“Felices los que trabajan por la paz” (Mt 5, 9)
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“Felices los que trabajan por la paz” (Mt 5, 9)

Homilía de Mons. Alejandro Goic, Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, en la Misa de Acción de Gracias en el 30º aniversario del inicio de la mediación pontificia entre Chile y Argentina. Santuario Nacional de Maipú, 22 de diciembre de

Fecha: Lunes 22 de Diciembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Alejandro Goic Karmelic

Textos bíblicos:
Flp 4, 6-9
Salmo 33
Mt 5, 1-12


Estamos a pocas horas de vivir y revivir el acontecimiento salvífico de la Navidad. Por estos días, el Santo Padre Benedicto XVI nos ha recordado que Navidad nos lleva a un hecho fundamental: que “en la oscuridad de la noche de Belén se hizo una gran luz. El Creador del universo se encarnó uniéndose indisolublemente a la naturaleza humana y, sin dejar de ser realmente Dios de Dios y luz de luz, se hizo al mismo tiempo verdadero hombre (…) Hijo de Dios vivo, que se hizo pequeño para vencer nuestra soberbia y hacernos auténticamente libres, libres para amarlo” (1).

Desde el humilde pesebre donde nos muestra su Gloria, el Señor se revela como Dios de la Paz. En una noche de paz, de angélica paz, Jesús niño es el regalo, el mayor tesoro que se nos ha dado, el Príncipe de la Paz.

“Paz” es la primera palabra con que los ángeles anuncian que “un niño nos ha nacido” (2). Porque la “justicia y la paz se besan” (3) , porque “la paz es fruto de la justicia” (4) y porque si queremos la paz debemos educar para la paz, nos parece justo y bueno dar gracias al Padre de misericordia por el don de la paz.

Junto al salmista “bendecimos al Señor en todo tiempo”, porque es el ángel del Señor quien acampa en medio de sus fieles, y una humanidad gozosa recibe a su Señor que instala su morada en medio de nosotros. En la paz de Dios descansa nuestro sosiego. En una época marcada por apuros y ajetreos, al Dios de paz confiamos que nada nos angustie -como dice san Pablo a los filipenses, porque la paz de Dios supera todo razonamiento humano y porque el Dios de la Paz estará con nosotros.

En esta certeza de la paz que el Señor irradia desde el pesebre de Belén, las Iglesias de Argentina y de Chile, representadas en ambas conferencias episcopales, hemos querido celebrar en forma conjunta una Eucaristía de Acción de gracias por el don de la paz. Porque la memoria es patrimonio de nuestros pueblos, y la amenaza de la guerra es un episodio crítico que no conviene echar en el olvido. Para que las generaciones actuales y futuras aprendan de nuestro pasado reciente. Entre tantos reproches y culpas, he aquí un aprendizaje: cuando los pueblos creen en la paz, a pesar de los desencuentros y diferendos, el Dios de la Paz está con nosotros.

Argentina y Chile, pueblos cristianos, hermanados por la lucha en favor de la Independencia que se selló en este Templo Votivo, vivíamos hace 30 años una controversia seria y muy difícil. Como párroco en mi ciudad natal, Punta Arenas, pude percibir la “sicosis de guerra” que vivía el pueblo en todos los sectores y niveles. Es cierto que en varias ciudades de Chile no existía información sobre este drama de madres y esposas, cuyos hijos y maridos cumplían su servicio a las instituciones de la Defensa en los límites fronterizos.

La palabra del amado Juan Pablo II nos había advertido la necesidad de buscar caminos de diálogo. Y en 1978, un día como hoy, 22 de diciembre, el Papa alzaba su voz frente a las noticias “cada vez más alarmantes” que le llegaban sobre el agravamiento del conflicto. Decía entonces el Santo Padre: “he hecho conocer a las Partes mi disposición –mejor, el deseo—de enviar a las dos capitales un representante mío especial, para tener informaciones más directas y concretas sobre las respectivas posiciones y para examinar y buscar juntos las posibilidades de un arreglo pacífico de la controversia”.

Y a continuación manifestaba: “Por la tarde llegó la noticia de la aceptación de tal propuesta por parte de entrambos Gobiernos, con expresiones de gratitud y de confianza que, mientras me confortan, hacen sentir todavía más la responsabilidad que una tal intervención comporta, pero a la cual la Santa Sede considera que no debe sustraerse. Y como ambas Partes subrayan concordemente la urgencia de tal intervención, la Santa Sede procederá con toda la solicitud posible. Entretanto, deseo renovar mi angustiada llamada a los responsables para que eviten pasos que podrían comportar consecuencias imprevisibles –o incluso demasiado previsibles—de daños y sufrimientos para las poblaciones de los dos países hermanos. E invito a todos a elevar fervientes plegarias al Señor para que la violencia de las armas no prevalezca sobre la paz”.

Ese “deseo” de Juan Pablo II abrió las puertas a una solución por la vía del diálogo y el entendimiento. Al interés personal del Pontífice y la disposición de la Santa Sede se sumó la buena voluntad de ambos gobiernos y de personalidades de diversos ámbitos, algunos de los cuales han partido a la casa del Padre, como el Cardenal Antonio Samoré; otros se cuentan en esta asamblea.

La Mediación Pontificia que salvó por la vía del diálogo el diferendo marítimo austral entre nuestros países, es una prueba contundente del amor de Dios hacia nuestros pueblos. El Hijo de Dios Vivo que se hace pequeño para derribar nuestra soberbia, el Príncipe de la Paz, atendía la plegaria de tantos hombres y mujeres humildes, convencidos de nuestra vocación de entendimiento y no de enfrentamiento. Por esos días un trovador argentino plasmó en una canción memorable este sentimiento de nuestros pueblos: “sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente: es un monstruo grande y pisa fuerte toda la inocencia de la gente”.

Han pasado tres décadas y hemos venido hasta el santuario de la Virgen del Carmen, patrona de Chile; y nuestros hermanos trasandinos han llegado hoy hasta el santuario de la Virgen de Luján, madre de Argentina. Lo hacemos para dar gracias a su hijo, que ha venido a través de su Iglesia a hacer obra de paz.

Dice Jesús en las bienaventuranzas que hoy se han proclamado: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mt. 5,9).

Hoy pedimos por Argentina y Chile, por sus autoridades, por sus dirigentes y líderes, por sus pueblos amantes de la paz. Queremos para este rincón de América una paz que se funda en la justicia y en el respeto a la dignidad de las personas, una paz donde el otro es mirado como hermano, donde imperan la justicia y el derecho, donde juntos trabajamos en favor de los más pobres y débiles de nuestros pueblos y de todo el continente.

A su Hijo Jesucristo, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

NOTAS

(1) S.S. Benedicto XVI, Audiencia 17 de diciembre de 2008
(2) Is. 9,5
(3) Salmo 85
(4) Is. 32, 17
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