Prólogo

Los originales en las manos, sentí repentinamente todo el peso de la responsabilidad de haberme comprometido con Antonio Bentué -gran amigo, admirable amigo, pero teólogo al fin y al cabo- a expresar algunas ideas en este espacio tan suyo y tan rotundamente íntegro, que generosamente me ofrecía. Miedo de replantearme viejas preguntas, cuyas respuestas hace tiempo había dado por bien guardadas en mi corazón; que hace tiempo habían dejado de resonar como cuestiones teóricas y que ahora, a la primera lectura de esta obra, me hicieron dudar de si acaso de tantas convicciones guardadas quedaba algo más que un polvillo de silencio. Y la penosa incapacidad de rehacerme en una afirmación rotunda.
Duda terrible. ‘El viejo’ tema de Dios, y su relación a la vida personal, y a la historia y al ser de los entes, es un tema filosófico también. ¿Y cómo no? Bastaría recordar que Platón, para distinguirse de los ‘hacedores de mitos’ se declara a sí mismo nada menos que teó-logo (el que piensa en Dios o, mejor, piensa a Dios). Y que Aristóteles, al referirse al objeto más digno de amor -al más amable-, declara a su vez que Dios es dicho objeto, y que propiamente el saber acerca de él es lo que debe llamarse ‘filosofía primera’ o, mejor, ‘teología’.
Asumir responsablemente una invitación como la de Bentué significaba, entonces, para mí replantearme el tema del silencio del filósofo actual; el sentido de la ‘muerte de Dios’ o ‘la muerte del hombre para Dios’, que vendría a ser lo mismo.
¿Cómo, desde dónde preguntarse de nuevo por Dios para que la pregunta despierte al dormido, revele la necesidad, en estos momentos, de ser preguntada?
‘Cultura de hombres, salvación de Dios’ es una respuesta que habla a la experiencia lacerada del hombre. Una respuesta desde el lugar preciso de nuestra situación contemporánea. Pero además: una respuesta que, como en los juegos de búsqueda infantil, le va diciendo a un buscador, como yo, con vendas en los ojos: ‘tibio, tibio’. Este parece ser el camino real. Lo creo porque desde ese momento perdí algo del miedo inicial y después me he ido metiendo mar adentro por estas páginas llenas del espíritu inquieto y profundo del mar.
El punto de partida: una reflexión sobre el mundo o sobre la selva humana, en palabras de Bentué. Y en este punto de partida, premunido de las herramientas de los fenomenólogos -el bisturí- resulta difícil distinguir, en Bentué, al teólogo del filósofo. Las reflexiones del primer capítulo me recuerdan en mucho al Heidegger de Ser y Tiempo. ‘Mundo’, dice el filósofo alemán, es aquello a lo que hemos sido arrojados. Y uno se imagina a un dado rodando en una superficie, entregado a su propia suerte a partir del impulso invisible, antiguo, de las generaciones, impulso que lo viene arrojando a la existencia quizá desde cuándo, antes de llegar al nacimiento.
Bentué examina minuciosamente los modos en que la naturaleza hace llegar a la existencia a todo lo que es vital, asegurándose su propio beneficio, haciendo su propio juego. Más que curiosa, es aterradora la participación de la vida individual en el gran abismo de la naturaleza, y Bentué la muestra de un modo descarnado: cada individuo biológico, al manifestar en sus actos más propios su esencia egocéntrica, yendo sólo por lo suyo, trabaja para otro Ego, el Ego inagotable y, al parecer, imprevisible de la naturaleza. Eros -el impulso aparentemente más poderoso, el de la producción- trabaja para Tanatos, el impulso de la disolución, en el Gran mar dell’essere, inconmovible.
Por otra parte, la cultura, que es traspaso de ser desde la naturaleza a la conciencia poética, técnica, científica del ser humano, se vuelve, al fin de cuentas, un imprevisible traspaso de poder, traspaso de dominio, y no ya sobre la naturaleza finalmente domeñada sino de unos sobre otros, al interior de la ‘selva humana’, más despiadada aún que la madre naturaleza.
Cuando se dice: “el hombre está arrojado al mundo” o “la selva de la vida” (p.34) se quiere subrayar que el individuo cae en una realidad extraña, indiferente, y en la cual deberá siempre ir delante de sí, a tientas, sólo en vista de sí mismo. El sí mismo, auténtico o inauténtico que sea, es el modo egocéntrico de ser de la vida humana, en cuanto arrojada a su propia suerte. La ilusión altruista de la cultura:
‘Los hombres sólo actuamos movidos por nuestros propios intereses. Escandalizarse de esto es escandalizarse de uno mismo. Lo que, por lo demás, es cosa sana’. (p.33)
En esta visión (que hasta aquí es más bien heideggeriana) todo valor queda abolido. Cada cual va por lo suyo, y lo suyo se revela como la soledad final, esencial de la muerte. (El famoso ‘ser-para-la muerte’).
Enrico Castelli, uno de los más penetrantes pensadores de la mitad de este siglo -teólogo, a su manera- decía que sólo hay un modo de liberarse del peso de haber sido arrojado al mundo: es arrojándose, por propio impulso, en él. Ir a su encuentro, en cuanto, en el mundo, se encuentra a los otros, al prójimo, arrojado como nosotros en este mismo mar.
Es en este punto en el que, a mi entender, la inquietud filosófica a la deriva en nuestros días, se puede encontrar y reconocer en un pensamiento tan honrado, tan vigilante respecto de su tiempo, como el de Bentué.
El problema del ‘mundo’ es el problema del reencuentro de la humanidad del hombre. No se trata, con todo, de la búsqueda de una humanidad genérica sino de todos los modos cotidianos por los que la vida es dirección, tendencia a otra vida, apelación al otro, y reconocimiento de unos con otros en la búsqueda de sentido, que sólo tiene sentido con la inclusión del otro, de los otros, del próximo.
El punto clave de este encuentro ‘en el mundo’ creo que está resumido en esta expresión de Bentué:
‘...Esa revelación del sentido trascendente de lo cotidiano, como lugar de la acción concreta de la misericordia, constituye la presencia escatológica del Reino de Dios’. (p.166)
Teología de la proximidad, diría, que desde aquí promete un des-alejamiento de Dios. Algo semejante a lo que podría vislumbrar la filosofía como ética de la proximidad, fundamento vivencial de toda ética posible. Y ambas se inspiran en aquellas palabras sapienciales que nos recuerda el autor:
‘Quien no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve’ (I Jn 4).
Estas palabras son como la formulación sapiencial de un empirismo radical, en el orden de los valores que se postulan en ‘el mundo’.

HUMBERTO GIANNINI
Filósofo
Catedrático de la Universidad de Chile