Homilía Te Deum 2008
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Homilía Te Deum 2008

Fecha: Jueves 18 de Septiembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Antofagasta
Autor: Mons. Pablo Lizama Riquelme

Hermanos y Hermanas:

¡Qué rápido pasa el tiempo! Parece que hace muy poco estábamos orando por Chile, por los ciudadanos, por su historia y su porvenir… y ha pasado un año.
Con razón San Agustín afirmaba que “nosotros somos el tiempo”.

Así nuestra Iglesia siempre presente y preocupada de todo el devenir humano, alma y cuerpo, se engalana para hacer una solemne oración por nuestro Chile querido, siguiendo una larga tradición que inició don José Miguel Carrera por los años de 1811. Oración ininterrumpida, incluso en momentos de grandes dificultades en la sociedad chilena, es el TE DEUM y esto porque nuestra patria está por sobre circunstancias ocasionales.
Los invito a orar por Chile.

Es un momento privilegiado de oración. Jesús el Señor nos dijo que “Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, yo estaré en medio” (Mt. 18, 20).

Así nuestra oración no es a un principio abstracto, a una idea valiosa, sino es a Dios mismo, al Padre Eterno en Jesucristo, nuestro único salvador.

Ya las lecturas bíblicas de Pedro y de Mateo, nos van introduciendo en esta fiestas patrias en la oración que queremos hacer.

Como Iglesia, como creyentes, como personas con valores universales.
Queremos orar por la vida, desde que es concebida hasta su último y digno adiós, al que tiene derecho todo ciudadano.

Pedro, el primer papa, nos exhortaba diciendo “como niños recién nacidos, apetezcan la leche pura del Espíritu, para que alimentados con ella, crezcan hasta alcanzar la salvación, ya que han saboreado la bondad del Señor (1Pedro 2. 2 y 3)

¡Cuántos niños hay en Antofagasta! Y querámoslo o no son una bendición de Dios.
Tenemos que cuidarlos, el Evangelio, nos dice que Jesús los defendía y bendecía.
Tenemos que idear una sociedad donde podamos acogerlos, quererlos, debemos hacerlos herederos de una tierra hermosa y que cobija a todos, “nuestra hermana la madre tierra” como le gustaba llamarla a San Francisco de Asís (Cántico de las Creaturas).
Es la casa común para todo ser humano.

“El discípulo misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador” según el Documento final de Aparecida, Brasil, entregado por los Obispos de América Latina y el Caribe (N° 125)
Esto, aquí en Antofagasta de donde se extrae tanta riqueza, tiene especial relevancia.
¿Qué tierra le vamos a entregar a las nuevas generaciones?

Los poetas populares cantan:

Tantas penas que nos van llevando a todos al final
Cuantas noches, cada noche, de ternura tendremos que dar
Para que vivir tan separados
Si la tierra nos quiere juntar
Si este mundo es uno y para todos
Todos juntos vamos a vivir… (Los Jaivas)

Antofagasta, más que otras ciudades recibe a tantos hermanos venidos de otras tierras a compartir nuestra historia y nuestro trabajo, buscando mejores horizontes.
Hoy, con gran afecto, rogamos al Dios de la paz, por nuestros hermanos Bolivianos, para que encuentren en el diálogo sereno los caminos a seguir.
Con ello se pone a prueba nuestra capacidad de acoger, de compartir, de integrar en un proyecto de país, con el mejor aporte de todos los que hoy conformamos esta región.
Es un hecho que el crecimiento económico es solo un aspecto del desarrollo de un pueblo. El crecimiento económico necesita ir de la mano con un desarrollo espiritual y cultural.
Esto, los Obispos de Chile, lo hemos puesto como desafío a realizar, a nuestro desarrollo visible, admirado por otros países, queremos ponerle espíritu, fe, solidaridad, verdad y también humildad.

Si animamos a proteger la vida, sus inicios, como Iglesia no nos quedamos en palabras.
Aquí en Antofagasta, ayudamos, está una Congregación entera al servicio de adolescentes, que por motivos largos de explicar, han quedado embarazadas. Son las Hermanas Adoratrices y del Buen Pastor, entre algunas.

Y seguimos acompañando a los niños, con nuestras escuelas, en los barrios de nuestra ciudad.

En esta formación de los niños y jóvenes deseo hacerles notar que la incorporación de la mujer al mundo laboral, va suscitando preguntas sobre la crianza de los hijos. El mismo desarrollo de la mujer hace que los varones deban ubicarse de manera diferente en la familia y en la sociedad suscitando en muchos de ellos una crisis de identidad, que se ha traducido en una crisis de autoridad y la manera como ejercerla tanto en el hogar como en las organizaciones sociales y hasta en el ejercicio del poder de la sociedad.

Hay una crisis de autoridad paterna y materna y gran dificultad para formar una conciencia moral y poner límites en la educación de los hijos menores y adolescentes para formarlos a ejercer una libertad responsable. Hay una crisis ante todo aquello que sea institucional, primando las experiencias subjetivas y las emociones del momento por sobre las instituciones, y así la experiencia tiende a primar como criterio definitivo de verdad (OOPP. 39)

Queremos una sociedad abierta a la vida, pero responsable absolutamente de la formación de esas vidas, entregando valores y ejerciendo la autoridad paternal y maternal con claridad.

Tanto nos ha dolido como sociedad antofagastina esa golpiza a una niña de parte de sus compañeras que acaeció hace pocos días.
Educar en la paz, en la solidaridad, en el amor.

Para que esto se logre necesitamos familias estables, respetuosas del uno y del otro.
Un antiguo himno religioso cantaba “A Dios queremos en nuestras leyes, en las Escuelas y en el hogar”

El Papa Benedicto, profesa su credo y esperanza en un matrimonio entre un hombre y una mujer.

Nosotros los acompañamos con nuestra pastoral de la familia.
Y en esta familia, por prodigios de la ciencia, se ha prolongado la vida.
Insistimos en cuidar la vida desde su concepción hasta la muerte natural.
Una sociedad sana debe cuidar a sus mayores, la tercera edad o el nombre, a veces eufemístico que se le quiere poner. Como Iglesia que peregrina entre desiertos, quiere y se preocupa de ellos. Cada Parroquia tiene una puerta siempre abierta para ellos. También como Iglesia contamos con Congregaciones Religiosas que su mística es cuidar, proteger darles cariño y hogar a estos hombres y mujeres mayores como lo son “Las Hermanas de los Ancianos Desamparados”, que el primer Obispo de Antofagasta, Monseñor Luis Silva Lezaeta, hace ya un siglo, las trajo desde España, para hacer el bien entre los ancianos de nuestra incipiente ciudad.

Hay tanto que agradecer como sociedad y como Iglesia en esta Patria nuestra.
Se ha disminuido la pobreza, aunque el informe, del Consejo Asesor Presidencial, Trabajo y Equidad nos sitúa como uno de los países con mayor desigualdad en el mundo concretamente en el lugar número 12 entre 100 países.

Más jóvenes pueden llegar hoy a la educación superior y con más posibilidades de estudiar en centros extranjeros más capacitados que nosotros.
Soñamos llegar al Bicentenario sin campamentos y en esto hemos puesto también nuestro esfuerzo y medios reales.

Queremos, según el Evangelio proclamado hoy, una casa, un hogar, una nación, una sociedad, una comunidad construida sobre roca, que no haya ni vientos, ni temporales por fuertes que sean, que puedan destruir este amor y respeto a cada uno de los sentados en la mesa fraterna, donde hay lugar para todos los hombres y mujeres de esta Patria nuestra.

Así, en esta casa podremos, como lo enseñaba San Pedro en su epístola, “dejando fuera toda malicia y todo engaño, así como cualquier tipo de hipocresía, envidia o maledicencia y nos alimentaremos en paz, como niños recién nacidos, con la leche del Espíritu, seguros porque el Señor cuida la ciudad”, nos decía el Salmo.

Concluyo, deseando a todas las autoridades y a todos que nos han honrado con su presencia y que aman el bien de Chile y se dedican a procurarlo, una celebración Patria en que la alegría se haga presente y sea signo de las bendiciones con que Dios ha regado nuestra tierra para que desde ella siga brotando el deseo profundo de hacer de nuestra nación un lugar fraterno y verdadero: “Copia feliz del Edén”

De nuestra parte, nos empeñaremos más y más en entregar los valores del Evangelio por los caminos y rutas de Chile, para que en Cristo, nuestro pueblo, tenga vida y vida en abundancia.

A la madre de Chile, Nuestra Señora del Carmen, le encomendamos los anhelos más profundos y vitales de nuestra nación, que custodie nuestras esperanzas, así como lo hizo con los sueños que inspiraron las gestas heroicas de los Padres de la Patria.

A ella le decimos:
Virgen del Norte y del Sur
Del mar y la cordillera
Ruega por nosotros pecadores
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

† Pablo Lizama Riquelme
Arzobispo de Antofagasta

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