de América, quiero abrazar en mi corazón con la plegaria a todos aquellos que participaron en esta obra salvífica. Que la semilla que ellos plantaron en la tierra fértil del alma chilena continúe dando el ciento por uno en frutos de amor, verdad, libertad y justicia para que en esta tierra bendita reine la paz".
Por la tarde viajó a Concepción, donde por la noche saludó y bendijo a la capital penquista. "Quisiera poder entrar en vuestras casas, saludamos personalmente, visitar y consolar a vuestros enfermos; deseo haceros sentir la presencia amorosa de Dios, nuestro Padre, en la renovada experiencia de que la Iglesia es la familia de los salvados en Cristo", manifestó entonces.
Fuente: Prensa CECh
Santiago, 04-04-2007