Homilía en la celebración del Te Deum
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Homilía en la celebración del Te Deum

Iglesia Catedral de Los Ángeles, 18 de septiembre de 2008

Fecha: Jueves 18 de Septiembre de 2008
Pais: Chile
Ciudad: Los Ángeles
Autor: Mons. Felipe Bacarreza Rodríguez

Ef 1,3-10
Sal 32,2–5.12.22
Jn 15,1-8


En todas las principales ciudades de nuestra patria se está celebrando en este día una Liturgia solemne para dar gracias a Dios por los 198 años de vida independiente de nuestra patria. En estos 198 años han ocurrido muchos hechos felices y también tristes, que han ido moldeando el alma de esta nación nuestra. Ya nos separan solamente dos años de la celebración de su bicentenario.

Ciento noventaiocho años se puede considerar un tiempo largo, si se compara con el espacio de vida de una persona. La patria ha tenido una historia más prolongada que la de cada uno de sus hijos. Pero es un tiempo sumamente breve si se compara con todo el tiempo que ha transcurrido desde la creación del universo. Nadie puede ponerle edad al universo. Los que se han aventurado a hacerlo hablan de miles de millones de años. En su libro: «A Brief History of Time», el famoso físico Stephan Hawking escribe:

«El universo se está expandiendo rápidamente. Esto significa que, en tiempos pasados, los objetos del espacio estaban más cerca unos de otros. De hecho, parece que hubo un tiempo, hace unos veinte mil millones de años, cuando los objetos del espacio estaban todos exactamente en el mismo lugar y cuando, por lo tanto, la densidad del universo era infinita» (P. 9).

El Te Deum es una celebración que recibe el nombre de las dos primeras palabras de un himno latino de alabanza a Dios: «Te Deum laudamus; te, Dominum, confitemur». Este himno se usa tradicionalmente para alabar a Dios en las grandes celebraciones de acción de gracias.

«A ti, oh Dios, te alabamos,
a Ti te reconocemos como Señor.
A Ti, eterno Padre,
toda la tierra te venera.
A Ti, todos los ángeles,
a Ti los cielos y todas las Potestades.
A Ti, los Querubines y Serafines
te aclaman sin cesar, diciendo:
Santo. Santo. Santo
Señor Dios de los ejércitos.
Llenos están los cielos y la tierra
de la majestad de tu gloria».

Invitamos a todo el universo a unirse a nosotros en la alabanza a Dios y afirmamos que el cielo y la tierra están llenos de su gloria. Ellos son obra de las manos de Dios. Pero, si bien es cierto que el lapso de la vida de cada ser humano es sumamente breve en comparación con todo el tiempo que ha transcurrido, cada ser humano, en cierto sentido, es anterior a toda la creación, pues la creación de todo tiene como finalidad el ser humano.

Esto es lo que afirma San Pablo en el himno que hemos escuchado como primera lectura de esta Eucaristía. Ese himno es el Te Deum que entona el apóstol:

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales... por cuanto nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor. Nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo».

Por tanto, cada uno de nosotros en un sentido verdadero existe desde antes de la creación del universo, y cada uno de nosotros puede decir con plena razón: «El universo ha sido creado para mí. Y yo he sido creado para ser hijo de Dios, santo e inmaculado en el amor».

El universo cumple plenamente su objetivo, como lo afirmaba Israel en uno de sus Salmos: «Los cielos proclaman la gloria de Dios; el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19,2). Falta ahora que cumpla su objetivo cada uno de nosotros: ser hijos de Dios, santos e inmaculados en el amor. Es una tarea que está pendiente. La espera la patria, la espera toda la creación como lo afirma San Pablo dando voz a todas la criaturas.

«La creación entera hasta el presente gime, esperando ansiosamente la manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8,19.22).

Hoy día damos gracias a Dios porque creó el uni-verso y porque lo creó para nosotros; porque creó este planeta para ubicarnos a nosotros en él; porque creó a esta tierra nuestra para que sirva de escenario en el que vinieramos a la vida todos los chilenos; porque nos llamó a la vida en el seno de una familia. Cada uno de nosotros debe reconocer: «Todo lo que existe es una palabra de Dios dirigida a mí». ¿Cómo no recordar aquí la experiencia que describe San Agustín en Las Confesiones, una vez que ya había encontrado a Dios, después de una afanosa búsqueda?

«¿Qué es lo que amo cuando amo a Dios? ¿Qué cosa es? Interrogué la tierra y me respondió: \"No soy yo\"; la misma confesión hicieron todas las cosas que se encuentran en ella. Interrogué al mar y sus abismos, y a los reptiles con alma viva, y me respondieron: \"No somos nosotros tu Dios; busca más arriba\". Interrogué a las brisas del aire, y todo el mundo aéreo con sus habitantes me respondió: \"Erra Anaxímenes, yo no soy Dios\". Interrogué el cielo, el sol, la luna, las estrellas: \"Tampoco nosotros somos el Dios que buscas\", me respondieron. Y dije a todos los seres que circundan las puertas de mi cuerpo: \"Hablenme de mi Dios. Si no lo son ustedes, diganme al menos algo sobre Él\"; y ellos exclamaron a gran voz: \"Es Él quien nos hizo\". Mis preguntas eran mi contemplación; su respuesta era su belleza» (Conf. X, 6,9).

El ser de todo lo que existe es una gran palabra de Dios dirigida al hombre. Es la expresión de su amor al ser humano. Por eso es tan incomprensible que el ser humano se esfuerce por vivir ignorando a Dios, como si Dios no existiese. Este es el máximo de los errores y, como tal, el que tiene consecuencias más negativas para la vida del ser humano. Todo el universo fue creado para nosotros, y nosotros fuimos creados para Dios. El fracaso mayor de un ser humano consiste en ignorar esta verdad fundamental. Nosotros, esta mañana, la queremos reconocer y confesar públicamente y por eso estamos aquí y proclamamos en el Te Deum: «A ti, oh Dios, te alabamos, a Ti te reconocemos como Señor».

Si Dios me eligió antes de la creación del universo –hace 20.000.000.000 de años- y si él creó todo el universo para mí, debemos preguntarnos en cada momento: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Por qué me creó en este momento de la historia en lugar de otro? ¿Por qué en este país y no en otro? Ya tenemos una respuesta cierta: me eligió y me creó para que sea santo en el amor. El amor es la vocación del ser humano. Esta es nuestra vocación. El amor nos hace hijos de Dios, porque Dios es amor.

Queridos,
amémonos unos a otros, -escribe San Juan-
porque el amor es de Dios,
y todo el que ama
ha nacido de Dios y conoce a Dios (1Jn 4,7).

Repitámoslo: «El amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios», todo el que ama es hijo de Dios.

Parece que estuvieramos diciendo cosas como muy etéreas y difíciles de agarrar. No es así. El amor es muy fácil de definir: el amor consiste en procurar el bien de los demás. Es fácil de definir, pero difícil de practicar; corrijo: imposible de practicar sin Dios, pues el amor es de Dios. Por eso necesitamos la ayuda de Cristo, por eso Jesús declaró: «Separados de mí no pueden hacer nada». ¿Señor, qué es lo que no podemos hacer? No pueden amar. A la falta de amor, Jesús la llama «hacer nada». También lo dice San Pablo en el famoso himno al amor: «Si no tengo amor, no soy nada» (1Cor 13,3). Toda la ley de Dios se resume en el amor:

«Con nadie tengan otra deuda que la del amor mutuo. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mis-mo. El amor no hace mal al prójimo. El amor es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13,8-10).

Los actos de violencia de los cuales hemos sido testigos en nuestra patria y que se repiten a diario, la delincuencia, la lujuria desatada en la cual estamos inmersos, el lujo desmedido, el afán de acumular riquezas, todas estas actitudes son contrarias al amor, porque hacen mal al prójimo. Son contrarias al fin del ser humano. El que las practica está fracasando en su existencia, porque no está pasando el examen del amor, en el cual seremos examinados en el ocaso de nuestra vida.

Hoy día me quiero referir más detenidamente a un ámbito particular en el que debemos practicar al amor, es decir el bien de los demás, un ámbito que es muy actual y que a todos interesa. Me refiero a la ecología y a la conciencia ecológica. ¿Qué es la ecología y qué origen tiene esta expresión?

Muchos no lo saben y nunca se menciona el hecho de que la ecología tiene una relación directa no, en primer lugar, con cada ser humano individual, sino con cada ser humano como miembro de una familia. La ecología es el estudio del ambiente favorable para el desarrollo de la familia, que es la célula fundamental de la sociedad humana. Por eso, las actitudes más opuestas a la conciencia ecológica son las que dañan a la familia. La familia es una comunidad de vida y de amor fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer. Por tanto, nada ha habido más opuesto a la ecología en Chile que la ley de divorcio. Nada hay más opuesto que los intentos por legitimar las uniones homosexuales.

El término «ecología» proviene del griego y está compuesto por el sustantivo griego «oikos» que significa «casa», pero considerada como el ambiente en que vive una familia. Por eso suele traducirse por «familia». Esta es la palabra que da origen también el término «economía», que se refiere a las leyes que rigen la correcta administración de una familia. En griego «oikía» significa «casa» y «oikos» designa al grupo humano que habita la casa, es decir, la familia.

En el Nuevo Testamento, que fue escrito en griego, cada vez que en el traducción castellana aparece el tér-mino «familia», traduce el término griego «oikos». En dos ocasiones traduce el término griego «patriá», patria.

La ecología tiene relación con el «oikos», es decir, con la familia. No consiste entonces, en primer lugar, en procurar el bienestar de las especies animales y vegetales del planeta, sino en poner todos los recursos naturales al servicio de la familia. Los principios ecológicos fundamentales son, entonces, la indisolubilidad del matrimonio, la casa con espacio suficiente, el salario justo, la acogida generosa de la vida y la conciencia de su carácter sagrado.

Dios creó al ser humano, no como un ser individual cerrado en sí mismo. Lo creó hombre y mujer, para que se unieran y para que de esa unión resultaran nuevas vidas que constituyeran una comunidad de vida y de amor: una familia. El ser humano viene a la vida en forma ecológica cuando experimenta su origen como la unión de un hombre y una mujer que son una sola cosa, un solo origen, y con quienes se relaciona como un hijo con su padre y con su madre. El hijo encuentra su armonía cuando vive su relación con su padre y su madre unidos como una sola cosa. Lo afirma Jesús: «Ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6).

Estamos muy preocupados del desarrollo sustentable y del uso renovable de los recursos naturales. Estamos muy preocupados del uso del agua y ya se anuncia como el bien más precioso y escaso del futuro. Todo esto es justo y todavía es muy poco lo que se hace para crear conciencia de ello. Pero, en realidad, el desastre ecológico mayor es que nuestras familias, nuestros «oikos», estén tan destruidas por la plaga humana del divorcio y que más de la mitad de los niños que nacen en nuestro país nazcan fuera del matrimonio. Ningún niño en Chile debería carecer del beneficio de una familia esta-ble, de un «oikos» propio, donde sea acogido y amado y donde se desarrolle armónicamente. Al acercarse el bicentenario de nuestra patria debemos individuar en este punto un importante campo en que debemos progresar, un campo en que debemos crear conciencia ecológica.

Nos estamos acercando a una elección de nuestras autoridades comunales y también ya se comienza a hablar de la elección democrática de la autoridad máxima de la nación. Un principio que debemos tener presente al hacer uso de nuestro derecho a elegir democráticamente a las autoridades que nos regirán es que hayan dado pruebas de que procuran el bien de las familias. El bien de toda la nación depende del bien de su célula fundamental. Un criterio que podemos aplicar es el que sugiere San Pablo para la designación de las autoridades en la comunidad cristiana:

«Que gobierne bien su propia familia (oikos) y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia familia (oikos), ¿cómo podrá velar por la Iglesia de Dios?» (1Tim 3,4-5)

Al concluir estas breves reflexiones, sugeridas por el amor a la patria y por la luz que nos ofrece la Palabra de Dios, volvemos al principio: Dios lo ha creado todo para el ser humano y a éste lo ha creado para Dios en el seno de una comunidad de vida y amor. Digamoslo con las palabras de San Pablo, a quien hemos citado a menudo por encontrarnos en un Año Paulino en que queremos profundizar la enseñanza inspirada del Apóstol e imitar su ejemplo de celo misionero:

«Todo es de ustedes: ... el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es de ustedes; pero ustedes son de Cristo y Cristo de Dios» (1Cor 3,21-23).

Nuestra patria nació como una nación cristiana. Olvidar esto o ignorarlo es lo mismo que ignorar su identidad profunda. Que se mantenga viva la conciencia, no solo de que todo es nuestro, sino también de que nosotros somos de Cristo. Un porcentaje alto de los habitantes de nuestro país reconoce a Cristo como su Dios y Señor. En esta fe común yo quiero volver a recordar las palabras claras de Cristo:

«Yo soy la vid, ustedes los sarmientos... separados de mí no pueden hacer nada».

Que la Virgen María, que junto con su esposo San José, acogieron al Hijo de Dios encarnado en este mundo en una verdadera familia, y que fue dada como madre a cada uno de los discípulos de Cristo nos enseñe a vivir en una nación que, toda entera, sea una familia de hermanos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles



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