Introducción
Un Hombre Providencial
DESPUÉS DE LA MUERTE DEL CARDENAL JOSÉ MARÍA CARO,
dos figuras eclesiásticas se postulaban en Chile para suceder al Arzobispo de Santiago. Ellos eran: Monseñor Alfredo Sil-va Santiago, Arzobispo de Concepción y Rector de la Uni-versidad Católica, y el Obispo de Talca, fundador del CELAM y Asesor de la Acción Católica, Monseñor Manuel Larraín Errázuriz. Ambos con una amplia trayectoria y representa-tivos de dos líneas de Iglesia: la una más conservadora y, la otra, más progresista.
Sin embargo, el cable trajo una noticia sorpresiva. El Papa Juan XXIII había nombrado como Arzobispo de San-tiago al Padre Salesiano Raúl Silva Henríquez quien, desde fines de 1959, era Obispo de Valparaíso.
Muy conocido en su congregación. De familia talquina. Educado en Turín. Profesor de Derecho y Moral en el Teo-logado Salesiano. Director de colegios y Presidente de Cá-ritas-Chile.
Su nombramiento produjo comentarios. Nadie lo había imaginado para el cargo. Las opiniones se dividieron. Tra-dicionalmente, el Arzobispo de Santiago había pertenecido al clero secular. La presencia de un religioso como cabeza de la más importante diócesis del país producía inquietudes. Y así llegó a Santiago.
Durante más de veinte años, lo que hizo el Cardenal, lo que dijo, su opinión o su figura, estuvieron siempre en el comentario, en la crítica o en el aplauso entusiasmado.
Para algunos era un hombre polémico. Otros lo consideraron providencial para ese momento de la historia de Chile. Algunos vieron en él la fuerza profética de una Iglesia servido-ra de los hombres, mientras que para determinados secto-res, era un hombre ambicioso, con más vocación de político que de pastor.
Fascinante personalidad la de este hombre. Dirigió la Iglesia de Santiago y fue presidente de la Conferencia Episcopal bajo cuatro gobiernos con ideologías y caracte-rísticas muy distintas: don Jorge Alessandri, don Eduardo Frei Montalva, don Salvador Allende y el General Augusto Pinochet. Frente a todos ellos, mantuvo una sola línea consecuente con su fe, y entregó con claridad su pensamiento ins-pirado en los Pontífices. Sin embargo, las críticas fueron implacables y, la mayoría de las veces, extraordinariamente duras e injustas. Las recibió siempre con tranquilidad. Su único temor fue dañar u ofender a sus detractores, ya que se sabía también Pastor de ellos.
Muchas veces, en la intimidad de la conversación, le preguntamos ¿cómo hace usted para resistir tantos ata-ques? Su respuesta, con una sonrisa, fue siempre igual: No se preocupen. Al Señor le pasó lo mismo. ¿Cómo no me iba a tocar algo a mí?. Y continuaba su tarea con mayor convencimien-to y con más tesón.
El Cardenal tenía un lejos y un cerca. Muchas veces, pa-ra quienes no lo conocieron, aparecía terco, insensible, calcu-lador y apasionado. Sin embargo, de cerca, desplegaba su hermosa humanidad: acogía con especial simpatía en su ca-sa, procuraba que su visita se sintiera cómoda, creaba con ella un clima grato y de confianza. Muchas veces ofrecía un aperitivo, preparado con sus propias manos.
Gozaba compartiendo su mesa y se alegraba cuan-do sus comensales sabían apreciar lo que les había preparado. En ocasiones, él mismo iba al mercado a comprar los alimen-tos con que honraría a sus huéspedes. No le gustaba comer so-lo. El mismo llamaba por teléfono a sus amigos y los invitaba a tener un simpático momento de tertulia. Era capaz de los gestos más delicados y tiernos con quienes lo rodeaban. Jamás olvidaba traer de sus viajes un regalo para el personal que lo atendía en su casa. Muy pocos saben, por ejemplo, que la noche de Navidad ellos estaban a la mesa y el propio Carde-nal les servía la comida.
Sabía reír con el último chiste conocido y seguía con pre-ocupación el acontecer nacional y mundial. Normalmente, cada día conocía las opiniones o noticias más importantes sobre la marcha de la Iglesia, sobre economía, política o cultura. En sus afectos hubo, sin duda, quienes se llevaron de él una parte mejor: su familia, el Seminario, los vicarios, los jó-venes y los pobres. Hemos sido testigos de cómo el Carde-nal amaba y defendía a sus amigos. Más de una vez lo vimos llorar al conocer el sufrimiento de los humildes, o de-fender acaloradamente la formación de sus seminaristas, o compartiendo su mesa con jóvenes de distintos sectores, o celebrando un aniversario o el Año Nuevo con sus colabo-radores más cercanos.
Tuvo, eso sí, unos amigos preferidos. Ellos fueron los niños de la Aldea de Punta de Tralca. Ante ellos el Cardenal se transfiguraba. Era el tío Cardenal para los niños. Y ellos lo amaban, lo besaban, le mostraban sus notas y sus pro-gresos. Por eso, él tampoco los olvidaba. Y salía de Santiago con un cargamento de dulces, galletas o alimentos. De estos niños era también su Catequista. En forma genial les explicaba el Evangelio, lo representaba, lo vivía y lo actuaba. Ellos no le des-pegaban los ojos en cada celebración. Al verlo rodeado de es-tos niños, comprendí muy bien su vocación de segui-dor de Don Bosco, y cómo, gracias a Dios, el ser salesiano lo llevaba muy adentro de su alma.
Muchas veces el Cardenal resultaba desconcertante. Era tímido y era extraordinariamente audaz. Era humilde y al mismo tiempo era capaz de una dureza increíble. Se sabía persona-je de la Iglesia, pero no pudo nunca borrar su amor al campo y sus dichos pintorescos aprendidos en Loncomilla, cerca de San Javier. Defendía apasionadamente sus ideas. No le gus-taba imponerlas. Dialogaba. Discutía. Argumentaba. A pesar de que se recibió de abogado en el lejano año 1929, en realidad nunca dejó de serlo. No perdía jamás sus discusiones sino que hábilmente sabía incorporar a sus argumentos las razones de su interlocutor.
El Cardenal tenía un gran apego a su familia. Guardó siempre un hermoso recuerdo de su madre, y él mismo afirmaba que de ella recibió el amor, la bondad y la ternura para darse a los demás. Admiró la figura de su padre, hombre enérgico, emprendedor, demócrata, que arriesgó su vida luchando por sus ideales. De él también recibió como herencia la firmeza en sus principios, su coraje y su amor a la libertad y a la democracia.
El Cardenal era un hombre de contrastes. Impresionaba verlo visitar una población, abrazar a una viuda o dialogar con un dirigente sindical. Allí se sentía cómodo, acogido y amado como Pastor. Al mismo tiempo era solemne, serio, adusto y trascendente. Caminando hacia el altar de su cate-dral, raras veces se le escapaba una sonrisa. Podía al mismo tiempo entrevistarse con reyes, presidentes, pontífices o au-toridades con la misma simpatía y sencillez con que escuchaba a los humildes. Su pasado talquino lo dejó marcado. Era campechano, cazurro y penetrante. No decía todo lo que sentía, pero registraba con exactitud to-do lo que veía y lo que oía. Esto le daba un cierto aspecto mis-terioso. Nadie podía exactamente prever sus reacciones o decisiones. Menos aún podía pretender ejercer influencia sobre él. Admitía y escuchaba todas las opiniones. Pero la últi-ma decisión era exclusivamente suya. Y no se equivocaba con facilidad.
Es necesario hacer una mención aparte de lo que para el Cardenal significaba Chile. Desde la casa paterna, avecindada en el país desde hacía 400 años, los problemas de los pobres, sus an-gustias y sus triunfos, fueron vividos por él cercanamente. Aprendió a amar a Chile : su tierra, su campo, su gente, su historia y su paisaje. El Cardenal intuía muy bien y muy certeramente lo que el pueblo pensaba y lo que quería. Por eso, se produjo siempre una corriente de simpa-tía muy grande entre las masas y él. No era un afán publi-citario del que careció totalmente lo que hacía que predi-cando en la Catedral o celebrando la Misa en una Pobla-ción obrera, fuera recibido con aplausos calurosos por los fieles.
Sus homilías, en especial las de los 18 de Septiembre, expresaban y recogían muy bien su amor por esta tierra y por eso que él llamó tantas veces el alma de Chile. El Cardenal se hizo intérprete de los valores espirituales y morales de nuestro pueblo. Para él, las palabras participar, respe-tar, dialogar, ser libres, elegir, convivir en paz y en derecho, significaban algo muy profundo: era lo que a lo largo de toda su vida vio y practicó. Por eso para defender estos valores, el Cardenal no ahorró esfuerzos ni sacrificios. Se jugó entero, aunque eso le significara mil incom-prensiones.
Son muchas las cosas que se podrían mencionar del Carde-nal Silva Henríquez y lo que su ministerio significó para Chile. Pero lo que destaca, me parece, muy nítidamen-te en este tiempo, es su gigantesca obra de Iglesia.
Inició su episcopado en momentos muy difíciles para la Iglesia Universal. El Papa Juan invitaba recién al Concilio Ecuménico para renovar la Iglesia y permitir que un aire fresco entrara por sus ventanas. El Cardenal participó acti-vamente en el Concilio y se destacó en él apoyando esta renovación eclesial. El Concilio lo marcó definitivamente. Eran tiempos en que se daban los primeros pasos para adaptar la Liturgia, o se buscaba urgentemente una identidad sa-cerdotal. Se quería adaptar mejor la Iglesia a las necesida-des y tareas del mundo. Muchos sacerdotes abandonaban su ministerio y un cierto pesimismo invadía a la Iglesia posconciliar. Era difícil ser Pastor en esas circunstancias.
El Cardenal sintió el desafío. Convocó a la Iglesia de Santiago a una Gran Misión General, probablemente la ini-ciativa pastoral más importante de la Arquidiócesis en el siglo XX. Cada casa, cada cuadra, cada manzana o po-blación fue visitada con el mensaje de la Misión. Miles de reuniones se realizaron en las casas, en el campo y en la ciudad. A través de la radio llegaba el Mensaje de la Iglesia como una Buena Noticia. Así surgieron dirigentes, comunidades, compromisos laicales, deseos de participar, y el rostro de la Iglesia apareció más atrayente para los hombres y mujeres de Santiago.
El Cardenal invitó también a realizar un Sínodo de la Iglesia. Representantes de las Parroquias, Colegios, Univer-sidades, Religiosas, Sacerdotes y Laicos se preguntaron en varias etapas: Iglesia de Santiago, ¿qué dices de ti mis-ma?. Y fueron naciendo en la comunión eclesial acuerdos, orientaciones y decisiones compartidas, que marcaron de-cisivamente el futuro de esta Iglesia.
Abrió y construyó un nuevo Seminario para la formación de los futuros sacerdotes. Impulsó la Catequesis Familiar, en la que miles de laicos se hicieron responsables de la educación de la fe de niños y de jóvenes.
Una de las características del Cardenal Silva Henríquez fue la capacidad de actuar con imaginación frente a las nece-sidades pastorales que se presentaban. Esta actitud, atenta a los requerimientos del momento para responder a ellos, le infundió un rostro de auténtico profeta.
Cuando vio que muchos no sabían leer ni escribir, él organizó la primera Campaña de Alfabetización en el país, lo que hizo acceder a la lectura a miles de personas.
Cuando vio a los campesinos que trabajaban las tierras de la Iglesia, sin ser propietarios de ellas, hizo, con el Obispo de Talca, la Reforma Agraria, lo que le costó muchas críticas y sinsabores. Después creó para ellos Inproa (Instituto de Promoción Agraria), para que apoyara a los campesinos con asesoría técnica y crediticia.
Cuando vio el hambre en las poblaciones, organizó la distribución de alimentos más grande que se ha hecho en toda la historia de Chile.
Cuando la situación po-lítica hacía que muchos sufrieran la re-presión, el Cardenal creó primero el Comité Pro Paz, en conjunto con otras Iglesias y confesiones. Y posteriormente, creó la Vicaría de la Solidaridad, que tanto bien hizo en nuestra Patria y que fue un testimonio para creyentes y no creyentes.
Cuando la situación de los obreros y de los dirigentes sindicales pasaba momentos de aguda crisis, el Cardenal creó la Vicaría de la Pastoral Obrera, para que apoyara sus organizaciones y formara líderes del mundo popular.
Preocupado de que una serie de profesionales de gran valor no tenían dónde investigar y por eso pensaban en emi-grar del país, el Cardenal creó la Academia de Humanismo Cristiano, para que ellos tuvieran un espacio donde pensar y no se perdieran esos talentos para Chile.
Al ver la necesidad urgente de formación juvenil, el Car-denal creó la Vicaría para la Educación, la Vicaría de la Pastoral Juvenil Extraescolar y la Vicaría de la Pastoral Universitaria. Entre sus últimas medidas, estuvo la convocación a la Misión Joven destinada a anunciar al Señor Jesucristo a los jóvenes de la Arquidiócesis.
Y así, muchas y muchas iniciativas del Cardenal que, por desgracia, permanecen silenciosas o silenciadas en la ciudad. No se muestran. No se conocen. Su permanente apoyo a las familias sin casa para que lograran construir a través de sistemas cooperativos, el apoyo que prestara a empresas de autogestión, o a una mejor atención de la salud de los pobres, o a la previsión de los sacerdotes, y tantas otras acciones concretas, haría esta lista interminable.
No es una exageración decir que la mayor pasión del Cardenal, a lo largo de su vida, fue servir a los débiles y poster-gados. No siempre sus actividades en este sentido encon-traron todo el apoyo que él requería o deseaba. Incluso, se puede decir que no todas ellas han tenido el éxito que supo-nía. Pero la intención permanente fue siempre una: servir con desinterés a los que sufren.
Lo que destaca muy especialmente en su ministerio epis-copal es, precisamente, su amor y su trabajo con los jóvenes y los pobres. El tiempo y la historia nos harán mirar y valo-rar con mayor perspectiva la transformación enorme que es-to significó en la Iglesia de América Latina. Los jóvenes y los pobres sintieron la Iglesia como un espacio propio. Desde entonces aman a sus Pastores, escuchan sus palabras y mantienen la esperanza en ella.
Usted le ha devuelto credibilidad a la Iglesia, le ex-presó al Cardenal Silva el Cardenal Secretario de Estado del Vaticano. Y así ha sido. No olvidemos que, hasta hace algunas décadas, se señalaba como el escándalo del siglo XX el que las masas populares hubieran abandonado a la Iglesia. Hoy podemos decir que el gran milagro de este tiempo es que los pobres se sientan a gusto en la Iglesia y crean en ella.
En la recuperación de esta credibilidad es importante valorar la permanente defensa que el Cardenal hizo de los De-rechos Humanos y de la dignidad del trabajador, a través de la Vicaría de la Solidaridad. Durante su período hubo una verdadera pastoral de los Derechos del Hombre, para entenderlos como parte integral de la evangelización. Se pue-de decir que esos Derechos y Deberes han logrado encarnarse armoniosamente en la catequesis, en la liturgia, en la oración y en la concien-cia cristiana.
Es importante igualmente, apreciar la nueva organización de la Arquidiócesis que implementó el Cardenal en Santiago. Creó numerosas Parroquias. Organizó los Decanatos (con-junto de Parroquias que se complementan y apoyan en su trabajo, reflexión y servicio a la comunidad). Creó las Zo-nas Pastorales y, a cargo de cada una de ellas, nombró a un Vicario Episcopal para que en su nombre orientara la evan-gelización, se preocupara de la formación del personal apos-tólico y animara la fe de los creyentes. Creó, igualmente, Vicarías especializadas que apoyaran a las Vicarías territo-riales en su labor. Los Vicarios formaron un estrecho equipo con él y sintieron en todo momento el apoyo y la confianza del Pastor en este servicio al Pueblo de Dios.
Para lograr este rostro nuevo de la Arquidiócesis, el Cardenal supo también poner su confianza en el Lai-cado. Una de las cosas que más impresiona a los extranje-ros que nos visitan, es el rol activo y dinámico que los lai-cos tienen en nuestra Iglesia. La gran mayoría de servicios y de aten-ción en la Catequesis, Liturgia, Animación Comunitaria, For-mación de Jóvenes, Administración de Bienes, Organismos Asistenciales, de Promoción y Desarrollo, lo realizan lai-cos de gran valor. Incluso, en labores de Asistencia Jurídica o de Promoción Comunitaria se han incorporado algunos que no profesan nuestra misma fe, pero desean aportar profesional o técnicamente al trabajo que la Iglesia realiza.
Hemos dejado para el último, el aspecto más importante de la personalidad del Cardenal y tal vez el menos conocido. El Cardenal era un hombre de Dios. No cabe duda que Él es quien orientó su vida y sus actos. Diariamente hacía oración en su capilla y celebraba la Eucaristía. No puedo pasar el día decía sin rezar la Santa Misa. Tuvo con Dios una relación directa, cálida y espontánea. Se puede decir de él que amó al Buen Dios entrañablemente. A veces dialogó con Él con la fe profunda de un campesino. O lo interpeló o le discutió amistosamente. Dios fue parte de su vida.
La figura de Jesucristo dio sentido e inspiración a todo lo que hizo el Cardenal. A Él lo conocí desde niño en el seno de mi familia. A Él le consagré mi vida en mis años de juventud y a Él también he procurado servir como Pas-tor de la Iglesia, decía en Pentecostés, inaugurando el Tiem-po de Anunciar de la Misión Joven. Su amor a Jesucristo se manifestaba cada vez que hablaba de Él. Se emocionaba viva-mente. Volcaba todo su ser en anunciar sus palabras.
Es im-posible comprender las actuaciones y las palabras del Cardenal Silva sin entender esta re-lación con el Señor. En Jesús veía al Hijo del Carpintero y a los obreros de su país. En el Niño de Belén veía también a todos los niños abandonados de la ciudad. En la cruz de Jerusalén veía al crucificado y re-sucitado de nuestros días con mil rostros diferentes.
Igual cariño tenía a la Virgen María. En todas sus ho-milías la invocaba o la mencionaba. La llamaba Virgen Morena, Madre de los pobres, Madre del amor hermoso, Vir-gen Santa, Esperanza de Chile, o Señora de América Latina. Como sacerdote y como obispo, a María Auxiliadora le había confia-do su ministerio. Ella fue siempre su apoyo y su consuelo. A ella la invocaba diariamente.
Muchísimas cosas se han dicho ya y se pueden decir del Cardenal Silva Hen-ríquez. Muchas se dirán también en el futuro. Los que tuvimos el privilegio de trabajar cerca de él y de gozar de su amistad, bendecimos a Dios por habernos dado la oportunidad de conocerlo y de amar-lo. Ha sido para nosotros ejemplo de hombre, de padre, de cristiano, de sacerdote y de pastor.
El lema que escogió para su escudo episcopal mar-có profundamente su vida. La caridad de Cristo nos ur-ge. Eso vimos en él.
Por eso, las páginas que aquí presen-tamos son un testimonio claro de que ese lema en el Cardenal se hizo vida. Es lo que él mismo nos dijo.
P. MIGUEL ORTEGA RIQUELME