Introducción

Presentar los rasgos fundamentales del desarrollo de la Iglesia a través del tiempo no es sólo un desafío para el catequista de nuestros días sino una tarea ineludible. En efecto, la Historia de la Iglesia forma parte de la orgánica doctrinal, litúrgica y catequística. El retorno a las fuentes, propuesta por la Gaudium et Spes empieza por los fenómenos originarios, se alimenta de los Santos Padres y de la enseñanza continua del magisterio así como de la fe común del pueblo cristiano y de los grandes movimientos espirituales que actualizan el mensaje del Evangelio de acuerdo con las exigencias de cada generación.
Si la Iglesia es el misterio de Cristo inserto en la historia en un tiempo y en un espacio concreto, resulta imprescindible la dimensión temporal en la transmisión de la fe. La Iglesia es un organismo vivo, que se desarrolla, porque está integrada por personas. En consecuencia, a través de la su historia resulta atingente percibir el desarrollo progresivo de su liturgia, su teología, su estructura y los avatares a que se vio comprometida de cara a la coyuntura del momento. Se trata, en definitiva, de establecer un sistema accesible a la iglesia para que alcance la comprensión de sí misma y el sentido del Mensaje que tiene que comunicar a los pueblos de diferentes épocas y diferentes latitudes.
En la diversidad se refleja en parte la transformación histórica y el progresivo desarrollo del pensamiento cristiano. Pero esta evolución no es una línea recta. No ha existido una edad de oro, la Iglesia Apostólica, para luego deslizarse hacia la decadencia y el alejamiento del Evangelio. Toda la historia de la Iglesia da testimonio de debilidades, deficiencias y tensiones. La posibilidad de la decadencia está siempre presente. Cada etapa de la historia eclesiástica es respuesta y rechazo a la oferta de salvación del Fundador. Lo importante es la fidelidad a lo esencial, es descubrir el mensaje de Cristo en los acontecimientos valorados e interpretados a la luz del Evangelio.
La posibilidad de mantenerse idéntica a sí misma dentro de su desarrollo se hace comprensible en el carisma profético, en las fuentes de la historia de la Iglesia, como los Evangelios, los Hechos, las Cartas y el Apocalipsis, pero también los escritores eclesiásticos, desde los Padres Apostólicos hasta los grandes teólogos escolásticos y de nuestros días. La historiografía eclesiástica se alimenta también de las acciones litúrgicas, de los cánones de los Concilios.
Sin embargo, las fuentes no siempre son exhaustivas y ofrecen limitaciones. Disponemos de menos documentación de la Antigüedad cristiana que del momento presente. No sabemos casi nada de la llamada edad oscura del siglo X, pero teniendo siempre presente la necesidad de un método crítico y hermenéutico, no de la historia profana sino al modo de Historia de la Iglesia, porque entra en juego un factor no mensurable: la acción del Espíritu.
Con la convicción de que estas páginas servirán al agente evangelizador, es que están escritas. Ellas tratan de la Iglesia de los primeros cuatro siglos, aproximadamente hasta el pontificado de Gregorio el Grande. No es una historia continua, por eso sus capítulos van titulados como «temas», y el método más bien concéntrico no debe hacer perder de vista el objetivo fundamental: conocer la vida de la Iglesia y las respuestas que ha dado a su entorno cultural. Teniendo en cuenta estas consideraciones, el trabajo será, así lo espero, de utilidad para los agentes de la «Nueva Evangelización».

Año del Jubileo 2000