30 años después
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30 años después

Fecha: Martes 25 de Noviembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Monseñor Juan Luis Ysern

Hace 30 años nos reuníamos en la Vicaría de la Solidaridad para participar del Simposium Internacional Sobre Derechos Humanos, convocado por el recordado y querido Cardenal Raúl Silva Henríquez. Hoy, en este encuentro ratificamos nuestro compromiso por el respeto a la dignidad de cada persona, repitiendo la misma frase de aquel entonces: “Todo hombre tiene derecho a ser persona”.

Quienes estuvimos presentes en aquel simposio y sentíamos la defensa de los DDHH como expresión del compromiso por la vida y dignidad de las personas, nos perece normal seguir reflexionando para mantener el mismo compromiso dentro de las actuales circunstancias. Los creyentes, discípulos del Señor, consideramos tal labor como exigencia evangélica en cumplimiento del mandato del amor.

No obstante, a pesar de la intensidad con la que vivíamos toda esa labor, podemos tener el riesgo de dejarla como simple recuerdo. Con eso estaríamos traicionando nuestra misión de hacer visible el amor salvador del Señor. Hacerlo así sería hacerse cómplice del atropello perturbador de la convivencia en la actualidad.

Los DDHH son la expresión del reconocimiento de la dignidad de la persona humana en su encuentro con los demás, para construir entre todos la convivencia fraterna y solidaria en la que nadie quede bajo la mesa de la vida.

Son muchas las formas con las que se atropella hoy día la dignidad de la persona y son muchas las personas que son atropelladas, o que van quedando debajo de la mesa. Todo ello es un atentado contra la paz.

En forma permanente la Iglesia actúa en la defensa y respeto de la vida digna de la persona humana, desde el primer momento de su concepción hasta el último por muerte natural durante todas sus etapas intermedias, niñez, juventud, mayoría de edad y vejez, tanto dentro de la vida familiar como social, manteniendo la mirada preferencial por los pobres y todas las exigencias de solidaridad frente a quienes sufren los atropellos.

Dentro de la realidad del momento está la tarea de seguir sanando las heridas provenientes del pasado, con el sincero esfuerzo de todos para llegar a la reconciliación nacional.

Re-conciliar es volver a conciliar la convivencia destruida. Esta es una gran tarea que requiere esfuerzo y valor. Cuando hace varios años escribí el pequeño libro “Verdad y Justicia: el desafío del reencuentro”, sentía que podían darse pasos firmes en esa dirección. No hemos perdido la esperanza, pero, a pesar del tiempo transcurrido, constatamos que aún no se produce el anhelado reencuentro.

Se ha avanzado, sin duda, en el conocimiento de la verdad, pero aún quedan muchas cosas que no se conocen. Es necesario que los familiares de quienes vieron sus derechos violentados experimenten que, de verdad, se hacen todos los esfuerzos por conocer los hechos. Y que quienes de un modo u otro se relacionaron con ellos estén seriamente comprometidos en esta labor de búsqueda y clarificación. No hacerlo sería continuar ofendiendo o atropellando a quienes, con toda razón y todo derecho, necesitan conocer la verdad.

Por otra parte, también se ha avanzado en la justicia. Con toda razón los afectados la exigen para restablecer el buen nombre de sus familiares y recibir la reparación moral que necesitan para remediar, en lo posible, los daños causados.

Por otra parte, la sociedad la pide y la requiere para reparar el orden público perturbado con los delitos cometidos, pues la impunidad termina siendo indefensión.

Con cierta frecuencia se escuchan voces que reclaman justicia según la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente, actitud pequeña superada en la ética cristiana

Es necesario seguir el verdadero camino de la justicia que va mucho más allá de las disposiciones legales y que, como bien ha dicho el abogado José Zalaquett, es capaz de establecer la justicia con clemencia. Y hay que tener en cuenta, además que en no pocos de los hechos denunciados hubo uniformados que actuaron contra sus sentimientos más íntimos, bajo la presión de un ambiente bélico dentro de una disciplina que exige obediencia total e inmediata. Distinta es por eso, la responsabilidad de quienes dieron las órdenes que la de quienes tuvieron que obedecer sin poderlas representar, como lo posibilita el código de obediencia castrense.

La justicia nos pide el respeto a cada persona dentro de la convivencia que hemos de construir cada día y con el aporte de todos. Dentro de esta tarea está el reconocer las ofensas y atropellos que hayamos realizado y pedir perdón por ellas. Igualmente, dentro de esa tarea está el saber perdonar a quien ha cambiado de actitud y, de verdad, se coloca ahora del lado del ofendido.

La reconciliación requiere que cada uno se ponga en el lugar del otro con toda sinceridad. No es que el ofensor haga una apariencia de buenos sentimientos a favor del otro. Eso sería simplemente tratar de evadirse de lo que responsablemente debe hacer.
Si el que ha ofendido no pide perdón con auténtico arrepentimiento y no hace todo lo que sea posible de su parte por reparar los daños causados, continúa en su interior con una actitud ofensiva. Así no puede existir auténtica reconciliación. Por otro lado, si el ofendido no sabe reconocer el cambio de quien pide perdón con sinceridad y no quiere aceptar la buena voluntad de quien ha cambiado de actitud, se convierte en obstáculo para el reencuentro.

Todos tenemos derecho a la paz y esto siempre requiere el aporte de cada persona como construcción permanente sobre la base de la justicia, respetando los derechos de los demás y, de una forma muy especial, con la entrega de buena voluntad para hacer el bien. Para los creyentes en el Señor se trata de la fidelidad al cumplimiento del mandato del amor que no tiene medida y que llega incluso a amar a los enemigos.

Esto es posible. Soy testigo y doy testimonio de ello porque lo he visto desde mi infancia. Viví de niño la cruel guerra civil de España de los años 1936 al 1939. Mi padre fue torturado y abandonado como muerto. Gracias a Dios no murió. Terminada la guerra, jamás, jamás, nosotros, los hijos, ni a él ni a mi madre que tánto había sufrido, les pudimos escuchar una palabra de odio, venganza o indeferencia hacia quienes habían causado tanto sufrimiento, sino que les vimos prestándoles los servicios que necesitaban. El perdón es posible. ¡Es posible!.

“Bienaventurados los constructores de paz porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mt. 5, 9)

† Juan Luis Ysern
Obispo Emérito de Ancud
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