Homilía en Misa por centenario de natalicio de Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux
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Homilía en Misa por centenario de natalicio de Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux

Texto completo de la homilía pronunciada por el Cardenal Francisco Javier Errázuriz, en la Misa del centenario del natalicio de Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux.

Fecha: Lunes 22 de Septiembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa

DOMINGO 21 DE SEPTIEMBRE DE 2008

Fiesta de San Mateo

100 aniversario del nacimiento de
Mons. Francisco Valdés Subercaseaux O.F.M. Cap.

homilía

lª lectura: Ef 4, 1-7, 11-13
Evangelio: Mt 9, 9-13

Querido don René, Obispo de esta Iglesia diocesana de Osorno, queridos hermanos en el Episcopado, queridos sacerdotes, religiosas y religiosos, diáconos permanentes, seminaristas y fieles laicos de esta Diócesis y de otras diócesis de Chile, queridos familiares del Siervo de Dios, Mons. Francisco Valdés Subercaseaux, entre quienes se destaca don Gabriel, su hermano y su querida esposa, y muy queridas hermanas y hermanos del pueblo huilliche - a todos les deseo de corazón la paz y el amor de Jesús, el Señor.

Es una gracia para todos nosotros celebrar hoy esta Eucaristía en la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista, Patrono de la Ciudad y de la Diócesis, y culminar así la celebración del Centenario del Natalicio de Mons. Francisco Valdés, primer Obispo de Osorno.

Juntos damos gracias a Dios por el don de la Vida, que es Jesucristo, y por su presencia entre nosotros, después de habernos amado hasta el extremo de dar su vida por nosotros, y de habernos invitado a permanecer en su amor, dándonos fuerzas para ello como nuestro alimento, el Pan bajado del cielo para la vida del mundo. Juntos damos gracias por haber llamado a Mateo a su seguimiento, y por su palabra sabia, dirigida al Siervo de Dios, Mons. Francisco Valdés, llamándolo a su amor y su servicio. En esta Eucaristía también le damos gracias de corazón porque nos llama a nosotros para que seamos discípulos misioneros suyos, encargados de llevar la Buena Noticia del Amor.

I.

El Padre nos ha regalado su Palabra de Vida, que alimenta nuestra fe, e ilumina y transforma nuestro corazón. Por eso, celebrar hoy la Eucaristía en esta Catedral, en la fiesta del evangelista y apóstol Mateo, es para todos nosotros, y de modo especial para la Iglesia en Osorno, un momento de gracia, de comunión y misión.

El relato del Evangelio nos narra en breves palabras la hora de gracia más decisiva para el apóstol cuya fiesta celebramos: “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “sígueme”. El se levantó y lo siguió”.

Es siempre Jesús el que toma la iniciativa. ¡Qué admirable autoridad la suya! ¡Autoridad de su amor y misericordia sobrecogedora, expresada en su mirada y en el poder de su palabra! “¡Sígueme!”. El Reinado de Dios se hacía presente en Jesús que llamaba con autoridad.

No nos dice el Evangelio lo que Mateo sintió. Sin embargo, podemos intuir que sintió, como nunca en su vida, que era amado incondicionalmente y que a su vida había llegado el Reinado de Dios. ¡Había encontrado el tesoro! “Él se levantó y lo siguió”. ¿Cómo no iba a celebrar una fiesta, un banquete, para celebrar la misericordia de Dios que lo llamaba a él, el recaudador de impuestos, el hombre tenido por un pecador público, para ser discípulo de Jesús, para vivir con Él y trabajar para Él? Nada mejor que un banquete para celebrar ese suceso inesperado, que cambiaría toda su vida. Invita a un banquete con sus amigos, tenidos por publicanos y pecadores como él. Jesús acepta la invitación. Entra a la casa de Mateo con sus discípulos, porque quiere manifestar cómo es el Padre misericordioso, que no lo ha enviado a llamar a los justos, sino a los pecadores.

II.

Al escuchar este Evangelio, comprendemos lo que nos dice Aparecida: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros, es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida; y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).

Mons. Francisco Valdés experimentó también, como Mateo, la mirada amorosa y la palabra poderosa de Jesús: “¡Sígueme!”. Ahí estuvo el secreto de su vida: en el encuentro con Jesucristo vivo, que le miró a los ojos con amor y le invitó a ser su discípulo y misionero.

Porque el joven Maximiano había sido seducido por Jesús, tomó la decisión de entrar como seminarista en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma a los 18 años, y muy pronto fue doctor en filosofía. Porque había sido seducido por Jesús, entró con 21 años en el noviciado de los capuchinos en Alemania, siendo el primer capuchino chileno. Quería seguir a Jesús a la manera de Francisco de Asís, en pobreza y sencillez. Porque había sido seducido por Jesús recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, teniendo apenas 25 años, y dio lo mejor de sí en diversas parroquias del Vicariato Apostólico de Araucanía. Todo, porque el amor de Cristo, que él quería acoger y entregar, había cautivado su corazón.

Conquistado y seducido por el amor y la sencillez de Jesucristo fue el primer Pastor de esta Diócesis, entregando su vida al servicio de la Iglesia en Osorno durante 25 años. Como discípulo y misionero, tuvieron en su alma un eco profundo las palabras de San Pedro cuando Jesucristo le encomendó que cuidara su rebaño. También él, conforme a su lema episcopal, quería decirle al Señor y Maestro una y otra vez, siempre: “Tú sabes que te amo” Muchos de ustedes conocieron cómo se desvivió trabajando en esta diócesis naciente, y con cuánto celo buscó sacerdotes y animó a los jóvenes a seguir su vocación cuando Dios los llamara. Buscó congregaciones religiosas, fundó parroquias, construyó templos, entre los que sobresale esta hermosa Catedral. Se preocupó de los hermanos huilliches, con quienes compartía con alegría y sencillez.

No sólo se preocupó de organizar la diócesis; también se ocupó de todos los problemas humanos. Nada humano le era ajeno. Todos conocemos el rol importante que tuvo Mons. Francisco Valdés en la mediación papal frente al problema limítrofe que se suscitó entre Chile y Argentina, escribiendo a los presidentes de ambos países, cooperando a la búsqueda de una solución pacífica. Signo de ello es la presencia entre nosotros del Obispo de San Carlos de Bariloche, Mons. Fernando Maletti, a quien saludo cordialmente, que ha querido concelebrar la Eucaristía con nosotros en esta querida ciudad. Don Pancho, como se le llamaba con cariño y admiración, siendo párroco en Pucón labró con sus manos de artista el Cristo que está situado en el paso Tromen, en el límite entre Chile y Argentina, para expresar el deseo de paz entre ambas naciones.


III.

El testamento de Fray Francisco es como un comentario a la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado. En él aparece la hondura de su fe y el celo apostólico que le movió. Seguramente nos alegra escucharlo a través de sus palabras, dirigidas a todos los suyos, a quienes lo ligaba el vínculo del amor cristiano:

“Quisiera dejar en testamento mi único deseo incondicionado: que Dios haga de mí lo que Él quiera, para que Él sea todo en todos: ¡Deus meus et omnia! ¡Mi Dios y mi todo! (San Francisco). Sin otra luz ni guía, repitiendo como Pedro, cuantas veces el Señor me lo pregunte: “¡Tu scis quia amo te!”. ¡Ut in omnibus glorificetur Deus!”. ¡Tú sabes que te amo, para que en todo seas glorificado!

“El encendió en mí las ansias por evangelizar a los pobres,…haciéndome servidor de todos,…Para que Jesús, el Rey de los siglos, sea considerado, amado y bendecido. Porque sin Él nada se conoce en su origen y destino;… sin Él no se puede vivir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

El Siervo de Dios Mons. Francisco Valdés fue un hombre con facetas admirables y variadas que Dios le dio: hombre culto y sencillo, artista y místico, miembro de una de las familias más distinguidas de Chile, y a la vez enamorado de la austeridad franciscana. Por encima de todo, como lo revela su testamento, tuvo una profunda experiencia de Dios. Cercano a su muerte mira su vida desde el don de Dios que lo conduce:

“La experiencia razonada me hace descubrir con claridad meridiana que desde mi infancia, la mano invisible y amante de la Providencia del Padre me ha venido conduciendo, orientando, alentando de muy diversas maneras, y por diversos caminos, como lo hace con todos los que Él llama hacia Sí para asimilarlos a su Hijo según sus designios incomparables” .

Del corazón de Mons. Francisco Valdés, que ha experimentado el amor de Dios, surge con fuerza el agradecimiento: “¡Gracias! Nunca debería dejar de pronunciar con el alma esta palabra, porque cada recuerdo de mis días, cada mirada retrospectiva, cada sonrisa humana reflejada en mis ojos de cuantos me han amado, me revela y descubre el hilo de oro, la trama prolija urdida por el amor y la sabiduría no investigable del Señor. Y hasta las infidelidades y debilidades, reconocidas y confesadas, enriquecen con sus sombras limitadas la luz victoriosa del Amor Misericordioso del Señor”.

El Siervo de Dios hace un largo recorrido de acción de gracias, que parece no terminar nunca: da gracias a Dios por nacer en esta tierra chilena, “país maravilloso que refleja la belleza infinita en las variedades de su naturaleza, en las cualidades de su gente y en la nobleza de su historia”; por su familia, especialmente por su madre, “no pudo dármela mejor, más amante y amable. Suave y fuerte, presente en el mundo de la época y orientada hacia Dios”; por sus educadores, “Por el llamado tan marcado y exigente de la Orden de San Francisco, según el ideal seráfico que me cautivó en la juventud; sólo en el cielo podré agradecer debidamente. En la Orden Capuchina no sólo encontré una tradición llena de significado y de espiritualidad, sino mi nueva familia… y un ambiente de humildad, oración y paz”.

Da gracias por haber sido llamado al ministerio apostólico, “a dar nueva vida a la Iglesia diocesana de Osorno, para lo cual comprendí desde el primer momento que era necesario entregarle sin reservas todas mis energías, día tras día”. Da gracias a Dios por los sacerdotes de la diócesis, por las religiosas y por los laicos “que cada vez más numerosos se han ido incorporando a las filas de la Iglesia,… escuchando su llamado y comprendiendo cada cual su responsabilidad apostólica como laicos en tantos frentes de trabajo, en la construcción de la Iglesia, en la transformación del mundo”.


IV.

El gran Obispo capuchino, Mons. Francisco Valdés, cuya beatificación anhelamos, partió de este mundo a la casa del Padre, y vive en el corazón de nuestra Iglesia. Unidos a él celebramos hoy la Eucaristía, la Acción de Gracias por excelencia. Dios nos ha hablado a través de él.

El nombre ‘Mateo’ significa “don de Dios”. En este día del Patrono de la Ciudad y la Diócesis, Dios nos hace este doble don suyo: nos une a San Mateo, discípulo, apóstol y evangelista, y nos da a su siervo, Mons. Francisco Valdés, como regalo suyo. A través de ambos nos invita, como decía la primera lectura: a vivir de una manera digna de la vocación que hemos recibido.

Como San Mateo y como Mons. Valdés, todos estamos llamados a ser discípulos y misioneros, cada uno “según la vocación recibida…El comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo”.

El documento de Aparecida nos señala con claridad el desafío fundamental que afrontamos: “mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante las dificultades y resistencias…” (DA 14).

Sabiendo que éste es nuestro gran desafío misionero, y conscientes de la insuficiencia de nuestras fuerzas para cumplirlo, concluyamos nuestra meditación, recordando las últimas palabras que Mons. Valdés dirigió a su querida diócesis de Osorno: “Les digo que tengan mucha confianza en el Señor. El dirige todas las cosas, las dirige siempre para bien nuestro y de su gloria. Por eso, nos veremos, si Dios quiere, cuando Él quiera y donde Él quiera”.

A Él el poder, la alabanza y la gloria, por los siglos de los siglos.

+Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago


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