Presentación

1Santiago, Jueves Santo del año 2002

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Junto con hacerles llegar un cordial saludo, e implorar para Ustedes la sobreabundante bendición del Señor, dejo en sus manos esta carta pastoral. Su nombre recuerda las palabras de Jesús en la Última Cena: “¡Permaneced en mi amor!” y se refiere a la espiritualidad de la comunión.

Esta expresión viene del Santo Padre. Escribió sobre ella en el n°43 de su Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte”, al iniciar el tercer milenio. Llegó hasta nosotros cuando más la necesitábamos. Justamente habíamos previsto para el año 2001 y el presente hacer nuestra la riqueza espiritual y pastoral de la segunda unidad temática del IX Sínodo de la Arquidiócesis, que lleva por título: Hacia una Iglesia en comunión y participación.

Por eso consideré que adentrarnos en la espiritualidad de la comunión era la puerta que nos abría la Providencia Divina para alentar, vivificar y robustecer todos nuestros propósitos en el ámbito de la comunión y la participación, como asimismo de la reconciliación, la unidad y la paz. El tema recoge cuanto hemos recibido durante el Gran Jubileo. Hacemos memoria de esos meses tan bendecidos, como una “profecía de futuro” (NMI 3). También incorpora los frutos de la primera unidad temática del Sínodo, que nos acercó más al seguimiento de Jesús.

Les escribo teniendo muy presente el horizonte del servicio pastoral, del cual tomamos mayor conciencia en nuestro IX Sínodo, y que fue descrito con tanto acierto para toda América por Juan Pablo II después del Sínodo de Obispos celebrado en 1997 como un “encuentro con Jesucristo vivo, camino de conversión, de comunión y de solidaridad”. Posteriormente el Santo Padre lo mostró como un compromiso pastoral que quiere ser coherente con la vocación de todos los bautizados a la santidad y al apostolado. Por eso no he dudado en escribir sobre la alegría y la riqueza de la comunión, tal como las encontramos en las Escrituras, sin atenuar los desafíos y exigencias que plantea. Nuestra Iglesia en Santiago anhela que el agua viva del Evangelio llegue cristalina, incontaminada, vivificante, a la vida de todos sus miembros, sus familias y sus comunidades.

El tema es apasionante. En la misma medida en que se entra a él, ofrece nuevas perspectivas. De hecho, comprende todo el misterio de la Iglesia, misterio de comunión misionera. Las reflexiones de la carta pastoral no pueden agotar el tema, tampoco sus aplicaciones. Ahondar en él queda en manos de ustedes, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

De diferentes maneras se puede sacar provecho de la riqueza del tema. Ustedes pueden leer la carta a solas con Dios. Pueden valerse de sus párrafos para introducir temas de reflexión y de planificación en las reuniones de sus comunidades, o profundizar sus contenidos, acompañando el trabajo con la oración. Para facilitar esta labor, hemos incluido numerosas citas de pie de página. También he pedido a uno de mis colaboradores que introduzca preguntas relacionadas con los diversos capítulos, con el fin de facilitar su elaboración. Pero es claro, para que la espiritualidad de la comunión dé abundantes frutos, sobre todo hay que poner por obra lo que el Espíritu Santo les indique. Este empeño se lo encomiendo a la Virgen María, que fue maestra en el arte de escuchar la Palabra de Dios, y de abrir su espíritu y su vida para que se encarnara en ella.

Termino estas líneas con la invitación de Juan Pablo II al inicio del milenio: Duc in altum! ¡Rememos mar adentro!, anunciando el Evangelio de Jesucristo y permaneciendo en su amor.

Les bendice con alegría y esperanza, pidiendo al Espíritu Santo que transforme sus corazones, para que crezca la comunión y la paz.

Les saluda cordialmente,

vuestro hermano y pastor


Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago