San Misa y Te Deum
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San Misa y Te Deum

Fecha: Viernes 18 de Septiembre de 2009
Pais: Chile
Ciudad: San Bernardo
Autor: Mons. Juan Ignacio González Errázuriz

Una vez mas siguiendo la antigua y venerada tradición legada de nuestro mayores, nos unimos como comunidad nacional para alabar a Dios por la Patria que nos ha regalado, dejando a un lado todo aquellos que legítimamente pueda separarnos, para vivir un intenso momento de unidad, fervor y comunión patriótica y religiosa.

Lo hacemos bajo la mirada de Dios, autor y Señor de todos nosotros y a quien debemos el agradecimiento, pues como enseña la escritura que acabamos de leer, siempre hemos de estar en acción de gracias y mas aun cuando comenzamos a recorrer el tiempo que nos llevará a las celebraciones del Bicentenario del inicio del proceso de nuestra independencia nacional

Memoria agradecida

Tal como su nombre lo indica, tanto cuando celebramos la Eucaristía (que significa acción de gracias) como cuando celebramos un “Te Deum Laudamus”, (“a Ti Dios alabamos”), lo primero que brota de nuestro corazón es bendecir al Señor por los dones recibidos. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, un deber de profundo reconocimiento, porque ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos, sino que todo los recibimos del Creador, por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy los invito a bendecir al Señor.

Bendecimos al Señor por formar parte de esta América cristiana y morena, y de esta nación chilena, tierra de esperanza donde todos compartimos una misma lengua que nos permiten entendernos y vivir tradiciones muy queridas. Bendecimos al Señor por esta tierra de presente y de futuro, pródiga en recursos naturales, como el agua dulce y el agua de mar, con toda su riqueza, la cordillera que en sus entrañas alberga minerales, una flora y fauna tan variadas y bosques originarios con los que aún respira nuestra gente y que no siempre hemos sabido respetar con un uso racional y humano que las preserve para futuras generaciones

Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, historia amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón a Dios por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias con la lógica de la comprensión y el perdón. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.

Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son muchas veces el motivo de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.

Bendecimos al Señor por la fe cristiana y católica del pueblo chileno que nos llevan a aceptar la ley de Dios como el camino para nuestro desarrollo y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría por el dinero, la suficiencia en el saber sólo humano, así como la altivez del poder, nos han llevado a formular proyectos y tomar decisiones que dan las espaldas a la presencia de Dios o van directamente contra sus leyes, aunque vivamos con su Nombre en nuestros labios.

Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro que intenta desconocer la historia y la rica herencia que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana, pero renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.

El desarrollo nacional: proyecto vocacional fundado en el amor a Dios y al prójimo

Con cierta machacona insistencia se nos dice que siendo Chile una nación donde el Estado y la Iglesia están separados, no habría en nuestro desarrollo un lugar para Dios o la más tendría un lugar en lo íntimo de nuestras vidas. Cuando en 1925 se produjo la separación, que el papa Pío XI llamo “amigable separación”, porque se realizó sin conflictos, ni luchas, los Obispos de Chile escribieron un carta pastoral en la cual señalaban que si bien el Estado se separaba de la Iglesia, esta seguiría siempre a su servicio, unida a él para servir a todos los habitantes de esta tierra, sin distinción.

Como nos ha recordado recientemente el Papa, en la (Encíclica) Populorum progressio, Pablo VI nos enseñó, ante todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación». Esto es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si el desarrollo afectase sólo a los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum, en 1891, era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo (C in V, 16)

El fin de la toda organización nacional es la búsqueda del bien común, es decir aquella particular forma de organización social, económica, política, etc. que permita que todos los miembros de la comunidad nacional puedan alcanzar su más pleno desarrollo material y espiritual. “El desarrollo (por tanto) debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. Por eso San Agustín escribió: “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón esta siempre inquieto mientras no descanse en ti”(Conf, 1,1)

El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo. Las nuevas formas de esclavitud, como la droga, y la desesperación en la que caen tantas personas, tienen una explicación no sólo sociológica o psicológica, sino esencialmente espiritual. El vacío en que el alma se siente abandonada, contando incluso con numerosas terapias para el cuerpo y para la psique, hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo.(cfr. C in V, 77)

“Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana» Esta visión del progreso es el corazón de la mirada de la Iglesia y motiva todas sus reflexiones sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo. (cfr. Ibídem)

Queridos hermanos y hermanas, autoridades que hoy asisten a este solemne acto de acción de gracias; la patria exige y requiere de cada uno de nosotros una respuesta libre y responsable que nos lleva a trabajar por su desarrollo, cada uno desde su lugar, porque en ella nadie esta demás, nadie sobra ni puede ser despreciado su aporte. “El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjadores de ilusiones» basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona. Esta libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo, también a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de una necesidad histórica, sino que dependen de la responsabilidad humana. Por eso, decía Pablo VI «los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos». También esto es vocación, en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una responsabilidad común. (C in V, 17)

Pero un desarrollo humano en la libertad, un desarrollo humano integral como vocación exige también que se respete la verdad. La vocación al progreso impulsa a los hombres a «hacer, conocer y tener más para ser más». Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta pregunta, Pablo VI respondió indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre». En la concurrencia entre las diferentes visiones del hombre que (…) la visión cristiana tiene la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el hombre. «Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera». La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o posiciones de poder, ni tampoco en los méritos de los cristianos, que ciertamente se han dado y también hoy se dan, junto con sus naturales limitaciones, sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica al desarrollo humano integral” (Ibidem, 17)

Por esta razón el Papa Benedicto XVI hace una afirmación certera, precisa y quemante: El Evangelio es un elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia escruta los signos de los tiempos, los interpreta y ofrece al mundo «lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad». Precisamente porque Dios pronuncia el «sí» más grande al hombre, el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para realizar el propio desarrollo. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es verdadero desarrollo. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser respuesta a una vocación de Dios creador, requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que da [al hombre] su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal». Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el “bien”, empieza a disiparse».

Esta es la razón, también, por la cual hoy en nuestra patria – como en muchas otras naciones - sufrimos tantos descalabros morales y espirituales, que afectan a personas, familias, instituciones, porque mientras hemos logrado un desarrollo material no conocidos antes, las fuerzas morales en que este desarrollo debe sustentarse no han sido alimentadas y entonces ese desarrollo no ha sido de todo el hombre y de todos los hombres, como decía Pablo VI, y por tanto, pasado el primer tiempo de cierta bonanza general, comienza a mostrar sus falencias, como ha quedado demostrado en la actual crisis económica internacional.

Resulta evidente que nuestra patria ha logrado grandes progresos materiales, que, poco a poco, han llegado a una mayoría de sus habitantes.¿Pero habremos avanzado en el crecimiento moral que puede sostener en el tiempo los logros sociales, económicos y políticos? Porque, como escribió San Alberto Hurtado “una Nación, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua, o sus tradiciones, es una misión que cumplir. Y Dios ha confiado a Chile esa misión de esfuerzo generoso, su espíritu de empresa y de aventura, ese respeto del hombre, de su dignidad, encarnado en nuestras leyes e instituciones democráticas”.

El juicio, certero de San Alberto Hurtado pasa de época en época y sigue resonando en la nuestra: Dice “Pero esta misión ha dejado de cumplirse porque las energías espirituales se han debilitado, porque las virtudes cristianas han decaído, porque la Religión de Jesucristo, en que fuera bautizada nuestra Patria y cada uno de nosotros, no es conservada, porque la juventud, sumida en placeres, ya no tiene generosidad para abrazar la vida dura del sacerdocio, de la enseñanza y de la acción social. Es necesario, antes que nada, producir un reflotamiento de todas las energías morales de la Nación: devolver a la Nación el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio, que se debilitan en la medida en que se debilita su fe en Dios, en Cristo, en el espíritu del Evangelio” (San Alberto Hurtado, Homilía en el Te Deum de septiembre de 1948)

Queridos hermanos y hermanas, vivir en el amor a Dios y en amor mutuo, como hijos de una misma tierra requiere reconocer a Dios su lugar en nuestras vidas. Se puede decir que la falta de equidad, la falta de igualdad de oportunidades, la pobreza que no logramos superar, las dificultades en nuestras políticas sociales, los conflictos en la familia y la incapacidad de incorporar en nuestro desarrollo plenamente a los pueblos originarios y sus tradiciones, etc. tiene su causa en una concepción incompleta del desarrollo humano, que ha privilegiado lo material y no ha dado su lugar al crecimiento en la vida religiosa, espiritual y moral de nuestros ciudadanos. Hoy mas que nunca es pertinente el llamado de San Alberto Hurtado, que en 1948 nos decía “La austeridad primitiva desaparece: el dinero ha traído fiebre de gozo y de placer. El espíritu de aventura, de las grandes aventuras nacionales, se debilita más y más, una lucha de la burocracia sucede a la lucha contra la naturaleza. La fraternidad humana, que estuvo tan presente en la mente de nuestros libertadores al acordar como una de sus primeras medidas la liberación de la esclavitud, sufre hoy atroces quebrantos al presenciar cómo aún hoy miles y miles de hermanos son analfabetos, carecen de toda educación técnica, desposeídos de toda propiedad, habitando en chozas indignas de seres humanos, sin esperanza alguna de poder legar a sus hijos una herencia de cultura y de bienes materiales que les permitan una vida mejor; los dones que Dios ha dado para la riqueza y la alegría de la vida son usados para el vicio; las leyes sociales bien inspiradas, pero son casi ineficaces; la inseguridad social amenaza pavorosamente al obrero, al empleado, al anciano”.

Desde la perspectiva de la fe cristiana, que explica y da fundamentos a nuestra existencia como nación, es necesario afirmar que, como nos ha señalado el Papa Benedicto XVI, cuando el hombre abandona la centralidad de Dios y el sentido de servicio al Creador y al prójimo, todo se vuelve confuso. “La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad”.

Quizá estas consideraciones pueden aparecer un tanto fuertes, pero la época que vivimos debe fundarse en un realismo sin contemplaciones, desde el cual deben resurgir nuevas fuerzas que reimpulsen a Chile por el verdadero camino. Y ese camino es el que le ha marcado Dios en el concierto de las naciones. No seguirlo ya ha probado sus nefastos efectos. Para seguirlo necesitamos nuevas generaciones de héroes, como los padres de la Patria, los Alberto Hurtado, las Teresitas de los Andes y tantos otros silenciosos y olvidados que han forjado la patria anhelada.
La Patria anhelada y sus desafíos.

Por eso es necesarios preguntarse ¿Será la patria soñada por nuestros antepasados la que nosotros estamos construyendo? ¿Será la nuestra la tierra anhelada de la concordia y el amor mutuo, donde reina la caridad y la solidaridad entre los hermanos? O seguirán en nuestro horizonte las advertencias de aquel hombre lejano a la fe, pero certero que en los inicios del siglo pasado, tiempos también de bonanza escribió: “Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”. Son preguntas y palabras para la reflexión

Chile es nuestra Patria amada y en ella tenemos que seguir aprendiendo a convivir, a amar, a respetar y, al menos, aprender a tolerar la diversidad en aquello de los demás que no compartimos, sin que ello signifique transar con los valores morales esenciales del legado cristiano. Al respecto es muy iluminadora la enseñanza del Papa Benedicto en su reciente encíclica social: “La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión”. (C in V. 6)

Por esta misma razón no podemos cerrar los ojos ante la violencia que se ha infiltrado en nuestro diario vivir. violencia en la familia y en la escuela, violencia callejera – incluso al conducir – violencia en la expresión de nuestros anhelos de justicia, violencia incluso en el lenguaje, en que hemos dejado de “pedir” o “solicitar” y sólo nos limitamos a “exigir”. La causa de estos males nos es conocida: vivir cada uno para si mismo, excluyendo a Dios de nuestras relaciones y viendo en los demás no al hermano, al prójimo, sino al competidor o al enemigo. Es necesario hacer un esfuerzo para mejorar en nuestras relaciones sociales, familiares, políticas, etc. Si no lo hacemos veremos cómo se destruye lo que hemos construido y nuestra indiferencia nos hará cómplices de la violencia que repudiamos.

En los últimos meses hemos visto como se han ido enturbiando las relaciones entre los trabajadores y los empresarios. Hay exigencias desmedidas, silencios estáticos, reformas apuradas e incapacidad para compartir lo ganado con abierto espíritu de gratuidad y caridad. Todo ello es causa de preocupación para la Iglesia y ponen en jaque el desarrollo verdadero de la nación, un desarrollo abarca a toda la persona y a todas las personas, como hemos señalado. El trabajador es la mayor riqueza de cualquier emprendimiento. Y en Chile contamos con un pueblo capaz de ponerle la mano y el hombro al progreso, con gran entusiasmo, pero que se desmoraliza – con razón – cuando el fruto de su trabajo no es remunerado con un sueldo digno y suficiente , cuando su vivienda no le da espacios humanos mínimos para convivir sanamente, evitando el hacinamiento y la promiscuidad que tanto daño hace a nuestras familias y en especial a los jóvenes, cuando a pesar de lo logrado, el servicio a la salud pública sigue siendo deficitario y con anomalías que terminan siempre por afectar a los mas pobres, que deberían ser los destinatarios mejor atendidos, dada su situación de precariedad.

No podemos tampoco vivir en el tira y afloje de reclamaciones inmediatistas, relegando a un segundo plano las decisiones fundamentales que deben tomarse, por ejemplo, en el campo de la educación para dar oportunidades de desarrollo humano, técnico e intelectual a todos los hijos de esta tierra. Las reformar a la educación que se han impulsado será un vehiculo para dar un nuevo impulso a la obra mas necesaria en este momento, pero no pueden ser motivo para coartar la libertad de educación, ni menos para privar a la educación no estatal de recursos: en realidad, los primeros educadores son los padres y a ellos debe darse una amplia capacidad de elección en la ecuación para sus hijos.

No podemos ni debemos relativizar la importancia de la Vida, que debe ser respetada desde su inicio en la concepción hasta la muerte natural. La vida humana es la mayor riqueza que tenemos en el orden natural y debemos amarla y cuidarla, porque no es nuestra, nos ha sido dada por Dios y sólo El tiene derecho a pedirla, para concedernos luego la vida para siempre en el cielo. ¿Por qué, entonces, esta tentación de querer manipularla? ¿Por qué esta tentación tan humana de todos los tiempos de querer ser señores y no servidores de la vida? La historia es testigo que cada vez que comenzamos a manipular la vida hemos multiplicado el sufrimiento y la destrucción, haciéndonos cómplices del señorío de la muerte. Es preciso comprender que es suficiente que una vida humana ya concebida corra un riesgo de no vivir, para evitar toda acción que pueda poner en riesgo su existencia.

No podemos seguir construyendo nuestra historia sin ser capaces de conceder clemencia a la justicia, perdón a las ofensas e indulto y amnistía a quienes han reconocido sus delitos y cumplido ejemplarmente con sus penas. Necesitamos ser promotores de la verdad más que acusadores obcecados, promotores de la justicia más que verdugos, hermanos y hermanas más que adversarios irreconciliables. La Iglesia ha pedido a las autoridades políticas un indulto general de penas para el Bicentenario de la Nación. Sí, necesitamos dar cabida al indulto incluso en aquellos delitos de lesa humanidad, para quienes no se mancharon sus manos con sangre y se limitaron a cumplir órdenes sin ser capaces, o suficientemente fuertes para representarlas por las circunstancias que en esos tiempos se vivían y sufrían. Hemos de preguntarnos una y otra vez si acaso la paz de una nación se construye levantando memoriales para recordar a las generaciones futuras los hechos desgraciados de atentados a la dignidad humana que todos repudiamos. ¿Acaso seguimos recordando hoy con romerías y monumentos los lamentables episodios fraticidas de Concón y Placilla, que pusieron sangriento fin a la Guerra Civil de 1891 con la muerte violenta y encarnizada de miles de compatriotas? Quizá esos monumentos acusan a nuestras conciencias de la incapacidad del perdón, que sólo se da cuando Dios está en el centro de nuestra vida personal y comunitaria. Recordemos la enseñanza de San Pablo “Alejad de vosotros toda amargura, arrebato, cólera, gritería, blasfemia y toda malignidad. Sed más bien unos para otros bondadosos, compasivos y perdonaos los unos a los otros, como Dios os ha perdonado en Cristo.
(Ef 4, 31-32)

Estamos en tiempos de elecciones. Momento decisivo para el ejercicio de nuestra libertad y para meditar en la necesidad de entregar la conducción política de nuestra sociedad a personas que comprendan desde la perspectiva trascendente las verdaderas soluciones para los problemas de nuestra nación. Nuestra palabra como Pastores de la Iglesia lejos de entrar en polémicas y más lejos aún lejos de culpar políticamente a unos u a otros, quiere ser un reflejo de lo que todos unidos debemos realizar por el bien de Chile. Quienquiera sea el elegido para presidir el Gobierno del país y los órganos del parlamento, deben saber que gobiernan para una nación en que el 90% de sus hijos cree en Dios y un porcentaje muy elevado se declara cristiano y quiere vivir su vida en coherencia con la ley de Dios. Son tiempos estos en los que es necesario cultivar la amistad cívica, que sabe distinguir las personas de sus ideas y que, por tanto, oponiéndose muchas veces a las ideas ajenas es capaz de respetar siempre a las personas. Pueden ser dos personas adversarios en sus ideas, pero nunca enemigos entre sus personas.

Chile: una mesa para todos

La Iglesia con su enseñanza alumbra el desarrollo de toda persona y de todas las personas, sin exclusiones. Por eso nuestra propuesta para este bicentenario la hemos encarnado en un lema que, a la vez, es un proyecto: “Chile, una mesa para todos”.

La mesa expresa en nuestra cultura el lugar más preciado del encuentro familiar, fraternal, de amistad. Es el lugar donde la familia se reúne, a cuyo alrededor buscamos soluciones a los conflictos por medio del diálogo sincero y el lugar, también, de la expresión de sueños y deseos en las discusiones sobre el sentido de la vida.

Para los católicos y para muchos cristianos, la Mesa está en el centro de nuestra fe pues es el lugar donde el Señor Jesús nos dejó su herencia más preciosa: su Cuerpo y de su Sangre entregados por nosotros y por el perdón de nuestros pecados. Es la Mesa en que celebramos la Cena del Señor y acogemos su vida entregada para que todos y todas tengamos vida y vida en abundancia. Es la mesa de la Eucaristía, de la Santa Misa, lugar de unión del cielo y la tierra por el sacrificio perenne del Hijo de Dios.

Por esta razón, queremos invitar y ayudar a que en Chile se multipliquen los lugares de encuentro, de diálogo, de discusión fraterna y respetuosa. El tiempo de bicentenario es momento de esperanza y nuevos esfuerzos para construir juntos renovadas amistades para generar nuestro futuro. El bicentenario es tiempo para vivir un Chile en que todos puedan tener pan, respeto y alegría, donde siempre Dios tiene su puesto, el principal y el preferencial.

Queremos que todos tengamos un lugar significativo en la mesa del país: que sea mesa de oportunidades, mesa donde estudiantes y educadores se sienten a aprender, mesa donde empresarios y trabajadores se sienten a dialogar y producir, mesas en que varones y mujeres nos sentemos a aprender y a compartir nuestras diferencias y complementariedades, mesas donde jóvenes y ancianos podamos darnos la mano, mesas de fiesta debajo de una ramada en la alegres fiestas familiares o nacionales, mesas de convivencia cotidiana que son tan queridas en nuestra cultura de amistad. Que nadie quede debajo de la mesa, en la mesa del pellejo, en la exclusión y el desamparo. Una mesa para todos, como la que nos ofrece Jesucristo, el Señor.

Para esto se requiere amar la justicia es decir dar a cada uno lo suyo y propio, reconociendo sus derechos y exigiendo sus deberes. Se requiere vivir con amor y vivir con verdad. Enseña el Papa que “sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad” (C in V 3). Y sin amor, la verdad se ofusca y se endurece. Ella también necesita ser vivida y ser dicha con amor y hasta con misericordia. Más aún, para tener “una mesa para todos” se requiere redescubrir la gratuidad que, comúnmente la vivimos sólo en el espacio de las relaciones personales y, sin embargo, es condición esencial de las relaciones sociales. Citando nuevamente al Papa Benedicto: recordamos que “En la Centesimus annus, mi predecesor Juan Pablo II señaló esta problemática al advertir la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil. Consideró que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para una economía de la gratuidad y de la fraternidad, sin negarla en los otros dos ámbitos. Hoy podemos decir que la vida económica debe ser comprendida como una realidad de múltiples dimensiones: en todas ellas, aunque en medida diferente y con modalidades específicas, debe haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la caridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes. Es necesario caminar hacia un sistema económico que privilegie la donación y la gratuidad, donde los ciudadanos, con riquezas o sin, sientan el impulso a la gratuidad, a dar hasta que duela, a involucrarse con la donación de sus propias ganancias en el servicio del prójimo necesitado. Es necesario que las leyes fomenten abiertamente esta gratuidad, que hoy se encuentra entrabada por un sistema que sólo cree que el Estado es el mas efectivo redistribuidor de la riqueza, lo cual, como lo ha probado la historia de Chile en los últimos cincuenta años, muchas veces ha generado mas injusticias que beneficios y cuya acción, pese a los recursos cada vez mayores que existen, no logra llegar a todas las personas y especialmente a los mas pobres.

Como ha escrito el Papa en su última Encíclica, “la solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” [C in V 37].

Hermanos y hermanas, elevemos agradecidos nuestro corazón al Señor. Alabemos su presencia y sus dones en esta Patria amada, que todos nos amemos en la verdad y vivamos la verdad con gran amor, fundamento de la vida familiar y la vida en sociedad. Eso es lo que más anhelamos, con enorme confianza en la calidad humana de nuestros compatriotas y en el Evangelio del Señor que está en la base de nuestra vida en sociedad.

Inspirados por el Señor Jesús, por María nuestra Madre del Carmen a quien invocaron los Padres de la Patria en tiempo de bonanza y dificultad, y por los santos que encarnan nuestras mejores virtudes como Santa Teresita de Los Andes, San Alberto Hurtado, la Beata Laurita Vicuña y ese querido beato mapuche, Ceferino Namuncurá, abramos con esperanza este años en que la Patria chilena inicia el camino hacia el bicentenario de su Independencia

Al Dios Altísimo sea dada toda la Gloria, por los siglos de los siglos. Amen

† Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo

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