La cultura que Jesús pide evangelizar hoy
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Concepción, junio de 2015

La cultura que Jesús pide evangelizar hoy

A los católicos y hombres y mujeres de buena voluntad de la Arquidiócesis de Concepción

Fecha: Sábado 06 de Junio de 2015
Pais: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Fernando Chomali Garib

1.- Introducción
Estamos viviendo cambios culturales que han tocado de manera muy profunda la vida de las personas. Son cambios que también han alcanzado el modo de relacionarse con la sociedad, con Dios, con la Iglesia y con la autoridad en general. Este fenómeno se percibe, por ejemplo, en el poco interés de los jóvenes por participar en procesos eleccionarios y en militar en un partido político, y en lo que a la Iglesia se refiere, al constatar que año a año disminuye el número de personas que se declara católico y que participa en la vida sacramental. Sólo el número de liturgias de exequias no ha variado sustancialmente.

En estas páginas he intentado describir algunas características de esta nueva cultura. El propósito es pensar desde estas nuevas categorías culturales la importante y hermosa tarea de anunciar el Evangelio que se nos ha confiado como Iglesia, de modo especial a los ministros ordenados. Ello nos debiese conducir a descubrir y potenciar aquellos métodos y expresiones que debemos mantener, aquellos que debemos impulsar con más fuerza y aquellos que decididamente debemos cambiar. Este cambio cultural, definido como un cambio de época más que como una época de cambios, está muy bien descrito en las enseñanzas de los últimos tres pontífices. Los obispos de Chile en su momento hablaron de un nuevo paradigma de la realidad cultural.

Este análisis pretende ser realista, apartándose por tanto de un pesimismo estéril de suyo inconducente, y de un optimismo ingenuo que nos aparta de lo que realmente acontece en Chile, el mundo y nuestra Iglesia.

2.- ¿Qué entendemos por cultura?
Si entendemos por cultura el modo cómo los hombres se relacionan con Dios, con los demás, consigo mismo y con el ambiente, lo primero que hemos de reconocer es que no hay una cultura única ni homogénea. Subsisten en la realidad regional, nacional e internacional un conjunto de culturas, muchas de ellas difíciles de reconocer a simple vista, analizar y, sobre todo, comprender. Estas culturas emigran de un lugar a otro, se instalan y se desinstalan con facilidad dado el contacto directo y persistente que la población de todos los estratos sociales tiene con los medios de comunicación social. Ello se percibe de modo muy nítido entre los jóvenes y los adultos jóvenes.

Este cambio cultural no hemos sido capaces de comprenderlo a cabalidad, no tenemos muy claro cómo relacionarnos con él, desconocemos el impacto que ha generado en la vida de las personas y menos, en qué va a terminar.

A ello se suma el hecho de que la realidad y el ethos cultural no sólo son variados sino también cambiantes. Este cambio lo percibimos de generación en generación, más aún, año tras año, lo que hace más difícil aún definirlo y comprenderlo.

Vivir en una cultura que no se comprende lo suficientemente bien hace difícil la tarea pastoral, así como sacar adelante una familia, emprender un proyecto empresarial o gobernar un país. El anuncio espera un receptor que esté en condiciones de recibir el mensaje. Creo que no conocemos muy bien al receptor y ello se ha visto reflejado en la adhesión cada vez más exigua de nuestro anuncio entre los jóvenes y entre aquellas personas que tienen por primera vez acceso a bienes de consumo y servicios que sus padres no tuvieron. Dicho en otras palabras, no es fácil hablarle a un joven que ha estado expuesto por horas a la televisión de todas partes del mundo y a las redes sociales gracias a internet. Tampoco es fácil hablarle a una persona atraída por un centro comercial diseñado de modo muy bien pensado y con estrategias muy sofisticadas de ventas para congregar a las personas y las familias, hacerlos consumir y endeudarlos. También difícil resulta hacerse comprender con quienes han puesto en la ciencia, la tecnología y el dinero, la esperanza de una vida y un mundo mejor.

Conocer los rasgos culturales en los que estamos inmersos es una exigencia que ha de desafiarnos constantemente y a todos sin excepción. La labor pastoral debe tenerlos muy presentes si quiere ser eficaz.

3.- Algunas características de la cultura
Con el propósito de lograr este cometido, quisiera esbozar algunas características culturales de este tiempo que, en mi opinión, han influido en la población en el modo de concebir la sociedad, las instituciones, incluida la Iglesia. Espero que este diagnóstico pueda ser de utilidad a los agentes pastorales de la Arquidiócesis de Concepción a quienes va dirigida en primer lugar esta carta, y a todas las personas de buena voluntad que, aunque no creyentes, se preocupan de lo que acontece en su entorno.

3.1 Lo particular por sobre lo universal
Lo primero que se percibe es la ausencia de un proyecto homogéneo de sociedad que las personas en su conjunto quieran construir pensando en las futuras generaciones y orientado a la consecución del bien común. La causa ampliamente compartida en torno a un proyecto de país y de sociedad ha sido reemplazada por múltiples causas, demandas y exigencias sectoriales que encuentran eco en un grupo de personas que se reúnen en torno a él, utilizan los medios de comunicación social para visibilizarlas y no tienen otra aspiración que lograr sus objetivos en el menor plazo posible. Muchas veces logran su cometido a través de actos que desestabilizan la paz social, llegando incluso al uso de la violencia. Dicho de otra manera, no hay un interés por el tema de la energía como país, lo importante es que la central hidroeléctrica que se quiere construir no afecte mi barrio. No hay una reflexión profunda acerca de las causas de la delincuencia, lo que importa es que no se construya una cárcel cerca de mi casa. No hay una reflexión acerca de los efectos del consumo exacerbado y el cuidado del medio ambiente, lo que importa es que el vertedero no se instale cerca de mi barrio. No hay una reflexión acerca de los efectos de los nuevos sistemas comunicacionales, lo importante es que las antenas no perjudiquen la belleza del vecindario donde vivo.

Una vez que la demanda ha sido satisfecha el grupo se disuelve o se reúne en torno a otra demanda social, acotada y fácil de identificar. Esta nueva forma de actuar hace que el compromiso de las personas sea también acotado en el tiempo y reducido a áreas de interés particular. Dada la escasa posibilidad de dar soluciones concretas a justas demandas por parte del Estado, las personas y comunidades buscan estas instancias para ello.

Estas reivindicaciones suelen ser sectoriales y no tienen, a diferencia de la ideología, pretensiones totalizantes, generar una estructura jerárquica y menos perseverar en el tiempo.

El interés por la cosa pública se ha desplazado al interés personal o a un grupo de personas afines. A ello se suma la percepción cada vez más generalizada de lo ineficaz e irrelevante del Estado y sus poderes dado que, en virtud de sus protocolos y sus tiempos, no suelen encontrar respuesta a las demandas ciudadanas, que en general son de corte inmediatista. De allí el poco interés por participar en la vida política y más aún militar en un partido político, y el evidente descrédito de la autoridad. Así se entiende la poca sintonía entre el mundo político que promueve políticas públicas de mediano y largo plazo y los grupos de interés. Las demandas ciudadanas son inmediatas y exigen soluciones inmediatas y el Estado ello no lo puede satisfacer. Este fenómeno -que las personas perciben como ausencia de autoridad-, es el lugar más propicio para que surjan caudillos y focos de violencia.

La inmediatez de las exigencias de las personas o los grupos vinculados a causas particulares, ha llevado a valorar en extremo el intentar aparecer en los medios de comunicación social, puesto que constituye la forma privilegiada de hacerse presente de manera instantánea y masiva y así poder ejercer presión mediática a quien pudiese dar una solución lo más rápido posible a la demanda en cuestión. A ello se le suma el ingrediente de la emotividad y del sentimiento para captar la fibra emocional del telespectador y de la sociedad. Estas manifestaciones suelen ser cada vez mejor organizadas y tener mayor grado de espectacularidad, de tal forma de atraer efectivamente el interés de la prensa. Por otro lado, dada la escasa o nula educación cívica que reciben los jóvenes en sus casas y colegios, y el escaso conocimiento de los procesos propios de la democracia, las solicitudes son muchas veces irrealizables, al menos en el corto plazo.

En efecto, para algunos líderes es mucho más satisfactorio aparecer en los medios y constituirse en imagen o rostro que estudiar en profundidad un asunto, formarse una opinión fundada respecto de él y defenderlo. Ello ha llevado a una exacerbación del valor de la imagen adquiriendo estatus de culto, y que suele ir acompañado de eslóganes, de cuñas, de tips, en desmedro de una actividad pública basada en el estudio, en el diálogo, en el debate y sobre todo, en la búsqueda sincera de la verdad. Desde ese punto de vista, la Iglesia, reflexiva por naturaleza, suele llegar tarde al debate y con un discurso que responde a la lógica del estudio, de la meditación, del discernimiento y la “praxis” de transformación de las personas y de la sociedad, que no siempre coincide con el esquema anteriormente descrito.

En este nuevo contexto, hemos de reconocer que la sociedad civil tiene una dinámica en el espacio y el tiempo muy distinta a la de la Iglesia. Esto ha llevado a que muchas veces no coincidan en los análisis de la realidad, en el lenguaje ni en el modo de comunicarse con la sociedad y menos en las soluciones. Sin duda que, tomando muy en cuenta la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, para que nuestra palabra sea escuchada, debemos hacer un esfuerzo pedagógico para poder comprender y sintonizar con las personas y sus demandas, las más de las veces muy legítimas.

3.2 Un sistema económico frío e impersonal basado en el consumo y el lucro
Otro rasgo de la cultura es que fomenta una sociedad en extremo mercantilizada. El factor dinero y su poder asociado es mucho más gravitante que el propio poder político. El consumo, el lucro, en definitiva el dinero, hoy es lo que mueve a la sociedad y la máxima aspiración de quien la posee es la rentabilidad. Hoy, toda política pública se realiza observando atentamente lo que dicen quienes ostentan el capital, puesto que de ellos depende la sobrevivencia de un altísimo porcentaje de la población y su futuro. El diálogo constante entre empresarios y gobierno a la hora de promover proyectos de leyes en los cuales están involucrados lo demuestra.

El exacerbado interés por el dinero es para muchos superior al interés por embarcarse en un proyecto de sociedad o, incluso en un proyecto personal vinculado a una vocación.

De hecho, en los días previos a la elección de carrera de quienes postulan a la universidad, la prensa publica grandes estudios acerca de las remuneraciones que perciben los egresados de las distintas carreras. El ingreso que se recibirá en el futuro, a la hora de elegir una carrera, en muchos casos es más relevante que la vocación o el servicio que pueda entregar en pos de una sociedad mejor o ser fiel a la vocación personal. El número de estudiantes de arte, humanidades y programas afines es muy pequeño en comparación a las carreras que prometen altos ingresos futuros. Se vive un gran pragmatismo. Está más que claro que la dimensión estética de la vida está relegada en la actualidad a pequeños grupos de personas, lo que claramente es un empobrecimiento para la sociedad. El hecho de que un importante número de egresados de las universidades salga de ellas endeudado acrecienta esta situación.

Por otro lado, la búsqueda exacerbada de rentabilidad pasó de ser un asunto local a uno mundial, sin descartar, por cierto, la posibilidad de obtener ganancias especulando o saliendo de los dictados de la ley y la ética. Los escándalos financieros que hemos visto en este tiempo en Chile y el mundo encuentran en ello parte de explicación. Muchos creen que lo importante es obtener dinero pero no se cuestionan el modo como lograrlo. Las boletas ideológicamente falsas confirman esta tesis. Muchos creen que en este campo el fin justifica los medios. La avaricia y las ansias de poder son la base de ello. Este proceso de mercantilización de la sociedad en todos sus estamentos, ha llevado a un aumento
de la brecha entre los menos que tienen cada vez más y los muchos que tienen cada vez menos. Un broker de 30 años de 10 edades percibe en un año, entre su salario y los bonos, lo que un profesor rural percibe durante toda su vida. Este hecho es un factor desestabilizador de la sociedad y de la paz social.

Ha sido notable detectar en la región del Bío Bío en estos últimos cuarenta años, el desmantelamiento del aparato productivo –lugar privilegiado de creación de fuentes de empleo- y la proliferación de empresas financieras. Ello ha llevado a un descontento generalizado y fuente de profundos conflictos sociales. El trabajo, factor primordial de la vida de los hombres, se constituye en una realidad inestable, poco valorada y mercantilizada. Hoy el trabajo es una mera mercancía que se transa desprovista de todo significado más allá de la remuneración asociada a ella. La movilidad laboral y el descontento generalizado en relación al trabajo lo confirman.

En Chile, 750.000 jóvenes de entre 18 y 28 años no estudian ni trabajan. Éstos, desesperanzados frente a la vida se aferran, para darle algún sentido a ella, a un club deportivo, o a una pandilla por el que están dispuestos a todo. Sólo así se entiende que frente al resultado de un partido de fútbol adverso, se genere mucha violencia en las calles provocada por un número no menor de jóvenes y, además, que sea tan destructivo. Estos hechos hay que leerlos como efecto de una sociedad que está más bien centrada en el lucro, en la competencia y no en el ser humano. El emprendimiento no es visto como una forma de generar trabajo y promover la equidad, sino como una forma de enriquecimiento.

Servicios básicos como la educación, la salud, el transporte, la energía, los caminos, la seguridad social, están en manos de privados chilenos y extranjeros. La tendencia de este fenómeno privatizador está presente en varios países de América Latina. Empresarios chilenos están invirtiendo fuertemente en el extranjero. Este fenómeno sólo se explica porque allí hay mayor rentabilidad económica. Creo que en Chile no hay un proyecto de sociedad en el cual el mundo empresarial se sienta invitado a participar con entusiasmo.

Así se explica la resistencia al cambio, por ejemplo en materia tributaria, laboral y educacional.

3.3 La gran paradoja
Es paradójica la situación que se produce a propósito de lo ya expuesto. Los medios de comunicación social, especialmente los noticiarios de la televisión abierta, han visto una fuente de alta audiencia –rating- en los hechos sociales en los cuales hay un conflicto y actos de violencia.

Estos hechos son largamente exhibidos en la pantalla en razón de que ese rating es el que genera el interés de las empresas por promocionar sus productos a través de ese medio de comunicación. Es cosa de ver los noticiarios para darse cuenta el férreo vínculo que existe entre la publicidad de productos y servicios y las noticias entregadas. Si un noticiario optara por mostrar los hechos positivos que existen en la sociedad –y que son muchos- no tendría futuro alguno dado que los avisadores sólo están dispuestos a publicitar sus bienes donde haya “alto consumo de pantalla”, es decir una gran audiencia, y alto consumo de los productos ofrecidos.

Son muchos los programas culturales que han debido dejar de transmitirse por falta de financiamiento. Las empresas y los empresarios así, se mueven en una verdadera paradoja que no han querido resolver y que sin duda no ayuda en la construcción de valores positivos posibles de ser compartidos en la sociedad. Más aún, no sólo no lo quieren resolver, sino que no pueden, dado que los accionistas de los mismos están ávidos de mayor rentabilidad y si tal empresa no la ofrece las venden para comprar otro paquete accionario más rentable. No conozco aún el inversionista que se pregunte por el modo cómo se promocionan los productos y servicios de la empresa del cual es accionista.

En el ámbito privado podrá ser un gran defensor de la vida y la familia, pero auspicia de manera directa e indirecta un programa donde se promueven políticas públicas abiertamente en contra de la vida y la familia. Podrá ser un católico declarado, pero no tiene problemas en publicitar en medios que no apoyan la labor de la Iglesia y los valores que promueve. Por otro lado, llama la atención que los graves escándalos financieros que hemos visto en este último tiempo, muchos de ellos protagonizados lamentablemente por personas católicas, se dan a conocer en las secciones de economía y negocio de la prensa y no en las páginas policiales.

En estos últimos años han desaparecido de la televisión programas de índole religioso. Estos espacios han quedado al arbitrio del dueño del canal, que suelen cambiar con bastante frecuencia. En estos últimos cuatro años, dos importantes estaciones televisivas han cambiado de dueño.

En este nuevo escenario la fe no se transmite por osmosis cultural. En este contexto, resulta más relevante cuántos autos salieron en un fin de semana largo, y cuánto marisco se vendió, que el número de personas y familias que asistieron a las celebraciones litúrgicas en Semana Santa.

La Iglesia obtiene alta figuración mediática cuando está en medio de un escándalo o una polémica, pero jamás aparecerá la cara más fundamental de ella cual es el trabajo silencioso en medio de la comunidad promoviendo el Evangelio, la fraternidad universal, la misericordia, la justicia social, la paz y todas las consecuencias positivas que de ello se deriva para el conjunto social.

3.4 Libertad sin verdad y el emerger de la subjetividad
Otro factor presente en la cultura dice relación al alto valor que las personas le atribuyen a la libertad, entendida como hacer lo que cada cual quiere, y a la autonomía para decidir. Como consecuencia de ello, se percibe un rechazo a priori de cualquier institución que se atribuya pretensiones totalizantes en materia ética, valores y normas asociadas. El emerger de la subjetividad del individuo y la propia cosmovisión que de ella surge ha ido en desmedro de la adhesión a verdades o valores objetivos que valen siempre y bajo todas las circunstancias porque brotan de la naturaleza del ser humano.

En este contexto, la voluntad está disociada de la razón. Así, las instituciones que tienden a promover valores de carácter universal son muy maltratadas. Se les acusa de fanáticas, conservadoras y retrógradas. Así se entiende en amplios sectores de la población la indiferencia o el rechazo a la enseñanza de la Iglesia que está fundamentada en la ley moral natural y en la Palabra de Dios, autoridad suprema. Esta comprensión de la subjetividad personal como valor extremo ha llevado a la pérdida de la consciencia del carácter de creatura del hombre y su dependencia ontológica, existencial y ética de una realidad distinta y superior, Dios. La pérdida del reconocimiento de ser creatura ha llevado también a un empobrecimiento de las relaciones humanas puesto que no hay nadie de orden superior que genere un vínculo entre las personas más allá del mutuo acuerdo, el interés o el contrato.

La ausencia de Dios como referente último en la sociedad es, a mi entender, la causa última de la violencia inusitada que vemos en todos los niveles de la sociedad y lo que el Papa llama la “globalización de la indiferencia”.

Este fenómeno es fruto también del cada vez mayor escepticismo frente a la posibilidad de poder conocer la verdad más allá de la propia subjetividad y, sobre todo, de percibir cualquier deber que provenga desde fuera del sujeto como una imposición que a priori ha de ser rechazada.

Cada cual es la medida de la verdad y de la realidad. Así hay matrimonio a mi medida, verdad a mi medida, catolicismo a mi medida, valor de la vida a mi medida, etc. La pauperización del matrimonio, del valor de la vida, sumado al intento de eliminar feriados vinculados a la fe católica da cuenta de este hecho.

El poder legislativo, sede privilegiada de la discusión en profundidad, del pensamiento, de la oratoria que pretende convencer por medio de argumentos y contraargumentos de temas que atañen al bien común, ha terminado convirtiéndose en una mera notaría de los gustos y deseos individuales o grupales. Puesto que la sociedad es un conjunto plural de cosmovisiones, de antropovisiones y de éticas, se exige que todas ellas queden incluidas en un marco legal y que adquieran carta de ciudadanía de igual rango a las existentes.

Está claro que en este contexto se presenta una ecuación difícil de resolver: por un lado la defensa a ultranza de la libertad personal, y, por otro, el empeño por promover el bien común que implica en muchas ocasiones la renuncia personal o de grupos de interés.

4.- La Iglesia en medio de este escenario
Este nuevo escenario que aflora y que va acompañado de una disminución de las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, una disminución de la vida sacramental y de asistencia dominical a la Misa, es muy complejo y exige un mayor discernimiento en aras de una evangelización que cale en profundidad al hombre y la sociedad.

En mi opinión, para realizar este discernimiento es necesario tener en cuenta cuatro elementos respecto de cómo una parte de la sociedad percibe a la Iglesia.
En primer lugar, la percibe como una institución que quiere imponer su cosmovisión y su antropología dentro de la sociedad.

En segundo lugar, la percibe como una institución que impone restricciones a la libertad, la autonomía y capacidad de decisión de las personas, hoy, lo más preciado que creen tener las personas como se dijo anteriormente.

En tercer lugar, se percibe como una institución cuyo discurso se aparta de la vida real, especialmente de quienes la representan. Los escándalos de orden moral en los que se han visto envueltos algunos de sus miembros en Chile y el extranjero, han generado de modo muy visible esta crítica, y con justa razón, que le ha hecho a la Iglesia como institución y a sus miembros un gran daño en credibilidad, respeto y confianza.

En cuarto lugar, existe la idea generalizada de que la Iglesia es rica en bienes materiales y que los sacerdotes y religiosas tienen estándares de vida muy superiores a la media de la población.

Sin embargo, es bueno tener presente que esto no significa, y la piedad popular lo confirma, que las personas renieguen de la dimensión trascendente de la vida, significa solamente que la quieren vivir al margen de cualquier institucionalidad o espacios donde el conjunto absorba la experiencia personal. Así, en el ámbito de lo religioso, es el sentimiento el que ordena el modo de actuar y no la tradición y menos las normas.

Este modo de asomarse a la trascendencia no requiere de una institución que medie y de una autoridad a quien seguir. Y menos de una institución que ha perdido credibilidad. Algunas personas, por otro lado, pueden tener una gran adhesión a un sacerdote en particular por la obra social que lleva a cabo, pero ello no significa de suyo vincular este accionar a una institución y al conjunto de su enseñanza. De hecho hay muchos jóvenes que tienen muchas dudas respecto de su fe, que no adhieren a las enseñanzas de la Iglesia católica pero están dispuestos a sacrificar sus vacaciones para realizar alguna obra social vinculada a la Iglesia, acotada en el tiempo y con resultados cuantificables.

La dimensión de entrega y donación de la Iglesia, en muchos casos muy presente y de manera heroica, la sociedad la percibe ausente. Aquello es muy doloroso. Sin embargo, ¡son muchos los sacerdotes y religiosas que llevan una vida ejemplar al estilo de Jesús! Una de las paradojas más grandes y hermosas de la vida de la Iglesia es que hasta el no creyente espera de nosotros una vida correcta y austera, vinculada al servicio de los más pobres y con un alto grado de heroísmo, sacrificio personal, gran compromiso con los pobres y una vida intachable. Ello lo interpreto en el sentido de que aún representa los grandes ideales de trascendencia, de virtud, de heroísmo, de pureza, de servicio, de caridad y misericordia, que anida en todo ser humano.

En mi opinión ella es una de nuestras grandes fuentes de esperanza porque tenemos en Cristo la respuesta adecuada a ese anhelo junto al testimonio de tantas personas cuyas vidas no dejan indiferente a nadie porque reflejan la misericordia, el amor desinteresado y otros valores que la sociedad toda reconoce como un bien. No hay nada más evangelizador que la vida de los santos y santas, y una vida consecuente con los valores que se profesa.

Lamentablemente, en mi opinión, al interior de la propia Iglesia la embestida de la sobrevaloración de la subjetividad también se ha hecho sentir. Resulta cada vez más difícil generar a todo nivel un proyecto eclesial común. Está la tendencia de que los carismas al interior de la Iglesia sean vistos por muchos de sus seguidores como “el modo” de hacer Iglesia relegando a un segundo plano aquello que viene como orientación de los obispos. Está claro que los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales son una gran riqueza para la Iglesia y lo serán más aún en la medida que sean un aporte a la vida eclesial y no se conviertan en un refugio respecto del mundo y de la vida pastoral ordinaria.

El gran riesgo de este fenómeno es hacer de la religión una cuestión privada ya no solamente en relación a la vida social, sino que también en relación a la propia Iglesia. Viendo el conjunto del país, y es doloroso reconocerlo, se percibe que la presencia de sacerdotes en los sectores más acomodados de la población es superior a la de los sectores más pobres y vulnerables. Tal vez este fenómeno puede ser una de las causas del aumento de personas que frecuentan las iglesias evangélicas en los sectores más vulnerables de la población.

En Concepción hemos de hacer un gran esfuerzo para que todo católico pueda al menos tener en su capilla una misa dominical, o al menos semanal. Esa es una de las tareas prioritarias que tenemos como Iglesia. Sin duda que un incremento de vocaciones sacerdotales hará posible este anhelo tan sentido por tantas personas. Y ello es tarea de todos.

Hay otro fenómeno que se está dando al interior de la Iglesia que conviene mirarlo con mayor atención. En este contexto antropológico cultural descrito, son muchos los católicos que siguen declarándose como tal en las encuestas, sin embargo, disienten de las enseñanzas de la Iglesia, de modo especial en materia de moral sexual y de la vida. Hay otros que sin disentir de manera explícita, sencillamente hacen caso omiso de ellas. Es lo que el Papa Juan Pablo II llamó la “apostasía silenciosa”, y Benedicto XVI un “gris pragmatismo de la vida de fe”. Este hecho se da y resulta muy cuestionador. Inmensa responsabilidad nos cabe a todos en cuanto a la formación de personas y a generar en todo acto pastoral vínculos de comunión. Ello exige, sin duda, nuevos métodos, nuevo ardor y nuevas expresiones en la tarea evangelizadora, como lo dijo el Papa Juan Pablo II. Es sentida la necesidad de formación por parte de los católicos. Sin duda que el Instituto de Teología y la Facultad de Educación de Universidad Católica de la Santísima Concepción están haciendo un gran aporte a la Arquidiócesis en su empeño por formar a los católicos adecuadamente.

5.- Algunas conclusiones
Espero que estas ideas, pensando en nuestro futuro como Iglesia de Chile en cinco, diez, veinte, treinta y cincuenta años más, nos ayuden a reflexionar, a rezar, a emprender un camino de conversión personal y comunitario y a generar planes pastorales de acuerdo a las diversas situaciones que se viven al interior de ella. Han sido fruto del discernimiento y de la oración a la luz de mi experiencia como sacerdote y Arzobispo de Concepción. El Magisterio Pontificio está muy presente en estas reflexiones, especialmente el documento de Aparecida y la encíclica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium.

Es evidente que habrá matices respecto de lo dicho, algunas de las ideas vertidas se darán más en un sector de la población que en otro, por cierto, pero si ayuda a reflexionar acerca de la cultura a cada uno desde nuestra condición de católicos que se nos ha regalado, creo que habré hecho un aporte al fortalecimiento de nuestra misión. Si es así, me siento más que agradecido de Dios por ello.

Dejo esta carta en manos de la Santísima Virgen María que me ha acompañado estos cuatro años como arzobispo de Concepción con maternal solicitud.

+ Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción
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