Homilía Te Deum de Fiestas Patrias 2009
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Homilía Te Deum de Fiestas Patrias 2009

“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra” (Mt 11, 25)

Fecha: Viernes 18 de Septiembre de 2009
Pais: Chile
Ciudad: Copiapó
Autor: Mons. Gaspar Quintana Jorquera cmf.

Introducción

Las Fiestas Patrias nos reúnen de nuevo en esta Iglesia Catedral, lugar santo porque es casa de Dios y de su pueblo en estas tierras de Atacama.

Esta vez nos motiva un hecho especial: estamos en vísperas de la celebración del Bicentenario de vida independiente de nuestra nación, lo que nos da una hermosa perspectiva para poner en el alma de Chile las palabras de Jesús, Señor de la historia, que acabamos de proclamar: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra.”

Para la Iglesia Católica en Chile este momento de alabanza y de acción de gracias al Dios Uno y Trino, -esto es lo que significan las palabras Te Deum laudamus: a Ti, oh Dios, te alabamos-, es la ocasión para abrir el itinerario de los diversos mensajes y actividades a realizar durante este tiempo.

I.- Mirando nuestra historia

Cuando Jesús ha dirigido a Dios su Padre esta oración de alabanza que se acaba de proclamar, ha pensado en todos los hombres y mujeres que, a través de los siglos, han aceptado con humilde agradecimiento la propuesta de salvación que Él ofrece y quieren dar su respuesta en forma coherente y concreta.

Nosotros queremos alargar el horizonte de esta acción de gracias al Dios de la vida al reconocer tantos dones que son riqueza y belleza para el pueblo de Chile. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, y de profundo reconocimiento de que ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos.

Vale la pena enumerar algunos aspectos que nos motivan para dar gracias al Dios de quien proviene todo buen regalo y todo don perfecto (Sant 1, 17).

1.- Somos parte de esta América Latina, tierra de esperanza, con diversas lenguas y dialectos que nos comunican y nos hacen compartir tradiciones muy queridas. Esto no significa olvidar que a veces nos hemos enfrentado y que no siempre los nacionalismos extremos han respetado el llamado a la fraterna unidad de nuestros pueblos.

2.- Nuestro país, como el resto de los países del continente, ha sido favorecido por el Creador con tantos recursos naturales, como el agua, la flora y fauna tan variadas, la cordillera y sus nieves y minerales. Pero no siempre hemos sabido o querido tratar como es debido estas riquezas, mediante actitudes poco respetuosas, por no decir irresponsablemente depredatorias, que hacen grave daño a nuestro medio ambiente, en especial al recurso agua, y comprometen el desarrollo sustentable a que tienen derecho las futuras generaciones.

3.- De modo especial miramos al ser humano, la gente de Chile, -personas, grupos y familias-, que ha habitado nuestra larga y angosta geografía. Son razas y etnias muy diversas, oriundas de esta tierra algunas y otras avecindadas en ella. Es de lamentar que más de alguna vez no nos hemos tratado como hermanos, hijos e hijas del mismo Padre del cielo, cayendo en odios, descalificaciones, injusticias o derechos conculcados. La experiencia nos dice que marginar de la vida ciudadana el respeto a la dignidad de cada persona, no es un comportamiento apto para una real democracia que acepta la diversidad, o para evitar las propuestas de una demagogia vacía o engañadora. Es de esperar que tengamos la decisión y la sensatez necesaria para dar la adecuada respuesta al tema de nuestros hermanos mapuches y reivindicar los derechos de todos los pueblos originarios.

4.- La historia que hemos vivido y sufrido, con el aporte esforzado de chilenos y chilenas, gobernantes y gobernados, nos da en este tiempo una buena ocasión para sentirnos orgullosos por lo que hemos logrado, y a la vez, para pedir perdón por los pecados contra el bien común o por los errores cometidos.

5.- Es también un tema de alabanza al Dios de la historia el que, con el aporte de todos, vayamos construyendo un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero es preciso reconocer que todavía falta mucho para una cultura de la solidaridad, que facilite el saber compartir los frutos del trabajo y los bienes generados. Nos pesa aún una desigualdad indignante, con situaciones de pobreza y hasta de miseria, que pueden convertirse en un peligroso humus para acciones violentas.

6.- Un punto clave para el pueblo de Chile es la fe de los cristianos, que nos lleva a buscar y a adorar a Dios poniéndolo en el primer lugar de nuestras vidas, y a aportar a la comunidad nacional la riqueza del amor al prójimo, en especial a los pobres y afligidos. Debemos seguir trabajando por evitar el culto a los ídolos del dinero y del consumismo, la arrogancia en un saber que es sólo acumulación de datos, la altivez de un poder que nos lleva a veces a proyectos de vida no concordes con el plan divino sobre nuestra propia dignidad.
Dentro de este marco damos gracias al Señor Jesús por la fuerza de su Espíritu Santo con que la Iglesia puede ofrecer su servicio evangelizador en tantas áreas de la vida humana como la de la propuesta valórica, de la pastoral social y familiar, de la educación integral, de la atención a los migrantes.

7.- Hay una gran diversidad de expresiones culturales del norte al sur austral, y culturas que se expresan en nuestras maneras de sentir y de pensar, con cambios tan rápidos. Es bueno pedir perdón por las veces que no sabemos vivir con respeto y apertura a los demás, y no nos dejamos enriquecer por ellos. Resulta chocante nuestra autoimagen de ser gente acogedora cuando a veces somos tan intolerantes o agresivos entre nosotros.

8.- Finalmente damos gracias al Señor por los héroes conocidos de nuestra historia, a quienes tendremos en cuenta en este Bicentenario, y también por los héroes anónimos que, día a día han ido construyendo nuestro país en la vida familiar, en la educación, en el foro, en la empresa, en el campo, en las minas, en el mar, en las diversas artes. En este apartado expresamos nuestra alabanza al Dios Padre y Creador por lo que nuestras autoridades y servidores públicos, a nivel nacional, regional y comunal, más allá de las limitaciones humanas, han realizado con su entrega sacrificada a la gestión de gobierno, en tiempos complejos o en tareas a veces discutibles.

II.- Artífices de un proyecto común

No hay duda de que los chilenos y chilenas de hoy tenemos más conciencia de que tanto las etnias ancestrales como las migraciones posteriores han ido dando forma a lo que Cardenal Raúl Silva Henríquez llamó “el alma de Chile.”

En una fecha tan significativa como el Bicentenario nos hace bien recordar, desde nuestra realidad atacameña, el perfil del Chile que él soñaba: “Quiero que en mi país todos vivan con dignidad, Quiero un país donde reine la solidaridad. Quiero un país donde se pueda vivir el amor. Quiero para mi Patria lo más sagrado que yo puedo decir: que vuelva su mirada hacia el Señor”.

Es necesario que a estas alturas de nuestra historia nacional, en este mundo globalizado que nos hace una sociedad comunicada y fragmentada a la vez, busquemos maneras de expresar una sólida unidad, no uniformidad, entre lo que queremos y lo que necesitamos. A veces nos resulta contrastante empalmar el culto al derecho subjetivo con el sentido del deber, por lo que la libertad deriva en formas de una caprichosa autoafirmación, y hasta de situaciones descontroladas.
Sobre la base de estas constataciones podemos construir “el consenso básico ético”, propuesto respetuosamente por la Iglesia, a fin de que las decisiones que tomemos como país, en los más diversos campos de nuestra convivencia, tengan un fundamente sólido.

III. Tareas pendientes para el porvenir

Mirando hacia el mañana que viene después de la celebración del Bicentenario, cabe hacer una pregunta: ¿qué haremos para que el pueblo de Chile tenga un mejor futuro? El Papa Benedicto XVI en su reciente encíclica social, El amor en la verdad, afirma: “La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión”. (C in V. 6)

1.- En primer lugar es necesario recordar la importancia de la Vida humana, la que no se puede ni se debe relativizar en ninguna de sus manifestaciones. Esta es la mayor riqueza que tenemos, que amamos y cuidamos. ¿Por qué, entonces, esta tentación de querer manipularla, de querer ser señores y no servidores de la vida? Los tristes hechos de la historia nos enseñan que cada vez que nos hemos enseñoreado de la vida hemos multiplicado el sufrimiento y la destrucción, haciéndonos cómplices del señorío de la muerte.

2.- Es urgente analizar las causas del virus de la violencia que se nos infiltrado en la vida cotidiana de Chile: violencia intrafamiliar, violencia callejera – incluso al conducir un vehículo, violencia en el buscar justicia, violencia matonesca –el bullying de las escuelas-, violencia en el lenguaje, que no sabe “pedir” sino sólo “exigir” en forma agresiva.

3.- En el campo del trabajo no basta con reformas laborales, si no se da al trabajo y al trabajador su debido lugar en el “desarrollo humano” del país: es la persona del trabajador la mayor riqueza de cualquier emprendimiento. Este enfoque nos obliga a respetar las leyes laborales, a seguir buscando “un sueldo ético”, a diseñar una vivienda con espacios humanos para convivir, a continuar haciendo camino por un mejor servicio a la salud pública.

4.- Respecto a periódicas reclamaciones económicas entre el Estado, los empresarios y los trabajadores, es arriesgado quedarse en un estilo inmediatista con poca visión de futuro o escaso interés por detectar cuáles son las decisiones fundamentales que debemos tomar desde el ejercicio de una democracia madura y con conciencia ética.

5.- En el campo de la educación integral, por un lado debemos cuidar de la formación espiritual y valórica de cada persona, superando una mera visión pragmática o productivista del acto educativo, y por otro buscar oportunidades de desarrollo humano, intelectual y técnico, con espíritu de servicio, para todos los hijos e hijas de esta tierra.

6.- En el campo de la política nos hace mal tomar decisiones pensando sólo en el impacto mediático, ya que no resulta constructivo para el país contentarse sólo con buscar la imagen social. En este sentido corresponde a todos, sean del lado del oficialismo como de la oposición, buscar de veras el bien común, en especial de los más postergados, dando lo mejor de sí mismo desde las convicciones que se tienen y las responsabilidades políticas y sociales que cada uno detenta.

7.- La opinión pública en este último tiempo conoce de la propuesta de la Iglesia Católica de un proyecto de indulto presentado al Gobierno con ocasión del Bicentenario. La convicción profunda que la sustenta es la de que no podemos seguir construyendo nuestra historia sin ser capaces de conceder clemencia a la justicia, perdón a las ofensas e indulto y amnistía a quienes han reconocido sus delitos y cumplido ejemplarmente con sus penas.

En el fondo de esta propuesta está el ardiente deseo de ser promotores de la verdad más que acusadores obcecados, promotores de la justicia más que verdugos, hermanos y hermanas más que adversarios irreconciliables. Sí, necesitamos dar cabida al indulto incluso en aquellos delitos de lesa humanidad, para quienes no mancharon sus manos con sangre y se limitaron a cumplir órdenes sin ser capaces, o suficientemente fuertes para rechazarlas, por las circunstancias que en esos tiempos se vivían y sufrían.

8.- A propósito de un período pre-electoral, en que se suele agudizar la crítica y la descalificación, volvemos a recordar lo ya dicho por la Conferencia Episcopal de Chile en otras oportunidades. La participación en una democracia se ha de practicar desde un ejercicio de amistad cívica responsable, buscando todos, el bien común de los ciudadanos. La Iglesia, lejos de entrar en estas polémicas y más lejos aún de culpar políticamente a unos o a otros, quiere mostrar un camino que refleje lo que juntos debemos realizar, quienquiera sea el elegido para presidir el Gobierno del país.

IV.- Chile: una mesa para todos

Nuestra propuesta para este Bicentenario la hemos encarnado en un lema que, a la vez, es un proyecto: “Chile, una mesa para todos”. Por experiencia sabemos que la mesa expresa en nuestra cultura el lugar más preciado del encuentro familiar, fraternal, de amistad. En ella tentamos resolver los conflictos por el diálogo sincero o expresar los deseos por una vida mejor en todo sentido.

No está demás decir que, para los cristianos, la Mesa está en el centro de nuestra fe pues es el lugar donde el Señor Jesús nos dejó su herencia más preciosa: la Eucaristía, con su Cuerpo y su Sangre entregados por nosotros, para la reconciliación con Dios y con nuestro prójimo.

Esta es la razón por la que queremos invitar y ayudar a que en Chile se multipliquen las mesas para encontrarnos, para dialogar, para conversar como hermanos, para compartir el pan y la palabra, los proyectos y los bienes. Se trata de que esta experiencia sea mesa de oportunidades para todos: los estudiantes y educadores, los empresarios y trabajadores, los hombres y las mujeres, los jóvenes y ancianos, las familias y las poblaciones y barrios disfruten de la convivencia cotidiana en amor solidario, paz constructiva y diálogo que haga crecer en humanidad.

Todos estamos llamados a participar y aportar: las personas con capacidades diferentes, los ancianos y ancianas, los jóvenes y adultos que viven en situación de calle o en situación más vulnerable, los migrantes. O sea, una mesa para todos, como la que nos ofrece Jesucristo, el Señor, cuando nos dice “ámense unos a otros como Yo los he amado” (Jn. 13, 34).

Para esto se requiere cultivar la justicia y la solidaridad, viviendo la vida de cada día con amor y con verdad. El Papa ha dicho lúcidamente que “sin verdad, el amor cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad” (C in V 3).

Conclusión

Al iniciar la celebración del Bicentenario de vida independiente, queremos recordar las palabras de Jesús en el Evangelio proclamado hace pocos momentos. “Vengan a Mí todos los cansados y agobiados que yo los aliviaré.” Acudimos a Él, que por amor ha dado la vida por nosotros, para que a todos los chilenos y chilenas nos ayude a tener esperanza y deseos por vivir en un ambiente de verdad profunda y de amor coherente.

En esta tarea contamos con el apoyo de la Madre de Jesús, la Virgen María del Carmen a quien invocaron los Padres de la Patria, y de santos compatriotas como Teresita de Los Andes, Alberto Hurtado, Laurita Vicuña y el Beato mapuche, Ceferino Namuncurá. Con su inspiración y testimonio abrimos, desde la fuerza del Evangelio, este Bicentenario de la Independencia de nuestra Patria chilena.

A Jesús el Cristo, Señor y Maestro de la historia,
Sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén


† Gaspar Quintana Jorquera cmf.
Obispo de Copiapó
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