Homilía en las Exequias de Don Carlos González Cruchaga (8 de junio de 1921 – 21 de septiembre de 2008)
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Homilía en las Exequias de Don Carlos González Cruchaga (8 de junio de 1921 – 21 de septiembre de 2008)

Iglesia Catedral de Talca, 23 de septiembre de 2008.

Fecha: Martes 23 de Septiembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Talca
Autor: Mons. Cristián Contreras Villaroel

Asumo con gratitud la petición y delegación de mi hermano en el episcopado, Monseñor Horacio Valenzuela, obispo de esta hermosa diócesis de Talca, para pronunciar esta homilía en las exequias de don Carlos González Cruchaga, obispo emérito de Talca, ex Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile y desde hace doce años un vecino más, residente en Caserío Lircay, en la entrada norte de la ciudad de Talca.

Gracias, don Horacio, por tu delicadeza y por animarme a expresar estas palabras llenas de cariño a Dios Padre, a nuestra Iglesia y a esta asamblea santa, por la vida sacerdotal y episcopal de don Carlos.

Estamos aquí reunidos para la celebración de la Eucaristía y en ella presentar al Padre Dios a nuestro querido don Carlos y para agradecer por su vida sacerdotal y episcopal.

Hace cuatro años, un día como hoy, el 23 de septiembre de 2004, en esta iglesia Catedral celebrábamos sus 60 años de vida sacerdotal. Don Carlos nos regaló una homilía en que se refirió a la muerte. Decía: “Espero llegar a la casa definitiva y que el Padre Misericordioso me reciba en su Paz. Coincido con lo que me dijo el último de mis hermanos, minutos antes de fallecer con mucha lucidez y buen humor. Yo le decía que se encontraría con el Padre Hurtado y él me dijo “prefiero encontrarme con San Pedro porque él tiene las llaves” y poco después, serenamente, falleció. El cielo significa paz y el amor perfecto y cada día, con mayor frecuencia, recuerdo el texto bíblico: “mi alma espera al Señor como el centinela la aurora”. La verdad es que lo espero y “tengo sed de Dios”, como dice la Biblia”.

Ante todo quiero saludar a la familia de don Carlos: gracias querida familia por el regalo de don Carlos. Gracias por su generosidad y cercanía con él a lo largo de su vida. Gracias, muchas gracias.

Gracias especiales a los sacerdotes de Talca que acompañaron a don Carlos: Mauricio Jacques, Sergio Cerecera, Sergio Díaz, y muy especialmente a Felipe Egaña y Rafael Villena.

Permítanme un testimonio personal. Crecí escuchando hablar de don Carlos. Mi papá, presente en esta asamblea, era un niño que creció en una hijuela de lo que hoy es la Carretera Panamericana Norte, en la comuna de Renca, cuando don Carlos iniciaba su ministerio sacerdotal en la Parroquia San Joaquín. Allí junto a sacerdotes como don Rafael Larraín y don Javier Bascuñán, convocaban a otros niños y formaban la Juventud Obrera Católica y la Juventud de Estudiantes Católicos. He sido formado en nuestra Iglesia Católica que plantaron estos preclaros sacerdotes del clero diocesano de Santiago en esos barrios humildes de la década de los años 40 del siglo pasado. Allí estaba don Carlos.

Después de muchas décadas, siendo seminarista, pude conocer personalmente a don Carlos, aquí en Talca. Él me recibió con cariño, haciendo recuerdos de su época en San Joaquín. Han pasado 30 años. Y en este tiempo, don Carlos fue amigo, confesor y director espiritual; me impuso las manos en la ordenación sacerdotal, hace casi 24 años atrás, y lo elegí como co-consagrante principal en la ordenación episcopal.

Despido, junto a todos Ustedes, a un padre, a un sacerdote, a un obispo maravilloso que buscó la santidad de vida.

Soy consciente que todos y cada uno de los aquí presente podría ponerse de pie y, seguramente con mayor autoridad que yo, estar en este ambón para despedir a don Carlos.

Su muerte

Desde el anuncio de su enfermedad terminal, el 14 de agosto pasado, don Carlos la asumió con serenidad, entregándose absolutamente en manos de Dios Padre y en manos de sus amigos laicos y sacerdotes. Sus ojos miraban un horizonte no vacío, sino lleno de la presencia de Dios a quien siempre buscó en su existencia terrenal. Por eso fuimos sus discípulos, sus hijos o nietos en el Señor.

Ven Señor Jesús

Don Carlos: su lema episcopal fue, al igual que el de don Manuel Larraín: “¡Ven Señor Jesús!”. Veni Domine Iesu.

Es también el lema de mi ordenación sacerdotal y episcopal, porque en don Carlos encontré un padre sacerdote; un ejemplo de vida con el cual me identifiqué y con el cual muchos de los aquí presentes se han reconocido.

“¡Ven Señor Jesús!” es la exclamación final del libro del Apocalipsis. Es el grito de los pobres que se abandonan en Jesús, y que en medio de las persecuciones reconocen a Jesús como Señor de la historia.

Lo decimos a diario en cada Eucaristía ante el anuncio de la presencia de Jesús sacramentado: “anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección; ¡Ven, Señor Jesús!”

El “¡Ven Señor Jesús!”, ha sido el anhelo de toda la vida de Don Carlos. Encontrarse en plenitud con su Señor y con la verdad más profunda de cada persona. Su vida ha sido una inquietud permanente.

Ha sido buscador y no fugitivo. Se prodigó en abrir puertas. Lo que él dijera de su amigo don Manuel Larraín, lo decimos ahora de él: don Carlos, Usted para nosotros ha sido abridor de horizontes, nunca una muralla.

Quisiera expresar, con gratitud y temblor, siguiendo su esquema clásico, tres aspectos de su vida que me parecen muy relevantes.

1. El Absoluto de Dios

Jesucristo fue la gran pasión de su vida. Jesucristo expresado en el prójimo, en la historia y en la Santa Iglesia. Usted, don Carlos, supo cultivar una comunicación íntima, profunda, libre, personal y eclesial, con Dios uno y trino.

Don Carlos fue un hombre de oración profunda, de adoración prolongada, de Eucaristía plena de sentido. Y también es el hombre de los derechos humanos, de la defensa de los campesinos, de la dignidad de los pobres, de la formación de personas libres y adultas.
Todos estos rasgos son expresión de un mismo amor a Dios. Dios de Amor y Misericordia.

Es la Caridad Absoluta que lo atrae y lo toma por completo. Descubrió en su vida que ese era el único camino posible para él. Es la Caridad de Cristo que lo urge a orar mucho, trabajar, hablar convencido, escribir también mucho, acompañar personas, fundar. Se estremece con el dolor de los demás y pone todas sus capacidades al servicio de estas realidades.

Por ello fue un emprendedor animado por el Espíritu Santo, al cual “no hay que manejar”. Fue un artesano de la paz y de la justicia.
El Sermón de las Bienaventuranzas orientó su vida. Lo hemos visto celebrar la Eucaristía de forma absolutamente trascendente, con una mirada única, que nos hará mucha falta. Y sabemos de su llanto con el fusilamiento del ex Intendente de esta ciudad.

Usted, don Carlos, sacerdote eucarístico de la mirada profunda en la Hostia consagrada, no soportó el atropello a las personas.
Qué tristes esos días aciagos cuando en esta diócesis, los torturadores de personas fueron llamados a conversión, y con dolor de su alma Usted emitió un decreto de excomunión.

Somos Iglesia de Jesús Buen Samaritano para todos. Por eso llamó a la conversión. Lo hizo con padecimiento, porque Usted creía en las potencialidades de bondad de cada persona. Por eso, en su penúltimo libro Usted asume la pregunta de Dios a Caín: “¿Qué has hecho con tu hermano?”.

Su vínculo con San Alberto Hurtado Cruchaga, su primo hermano y padrino de bautismo, es único y nunca hizo alarde de ello. El Domingo anterior a su muerte, un querido sacerdote de Santiago, con quien celebró la Santa Misa, le preguntó acerca del Padre Hurtado. Don Carlos le confidenció que fue Alberto Hurtado quien lo marcó en lo profundo en su vida. Él le indicó a Cristo. San Alberto apunta siempre hacia Dios. Por eso a don Carlos le gustaba repetir la frase del poeta francés Paul Claudel: “ser para otros un camino que se utiliza y se deja”. Así fue. Usted nos indicaba a Dios.
Como auténtico sacerdote del Señor, don Carlos cultiva la soledad y el silencio sin compensaciones.

Don Carlos fue un sacerdote de profunda libertad interior. “Sólo Dios basta”, le gustaba esta oración de Santa Teresa; y la de San Juan de La Cruz: “al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor”.

Don Carlos ha vivido profundamente, de corazón, el abandono total en Dios. Buscó seriamente seguir los pasos del religioso francés Charles de Foucauld, con su oración de abandono en Dios.

Don Carlos buscó la presencia de Dios en las personas. También en este sentido es buscador de Dios. Sabe que en el fondo de toda persona, habita Dios. Vibró con la primera Encíclica del Santo Padre Benedicto XVI “Deus Caritas est”. “Eso es lo fundamental”, expresó. Dios es amor. Y también fue un bálsamo la encíclica “Spe Salvi”, acerca de la esperanza cristiana. Don Carlos muchas veces escribió acerca de la esperanza; quería ser un centinela de esta virtud teologal.

Don Carlos ama a la humanidad, ama a las personas, ama la naturaleza.
Ama a la Iglesia, su Liturgia, su Magisterio, su Historia, a sus Santos. Ama con pasión y con verdad a su Iglesia. La entiende como “prolongación de Jesucristo”. Discípula y Misionera; acogedora y flexible; pobre y generosa; liviana y atenta al Espíritu. Se abre a todos. Construye Iglesia con todos, buscando ser fiel al Señor Jesús. Todo lo anterior es expresión de su búsqueda del Absoluto de Dios. Iglesia sinodal, siempre nueva y siempre antigua; santa por Jesús y pecadora en sus miembros; inquieta y profética.

Don Carlos también experimenta al Absoluto de Dios en la Cruz. Sabe de sufrimientos. Acompaña en la cárcel, en el hospital, en el exilio, en la pobreza; también a los sacerdotes que abandonan el ministerio.
Se gana la enemistad de algunos poderosos de este mundo que no lo comprendieron. Se juega por la defensa de la dignidad y de los derechos de las personas. Es capaz de sacrificarse por otros hasta el despojo. Le gusta la expresión de San Pablo y busca configurarse con el yo crístico: “Soy yo, pero no yo. Es Cristo que vive en mi”, y reza con Charles de Foucauld: “Padre mío, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras, por lo que hagas de mí, te estoy agradecido…”.

Denunció e intercedió. Lo hizo ante las autoridades. En lo público y lo privado. El respeto sagrado a la dignidad humana pasó por corregir a los hermanos. Aspecto difícil y que él sabía hacer. Tuvo un respeto máximo por las personas.

Lleno de misericordia, expresa sus afectos en la responsabilidad por los demás. Esto le lleva a intervenir con fuerza y convicción en la vida de las personas. De gran inteligencia y profunda intuición. Al final… casi siempre tenía la razón.

Y tratándose de un testigo del Absoluto de Dios, don Carlos cultivó la oración continua y como obispo de Talca tuvo en su dormitorio una ventanita que daba al Santísimo Sacramento del Altar, ante Jesús Sacramentado, ante la Hostia Consagrada.

2. El Reino de Dios y su Justicia

Don Carlos identificó la justicia con la santidad y la misericordia de Dios.

Quiso que en toda persona brillara la justicia de Dios. Es el misterio de la Encarnación.

Esa unión -casi refleja en él- de la fe y la vida, hizo que don Carlos fuese un hombre de profunda unidad interior.

Todo lo que analizó, buscó hacerlo desde la fe y mirando la realidad.

En cada persona buscó ver a Jesucristo. Contempló la acción del Espíritu Santo en los acontecimientos. Por eso es difícil verlo que se confunda o caiga en el pesimismo. Entiende a la Iglesia de Jesucristo siempre al servicio del Reino de los Cielos.

En el corazón del Reino de Dios y su Justicia, está la familia de Belén que huye al exilio; está la muerte de los santos niños inocentes; está el campesino amenazado con perder su cultura y su mentalidad; está la familia sin techo, el joven sin futuro, el anciano sin protección.

Contempla la naturaleza, el campo, las aves, las rosas que florecen en su jardín de Caserío Lircay.

Don Carlos, como los Apóstoles, en su vida y ministerio episcopal sana, exorciza, perdona, devuelve la vida; restaura, expulsa demonios, bendice, impone las manos, confía, respeta, imparte las palabras absolutorias en el sacramento de la confesión. También reconoce errores y pide perdón. ¡Cuántos de nosotros somos testigos de esta acción de nuestro querido padre!

Él se prodigó en amistad horizontal, con el inmenso respeto que todos le tenemos. Sabe ser amigo. “Amigo”, palabra dulce y hoy agradecida por Usted, don Carlos.

Acoge, no juzga y hace entender la vida de otra manera. Cuántas claves llenas de sabiduría nos ha regalado y que nos sirven para toda la vida.

Don Carlos es para muchos un importante criterio de discernimiento a la hora de decisiones importantes. Vive en el Reino de la justicia de las bienaventuranzas que alza de la basura al pobre, que declara felices a los que sufren, abriendo los brazos para todos. ¡Cuántos por él se han acercado a Jesucristo y a la Iglesia!

Don Carlos, cree en este Reino profético y por él sufrió soledad, incomprensión, insultos, persecución e indiferencias.

Conoce los vaivenes del poder. Sabe guardar silencio y esperar en Dios. Puede vivir en la seguridad de la fe, que muchas veces tiene apariencia de incertidumbre. Siempre fue habitado por la esperanza.

Educado, caballero y fino como fue, sufre con los desprecios que le propinan. Pero su fuerza está en Jesucristo muerto y resucitado. Él es la Esperanza realizada del Padre Dios.

Cree en la Virgen Santísima. En la Virgen María de la Anunciación y de la Encarnación, por quien nos ha llegado la Vida que es Jesús. Reza el Santo Rosario de los misterios de la vida de Jesús y de la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo: misterios dolorosos, gozosos, gloriosos y luminosos.

Es el Rosario de los pobres y de aquellos que “dejan pasar la luz”, como los santos, esos que están en los vitrales de las catedrales. Lo hace en silencio y soledad, sin imposiciones ni exigencias. Esta oración hace crecer en él permanentemente semillas de esperanza. Nunca pierde la paz, la convicción, la esperanza. Ni en los momentos más duros personales o de la Iglesia que tuvo que vivir. “El miedo golpeó la puerta; abrió la fe…y no había nadie”, gustaba repetir en sus retiros espirituales. Don Carlos exorcizó todo miedo a partir de la fe y la esperanza.

Don Carlos confía en Dios y se abandona a la gracia de Dios. Él sabe que la obra es de Dios, su único Absoluto.

Dios lo “expropió” para sí. “Busquen el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás les vendrá por añadidura”. “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de Dios” .

Don Carlos buscó hacer realidad estas sentencias de su Maestro Jesús. Y asumió el costo. Sufría intensamente cuando se enemistaba con alguien. Pero su primera fidelidad fue a Jesucristo y el Evangelio.

3. El amor a la Iglesia

La Iglesia es para Don Carlos el “Cristo prolongado” que lo hace vivir siempre en corresponsabilidad. De fuerte voluntad, inteligencia e intuición, siempre buscó formar equipos de personas.

Recibe y entrega a Cristo en la comunidad eclesial, fundamentalmente en la Eucaristía.

La Eucaristía hace a la Iglesia, la nutre, la alimenta. Hace la fraternidad, construye vínculos humanos, convierte a las personas.

La Eucaristía hace brotar la Caridad de Cristo. Renueva la Fe, la Esperanza y la Caridad en el compromiso solidario.

La Misa hace nacer de nuevo, realidad vital que nos llena de alegría como nada ni nadie lo podría hacer. Don Carlos quiere que todos se nutran de esta fuente. Por eso, don Carlos se preocupó de la dignidad de los sacramentos, para que toda la vida sea eucarística y santa.

Ama a la Iglesia buscando la santidad. Se esfuerza admirablemente para que cada uno descubra su propio camino de santidad, camino de Cruz y Resurrección. Es hijo de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, del Concilio Vaticano II. Es hijo de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Impulsa la colegialidad de los Obispos y la pastoral orgánica en Chile.

Ordena al primer Diácono Permanente de Chile e impulsa los ministerios laicales. Apoya decididamente la vida contemplativa, expresada en las Carmelitas y las hermanas Trapenses de Quilvo.

Preocupado de la formación del Clero Diocesano, funda el Seminario San Pablo de Rauquén. Impulsa los Sínodos Diocesanos buscando ser fiel a la Voluntad de Dios para nuestros tiempos.

Don Carlos organiza la defensa y asesoría de los campesinos. En él están los antecedentes de la Vicaría de la Solidaridad, motivo de tanto orgullo y credibilidad para nuestra madre Iglesia en Chile. Jesucristo Buen Samaritano es parte fundamental de su espiritualidad e iniciativas.

Presidente en dos ocasiones de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh), sabemos la importancia de su palabra en momentos muy difíciles de la Patria. Su rol fue fundamental en la recuperación de la democracia y en la transición. Muchos de los presentes son testigo de ello.

Pero también le preocupaban nuevas realidades sociales que don Carlos nos llamaba a discernir, como la violencia. Y citando al Obispo de Talca nos pone en guardia: “Como ha dicho sabiamente mi sucesor don Horacio Valenzuela; de poco servirá mejorar los caminos si no hay incentivos para caminar; de poco servirán casas nuevas si no hay amor familiar que cobijar. Progresar sólo puede significar avanzar hacia una vida humana, más plena, más feliz (Te Deum, 2004)”.

¿Qué anima a Don Carlos en su vida y en su quehacer infatigable? ¿Cuál es su motivación profunda, su orientación vital, su “hilo conductor”, como diría él? Junto a él, respondemos que practicó el amor a Dios y al prójimo. Que cultivó las gracias de las tres virtudes teologales fijando su mirada en Jesucristo, el Hijo del Dios Altísimo. Una Fe inquieta y vigilante; una Esperanza fuerte y comprometida y una Caridad crucificada y redentora, así como un amor a la Virgen María del Rosario.


Semblanza final

Al celebrar sus 60 años de sacerdocio en esta iglesia Catedral, don Carlos concluía así: “Agradezco a Dios, a mi Iglesia Católica y a todos ustedes. La presencia de ustedes es un apoyo y saberse querido nos hace bien a todos. Con los años creo que me he humanizado bastante y he dejado de lado la rigidez de mis primeros tiempos”. Y días después, en la Fiesta de la Virgen del Rosario, don Carlos expresaba: “Deseo agradecer tantas muestras de afecto que he recibido en estos días y sólo puedo decirles que Dios se los pague. Él es buen pagador”.

Como lo retrata su amigo obispo, don Bernardino Piñera, en sus Bocetos de 33 Años del Episcopado Chileno: “Carlos fue, durante muchos años, uno de los obispos más influyente de la CECh, de la que terminó siendo presidente. Pero esa influencia se ejercía de manera muy particular. Hablaba muy poco y apenas se le oía la voz. No daba razones: expresaba intuiciones, tincadas. No siempre convencía, pero después que él había hablado, resultaba difícil votar contra su parecer. Se confiaba en él quizás más aún que en sus razones. (…) Muy inteligente. Muy culto, lee de todo y rápido, pero sin pretensión de erudición. Intuitivo, idiosincrásico al máximo, con el don de mando, paternal y bondadoso pero seguro, heredado de sus ancestros; no discute, enseña, afirma. Y le siguen centenares de discípulos para quienes Don Carlos es maestro, maestro de vida (…) No tiene el don de la palabra. Pero su conversación es siempre interesante, novedosa, original, Y tiene el don de la pluma. Leerlo es escucharlo, es verlo, es oír su voz. Y sus libros que son muchos y siguen saliendo, son para muchos alimento espiritual e intelectual insustituibles. (…) Hombre de terreno más que de oficina, de acción directa más que de disquisiciones teóricas, cercano y paternal, entregado a su tarea: una gran y original figura de pastor” .

Don Bernardino Piñera fue el co-consagrante principal de don Carlos, en la Plaza de Armas de Talca en el lejano marzo de 1967. Bien lo conoce, mucho lo admira y excelentemente lo retrata.

Y hoy, con mucha gratitud y amor lo presentamos al Padre Dios, escuchando a San Agustín, patrono de esta diócesis tan amada por don Carlos: “en el cielo veremos, amaremos y descansaremos”. Con esta frase rezaba en sus últimos días de vida.

Es la profecía del visionario del Apocalipsis: “Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; con ellos estará su Dios, Dios en persona. Él secará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni fatiga, porque lo de antes ya pasó. Y el que estaba sentado en el trono dijo: todo lo hago nuevo” (Apoc 21, 1a-3-5).

Es el Santo Evangelio que ha iluminado esta celebración: “En la última cena, dijo Jesús a sus discípulos: No se inquiete vuestro corazón. Creed en Dios y también creed en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Cuando haya ido y os haya preparado el lugar, vendré otra vez para llevaros conmigo, a fin de que donde yo esté, estéis también vosotros” (cfr. Jn 14, 1-6).

Concluyó con don Carlos en su homilía de los 60 años de sacerdocio, en un día como hoy, hace cuatro años atrás: “¡Ven Señor Jesús! Y que su paz les acompañe siempre”. Así sea.

+ Cristián Contreras Villarroel

Obispo Auxiliar de Santiago de Chile
Secretario General de la Conferencia Episcopal



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