Construyamos Chile buscando el Bien Común
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Construyamos Chile buscando el Bien Común

Iglesia Catedral Inmaculada Concepción, 18 de septiembre de 2009

Fecha: Viernes 18 de Septiembre de 2009
Pais: Chile
Ciudad: Iquique
Autor: Mons. Marco Antonio Órdenes Fernández

Construyamos Chile buscando el Bien Común

HOMILIA TE DEUM 2009
Romanos 12, 1-2.9-18; Salmo q27; Juan 3, 1-12

Nuevamente las brisas de las fiestas patrias soplan con fuerza a lo largo de nuestro país, acompañadas de las expectativas del inicio de las celebraciones del bicentenario, del aniversario de aquel primer momento en que la sociedad naciente buscó vivir con autonomía. ¿Quién de nosotros, podría retraerse de este tiempo festivo que nos da identidad y nos mueve a mirar con renovado ardor a Chile? Esta Acción de Gracias que celebramos en este templo catedral, es el tradicional modo como, desde hace 199 años, bendecimos y damos gracias a Dios por el don de esta tierra y nación que busca caminos de desarrollo. Esta liturgia, se llena de esperanza, invitándonos a levantar nuestra voz hacia lo alto con sinceridad de corazón; porque de otra forma, este Te Deum podría quedar entre aquellas costumbres que han perdido la pasión y nobleza que las inspiraron. Al asomarnos a los 200 años de vida del Chile independiente, son muchas las cosas e instituciones que requieren renovarse, para ser aquellos instrumentos que demanda la Patria y que necesitan del sacrificio de su sus hijos e hijas.

En el Evangelio escuchábamos la pregunta de Nicodemo, un noble letrado fariseo, e inquieto ante la búsqueda de la verdad. Ante la figura de Jesús y sus enseñanzas, sus convicciones y estructuras quedan hondamente cuestionadas. Hay algo en este Maestro de Nazaret, que tiene una vida y fuerza extraordinaria. Descubre a Dios en el rostro humano de Jesús, pero no sabe cómo seguirlo. Esto da pie para una conversación de noche. Podríamos comentar: esto ocurre en la intimidad del silencio nocturno, que hace a la conciencia más vigilante y consciente de sí misma y de la realidad que vive. En este ambiente de quiebre de certidumbres, posturas y cuestionamientos existenciales, Jesús plantea el diálogo como el mejor modo para que Nicodemo busque caminos y encuentre respuestas. ¡Qué importante buscar cultivar estos ambientes, estas mesas de diálogo donde, siguiendo el modo de Jesús, no se imponen verdades, pero con sinceridad se exponen los diversos argumentos buscando el bien de todos! Esto hace falta por todas partes: faltan mayores espacios de diálogo y encuentro. Pero esto requiere de dos actitudes, que en esa noche estaban presentes, tanto en Jesús como en Nicodemo: capacidad para escuchar y capacidad de abrir el corazón a los planteamientos del otro, lo que implica no llegar con respuestas o prejuicios. ¡Cuánto diálogo en nuestro país, nace abortado por esta incapacidad de oírnos y quitarnos los prejuicios!

Jesús invitó a Nicodemo a comenzar de nuevo, pero esto sólo es posible con aquella fuerza que nos viene de lo alto. Sin el soplo de Dios, sin su presencia, las cosas, las instituciones se envejecen y pierden su energía y entusiasmo. Sin la presencia de Dios en medio de nuestra sociedad, los valores e ideales se corrompen y se trazan según el precio del capital o de los votos. Al iniciar las fiestas patrias que abren al bicentenario, nos podemos preguntar: ¿Cómo recomenzar? ¿De dónde sacar fuerzas, unidad y búsqueda de desarrollo para el país, sin caer en los innumerables errores que hemos cometido a lo largo de estos doscientos años?

Jesús invitó a Nicodemo a mirar las cosas, no tanto por fuera sino por dentro. Éste preguntó: “¿Cómo es posible todo esto?” En la persona de Jesús siempre encontraremos la respuesta. En sus enseñanzas siempre habrá luces para iluminar el camino porque “si el Señor no nos construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Es inútil que madruguéis. Dios construye la casa de sus amigos mientras duermen” La misma historia de la humanidad muestra que no basta con el sólo afán humano para construir una sociedad justa, se requiere siempre algo más.

Les invito a preguntarnos: ¿Cómo es la casa que soñamos para Chile? ¿Sobre qué cimientos la tenemos que continuar construyendo? La casa de la Patria después de casi doscientos años es más grande y más compleja. Cada vez está más ligada y dependiente de las otras casas, a través de los complejos procesos de la economía y la globalización. Cada vez somos más dependientes de lo que ocurre en otros lugares. Comenzamos a experimentar el don y la necesidad del otro, pero también la complejidad e incluso la deficiencia de quedar sometidos, muchas veces, al criterio del poder más político, cultural o económicamente más fuerte.

Al acercarnos a esta fecha simbólica del 2010, contemplamos el esfuerzo de muchos y muchas por hacer de Chile un país más fraterno, justo y desarrollado. Y bajo diversos colores ideológicos, miradas religiosas y agnósticas, se descubren como lumbreras a todos aquellos que supieron superar sus legítimos intereses personales y grupales por el gran interés de la Patria. Esos son los que verdaderamente han construido el Chile que amamos. Hoy, nos corresponde a nosotros colocar nuestro aporte, y como Nicodemo, nos encontramos ante el desafío de cómo hacerlo. ¿Cómo contribuimos al desarrollo de esta nación que es nuestra tierra y nuestra familia cívica y cultural?¿Cómo contribuimos al desarrollo en justicia y equidad, en oportunidades para todos, en este Chile que es nuestra casa?

Jesús invitó a Nicodemo a renacer, a volver a recrearse en lo profundo de sí mismo. Porque el hombre y la mujer nueva no se construyen sólo con las leyes y las regulaciones externas. La ley, la institucionalidad, la Patria, requieren de espíritu. Se requiere de ese soplo de bien que mueve, enciende y anima todo lo que está viejo o corrompido por la erosión del tiempo y de los intereses egoístas. Se requiere de ese Espíritu que nos recuerda que el verdadero desarrollo se hace en la búsqueda del bien común y la justicia, en todas sus formas; y que esto no es posible sin el acto del amor, de esa caridad que nos hacer salir de nosotros mismos para buscar el bien superior, el bien de todos, el bien de Chile.

Al mirar nuestra región de Tarapacá, en el contexto de su enclave geográfico, en sus necesarios vínculos con el resto del país, y sus conexiones e integración con los países vecinos, podemos formular nuestros sueños sobre este territorio tan rico en identidad, que es fuente de patrimonio religioso y cultural, marcado por su particular geografía de desierto. Voces expertas nos invitan a descubrir la región en su desarrollo a través de las potencialidades de su patrimonio geográfico, religioso y cultural, que pueden fomentar fuentes importantes de turismo. Otros también valoran fuentes inexploradas como la explosión de la energía renovable en los amplios espacios de nuestros desiertos. A ello debemos agregar los importantes desafíos de la minería y la pesca, que han generado importantes recursos, pero a lo que a su vez, deben estar siempre en equilibrio con el correcto y justo uso de la naturaleza sin sobreexplotarla y dañarla.

El tema ecológico para nuestra región es un tema que urge de estas mesas del diálogo, donde todos podamos exponer nuestras apreciaciones, legítimos temores, y buscar los caminos que son necesarios. El verdadero desarrollo, recuerda Benedicto XVI en su encíclica social “Caritas in veritate” implica la participación del Estado, la empresa privada y la institucionalidad civil. Por ello que no hace bien al bien común, determinaciones e incluso leyes sobre las regiones, impulsadas por decisiones concentradas en el poder sólo de algunos. El diálogo y la participación de todos, es absolutamente necesario. Invitamos a este diálogo para buscar las necesarias fuentes de energía para el desarrollo de la región, pero que no sean contaminantes del patrimonio natural de nuestras costas, como estudios e instituciones de prestigio científico nos están alertando. Por otra parte, los recursos del agua en la región hemos de saberlos cuidar en la proyección de los años que vendrán. Su cuidado en sus diversas formas de uso y explotación son urgentes de reflexionar. Uno de los graves errores cometidos en estos 200 años ha sido buscar soluciones inmediatistas o de corto plazo, justificadas por una mala comprensión del ahorro, lo que incuba para las generaciones futuras graves daños y problemas. Por no reflexionar lo suficiente, y no escuchar a tiempo los planteamientos del que piensa distinto, terminamos errando el camino. Acaso ¿no hay algo de esto en la génesis de los problemas habitacionales, en el conflicto del mundo mapuche, en situaciones de contaminación de sectores importantes del país, que han afectado no sólo la producción sino que también la calidad de vida de muchos ciudadanos?

El apóstol Pablo invitaba, a los cristianos de las primeras horas de la fe, a buscar el bien; y lo hacía con plena conciencia del poder que ejercía sobre ellos, y toda la sociedad, el pensamiento de un imperio muy centrado en la idolatría del poder y la codicia. Hoy, la Iglesia, con humildad y diálogo sincero, quiere invitar a todos a no quedarnos sometidos a las corrientes del pensamiento de este tiempo, me refiero a aquellos criterios, muchas veces disfrazados de buenas intenciones, pero que hacen de la persona, incluso de un país, un objeto de consumo con tal de aumentar el capital o de aquellos pensamientos que utilizan a las personas, haciéndoles pensar que se interesan por ellas, pero que es una forma más de manipular, incluso con lenguajes populistas para conseguir su propio objetivo.

Coincide nuestro inicio de la celebración del bicentenario con un nuevo período eleccionario. Esto siempre nos coloca en tensión, y la ofensa fácil del otro y de pagar mal con mal, se puede ver como lo más justo y conveniente políticamente. Les rogamos a todos a realizar este proceso con la altura que requiere el bien de la democracia. Respetados candidatos, no prometan lo imposible, busquen servir, haciendo el bien desde la recta intención del corazón; para que aquellos que la ciudadanía elija, sirvan con lo mejor de sí en todo momento y lugar.

Preguntó Nicodemo “¿cómo puede ser todo esto?” El Maestro planteó que esto ocurre cuando se nace del Espíritu. ¿Dónde ocurre este nacimiento, sino en lo más profundo del corazón humano? ¿Dónde radica la decisión por buscar y seguir el bien común, para ir más allá de mis propios intereses? ¿Dónde descubro con sinceridad y sin acusaciones estériles, que estoy movido por ambiciones de poder, dejándome tentar incluso por formas de corrupción, si no que en el interior de mi conciencia? Este es el lugar al que Jesús nos invita a acudir más. Las grandes decisiones de la vida, las grandes luchas, se libran de los malos vientos de corrupción y egoísmo individualista, cuando entramos en lo hondo de nuestro interior. Este lugar es la conciencia interior y allí, radica el bien. Cuando logramos entrar en este espacio que sólo uno y Dios puede penetrar: allí, creyentes y no creyentes, quienes enarbolan diversas miradas políticas y sociales, podemos dialogar y estar dispuestos sinceramente a buscar el bien. Allí nace el más verdadero y sostenible desarrollo que la Patria del bicentenario necesita, porque está es la tierra de la Verdad que nos hace libres.

Cuando se celebra el cumpleaños de un hijo, los padres, buscan el mejor regalo. Están dispuestos a gastar incluso lo que no tienen, porque quieren ver al hijo feliz. ¿Cuál es el regalo que Chile necesita? Pidámosle a la Madre y Estrella de Chile, que ruegue al Señor de la historia, que en este bicentenario que se inicia, nos de el mejor regalo: Que haga soplar su viento de Buen Espíritu, para que esas “puras brisas” crucen la Patria entera, renovando el corazón de todos sus hijos e hijas: desde la primera autoridad de la Nación hasta el más humilde de sus hijos; para que todos nosotros, chilenos de corazón, nos veamos renovados en la búsqueda del bien, que nace en las opciones del secreto más íntimo de la conciencia y que nos regalan libertad, servicio y alegría. Que el buen viento del Espíritu, que sopla por donde quiere y como quiere, nos ayude a construir esta casa común que amamos, y se llama Chile. Amén.

† Marco A. Ordenes Fernández
Obispo de Iquique
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