Un tiempo de Gracia
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Un tiempo de Gracia

Homilía del Cardenal Francisco Javier Errázuriz, en la ordenación sacerdotal de los diáconos Guillermo Greene y Javier Concha

Fecha: Sábado 08 de Noviembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Monseñor Francisco Javier Errázuriz

ORDENACIÓN SACERDOTAL

Diáconos Guillermo Greene y Javier Concha

Sábado 8 de noviembre de 2008

Hb 4, 14 – 5, 5
Jn 13, 1-15


La Providencia de Dios nos regala iniciar este mes de María celebrando la ordenación sacerdotal de nuestros hermanos diáconos Javier y Guillermo. Por la imposición de las manos y la oración consagratoria serán para siempre sacerdotes de Jesucristo para amar y servir, celebrando los misterios de Dios, apacentando el rebaño y anunciando a tiempo y a destiempo, por desborde de gratitud y alegría, el amor que los ha conquistado y le ha dado pleno sentido a sus vidas. La Providencia también les regala a estos diáconos acoger el don del sacerdocio ministerial en un tiempo de gracia en el que la Iglesia peregrina en Latinoamérica nos invita a recomenzar desde Cristo para que, con nuevo ardor, seamos mejores discípulos y misioneros suyos.

1. Queridos hermanos diáconos, escogiendo como primera lectura el texto de la epístola a los Hebreos en su capítulo quinto, ustedes han querido expresar el asombro que les causa el hecho de que Jesús, para cumplir la voluntad del Padre, haya detenido su mirada con mucho amor en ustedes, y los haya llamado por su nombre a esta maravillosa vocación al seguimiento suyo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor, en el sacerdocio ministerial. La epístola nos dice: “Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo.”

2. Conscientes de sus propias flaquezas, ustedes han acogido la vocación que les ha dado el Padre, simplemente porque Él los ha llamado, porque todo lo que Él hace lo hace por amor y con incomparable sabiduría, y porque su elección siempre va acompañada de una promesa suya: Yo estaré contigo, y por eso las palabras que pronuncies, serán las palabras que yo ponga en tu boca, y las obras que realices contarán con mi voluntad de hacer nuevas todas las cosas, y de dar vida en abundancia. Ustedes, en el camino de la formación, pudieron decirle día a día: ‘Confío en ti, Señor; y bien sé en quien he puesto mi confianza. De mi parte lo pondré todo, también mi conciencia de pequeñez como la esclava del Señor, la Sma. Virgen María, para responderte con disponibilidad, abnegación y generosidad, y ser así discípulo misionero de tu Hijo, Jesucristo.

3. En el Evangelio contemplamos una escena conmovedora. Jesucristo, rostro humano de Dios, consolando a los sufrientes, sanando a tantos de sus dolencias espirituales y físicas, amando hasta el extremo, ha hecho cercano y palpable el amor del Padre. Viendo que se acercaba su hora, quiso mostrarles a sus discípulos la radicalidad de su amor y el camino por el cual ellos debían seguirlo. Dejando su sitio de honor, les presta el humilde servicio de lavarles los pies, imprimiendo para siempre en sus corazones la magnitud y las dimensiones de su amor. Anticipándose a la promulgación del mandamiento nuevo, les dijo: “también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes”. Para los apóstoles la enseñanza sería imborrable:: estaban llamados a cumplir el mandamiento del amor, sirviendo siempre con total olvido de sí.

4. Queridos diáconos, cuando ustedes eligieron este evangelio, en sus corazones latía la certeza de que el sacerdote, que ha sido llamado gratuitamente de entre los hombres, debe hacerse servidor de todos (cf. Gal 3, 29) al modo de Jesús. La misión ciertamente es muy superior a las fuerzas humanas, porque el desafío no es, en primer lugar, hacer algunas cosas, sino ser como una transparencia suya en medio de las comunidades que él confía, encarnando la profundidad de los gestos, de las palabras y de la vida de Jesucristo, configurándose cada día más con Él para darse de lleno en el apostolado, bajo la conducción del Espíritu de Cristo. (cf. PDV 15s).

5. Con esa certeza de la fe emerge el desafío que nos propone Aparecida: confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia desde el encuentro con Jesucristo (cf. DA 11) en la lectio divina, en la oración personal y comunitaria de la liturgia de las horas, y de toda oración, en el servicio a los atribulados, en la meditación personal y especialmente en la celebración diaria de la santa Eucaristía. Sólo comenzando desde Cristo, “desde la contemplación de quien nos ha revelado en su Misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido” (DC 41,) podremos conocer entrañablemente al Buen Pastor, hacer propios sus sentimientos y aprender a hacer vida las grandezas del Señor para ser testigos ardientes de su amor.


6. Buscando una vivencia plena del sacerdocio, la Eucaristía ocupará un lugar central en la vida de ustedes. En ella, como otro Cristo, el ministro hace suyas las palabras del Señor: “Éste es mi cuerpo”, “ésta es mi sangre”. La misa es el lugar donde Cristo y el sacerdote se hacen uno para donarse espiritual y existencialmente a los hermanos. Por ello, la celebración de la Fracción del Pan es la cumbre y la fuente de nuestra jornada. Hacia ella el sacerdote ha de conducir todo su ministerio. En ella arde su corazón con el fuego del amor de Dios que él acoge, y que lo enciende con los mismos sentimientos de Jesús. Desde ella su misión adquiere sentido y consistencia. La misa no es una actividad más dentro de nuestro quehacer cotidiano, es el corazón del ministerio sacerdotal desde donde surge toda su fecundidad y su alegría.

7. Como señaló hace unos meses el Santo Padre, la oración “es garantía de apertura a los demás: quien se hace libre para Dios y sus exigencias, se abre al otro, al hermano que llama a la puerta de su corazón" (Catequesis, 7 de febrero de 2008). Esto vale de manera eminente para el acontecimiento eucarístico. No nos encierra en nuestros corazones o en nuestros templos. Nos impulsa a darnos existencialmente. Efectivamente, la misa no es un mero rito. Es encuentro vivo con Quien lo ha dado todo por nosotros y nos provoca a compartir la vida, dándola. Como nos lo enseña la tradición de la Iglesia y el ejemplo de tantos santos a través de la historia, el verdadero amor eucarístico hace al sacerdote darse concretamente, ser en Cristo un don para la vida del mundo. El profundo encuentro con Cristo mueve nuestra vida a una entrega sin límites que se expresa en un sacerdocio comprometido vitalmente con las personas a las que servimos: en una disponibilidad constante e ininterrumpida, en un espíritu generoso que no sólo comparte lo que le es fácil, sino sobretodo lo que le cuesta, en un corazón dispuesto a sacrificar horas de descanso, a veces comidas o encuentros con amigos para estar disponible para darse. ¡Cómo resuenan en nuestra mente las palabras de san Alberto Hurtado “nunca habremos dado lo suficiente, si no lo hemos dado todo”! El sacerdote eucarístico no vive para sí, sino para los otros a quienes quiere servir como lo hace Jesús. Sin duda en muchas ocasiones esto traerá cansancio. Pero, queridos hermanos sacerdotes, ¿no es acaso una alegría y un gozo cuando llegada la noche, en la intimidad de la capilla, al revisar el día y rezar nuestras completas, le podemos decir al Señor: he tratado de entregarlo todo por ti; tú sabes que te quiero.

8. El hombre eucarístico es misionero. En el encuentro con Cristo recibimos su invitación a ser discípulos misioneros que no se conforman con las personas que vienen a la parroquia, ni con los grupos a los cuales ya asesoramos y a los cuales se llega fácilmente. El misionero también sale en búsqueda de aquellas personas que aún no conocen al Señor, y se entrega por entero a la evangelización de su parroquia, de sus comunidades, de las escuelas cercanas, de todos aquellos que el Buen Pastor le ha confiado A ellos se da sin miramientos ni respetos humanos, buscando también con nuevos métodos y nuevas expresiones que la Palabra llegue a más corazones. La vida sacerdotal es un ‘don para darse’, se acrecienta dándola, y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Por tanto, la vida plena sólo se “alcanza y madura a medida que se entrega para dar vida a los otros” (DA 360).

9. Como nos recordó el santo Padre en la celebración del Corpus del presente año “la eucaristía es escuela de caridad y de solidaridad” (Angelus, 25 de mayo de 2007). El sacerdote que hace verdaderamente de su misa el corazón de su día aprende a amar radicalmente a los excluidos de la vida en la sociedad, especialmente a los pobres, los enfermos y los afligidos, a compartir solidariamente su realidad, encontrando en ellos el rostro de Cristo. En un tiempo donde lo confortable se legitima por todos lados, donde los bienes parecen justificarse por si mismos, donde pocos se cuestionan o disciernen sobre el valor o los límites de tener determinadas cosas, de frecuentar tales o cuales lugares, de dedicar tanto tiempo a los deportes y a los programas de televisión, de ver tal o cual película, nuevamente emerge la figura del Cristo pobre y de la comunidad apostólica, compuesta por hombres sencillos que con medios pobres echaron los cimientos de nuestra Iglesia. Queridos diáconos y hermanos sacerdotes, cuando un corazón se hace más y más necesitado de bienes materiales y de una vida cómoda, ese corazón se va haciendo, aunque no lo perciba, menos necesitado de Dios, menos generoso y más volcado sobre si mismo. La austeridad de vida no es un tema sociológico, tampoco un tema reservado para unos pocos. En primer lugar es un tema propio de nuestra vida espiritual y nos compromete a todos, especialmente a los sacerdotes. Nuestro ser sacerdotal debe testimoniar hoy más que nunca, y con total radicalidad, que lo fundamental para nosotros es Cristo, y que todo lo demás es sólo añadidura.

10. ¡Cuánta misericordia vemos en la Última Cena! El Señor sabía que sus amigos lo dejarían solo. Pero, lejos de todo enojo o reproche muestra únicamente gestos de compasión y de perdón, y lava los pies de sus discípulos del polvo del camino. Esa misma misericordia es la que nosotros hemos de hacer propia y transmitirla particularmente en el Sacramento de la reconciliación. El confesor esta llamado a ser el rostro del Señor que ama, acoge y está dispuesto a dar lo mejor de si para que quienes acuden a él puedan reconocer la hondura y vitalidad del amor de Dios, puedan recibir el perdón y la gracia, y experimentar la nueva vida. Queridos hermanos sacerdotes, querido Guillermo y Javier, cuiden este ministerio como un tesoro, estén disponibles a renovar la esperanza de aquellos que anhelantes de Dios, acudan a ustedes por el perdón y por una palabra de aliento y de esperanza.

11. Muy unida a la confesión está la dirección espiritual. El camino de la vida interior requiere de un padre sabio y prudente que sepa ayudar al dirigido a conocer como Dios habla en su vida, a comprender y sanar su historia, a crecer en libertad, a descubrir los dones que ha recibido de Dios, a colaborar con Él conforme a su originalidad, para ser así más disponible a la voluntad del Señor. Al mismo tiempo, la dirección espiritual es una escuela de humanidad, que ayuda al dirigido a crecer en su amor a Jesucristo y en su entrega incondicional a los demás; y es una escuela de eclesialidad que hace a la persona descubrir que es parte de la gran familia de la Iglesia. Para nosotros sacerdotes debe ser una prioridad, especialmente en el trabajo con los jóvenes, animándolos y ayudándolos a que encuentren los caminos para que su discipulado misionero pueda siempre seguir creciendo para servir más y mejor a nuestro Señor. También la dirección espiritual resulta ser un privilegiado camino para ayudar a que despierten las vocaciones sacerdotales que, estoy seguro, a manos llenas el Señor sigue sembrando en nuestra Iglesia.


12. Muy unido a nuestro ministerio pastoral, en el servicio a los enfermos y a los pobres, en la confesión y la vida de oración, está la valoración de las pequeñas cosas de cada día. Muchos centran su preocupación y aun su alegría en los trabajos más reconocidos y valorados por los demás en el aplauso del mundo, en que se les nombre y sean públicamente valoradas sus obras. Sin embargo, ante nuestra atención ha de estar en primer lugar el valor de lo pequeño, de lo cotidiano, de aquello que acontece cada día, en lo cual se expresa la fe, el amor y la esperanza. Queremos apoyar los caminos de santidad en la vida cotidiana, en el trabajo, en el hogar. Y también queremos recorrerlos personalmente en la visita a un enfermo y a un encarcelado, en las obras de la caridad, en las renuncias ofrecidas en silencio, en la oración de todo momento, en el servicio con celo apostólico. Todo ello, vivido a partir del encuentro con Cristo, será una escuela de vida interior y santidad, un camino privilegiado para crecer en el discipulado misionero y sacerdotal. Queridos hermanos, nuestro ministerio es elección y gracia de Dios. Estamos llamados a vivirlo día a día, siempre, en su presencia. No vivimos ni por conveniencias ni con los criterios del mundo, no buscamos la gloria ni el reconocimiento, sino seguir el camino de todos los días con la sencillez y la disponibilidad de la Virgen María, ante nuestro Dios para quien nada es imposible, pero que cuenta con nuestra respuesta de disponibilidad y de amor.

13. La oración sacerdotal que Cristo eleva al Padre después de lavar los pies a sus discípulos, expresa un anhelo profundo de su corazón: que todos seamos uno y que permanezcamos en su amor, amándonos los unos a los otros como Él nos amó. Recuerdo una reciente intervención del Papa dirigida a los sacerdotes, invitándoles a perseverar “en la búsqueda de esa unidad de propósitos y de ayuda mutua, para que la caridad fraterna y la unidad en el trabajo pastoral sirvan de ejemplo y de estímulo para vuestras comunidades” (Benedicto XVI, Discurso a los sacerdotes de Brescia, 15 junio 2008). Queridos diáconos, la ordenación sacerdotal nos hace hermanos y miembros de un mismo y único presbiterio diocesano. Cada sacerdote es un artífice de esta fraternidad querida por el Señor. Construye en el presbiterio esa “casa y escuela de comunión” que queremos edificar en la Misión Continental en todos los espacios de la Iglesia. Es claro, no podemos contentarnos con reuniones formales ni con asistencias a encuentros, importantes por cierto. Queremos cultivar una actitud interior y de fe, que reconozca no sólo la comunión estructural y formal, sino sobre todo aquella fundamental que implica que entre ustedes y con el obispo seamos uno. Como con-discípulos de Jesucristo queremos vivir cerca de Él, con la fidelidad de quienes son llamados a la santidad, y amarnos como Él nos ha amado. Esta comunión, ciertamente fundada en la Eucaristía, crece a partir de la convicción de que cada hermano sacerdote fue llamado con infinito amor por su nombre, tiene la misión de vivir como presencia de Jesucristo en el mundo, y que puede hacerlo en comunión verdadera con su Obispo, con sus hermanos sacerdotes y con la Iglesia entera. Ese amor a todos los rostros de Cristo, a todas las espiritualidades que Dios nos regala, y a las diferentes expresiones de la fe, la esperanza y la caridad, nos alentará a construir la Iglesia en su catolicidad. Si exigiéramos a los demás que hagan suya una convicción personal o grupal como requisito de aceptación, respeto y comunión nos convertiríamos en forjadores de desuniones que herirían la comunión de la Iglesia en su mismo corazón. Ciertamente no es ése nuestro espíritu. Queremos ponernos siempre, con sumo respeto, al servicio de la obra de Dios, de los admirables dones con que el Espíritu enriquece a la Iglesia, y de la originalidad de todos sus hijos y comunidades. Estamos llamados a ser servidores de la comunión, a partir de una profunda comunión con el Señor y entre nosotros.

14. En este día de bendición quiero dar gracias a los padres de nuestro diácono Javier, a don Roberto y a la Sra. Virginia, y a los padres de nuestro hermano Guillermo, don Guillermo y la Sra. María Soledad, como asimismo a sus hermanos y a sus familiares. Sus hogares han sido la cuna de la vocación sacerdotal de sus hijos. La educación y el ejemplo que les dieron y la transmisión de la fe han sido claves para que ellos hoy lleguen a este momento de gracia. Su compañía futura será muy importante para el ejercicio de su ministerio.

15. También quiero expresar la gratitud de nuestra Iglesia de Santiago a las parroquias Nuestra Señora del Carmen de Ñuñoa y San Pedro de las Condes, sus comunidades de origen, a los lugares donde sirvieron pastoralmente durante estos años, y especialmente a nuestro Seminario Pontificio Mayor, cuna y corazón de la diócesis, que con tanto cariño los ha acompañado en este tiempo y ha preparado esta celebración. Agradezco de corazón a sus formadores como también a los sacerdotes, las religiosas y a tantos que los ayudaron a descubrir su vocación o que la acompañaron durante estos años con su oración y su esperanza. Gracias también a todos ustedes, que los acompañan esta mañana, y que así comprometen su oración y su apoyo a lo largo de toda su vida como sacerdotes de Jesucristo.

16. En el fondo de este presbiterio contemplamos a María Asunta al cielo, a quien está dedicada esta Iglesia Catedral. Con mucha fe le pedimos a ella, madre de los sacerdotes, que los acompañe en su ministerio, que les ayude a forjar un corazón semejante al de su Hijo. Y haciéndonos eco de esa hermosa oración que hizo san Alberto Hurtado a la Virgen, digámosle con confianza y cariño al inicio de su mes: María, míralos, si tú los miras, Él también los mirará. María míralos, y de la mano llévalos muy cerca de Cristo, que es donde quieren estar. Amén.

† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago

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