Estando la casa sosegada
Presentación
«¿Dónde está la sabiduría que perdimos en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que perdimos en información?
Los ciclos del cielo en veinte siglos nos traen más lejos de Dios y más cerca del polvo».
Thomas Stearns Eliot, The Rock.
En un tiempo en que la información nos sumerge, nos ahoga; en que el «conocimiento» se vuelve cada vez más complejo, más especializado, más inmanejable; miramos hacia la «sabiduría», no ya tan solo como la coronación del edificio del saber humano sino como la piedra angular que mantiene el edificio en pie.
Ya en la China del siglo Vl antes de Cristo, cuando vivían Zoroastro, Buda, Parménides, Heráclito y Pitágoras, los sabios chinos se plantearon el problema del valor de la inteligencia y de la acción del hombre. Confucio lo resolvió elaborando una ética personal y social, pragmática y eficaz, muy alejada de la mística y de la metafísica, más cercana a la sociología y al derecho. Lao Tse, un poco antes que él, intuyó la existencia, la presencia de un «sentido», de un «camino», trascendente a la vez que inmanente, de un «orden» del mundo y de sus cambios, de un «principio» regulador del universo y del ser humano, en el cual el hombre debe refugiarse o sumergirse para vivir, no según su inteligencia y voluntad propias -términos occidentales tan opuestos a esta vieja sabiduría- sino en desacuerdo con el «tao», que es ese sentido, y ese principio, el que purifica todo, simplifica todo, integra todo. El tao se manifiesta en el «te» que es su fuerza, su virtud que el hombre debe acoger en la paz.
Agotados y enervados por la exorbitada actividad humana, por un deseante afán de análisis por una agitación sin brújula, el hombre moderno se tiene miedo a sí mismo. Alejó a Dios de este mundo y siente un deseo angustioso, aunque vacilante, de pedir a Dios que vuelva. Nunca supo tanto ni pudo tanto; nunca se sintió tan perdido, tan desorientado. Los mismos científicos sienten que la realidad del universo, tal como hoy la vislumbran en su insospechada complejidad, ya no se deja captar por los conceptos racionales de un Descartes o de un Newton y miran hacia esa vieja sabiduría en busca de una inspiración, de un apoyo, de un cambio: del «tao» y del «te»1
Juan de Castro estudió medicina. Es sicólogo. Es fiel e inteligente discípulo de Carl Jung. Pero, antes que eso y después de eso, es discípulo de Cristo. Es un hombre de vida espiritual, un buscador del absoluto. Es sacerdote, es ministro de Cristo y de su Iglesia. Conoce la conciencia humana. Conoce sus tensiones, sus angustias, sus anhelos. Busca la paz para sí mismo y busca transmitir paz a los demás.
Y en esta búsqueda, él ha encontrado a Lao Tse. Ha leído a Lao Tse, después de haber leído y meditado largamente la Biblia. Y después de haber oído el testimonio de miles de seres humanos que buscan la luz, la paz, la alegría, que buscan a Dios.
El sabe que la Biblia, que es la revelación de Dios, tiene respuesta a todos los problemas del hombre. El sabe que nuestra Santa Iglesia Católica, fundada por Cristo y animada por el Espíritu Santo, tiene la buena respuesta a todos los problemas humanos y la actualizada a cada tiempo y lugar. Pero también que la Iglesia ha penetrado tan profundamente la cultura en que vive, que expresa a menudo su mensaje eterno en el lenguaje de esa cultura pasajera y no logra siempre hacerla penetrar en quienes se sienten desencantados en medio de la crisis de esa misma cultura.
Y ha encontrado en este pensador -ajeno a la revelación de Dios a Abraham, ajeno a la fe de la Biblia, ajeno a la tradición judeo-cristiana- una «sabiduría» que hace «eco» a menudo a algunos grandes temas de la revelación. No encuentra en el sabio chino de hace 25 siglos, la claridad doctrinal y la precisión dogmática de nuestros catecismo. Pero encuentra en él grandes «intuiciones» que son parte del patrimonio común de la humanidad: el sentido del «misterio»; de la «humildad» ante una presencia inefable que no llama Dios pero en la cual los hombres de fe sienten su presencia; de la «docilidad» a una voluntad anterior a la nuestra; de la «integración» a un orden del mundo anterior a nosotros; de la «paz» interior.
Juan de Castro ha estudiado el Tao Te King de Lao Tse en la fiel traducción y el profundo y cristiano comentario de Gastón Sublette, orientalista, de estudio, de vida y de testimonio. Ha leído la magnifica introducción de Cecilia Dockendorff, en la publicación de Cuatro Vientos2 Editorial Ha sentido que la poderosa y sencilla voz del viejo chino es también un eco de la voz de Dios. Que por ser independiente, en el espacio y en el tiempo, de nuestra cansada cultura occidental, puede llegar como una brisa suave o como un viento impetuoso a la conciencia de muchos hombres de hoy. El ha meditado, uno a uno, los 61 epigramas del Tao Te King y desde su doble experiencia de sicólogo jungiano y de sacerdote católico, los ha parafraseado, los ha traducido, los ha bautizado y nos los transmite en 62 epigramas como una inspiración. A través de las palabras del viejo sabio chino, anteriores a la voz del Dios de la Biblia, oímos la voz del Dios de nuestra fe, del Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que habló también y sigue hablando, dentro y fuera de la tradición judeo-cristiana y católica, a los hombres de buena voluntad.
+ Bernardino Piñera C.
Arzobispo Emérito de La Serena