Introducción
A la Virgen María se le puede tributar un culto equivocado, exagerado en algunas de sus expresiones y desviado en su fin, ya que todo culto cristiano se debe a Dios Padre y se realiza por Cristo, en el Espíritu Santo.
Sin embargo, cuanto se diga de la Madre de Dios, excepto divinizarla, es poco en comparación con lo que María significa. El amor que le podamos tener, por intenso que sea, siempre resultará muy pobre frente al que su hijo Jesús le tiene y quiere que nosotros le tengamos.
Ahora bien, para que el amor a María sea correcto, debe ir iluminado por un conocimiento lo menos imperfecto posible de lo que ella es. La finalidad de este volumen es, precisamente, tratar de conocer lo que la Iglesia proclama de María.
Lo que María es, la Iglesia lo lee ante todo en la Sagrada Escritura, y también en la Tradición y en el Magisterio. La Liturgia por una parte es elemento privilegiado de la Tradición y, por otra, es la expresión más viva de la fe de la Iglesia, ya que es la oración de la comunidad cristiana en su forma más genuina. En la vida, en la celebración, en la Sagrada Escritura descubrimos la riqueza de María y penetramos en el misterio de su persona de mujer creyente y de Madre de Dios. Ella es inseparable del misterio de Cristo y de la Iglesia.
Tenemos la suerte de poder beber la doctrina revelada sobre la Virgen María en la síntesis que realizó el Concilio Vaticano II y en la liturgia actualizada según su espíritu. A la luz de la Sagrada Escritura y de las enseñanzas de la Iglesia la figura de María brilla con radiante esplendor para los hombres y mujeres de todo el mundo. María es la mujer más bella de nuestra raza.
En cuanto a la estructuración del contenido doctrinal, tomamos como ejemplo lo que los mariólogos consideran el principio fundamental de la Mariología, es decir, el centro en torno al cual todo se ordena. Tal principio es la afirmación: María es Madre de Dios. La maternidad divina de María ilumina todo lo que ella es y su función asociada a la de Cristo. De este misterio deriva su santidad y concepción inmaculada, su perpetua virginidad, su asunción y gloria en el cielo, su maternidad espiritual, su ejemplaridad y su intercesión.
La colaboración de María en la obra del Redentor para la salvación de los hombres nos permite ver a María como la Nueva Eva, su maternidad espiritual como Madre de los hombres. También vemos a María como la imagen o figura de la Iglesia, o sea, como hermana nuestra, discípula de Cristo y prototipo de todos los redimidos. El conjunto de estos tres enunciados es un buen marco para conocer a la Virgen María, así como fundamento sólido para el culto que debemos tributarle.