Introducción
Al llegar a los ochenta años de edad, algo que jamás pensé que podría suceder, y tratando de vivir en las manos de Dios, he deseado escribir a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos para compartir esta experiencia de vida. No será una memoria, aunque trataré de entregar algunas vivencias para deducir algunas consecuencias que puedan ayudar en las diversas edades.
En el año 2005, según pronósticos serios, el 23% de la población del mundo tendrá más de 60 años. Parece que las nuevas generaciones no han registrado esas cifras y lo que esta realidad significa.
Esta invasión de los ancianos plantea una especie de revolución sin estridencias y la necesidad de sociedades diferentes para todas las edades.
Una señora amiga, con algo de edad, al saber que estaba escribiendo sobre la ancianidad, me envió una carta de la cual transcribo algunos párrafos:
Sería estupendo que este libro nos diera pautas de oración a las viejas; y que nos enganche para ocupar el día en rezos por los sacerdotes, las vocaciones y otras intenciones de la Iglesia, porque las que tenemos artrosis no podemos hacer otra cosa.
Que nos oriente en virtudes y faltas propias de esta edad, pues las homilías actuales nos dejan muy achunchadas, ya que se insiste tanto en obras de misericordia para las cuales estamos ineptas motora, psicológica e intelectualmente. Cuando he ido rengueando a visitar hospitales, los enfermos se incorporan y me dicen fuerte: abuelita, ¿qué se le ofrece?, ¿la están atendiendo ya? Y cuando, por consolar al triste, telefoneo a veteranas y viudas, me piden que les hable corto porque están viendo la teleserie. Y todo lo que es tejido y costura: imposible, porque me tiritan las manos. Entonces, yo supongo que el Señor nos tiene para cosas distintas que al resto de los feligreses; pero a mí sólo se me ocurre ir a misa y rezar rosarios aplicados por los consagrados, los enfermos y otras actividades propias de la ancianidad.
Es de esperar que el libro de Monseñor incluyera examen de conciencia sobre nuestros vicios seniles: la impaciencia, la rabia, la intolerancia con los ruidos, las superficialidades e indecencias, y que nos incentivara la vida interior, la oración íntima, reparadora, adoradora. Yo sé que hay que hacer lo que no hacen los activos, pero no sé qué, ni cómo... . Creo que desde que jubilé de laica comprometida he despilfarrado el tiempo y el silencio, que tanto anhelaba para orar y meditar. Y que el libro para la tercera edad nos entusiasme con el pronto encuentro con el Señor.
Es fácil percibir que mi anciana amiga está con su inteligencia muy lúcida y con sentido del humor; en esas líneas se expresan muchas verdades que llegan al corazón y constituyen un estímulo para buscar respuestas a esas interrogantes.
Desearía expresar en estas reflexiones que las diversas estaciones de la vida constituyen un proceso creciente de armonía, en el cual la ancianidad posee gran belleza y sentido. Entregaré algunas experiencias personales para clarificar más lo expuesto.