Con la confianza audaz de los santos
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Con la confianza audaz de los santos

Palabras del Obispo de Rancagua y Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, Mons. Alejandro Goic Karmelic, pronunciadas al inicio de la 89ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile

Fecha: Miércoles 27 de Abril de 2005
Pais: Chile
Ciudad: Punta de Tralca
Autor: Mons. Alejandro Goic Karmelic

Vivimos un momento eclesial de mucha intensidad, de mucha riqueza humana y -especialmente- de una gran riqueza sobrenatural manifestada en la enfermedad y muerte del Papa Juan Pablo II. Una corriente de admiración y acogida del don de Dios manifestado en la vida santamente vivida y entregada de Juan Pablo II atraviesa la Iglesia y vastos sectores de la sociedad.

Nos reunimos en la gratitud al Señor por el don de Dios que ha sido la vida y ministerio de Juan Pablo II, y nos reunimos en la oración para acoger en la fe al que será elegido como Vicario de Jesucristo, Padre y Pastor de la Iglesia.

En medio de estas particulares y providenciales circunstancias estamos llamados a continuar trabajando en torno a algunos grandes desafíos que podemos reconocer como Iglesia en Chile:

• la preparación de la canonización del P. Hurtado (¿será en la fecha prevista o la cambiará el nuevo Papa?): preparación de los programas a desarrollar en el ámbito eclesial y de la sociedad chilena; pero, sobre todo, preparación espiritual para acoger la gracia de la santidad manifestada en la persona del P. Hurtado, gracia que nos renueva en la opción preferencial por los pobres como camino de fidelidad eclesial a Jesucristo (cf. NMI 49).

• dinamizar el proceso de preparación de las OO.PP. de cara a la celebración del Bicentenario del país: se trata de una ardua tarea de discernimiento que nos exige involucrar a la mayor cantidad posible de expresiones de la vida eclesial, a fin de que sea un proceso que, en su misma realización, acreciente la comunión que estamos llamados a vivir y anunciar, acogiendo como nuestros (GS 1) los desafíos que nos plantea nuestra sociedad herida por la exclusión, por las crecientes brechas socio-económicas, educaciones y culturales; por el consumismo materialista y la falta de sentido que asfixia a la esperanza.

• colaborar activamente en la preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, de manera que el llamado a vivir más en clave del “discipulado” vaya atravesando toda nuestra vida y comunión eclesial, así como nuestro modo de estar en el mundo a la escucha y servicio del Maestro y Señor de la historia.

• seguir acogiendo y cultivando las riquezas que nos está ofreciendo este Año de la Eucaristía, particularmente en la búsqueda de que la Eucaristía esté más al centro y coloree toda nuestra vida (“fuente y cumbre de la vida cristiana”). Una Iglesia más eucarística es una Iglesia orante según el querer de Jesucristo, es una Iglesia que es “casa y escuela de comunión” para un sociedad herida por la desconfianza y la exclusión, es una Iglesia que vive el aprendizaje de una vida entregada para acoger los diversos dramas personales y sociales de los hombres y mujeres de nuestro país, y servirlos como la causa de Dios en el mundo.

Estos desafíos mayores siguen estando al centro de nuestros trabajos, y nos toca avanzar en ellos en un año que -a nivel del país- estará marcado por el proceso de las elecciones presidenciales y parlamentarias. Proceso complejo en el que el llamado “debate valórico” pareciera que será una de sus características. En este ámbito, muchas veces se nos pide una opinión que se reduce a decir “sí” o a decir “no”, pero sin interés por escuchar el fondo antropológico y ético de nuestras afirmaciones. ¿Con que criterios abordaremos esta delicada cuestión?, ¿De qué modo nos vamos situando como Iglesia ante la sociedad plural que existe en Chile? A veces, pareciera que esto último es una gran dificultad; sin embargo, esa fue la situación de la Iglesia en sus orígenes: necesitamos volver a acoger el testimonio apostólico con los ojos nuevos que nos dan las actuales circunstancias en que acontece la vida de la Iglesia.

En estos tiempos, el anuncio y testimonio de la “universal vocación a la santidad” adquiere para nosotros una renovada importancia ante la próxima canonización del P. Hurtado y el testimonio que nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. No podemos pasar por alto el hecho que en los últimos años la vida de la Iglesia ha estado dolorosamente herida por los diversos escándalos sexuales de sacerdotes, y la vida y misión de la Iglesia ha aparecido distorsionada y opacada para muchos sectores de la sociedad; sin embargo, hoy esta misma Iglesia resplandece más ante el mundo en la originalidad de su misión gracias al testimonio del Papa Juan Pablo II, y en nuestro nivel nacional, gracias al testimonio de la santidad del P. Hurtado. Somos testigos de que una vez más, como ha sido a lo largo de toda nuestra historia, Dios sana las heridas de la humanidad y de la Iglesia a través de hombres y mujeres santos; no porque los problemas anteriores hayan sido olvidados, sino porque a la luz diáfana del testimonio evangélico quedan entregados a la misericordia de Dios. ¿No hay aquí un tema mayor a considerar y anunciar de modo más explícito? ¿No hay aquí una perspectiva y testimonio que debería atravesar todas nuestras preocupaciones y trabajos?

El Papa Juan Pablo II nos puso ante el desafío de “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión [...] si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a profundas esperanzas de los hombres” (NMI 43), y nos invitó insistentemente a cultivar una “espiritualidad de comunión” (ibid.) desde el fundamento de ella -la acogida del Dios Trino- que nos haga crecer en los caminos de la confianza en la vida eclesial y en la misión en la sociedad. El mismo Papa Juan Pablo II en su ministerio nos ha testimoniado lo que significa recorrer caminos de confianza en Dios y en los hombres para ir abriendo espacios a la comunión entre los hombres y de éstos con Dios, y en el acontecimiento de su muerte ha resplandecido ante el mundo como alguien que fue -también en su muerte- un sacramento (signo eficaz) de comunión.

Pareciera que uno de los principales obstáculos a la comunión que se manifiestan en nuestra vida eclesial tiene que ver con la confianza. Hay confianzas heridas, hay desconfianzas que alejan, hay temores que paralizan. No son pocas las personas que perciben a la Iglesia como una institución que desconfía de todo lo que no proviene de ella misma y desconfía de los que no son miembros suyos. Incluso al interior de la Iglesia es relativamente extendida la percepción de que la jerarquía es desconfiada por naturaleza y, entonces, hay quienes viven una desvinculación práctica para no sentirse juzgados, y hay quienes buscan agradar para ganar la confianza que necesitan para sentirse pertenecientes. Frecuentemente, todo esto acontece sin mala voluntad o intenciones torcidas, sino como consecuencia de actitudes muy arraigadas -personales e institucionales- que no hacen más que evidenciar al “hombre viejo” y su necesidad urgente de conversión: la desconfianza tiene historia, y esa historia espera ser evangelizada.

Las manifestaciones de la desconfianza, de distancia o de poco diálogo, puede que no todas ellas sean reales, pero sí son subjetivamente sentidas por individuos o grupos: hay poco diálogo entre diversas expresiones de la fe católica, entre espiritualidades diversas, entre movimientos y congregaciones, entre sectores laicos o sectores de la vida consagrada y la jerarquía de la Iglesia. Esta situación nos urge a una conversión en nuestra vida eclesial, para ir siendo los testigos de la confianza de Dios en los hombres ante una sociedad herida por exclusiones manifiestas, divisiones latentes, brechas que aumentan, temores que paralizan e inseguridades en el diario vivir que cierran ante otros.

La desconfianza es hija de los temores y nos encierra en nosotros mismos; bien sabemos que el miedo que la engendra es el más radical enemigo de la fe (cf. Mt 8,26; Mc 4,40; Lc 8,25). La desconfianza nacida de los temores personales y/o institucionales nos pone en la antípoda de la práctica de Jesús que es amigo de publicanos y pecadores, que apasionadamente busca a la oveja perdida, que se detiene ante el herido del camino y lo sirve, que confía en el “tu sabes que te amo” que brota de la fragilidad de Pedro y los demás discípulos, que confía el Espíritu -fruto de la Pascua- derramándolo “sobre toda carne” (Hech 2, 17).

¿Qué hacer con la desconfianza en la Iglesia?
¿Cómo sanar las confianzas heridas?
¿De qué manera crear los espacios de encuentro y diálogo que disipen los temores y permitan ir dando pasos en la espiritualidad de comunión (NMI 43)?
¿Cómo ser testigos de una confianza renovada ante los temores, inseguridades y exclusiones que atraviesan la vida de la sociedad?

Son preguntas fundamentales para enfrentar en el diálogo eclesial y, también, con la sociedad, teniendo presente que lo que está en juego no es un “mejor funcionamiento”, sino la misma identidad eclesial y su misión en el mundo. Es necesario tematizar la desconfianza, no esconderla, negarla o hacer como si no existiera, pues constituye uno de los obstáculos mayores para la comunión y que hiere a la Iglesia y la sociedad. Es necesario ir produciendo los encuentros y generando los diálogos que permiten avanzar en la confianza que sustenta toda comunión. Los esfuerzos, tiempos, personas y medios empeñados en esta tarea son una de las mejores inversiones que puede hacer la Iglesia.

La tarea de preparación de las OO.PP. es una oportunidad para abrir caminos nuevos a la confianza en la vida eclesial y de diálogo con diversos actores de la sociedad; es una ocasión para dialogar más y conocernos mejor, para discernir juntos -nosotros con muchos otros- los caminos que nos invita a recorrer el Espíritu Santo.

Al mismo tiempo, el testimonio del P. Hurtado nos hace presente que el santo es un hombre de confianza: de radical confianza en Dios y confianza en los hombres, y por eso es un hombre de comunión. Necesitamos pedir al Señor que nos ayude a avanzar con la confianza audaz de los santos y ofrecer a nuestros hermanos y a la sociedad los caminos de confianza que necesitan recorrer.

† Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile


Punta de Tralca, Abril de 2005
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