Homilía en Te Deum de Fiestas Patrias
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Homilía en Te Deum de Fiestas Patrias

Fecha: Viernes 18 de Septiembre de 2009
Pais: Chile
Ciudad: Punta Arenas
Autor: Mons. Bernardo Bastres Florence

Una nación sin memoria y sin raíces, es una nación sin alma, sin identidad y sin futuro. Nos hemos reunido en esta Iglesia Catedral, para hacer memoria de nuestro pasado heroico, el mismo que nos legaron los Padres de la Patria, con un profundo sentido de gratitud a Dios por todos sus beneficios; y para poner en las manos del Señor la vida de todos los hijos e hijas de esta tierra bendita, que anhelan hacer de Chile, como los primeros que conquistaron su independencia, “una copia feliz del Edén”, donde todos tengan pan, trabajo, respeto y libertad. Lo hacemos en las vísperas del bicentenario de nuestra vida independiente, con la emoción y el compromiso de quienes se saben en un momento histórico y en una hora crucial para el “alma de Chile”.

Aquí acudimos todos: al templo que por más de 100 años cobija y acoge las peticiones de auxilio, las esperanzas de todos, los dolores y clamores de tantos que sufren, la oración confiada de sus autoridades, políticos y servidores públicos, que imploran, como el Rey Salomón, aquella inteligencia que viene de Dios, para gobernar en la justicia y en la paz.

Hombres y mujeres, niños y ancianos, civiles y militares, creyentes y personas de buena voluntad, han cruzado el umbral de esta Iglesia Catedral, para nutrir el alma de la magallanidad en aquella que ha sido su fuente, su savia y su inspiración desde los inicios: la fe en Dios, que es Padre de todos. Así es como, en la plegaria y la acción de gracias se ha ido conformando nuestra identidad como nación y como región; así es como hemos ido haciendo de Chile ese pueblo que soñaron y sueñan tantos, un verdadero “país de hermanos, donde a cada uno sea amado, respetado y dignificado en su condición de hijo de Dios, redimido por la sangre de Jesucristo, el Señor”.

El servicio del Pastor

El año pasado, en esta misma ocasión y en la proximidad de las elecciones municipales, invocando el “alma de Magallanes”, reflexionamos sobre el valor, la importancia y el compromiso que tenemos los católicos en la vida social y política, valorando tal opción como una vocación al servicio público, que exige una coherencia personal más allá de la ideología que se profesa o del partido político al que se pertenece. Nuestra reflexión y nuestra propuesta, basada en la Doctrina Social de la Iglesia, quiso ser, honestamente, una contribución generosa y desinteresada, de parte del Pastor, al progreso de toda la sociedad, de manera especial de nuestra Región.

Sin embargo, no todos comprendieron la universalidad del mensaje y la libertad y prescindencia del Pastor en su intención, que no buscaba, en modo alguno, preferir a unos en desmedro de otros. Y por ello, antes de comenzar la reflexión de este año, deseo recordarles que el papel propio y específico del Pastor, como Ministro del Señor y servidor público, consiste fundamentalmente en proclamar el Evangelio con la Palabra y la vida, y desde el punto de vista social se orienta al bien común, ya que todos buscamos construir, desde nuestra vocación específica, una sociedad que sea el mejor reflejo de nuestra condición de Hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

El Pastor no hace política “contingente”, sino que entrega elementos que ayuden a los católicos, en primer lugar, y a aquellos hombres y mujeres de buena voluntad, que ejercen la labor política y el servicio público, como una vocación de entrega desinteresada a los hermanos y a la Patria. Todos estos principios y contenidos los encontramos en la Doctrina Social de la Iglesia, reafirmada recientemente por el Papa Benedicto XVI, en su encíclica. “Caritas in Veritate”.

El alma, la savia que nos hizo crecer

El “alma” es el “ánima”, es decir, aquella fuerza interior que templa y vigoriza a una persona, a un pueblo. El alma de una nación es el sentido que la trasciende en su devenir histórico, que la lleva más allá de sí misma y a lo mejor que hay en ella. El alma es la vitalidad de un pueblo.

Desde los albores de nuestra vida como nación independiente, y aún antes, con la llegada de los primeros evangelizadores en el encuentro de los dos mundos, la fe y la experiencia del evangelio han formado parte del alma de los hijos de esta tierra. En la memoria del continente y de este trozo largo y angosto que nos cobija, la Iglesia, y el evangelio que anuncia, han estado presentes en la gloria y el fracaso, dando esperanza, vida, fuerza, consuelo, ánimo, y recordando aquellos grandes valores que sostienen y dan sentido a la libertad de las personas y de los pueblos.

Esto es lo que llamamos el “alma” de un pueblo, el alma de Chile, el alma de la magallanidad. Se trata de la savia que nos hizo y nos hace crecer como personas y como nación. Este año, quiero invitarlos a reflexionar sobre la innegable y rica contribución de la fe cristiana y católica a esa alma que nos pertenece a todos, y que nos configura como pueblo. Desde sus inicios, nuestra “alma” nacional se ha nutrido “en la savia vigorizadora de la fe. No una fe cualquiera, sino específicamente de la fe bíblica que conforma toda la gran tradición judeo – cristiana.”(1)

Desde el primer período, la Iglesia concentró su vigilancia y su amor en la defensa del más débil. Desde los inicios, la Iglesia clamó por el alma que poseían los naturales de este continente, que eran hijos de Dios y estaban dotados de un origen y un destino trascendentes, redimidos por la Sangre de Cristo. Otros conquistadores, que no tuvieron la misma iluminación, consideraron a los nativos como seres sin alma, a los cuales se les podía arrebatar no sólo las tierras, el oro y otras riquezas, sino lo más sagrado: la vida.
En nuestra alma nacional, se encuentra impregnada esta gran verdad: “sólo hay un absoluto Dios y el hombre en cuanto hijo de Dios. Y la fe bíblica ha venido surcando toda nuestra historia patria, para impedir que nos detengamos en un culto degradante a dioses que no son Dios. Poder, eficacia, consumo, riqueza y hasta el mismo desarrollo económico no son valores dignos del hombre cuando su consecución se logra sacrificando al hombre. Y la gran tarea de la Iglesia, su misión por excelencia, es reivindicar la soberanía de Dios y la inviolabilidad del hombre por ser hijo de Dios, como el único Absoluto de la Historia”.(2)

La fe en Jesucristo ha sostenido a nuestro Pueblo en la lucha por su libertad, como en la Batalla de Chacabuco, o como cuando los habitantes de Santiago se reunieron en la Iglesia Catedral para rezar por la independencia de Chile que peligraba. El Voto del Templo Nacional de Maipú es una señal perpetua de la fe que anima y sostiene, como pilar y fundamento, lo que somos como pueblo.

También el “alma de Magallanes” se fue construyendo con el empuje de hombres y mujeres pertenecientes a muchas etnias, que sin más recursos que su genio creador, su fe en el propio esfuerzo y en las posibilidades de la tierra, con una gran tenacidad, una notable austeridad y un trabajo llevado hasta el extremo, nos ha dado una identidad que nos distingue de entre todas las regiones del país. Nuestra alma es impensable sin la presencia de la fe cristiana desde sus inicios… DEUS AB AUSTRO VENIET… DIOS ENTRÓ POR EL SUR.

Así es. “Nuestro hermoso país indiano, recién descubierto por Hernando de Magallanes, bautizado 16 años más tarde por Diego de Almagro, fue testigo de la primera celebración de la Misa. Pedro de Valderrama, capellán de la Expedición, confesor de Magallanes y de su tripulación, desembarcando en Puerto de las Sardinas el 11 de Noviembre de 1520, celebra la eucaristía, teniendo como altar el Monte Cruz de casi mil metros”.(3)

Tres siglos más tarde, tras el proceso de chilenización de Magallanes, con la llegada de la Goleta Ancud en 1843, trae como uno de sus tripulantes al Sargento Mayor de Ingenieros Don Bernardo Philippi, de nacionalidad Alemana y un cristiano Luterano, que viene de parte del gobierno de Chile a explorar la naturaleza e impulsar la idea de la colonización extranjera de estos territorios. Al año siguiente arriban los franciscanos al Fuerte Bulnes, el 9 de febrero de 1844, con Fray Domingo Passolini, a quien don Mateo Martinic define “en rigor histórico y sobrado mérito como el primer Caminero de Chile, pues lo cumplió muy cabalmente, trabajando como el más esforzado peón, pues el propio padre Passolini, hacha en mano, fue abriendo la trocha por el monte costero y ayudando personalmente a construir los primeros precarios puentes que se tendieron en la Patagonia Austral”.

La fe cristiana alimentó y se arraigó en nuestra alma, también a través de la Iglesia Anglicana, con Allen Gardiner, que evangelizó al Pueblo Yámana en el Beagle, a pesar de la hostilidad de sus habitantes. Allí, en ese clima severo e inhóspito, murió orando “Haznos, Señor, que podamos ser instrumentos en comenzar esta gran obra; pero si a ti te parece sacarnos del camino o que aquí os quedemos a morir, te suplico que levantes a otros y que envíes a obreros a esta cosecha”. La defensa de los indígenas se consolidaría más tarde con Tomas Bridges, de la sociedad Misionera Patagónica.

Y los salesianos que, haciendo real el ideal de Santo Soñador de la Patagonia, san Juan Bosco, evangelizaron civilizando y civilizaron evangelizando, no sólo el alma de Magallanes sino de toda la Patagonia, a través de Colegios, Parroquias e iniciativas de desarrollo, que todos conocemos y agradecemos.

No se puede entender pues, a Magallanes, sin la presencia de la fe en Cristo y de su Iglesia.

El alma de Chile y de Magallanes se funda en Dios

Al Cardenal Raúl Silva Henríquez, cuando le piden que escriba el país que él sueña, comienza señalando: “Quiero para mi Patria lo más sagrado que yo pueda decir: que vuelva su mirada hacia el Señor. Un país fraterno sólo es posible cuando reconoce la paternidad bondadosa de nuestro Dios…. que los hombres y mujeres de mi tierra conozcan al Dios vivo y verdadero.. Quiero que mi Patria escuche la Buena Noticia del evangelio de Jesucristo”

Ese sueño del Cardenal, pareciera que se diluye poco a poco entre nosotros. Muchas veces nos da la impresión de que Dios queda entre paréntesis, o relegado de la vida social y política del país. Como consecuencia, también la voz y la presencia de la Iglesia van corriendo la misma suerte. Hemos visto y escuchado, a no pocos constructores de la sociedad, cuestionar el accionar y la presencia de la Iglesia en el quehacer de la vida nacional. Hace unos días, por ejemplo, un conocido columnista de un diario de cobertura nacional, escribía sobre la intervención de los obispos en el debate de un proyecto de ley: “La iglesia no tiene derecho alguno a que se le reconozca autoridad para emitir los juicios que emite. Ella puede esmerarse en obtener ese reconocimiento en el foro de la cultura y de la educación (al igual que otros sectores), pero no puede pretender que tiene derecho a él.(4)

La negación o el olvido del alma nacional no nos afecta sólo a nosotros, como pueblo. El Papa Benedicto XVI ha dicho que: “el auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, al apagarse la luz que proviene de Dios, la humanidad, se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto”.

Asistimos a una verdadera “privatización” de la experiencia de fe, negando su valor en el espacio público, sus manifestaciones externas, las que atentarían contra la tolerancia y la libertad de los que no creen.

Hoy lo queremos decir con fuerza y absoluta convicción: cuando se niega el alma de un Pueblo, como el nuestro, y aquello que lo sostiene desde su nacimiento, como lo es la fe en Dios, lo que se niega es la propia identidad, las raíces, y el sentido que tiene la historia que hemos vivido, vivimos y seguimos compartiendo en este mismo suelo, regado con la sangre de nuestros héroes, y con el sudor de todos sus habitantes, creyentes y no creyentes.

Sin alma no hay un horizonte ético, porque no hay bases que se reconozcan como comunes. Entonces, todo es posible, todo es aceptable: cualquier tipo de unión, porque el matrimonio es relativo; el aborto, porque la vida no tiene un origen sagrado; el consumismo y el despilfarro, porque cada uno hace lo que quiere con sus riquezas, sin importar la vida de los más pobres. Estas situaciones –y otras- “golpean fuertemente nuestra concepción de vida cristiana y también los grandes ideales que abrazan muchos hombres y mujeres que sirven generosamente en el servicio público, en la vida política, en las Instituciones de las Fuerzas Armadas de Orden y Seguridad”.(5)

Benedicto XVI nos ha dicho en su última encíclica, que “sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es”. De tal manera que “la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presenta hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo.

El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solo un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento…

El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que conseguimos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande” (78)


Donde Dios está ausente o en el olvido, se desfigura el rostro humano, porque “una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses”.(6)

El servicio de la Iglesia consiste en velar por el alma de Chile y de Magallanes

La Iglesia, Madre y Maestra, y experta en humanidad (7), ha sido el alma de nuestro Pueblo. Desde siempre ha colaborado para que todos los hijos e hijas de esta nación tengan dignidad y donde prime el bien común. A la labor de la Iglesia debemos, entre otras cosas, la cohesión de nuestra Patria en su diversidad cultural y extensión territorial, lo mismo que la educación y formación de cientos y miles de chilenos y chilenas, el acompañamiento de los enfermos y los más pobres en las obras y acciones de caridad, la formación de grandes dirigentes y líderes gremiales, sindicales y políticos, y –sobre todo- la inspiración cristiana y humanista de la República, amante de la libertad y de la dignidad de sus ciudadanos. La Iglesia y los valores del evangelio que anuncia, son una verdadera reserva moral para la nación.

La Iglesia ha acompañado a Chile y ha crecido con él. Le ha hablado como una madre a su hijo en distintos momentos de su historia; ha iluminado sus decisiones, a rezado en sus batallas, ha promovido su dignidad, ha defendido a sus hijos del arbitrio y el atropello; ha sido la voz de los sin voz, y sigue amando a Chile, y le sigue hablando con amor en la verdad.

Esta vocación de servicio a los hombres y mujeres de esta tierra, la hicieron pública y explícita nuestros Obispos, con ocasión de la promulgación de la Constitución del año 1925, que separó la Iglesia del Estado. En esa solemne ocasión nuestros pastores dijeron: “El Estado se separa, en Chile, de la Iglesia, pero la Iglesia no se separará del Estado y permanecerá pronta a servirlo; a atender el bien del pueblo; a procurar el orden social; a acudir en ayuda de todos; sin exceptuar a sus adversarios en los momentos de angustia en que todos suelen, durante las grandes perturbaciones sociales, acordarse de ella y pedirle auxilio”. (8)

Y es verdad: la Iglesia ha estado pronta a servir a la República, y dispuesta a acudir cada vez que la llaman a entregar su palabra y sus principios para enfrentar la pobreza o mejorar la educación; incluso, para mediar en conflictos laborales, étnicos y de derechos humanos. Esa es nuestra labor, ¡pero no es toda nuestra labor ni toda nuestra palabra! Cómo quisiéramos que la misma atención se prestara a la defensa de la vida, desde su concepción hasta la muerte natural, y sobre una sana e integral educación al amor y la sexualidad en nuestros jóvenes, por ejemplo.

También quisiéramos que nuestra presencia en la sociedad, tan valorada por organismos públicos y privados, contara con el respaldo técnico y financiero cuando postulamos a proyectos concursables, para llevar a cabo nuestra labor, puesto que no se nos reconoce a los Obispados y las Parroquias sujetos capaces de recibir tales proyectos. A nuestro juicio, no se quiere aparecer favoreciendo a la Iglesia, lo que nos ha obligado a crear personarías jurídicas con distintos nombres y finalidades, lo que de algún modo contribuye a institucionalizar el engaño y el error, lo que atenta con el principio de la transparencia que lucha hoy la sociedad moderna.

Sin querer ser proselitista, y respetando el principio de la igualdad de otros credos e Iglesias Evangélicas, que han hecho un aporte importante en Chile, que manifiestan con plena libertad su fe, sostenemos que en nuestra tradición nacional y en el alma de nuestro Pueblo, la presencia y el aporte de la Iglesia Católica es innegable y trascendente.

Hacia un consenso básico ético para fortalecer el alma de Chile y de la región

Hoy, como a lo largo de toda la historia deseamos servir a nuestra Patria desde nuestra misión, para poder acompañar, iluminar, animar y discernir junto a nuestros políticos y servidores públicos aquellos valores que nos ayuden a vivir el Bicentenario.

Ya en su oportunidad lo señaló el Cardenal Silva: “hay una inmensa tarea: construir la Patria. No sobre cimientos cualesquiera, sino sobre aquéllos – perennes, inconmovibles – de la imagen del hombre y de la sociedad que Dios reveló en Jesucristo…” (9)

Sabemos, que no somos expertos en economía, ni en ciencias políticas y tantas otras ciencias que convergen para hacer posible aquellos principios y valores que proclamamos, pero nos sabemos, como bien lo decía el Papa Pablo VI, “expertos en humanidad”. Así también lo señala, el gran jurista Máximo Pacheco: “En materia de los derechos humanos, la doctrina de la Iglesia Católica, tiene una gran fuerza. Pues ella, proclama desde su fe que la dignidad del hombre y el conocimiento de sus derechos fundamentales, se fundan en la más trascendente afirmación: el hombre (varón y mujer), es imagen y semejanza de Dios. Además, esta doctrina obtiene aun mayor significación en el Nuevo Testamento, en el cual se proclama que Jesucristo, hijo de Dios, es el Redentor de todos los hombres libres y de todos los pueblos.”(10)

Creemos que la gran tarea que tenemos por delante es poder crear un “Consenso Básico Ético”, que garantice al País aquellos valores que consideramos fundamentales y que son parte del “alma de Chile”. Ha sido el Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, el Obispo Magallánico Mons. Alejandro Goic, quien ante la Comisión de Salud del Senado, planteó este consenso.

Así como en el pasado, para lograr la recuperación de la Democracia, el Cardenal de Santiago, Mons. Juan Francisco Fresno Larraín, convocó a los principales dirigentes políticos del país, de todas las tendencias, para dar vida y forma al Acuerdo Nacional para la Transición a la Democracia, creemos que ha llegado el momento de preguntarnos:

¿No habrá llegado la hora, de que hoy, en un nuevo contexto, consolidada la democracia y de cara al Bicentenario y al futuro de Chile se geste un nuevo Acuerdo Nacional que preserve y perfeccione el alma de Chile?

Me atrevo a proponerlo: un Acuerdo Nacional, que permita un
“Consenso Básico Ético” entre todos los chilenos de cara al Bicentenario”(11)

¿Qué podría contener este “Consenso Básico Ético”?

1.- Necesitamos construir una sociedad más equitativa, para ello necesitamos el compromiso de todos los actores sociales. Esto significa:
• Salarios suficientes, o si preferimos “sueldo ético”.
• Una mayor justicia social, que sea en beneficio de la dignidad de la persona humana.
• En la vida económica, prevalecer la lógica del compartir y de la solidaridad antes que la lógica del lucro. Benedicto XVI sostiene: “Cuando prevalece como motivación central la lógica del lucro, aumenta la desproporción entre pobres y ricos, así como una explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien común de todos”. (12)

2.- Es necesario el compromiso real de todos los actores sociales para mejorar.
• La calidad de la educación, en especial en los sectores más vulnerables,
• seguir mejorando las viviendas sociales que permitan, por sus espacios más amplios, una intimidad familiar dignificadora de los padres y de los hijos;
• una salud digna y accesible a todos los chilenos, más allá de su condición económica.

3.- Necesitamos con urgencia, en un debate sereno y profundo, iluminado desde la raíz cristiana de nuestra Patria, donde millones de cristianos tanto evangélicos, ortodoxos y católicos deseamos que se nos escuche en el tema del valor de la vida:
• Hemos sostenido que la vida debe ser respetada desde su fecundidad hasta su muerte natural Debe ser el Estado que vele y garantice este derecho básico.
Como Nación nos sentíamos orgullosos de haber eliminado la pena de muerte. Sin embargo basto un horrendo homicidio, que todos condenamos, para que se alzarán voces de legisladores pidiendo reestablecerla nuevamente. Esto nos hace ver la fragilidad de nuestra ética en torno al tema de la vida. De igual modo, escuchamos con horror y espanto, que algunos pretenden legislar sobre el aborto, también llevados por argumentos afectivos como el caso de la niña asesinada en Valparaíso.
Necesitas proclamar con fuerza que la vida del ser humano es sagrada.
• En la dignidad del fortalecer la familia, debemos cuidar el matrimonio como una realidad entre un hombre y una mujer. Por ello, que debemos afrontar el problema de las parejas homosexuales.

Ciertamente, que si lográramos el “Consenso Básico Ético” y actuáramos en consecuencia procurando resolver estos temas, sin ser banderas políticas ni promesas electorales, podríamos construir entre todos aquella Nación que soñaron nuestros antepasados y que heredarán con orgullo nuestros hijos.

Nuestra tarea más urgente, como señaló en 1974 el Cardenal Silva es, reencontrar el consenso; más que eso, consolidar la comunión en aquellos valores espirituales que crearon la patria en su origen. La historia demuestra – y seguirá demostrando - que sólo en esta fidelidad es fecunda la esperanza”. Todos anhelamos que la patria que amemos, sea una “mesa para todos”.

A Dios sea el Honor y la Gloria, y nosotros aclamamos: ¡Te Deum laudamus… te alabamos, Señor! Amén.

† Bernardo Bastres Florence
Obispo de Magallanes

Notas

1.- Homilía Cardenal Silva, 1974
2.- Idem
3.- BRZOVIC GONZÁLEZ, Franco “Magallanes descubridor de Chile”, Diario El Mercurio, Editorial del 20 de octubre de 2006
4.- Carlos Peña, El Mercurio, Domingo 12 de Julio de 2009
5.- Homilía Te Deum 21 de Mayo de 2009
6.- Benedicto XVI, Discurso en Aparecida, nº 17
7.- Expresión del Papa Paulo VI
8.- Septiembre de 1925
9.- Homilía Cardenal Raúl Silva Henríquez 1975
10.- Pacheco Gómez; Máximo: El concepto de derechos fundamentales de la persona humana. Chile del Bicentenario, Desafíos Futuros. Santiago 2000. Editorial Don Bosco S.A. Pág. 122 y 123
11.- Goic Alejandro; Consenso Básico ético. Valparaíso, 29 de Julio de 2009
12.- Homilía en Catedral de Velletri, 23 de Septiembre de 2007
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