Solemne responso a los caídos en la masacre de la Escuela Santa María de Iquique el 21 de diciembre de 1907
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Solemne responso a los caídos en la masacre de la Escuela Santa María de Iquique el 21 de diciembre de 1907

Fecha: Jueves 20 de Diciembre de 2007
Pais: Chile
Ciudad: Iquique
Autor: Monseñor Marco Antonio Ordenes

Queridos hermanos y hermanas:

Somos nosotros, los ciudadanos y creyentes de este tiempo, a quienes corresponde celebrar el centenario de la masacre de los obreros pampinos de la Escuela Santa María.

Este responso nos invita a levantar nuestra sincera oración por los que murieron. La antigua costumbre de la Iglesia enseña el valor que tiene rezar por los difuntos, pues nuestra súplica la realizamos ante el Juez de la misericordia, que sin conocer tiempo, en el absoluto mismo de la eternidad, la acoge y en ella, su juicio se realiza en redención. Así, nuestra oración unida a la entrega del Maestro en la cruz, Dios la espera y la acoge. Nos hace participar en el misterio de la salvación. En nosotros se inscriben en semejanza los rasgos del Creador que es amor y dialogo de comunión trinitaria. Porque nuestra naturaleza anhela la comunión de unos con otros, en diálogo y vínculo de amor.

En este sentido ¿Hay necesidad más absoluta que la salvación eterna? Hoy, algunas claves de las nuevas culturas nos llevan a pensar que la obra del hombre es absoluta, que puede alcanzar la eternidad, ocultándose la temporalidad y finitud de todo. Olvidamos que el ser humano es finito, que tiene un día de muerte. Somos temporales en un mundo donde todo pasa: la juventud, el poder, la belleza física, la salud. Todo se pasa.

Ante el misterio de la muerte ¿qué es lo que permanece? ¿Qué nos queda? La muerte nos deja más en evidencia la finitud del hombre y la eternidad de Dios. Por eso rezamos por nuestros difuntos, pues ¿Quién puede presentarse libre de todo pecado ante Dios? ¿Quién no necesita pedir perdón? En la máxima hora de la muerte, se define para siempre la esencia de lo que fue la persona, y nosotros acudimos con nuestra oración a la necesidad más absoluta y radical de todas: ser salvados. Nuestra oración es conciencia de solidaridad y del absoluto eterno de Dios, el único que “no se pasa” ni “se muda” El único que en definitiva basta.

Jesús, el Maestro y Mesías, solidariza con el dolor de la familia de Lázaro. Llora porque lo ama. Dios ama a sus criaturas y desea el bien de ella. La presencia de Dios en la muerte del ser humano es solidaria y germen de esperanza. El profeta Isaías anuncia el gozo de saber que viene a favor de nuestra causa. Que viene en nuestra muerte para ser salvación definitiva.

Esta noche nos permite entrar en el misterio del otro. Los acontecimientos de la Santa María, con su fuerza histórica, constituyen un sagrado lugar para contemplar al hombre en sus anhelos, en sus luchas y en sus necesidades. ¿Qué ha significado la muerte de Lázaro? ¿Para él, para los suyos, para el pueblo de Betania dónde vivía? Jesús se acerca al acontecimiento de la muerte de Lázaro con profunda reverencia, pues en la muerte de todo ser humano siempre existe un profundo misterio y sentido de vida.

La marcha de diciembre de 1907, unida a muchos otros momentos de movimientos obreros en la pampa, constituye una lucha por la búsqueda de justicia. El petitorio de las demandas de aquella huelga fue un reclamo de legítimas necesidades, que por la pérdida del diálogo en uno de sus actores, llevó a la injusticia y desproporción en el uso de la fuerza, y dio paso a la violencia y la muerte. Esta noche de vísperas de estos históricos cien años, es una invitación para guardar un reverente silencio ante la sangre derramada, pues la muerte del otro implica una gran solidaridad entre todos, tal como lo significan nuestros funerales pampinos.

Contemplar los hechos de la Santa María, no es sólo hacer recuerdo cronológico de los hechos, sino una experiencia existencial de los mismos. Y esto es hoy una urgencia, pues si no logro colocarme en la situación del otro, difícilmente lograré comprender la profundidad de la existencia del que está junto a mí. El individualismo de estos tiempos nos lleva a no entrar en la situación ni el drama de los demás, sino al estar siempre pendiente de mi interés personal, absolutizando mi visión. Esto no ayuda al bien, al contrario, contribuye a ver al otro como un potencial enemigo, volviéndonos todos enemigos de todos, desarrollando distancias que dañan: distancias y recelos entre la autoridad y el pueblo, entre el trabajador y el empleador, entre los miembros de una misma familia. Y estos modos de vernos proyectan tantas imágenes distorsionadas de la realidad.

El ser humano no es de radicales absolutos, es de realidades matizadas. Qué fácil resulta crear imágenes distorsionadas del otro, manipulando la información. En estos días, hace cien años, se echaba a correr la voz que los pampinos quemarían las casas de Iquique. Y sin duda que el comportamiento de los huelguistas fue ejemplar. En realidad unos con otros construimos caricaturas del otro, y la caricatura nunca ha sido verdadero rostro de alguien.

Pero ¿Por qué se crean tantas distancias que falsifican la imagen de los demás? ¿Por qué no somos capaces de una auténtica solidaridad? ¿Qué nos pasa al ser incapaces de construir la unidad? Sin duda que algo nos ocurre como sociedad, y esta es una afección a todos los niveles y en todas sus instituciones.

La marcha de los pampinos a Iquique fue un inmenso movimiento solidario. Las demandas del petitorio no eran las demandas interesadas de un sector o grupo particular, eran las demandas de todos. Todos se identificaban en ese reclamo. Sin duda que constituían un reclamo del bien común. Hoy pareciera que no tenemos un reclamo transparente por un bien común. El bien necesario para todos está demasiado mediado por los bienes particulares de un grupo, de un partido político, de un poder económico, etc. Queremos participar en la búsqueda del bien común, pero lo hacemos desde perspectivas que no permiten renunciar o ceder a lo propio.

Cuando se distorsiona el horizonte del bien común, entonces nos volvemos potenciales enemigos unos de otros, y se posesionan de nosotros miradas de extremismos dañinos. La tragedia de la Santa María es una oportunidad para preguntar por el hoy. Para mirarnos con honestidad, para plantearnos en la verdad de nosotros mismos y de nuestros modos de hacer ciudad, política, sindicalismo. Es oportunidad para preguntarnos por los modos de ejercer la autoridad. Todos nos podemos equivocar.

El Evangelio narra que María, hermana de Lázaro dijo a Jesús: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto” ¡Que urgente es que el Dios de la vida y la justicia esté más presente en nuestros días, para que haya paz y vida verdadera!

¿Dónde estaba Dios en los acontecimientos de 1907? Sin juzgar a las personas en la realidad de su propio tiempo, sin duda, podemos afirmar que Dios no origina la muerte, no daña a otros, no busca su destrucción. Más bien, reclama la sangre derramada del inocente, como reclamó a Caín la de Abel. El hombre y la sociedad cuando se olvida de su Creador y de sus principios pueden llegar a ser asesinos de su hermano. Aprendemos a la luz de la tragedia de los pampinos que nadie está sobre la dignidad del Ser humano: ninguna institución, autoridad ni el Estado. Que la vida se respeta siempre, en todo momento de ella, en todo lugar; y en cualquier circunstancia, y con mayor fuerza la vida del inocente, del que no tiene cómo defenderse. Esto nos impacta y conmueve en los hechos de la Santa María, la desproporcionalidad entre los objetivos y los medios que se vuelven inmorales para alcanzarlos.

La presencia de Dios en el corazón del hombre es más radical que una ley, una costumbre, un consenso. Esta presencia asegura la vida. Pero no basta la formulación formal o intimista de la fe, porque puede incluso, esto producir cristianos que tranzan con los sistemas e incluso con la dignidad de la persona y su vida. Por ello, que para alcanzar la paz, es necesario que esté presente entre nosotros: Dios, que es también Señor de la justicia, quien como padre común, da a cada uno lo que corresponde y a su tiempo.

La justicia, es una palabra invocada y solicitada por todos. Todos queremos vivir en la justicia o pedimos su ejercicio para alguna de nuestras demandas. Pero ¿qué es lo que entendemos por ella? La tradición filosófica y jurídica nos muestra que ella es el dar de manera permanente y absoluta a cada uno lo que corresponde. Así, la justicia es un deber y un derecho para toda persona. La justicia implica dar al otro lo que corresponde, es un deber. Deber del empleador, de la autoridad, del Estado. Todos deben proporcionar lo que al otro le corresponde. Esto es la justicia que posee un principio de justa igualdad como un derecho de todos, y dar a cada uno según su parte en la equitativa distribución del bien. Esta justicia es necesaria entre nosotros. La equidad es el ejercicio de la justicia. Se requiere equidad en los sueldos, en las condiciones laborales, en la vida de la organización social. Equidad implica dar lo que al otro por derecho le corresponde. Al pobre le corresponde el derecho a los bienes.

Pero la justicia implica también un deber: el que recibe y exige justicia, también debe ser justo. Es decir, la justicia es total cuando el que recibe la justicia del otro hace también justicia al otro. El empleador debe dar un sueldo justo y aplicar la legalidad laboral sin trucos, pero el trabajador también debe dar lo que al otro le corresponde: responsabilidad, calidad, honradez, eficiencia, y también porque al hacer justicia con lo que aporta con su trabajo hace honor a su propia dignidad y trabajo.

Para hacer verdad la justicia entre todos nosotros es necesario el diálogo y la capacidad de colocarse en la verdad del otro. Desde este ejercicio brota el modo de vivir y hacer verdad la justicia. Por ello que el diálogo nunca se puede romper. No es justo, aunque pudiera parecer infructuoso. Dialogar sobre el principio del respeto y de la sincera búsqueda del bien común es necesario y urgente. El diálogo que no cede en el objetivo de su bien particular, es una farsa de diálogo. Los hechos de la Santa María muestran la incapacidad para el diálogo de los empresarios salitreros de la época a pesar de la insistencia de ciudadanos notables de la época.

La paz se construye sobre la base de la justicia, pero esta justicia exige al que la recibe también practicarla. Sólo el diálogo hace posible buscar el punto exacto de la misma. Que a la luz de los caídos en la santa María, aprendamos a buscar más el bien común. La patria nos lo exige. Las nuevas generaciones requieren de una sociedad más equitativa en la distribución de los bienes. Son notables los esfuerzos del Estado, pero estos se vuelven inútiles cuando la corrupción, el partidismo o la ineficiencia interrumpen su recto obrar.

Pero ¿esto irá a cambiar? ¿Seguiremos sin mejorar las brechas sociales y de distribución de la riqueza del país? Pudiera parecernos que esto no tiene solución. Muchos con cierta desilusión de los sistemas, incluso de la misma democracia, comienzan a pensar que nuestras calles seguirán con espirales de violencia, que los jóvenes seguirán frustrados por la falta de oportunidades, que los trabajadores y empleadores se seguirán mirando como enemigos, etc. Es que acaso ¿puede resucitar un muerto?

Para cuantos creemos, la esperanza está puesta en la realidad absoluta de Dios que levanta a los muertos de sus sepulcros. Confiamos en Cristo porque él es camino, verdad y vida. Nuestra esperanza se vuelve viva porque Dios puede hacer posible lo que parece imposible. Así, la búsqueda de la justicia y la equidad no es frustrante porque es posible, pues es posible el amor, la entrega y el servicio al bien. Desde la cruz, Cristo mismo lo proclama como cierto.

Cuando se vive buscando la justicia, se está ejerciendo la caridad porque la caridad es una forma de justicia. Así, la caridad de Dios para con nosotros es su propia justicia: la salvación.

“Lázaro, sal fuera” Que la voz del bien común, de la plenitud del Bien que es Cristo, y que las voces de los pobres, de los excluidos, nos griten a nosotros: autoridades, trabajadores, empresarios, políticos, estudiantes, comerciantes, profesores, empleados públicos: ¡Sal fuera! ¡Sal de tu egoísmo y tus posturas intransigentes! ¡Quítate las vendas de la intolerancia! Y ven afuera a la luz del respeto donde el bien común te quiere de vuelta a una vida que lucha por lo que es verdadero, bueno y justo. Como Lázaro, tienes oportunidad de otra vida. No te quedes en el sepulcro.

Y esta noche nos lo grita al corazón las voces de los hombres, mujeres y niños muertos en la Santa María. Nos lo gritan: No te quedes en el sepulcro del egoísmo, de tus intereses personales ni en el ejercicio de una justicia parcial. No te quedes en el sepulcro de la prepotencia y de la fuerza autoritaria que mata. Sal a la tierra del diálogo y del encuentro, al país de la verdad, de la solidaridad entre los que tienen poco y los que tienen mucho. Sal de tu oscuridad, porque la oscuridad corrompe y destruye lo mejor del hombre. Sal de aquí porque esa tierra es más dura que la muerte porque destruye incluso la nobleza de la dignidad de tu persona.

Los pampinos y pampinas nos dan lección con su sangre del ejercicio del derecho a luchar y reclamar lo justo, pero sin violencia y maniobras mentirosas. Nos dicen que es posible la justicia, que es posible la equidad, que es posible el respeto, porque ellos ya lo saben, ellos saben que el amor es más fuerte que la muerte.

Hermanos de la pampa, nobles hijos de Iquique y del Patria:
Réquiem in pacem. Descansen en paz.

† Marco Antonio Órdenes
Obispo de Iquique

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