Homilía Te Deum Fiestas Patrias
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Homilía Te Deum Fiestas Patrias

Fecha: Jueves 18 de Septiembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Talca
Autor: Mons. Horacio Valenzuela Abarca

Sr. Intendente Regional
Honorables Senadores de la República
Srs. Gobernadores
Honorables Diputados
Srs. Alcaldes
Autoridades civiles y militares,
Sacerdotes, diáconos y religiosos,

Queridos hermanos

¡A ti, oh Dios, alegres te alabamos, a ti Padre del Cielo, te aclama la creación! Estos son los acentos del Te Deum, el himno que da nombre a la hermosa y tradicional liturgia que celebramos hoy. Nos unimos a toda la Iglesia de la tierra y del cielo, que glorifica al Padre por el don de nuestra querida Patria chilena y sus habitantes, por el don de la creación, patente en nuestra gente y en nuestra hermosa geografía. Pero, alabamos al Señor sobre todo por el más grande de sus regalos que es Jesucristo, nuestro Salvador, Hijo Eterno de Dios y hermano nuestro.

En estos días patrios, días de amistad, de alegría y de oración, hagamos consciente la fuente de nuestra común igualdad y el motivo de nuestra esperanza: ¡Somos hijos muy amados de Dios, redimidos por la sangre de Cristo, encomendados al mismo cuidado maternal de la Virgen del Carmen! Que nuestra alabanza se traduzca en una vida y en una sociedad construida con los mejores criterios y el mejor auxilio: los criterios de Dios, nuestro Padre y el auxilio de María Santísima, nuestra Madre.

Hermanos, el don de la creación es patente para quien tiene los ojos humildes y habituados al contacto con la naturaleza, con los campos, las montañas y el mar. Ante esta escena grandiosa de la Creación alabamos a Dios, por la alegría de las cosechas, por el trabajo bien hecho, por el esfuerzo de cada una de las familias de nuestra Patria y de nuestra región. Alabamos al Señor por las autoridades y servidores públicos, que asumen la hermosa responsabilidad del bien común. Lo alabamos, también, llenos de humildad y en silencio, por el dolor que nos revela nuestra radical indigencia, que nos abre hacia El y que hace florecer la compasión, la ayuda mutua y la solidaridad. Nos unimos al dolor de tantas familias que padecen postergaciones y violencias de índole laboral, familiar … Hoy oramos al Señor por tantos de sus hijos, que , a pesar de sus esfuerzos, no logran ponerse de pie .

Pero junto con el don de la creación, queremos alabar al Señor “porque ha visitado y redimido a su pueblo y, porque nuestros ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos … luz para alumbrar a las naciones” ( Lc 1, 68;2, 30.32). Hermanos, sin Dios somos incapaces de vencer a nuestros enemigos principales que son el pecado y la muerte. Si miramos nuestra vida social marcada tantas veces por el sinsentido, la injusticia y la violencia nos encontraremos con la realidad del pecado que malogra la amistad con Dios , que rompe el vínculo con los hermanos y que hace estéril la buena voluntad. A su vez, la muerte, en cualquier momento, nos despoja de todo y pone una nota de inseguridad a nuestros proyectos. Cuando se da la espalda a Dios, la idea del fin de la propia vida, gatilla la ansiedad por las cosas materiales, todo se reduce al tener y disfrutar. Así se enferma el amor humano y la sociedad se transforma en una carrera donde sólo hay vencedores y vencidos. El ser humano, sin embargo, tiene no sólo necesidades materiales; tiene sed de vida eterna, de cielo, sed de Dios.

En la hermosa Parábola del Buen Samaritano se le hace a Jesús una pregunta que es nuestra pregunta más fundamental, nuestra pregunta más radical, “¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” (Lc 10, 25).

Jesús responde señalando los dos principales mandamientos de la ley: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como a nosotros mismos. En ellos, se resume toda la sabiduría: el camino que conduce a Dios pasa por el hombre; el camino que conduce hacia el hombre, pasa por Dios. Éste es el centro de nuestra fe cristiana, como señalaba el querido y recordado Juan Pablo II: “En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo” ( RH 10 ) El Evangelio del Buen Samaritano nos ofrece un plano, una clave para organizar la edificación de un mundo más feliz, más de acuerdo al Plan de Dios. En ese mundo mejor, como en la parábola, todo debe organizarse en función de la persona humana…especialmente, debe organizarse en función de los hombres heridos u olvidados por nosotros mismos: los pobres, solos, enfermos y excluidos. Es muy claro que el hombre botado a la vera del camino es el centro del relato…su presencia desvalida juzga las actitudes de sus victimarios y de los que pasan por el camino…en torno a él se organiza la gran escena, que es la escena del mundo mirada con los ojos de Dios. Este cuadro en que el hombre herido es el centro de coherencia, verifica si son o no humanas las culturas, las políticas, los proyectos sociales. Esta escena construida por Jesucristo juzga la historia y todas las historias humanas.

La hermosa narración de San Lucas, nos habla de lo que significa la salvación. Ante la pregunta: “¿quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29), Jesús cuenta la historia de aquél hombre que, bajando de Jerusalén a Jericó, fue brutalmente asaltado y abandonado en el camino. El Evangelio destaca la indiferencia de los que se tenían por justos; y, finalmente, la caridad del samaritano: un hombre ajeno por su patria y sus creencias que se hizo cercano: “llegó junto a él… tuvo compasión… vendó sus heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada, cuidó de él y lo encargó al posadero hasta su vuelta” (cf. Lc 10, 33-35).

Queridos hermanos, la enseñanza de este texto no solamente encierra una obligación, un imperativo moral: el cuidado de aquellos que “han quedado a la vera del camino” en su dolor, cualquiera sea su causa, su condición, sus convicciones, o su pasado. La actitud del Buen Samaritano nos muestra, sobre todo, cómo es el Rostro de Dios, revelado en Jesucristo, rostro que contemplamos en el Evangelio y en la Eucaristía, que resplandece en el testimonio de los santos, que permanece y quiere actuar en el corazón humano.
En primer lugar, el hombre derribado y herido somos nosotros que fuimos derribados, heridos y despojados por la violencia despiadada del mal y el pecado. No nos avergüence nuestra pobreza radical: la verdad de nuestra vida ante Dios, aquella que sólo Él conoce y que nosotros reconocemos en el severo silencio de nuestra conciencia. En ese mismo lugar, nos ha encontrado el Buen Samaritano, que es Cristo. Él ha tenido compasión de nosotros, nos “ha llamado con una vocación santa” (2 Tim 1, 9); “nos ha elegido antes de la creación del mundo” (Ef 1, 4), ha lavado nuestras heridas con la Sangre de su costado abierto en la Cruz; nos “ha ungido con el Espíritu Santo, el óleo de la alegría” y nos ha confiado al cuidado de la Iglesia, madre y maestra, para encontrarnos sanos y salvos, por su divina gracia, cuando Él venga a buscarnos.

La parábola del Buen Samaritano no solamente señala las virtudes del “prójimo”, es decir, del que se hace cercano a las necesidades de los demás, incluso hasta el heroísmo del don de sí mismo; nos enseña, sobre todo, la única verdad de nuestra vida presente y eterna: necesitamos de Cristo, necesitamos su salvación; necesitamos que nos encuentre en el camino y que se incline a recogernos: esta vida es un “disparo a la eternidad”; nuestra realidad, lo que hacemos, nuestros trabajos y esfuerzos, no tienen sentido sino en Dios, no tienen fruto sin el auxilio “del vino y el aceite” de su gracia; no tienen esperanza .

Hace poco, en esta misma catedral, hemos celebrado la Santa Misa de un querido y destacado servidor público que ha partido en la plenitud de su servicio a la Patria; unimos este dolor, al de las familias de todos los talquinos que han partido durante este año: padres, madres, sacerdotes, amigos. ¿Dónde están? ¿qué ha sido de ellos? ¿cuál es la causa de que, en medio del legítimo dolor que nos embarga al despedirlos, cada uno de nosotros tenga una íntima esperanza de que lo volverá a encontrar? ¿Será posible que las hermosas montañas, los verdes campos, los ríos, incluso las obras humanas permanezcan cientos y miles de años y el hombre peregrine tan brevemente y sin esperanza?

Hermanos todos, meditemos y agradezcamos el don de la creación; hagámonos realmente responsables de esta vida pero hagámoslo con los “ojos fijos en Jesucristo, el que inicia y consuma nuestra fe” (Hb 12, 2). “La vida nos ha sido dada para buscar a Dios” como clamaba el santo de los pobres y de los jóvenes, San Alberto Hurtado.

Esta patria nuestra es un camino para la Patria definitiva. Construyámosla con los criterios de Dios, que nos dirige su mirada misericordiosa a nosotros, que yacemos “al borde del camino”. Busquemos la salvación nuestra y la de nuestros hermanos y tendremos, no solamente los dones preciosos de la paz y de la alegría, sino también se nos dará “todo los demás por añadidura”: progreso espiritual y material y, sobre todo, una esperanza que salva.

Maestro ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna? Esta es la pregunta de nuestra vida. Jesús nos dice: ¡sé como el Samaritano!: sé compasivo, generoso, heroico: ¡ve y haz tú lo mismo! ¿Pero? ¿De dónde sacar la fuerza que asista nuestra debilidad y egoísmo? ¿Cuál es el manantial de vida que nos dará la energía sobrenatural para alcanzar la meta de una sociedad más justa?

Jesús mismo nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 14, 5; Jn 8, 12). Seguir a Cristo es cumplir los mandamientos de la ley de Dios y dar testimonio público, hasta el martirio, de la santidad de la vida humana, desde su origen hasta su muerte natural; de la unidad e indisolubilidad de la familia; de la necesidad y santidad del trabajo digno; del valor sobrenatural de nuestros actos; de la necesidad de Dios para nuestras vidas; de la dependencia de toda la realidad de Dios, “en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Seguir a Cristo es también, denunciar las injusticias y comprometerse con vitalmente con las soluciones, movidos por el amor a Dios y el amor a cada persona … a cada persona concreta , anciano, joven o niño; jefa de hogar, temporera o profesional, en quien Cristo nos tiende la mano.

Éste ha sido el testimonio preclaro de los seguidores de Cristo, los santos: San Alberto Hurtado, Santa Teresa de los Andes; nuestra Laurita Vicuña; la Beata Teresa de Calcuta; el inolvidable Juan Pablo II. ¿Cuál ha sido el secreto de los santos? ¿Cómo han derribado muros, acabado con guerras, levantado países completos? Su secreto es uno sólo: la ORACIÓN, la elevación de todo el hombre a Dios por medio de la plegaria humilde, perseverante y confiada.

Queridos hermanos, hagamos más intensa nuestra oración. La oración salvará al mundo y hará que nuestro trabajo tenga un fruto eterno. El hombre, nunca es más hombre que cuando se eleva por sobre sí mismo en la plegaria. Para eso nos hemos reunido en este día en esta querida Iglesia Catedral.

La oración hace resplandecer lo más grande y mejor que hay en el corazón de cada hombre; de cada familia; de cada comunidad y, por qué no decirlo, de la Patria toda. Oremos de la mano de la Madre de Dios, nuestra querida Patrona de Chile, la Estrella de nuestra bandera, la Santísima Virgen María, Del Carmen.

En estos días, al cumplirse 150 años de la maravillosa aparición de la Virgen Inmaculada a Santa Bernardita. ¿Qué nos ha dicho el Santo Padre a los pies de María, Inmaculada en Su Concepción? Que recemos más, que elevemos nuestros corazones a Dios glorificándolo, dándole gracias, implorando su misericordia sobre nosotros y sobre el mundo entero; pidiendo, llenos de fe, las gracias naturales y sobrenaturales que necesitamos para nuestra peregrinación en esta vida y para alcanzar la alegría de la salvación eterna en el cielo.

Queridos hermanos, quisiera finalizar haciendo un llamado a una mayor vida espiritual. Lo hago consciente, precisamente, de las necesidades sociales y políticas; de las preocupaciones económicas y laborales de la hora presente; de las urgentes cuestiones morales que nos desafían; de las inquietudes de la época y de cada corazón humano. Con humildad, con respeto los invito a todos, creyentes y hombres de buena voluntad sin excepción: ¡Volvámonos a Dios! ¡Dios no quita nada al hombre, se lo da todo! (SS. Benedicto XVI). Volvámonos a Dios por medio de María Santísima, la Reina del Carmen,. Ella nos llevará a un nuevo encuentro con Cristo en los que sufren, en los que están caídos “al borde del camino”; Ella nos conducirá a los que necesitan con urgencia “el aceite y el vino” de la salvación. Ella nos llevará a la Eucaristía y, desde ella, al Banquete eterno en los cielos. La oración junto a la madre de Dios nos ayudará para ver lo que hay que hacer y fuerza, para realizarlo sin temor, llenos de la audacia de Dios.

¡A ti, oh Dios, alegres te alabamos! Señor, que nuestra oración llegue hasta ti, por medio de Jesucristo nuestro Señor y de nuestra Madre María, Siempre Virgen, bendícenos Tú “con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, bendice nuestras familias, nuestros campos, nuestras siembras y plantaciones cosechas y animales; nuestras negocios y empresas; nuestros cuarteles; nuestra actividad política, sindical y solidaria; nuestras escuelas, liceos y universidades; nuestras reparticiones públicas y tribunales; nuestros hospitales, asilos y cárceles; danos tu luz para cuidar el regalo de tu creación y construir una sociedad de la que Tu seas el fundamento. Ayúdanos a ser constructores auténticos de una sociedad fundada en Ti, promotores de la justicia del Buen Samaritano que es su Divina Misericordia y regálanos a todos, el don de la salvación, de la vida eterna, del cielo, donde esperamos reunirnos todos, ya sin fronteras, divisiones ni dolor, en una alabanza eterna a tu Gloria. Amén.

† Horacio Valenzuela Abarca
Obispo de Talca
Catedral de Talca, 18 de septiembre de 2008
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