Prólogo

“Escuche a los jóvenes y tenga amigos sacerdotes”. Este fue el consejo que me dio Dom Helder Camara, Arzobispo de Olinda-Recife, pocos días antes que yo fuera ordenado sacerdote. Y he tratado de cumplirlo en mi propio ministerio sacerdotal.

Puedo decir que con el Padre Cristián Precht me unen más de cuarenta años de amistad. Juntos ingresamos al Seminario de Santiago. Juntos penetramos en el maravilloso mundo de las Sagradas escrituras. Juntos fuimos descubriendo al Padre Dios, a su Hijo Jesucristo, al Espíritu y a la Bienaventurada Virgen María. El ha tenido que escuchar el arrepentimiento de mis pecados y yo los suyos. Ambos gozamos especialmente de la confianza y amistad del cardenal Silva Henríquez y nos fuimos cautivando con la Iglesia de Santiago a la que servimos. Hemos discutido, hemos viajado, hemos llorado y hemos reído juntos abundantemente.

Digo esto para dar testimonio de lo que Cristián nos presenta en esta líneas. Su libro no nace de la mente de un intelectual de escritorio, ni de un biblista erudito ni de un liturgista puntilloso. Aquí encontramos la palabra de u pastor, de un hombre atento al mundo, observador del hombre , sensible a los acontecimiento, que sabe acoger al que se acerca, que sabe transmitir lo que cree, que cultiva la amistad , que escucha con atención, que está feliz en su ministerio y por lo mismo enamorado de lo que hace.

Cristián ha sido enteramente modelado por la Iglesia. Por la Iglesia doméstica de su hogar, por la Iglesia escolar de su Colegio, por la Iglesia litúrgica siendo acólito, por la Iglesia fraterna de los amigos y por la Iglesia que peregrina en Santiago de Chile. Siempre me ha llamado la atención su fraternal cariño por los sacerdotes y su fidelidad a los Arzobispos y Cardenales con que Dios nos ha bendecido. Todos procuramos ser fieles y obedientes. Pero Cristián nos ha dado vivo ejemplo de lealtad.

Este libro retrata en lo profundo el alma de Cristián, especialmente su hondo amor al Señor Jesucristo. Este amor es su máximo secreto y es su grito poderoso cuando se sube a cualquier tribuna. Y refleja quizá la esencia de lo que es el misterio de los presbíteros. ¿Qué significa ser sacerdote? ¿Cómo se explica esta vocación hoy día ¿De qué se trata esto de ser cura?

La respuesta es solamente el amor entrañable a nuestro Mesías Jesucristo. No sólo el amor que nosotros le tenemos a El, que es limitado, sino muy especialmente el amor que El tiene por nosotros, que e inmenso. No exagero al decir que sentir ese amor y meditar en él nos emociona y nos transforma. Sólo por El quedan abandonadas unas redes. Sólo por El se deja una familia o una profesión. Sólo por El . Y nada más que por El.

Ser sacerdote hoy día es vivir con entusiasmo este Evangelio y tener el privilegio de anunciarlo. No como una moral que nos cae desde arriba, sino como el regalo gratuito que Dios nos ha confiado. Ser sacerdote es recibir más que dar. Es mostrar al señor más que mostrarnos a nosotros mismos. Es darle sentido a la esperanza. Es servir en lo más hondo que necesita el ser humano. Es enjugar las lágrimas que salen de los ojos de nuestros hermanos, en un signo de especial confianza. Es vivir en medio de este mundo, amándolo y gozándolo, sin ser superficial ni mundano.

Estas páginas no se leen con indiferencia. Conquistan e iluminan. Por eso con singular simpatía presento y recomiendo su lectura a mis hermanos sacerdotes. Y, conociendo al “gremio” que formamos, estoy seguro que mucho encontrarán aquí un feliz instrumento para renovar su ordenación. Los motivará para proclamar con valor la Palabra que sale de la boca de Dios y para alimentar con el pan vivo a los fieles. Recibirán un estímulo para disfrutar el trabajo pastoral y proseguir con más entusiasmo aún su servicio al pueblo de Dios en la Santa Iglesia.

Algo más; recomiendo este libro no sólo a los sacerdotes. Lo recomiendo especialmente a quienes trabajan con nosotros. A través de él se asomarán a nuestras filigranas, a nuestros escondites, a nuestros misterios, a nuestros dolores y a nuestros afectos. Con toda seguridad, después de leerlo, nos comprenderemos más.

P. Miguel Ortega Riquelme.